La primera vez

La primera vez

Cuando entré a la habitación me puse muy nervioso. Tranquilo, es normal, me dijo. Tantos años esperando este momento, tantas películas, libros, testimonios escuchados, y ahí estaba, ad portas de mi primera vez. Hasta el momento no era como lo había imaginado. La habitación era grande, quizás demasiado, las paredes blancas y el techo también. Ropa interior en el suelo cerca del baño y un cenicero junto al velador llamaron mi atención. A medida que nos acercábamos a la cama el pecho se me apretaba y el aire comenzaba a faltarme, pero no me permití arruinar el momento. Las sábanas eran también blancas, de seda. Cuidadosamente movió el cubrecamas y la impresión me dejó sin habla. Tranquilo, volvió a decir, si te sientes incómodo puede esperar. Negué con la cabeza y luego de tomar aire comencé. Enfoqué y oprimí el obturador. Repetí el ejercicio diez veces más, por toda la habitación. De vuelta en el laboratorio no podía sacarme de la cabeza sus ojos, todavía abiertos, el anillo en la mano izquierda y la sangre seca como tatuada en el colchón. Tranquilo, me dijo, con el tiempo se pasa; la primera vez siempre es la más difícil.

Pareja en un café

Pareja en un café

En la ventanilla hay pegado con scotch un papel blanco con el dibujo hecho a carboncillo de la iglesia del pueblo. En la mesa hay una taza de té aún hirviendo y las gotas de lluvia todavía se pueden apreciar en el plástico del ramo de flores. La mujer mira hacia afuera mientras el hombre revuelve con la cuchara el té que parece destinado a no enfriar. El mesero, que notó desde el principio la tensión, espera un tiempo prudente para acercarse y preguntar si necesitan algo más. Los mira desde la barra como escondido detrás de la máquina de café y especula con las razones del evidente distanciamiento de la pareja.  La mujer se lleva las manos a la cara y leves estertores anuncian un llanto que debería desencadenarse demasiado pronto. El hombre sigue revolviendo el té, de vez en cuando sopla, no levanta la mirada. El mesero sabe que no es un buen momento para hacer la pregunta, pero el protocolo del café es estricto y el jefe lo supervisa cada vez que puede. Se acerca tratando de aparentar naturalidad, pregunta si necesitan algo más, la mujer sigue con las manos tapando su cara, el hombre masculla algo, quiere la cuenta, el mesero la trae. Todo seguirá igual. El hombre pagará, la mujer seguirá estando siempre a punto del llanto, el hombre no beberá su té, afuera la lluvia se hará cada vez más fuerte y las flores terminará siendo la cruel ironía del asunto.

(A veces) es mejor seguir recordando

(A veces) es mejor seguir recordando

Uno no elige los recuerdos que almacena en la memoria. Hay, claro, muchos que tienen importancia y que de alguna u otra forma nos definen como personas, o tal vez son indicios de lo que éramos y cómo veíamos el mundo en ese entonces. En cambio hay otros que sólo están ahí, como puestos por el azar, acompañándonos toda la vida y apareciendo de vez en cuando.

Este recuerdo es uno de los segundos, esos que aparentemente no importan. Hace mucho tiempo que no lo recordaba por lo que me sorprendió encontrarme en la fila del banco, una fila extensa y lenta, pensando en este particular momento. 

Cuando era pequeño me gustaba jugar con legos. Con ayuda de mi madre armaba complejas construcciones y a veces, por cuenta propia, construía objetos de nula estética pero cargados con toneladas de imaginación. Me gustaba ir ensamblando de manera antojadiza y luego tejer historias fantásticas en cada recoveco de mi casa, cuyos protagonistas eran siempre los pequeños hombrecitos de lego de color amarillo. 

Pero a medida que iba perdiendo el interés, sin importar en qué lugar de la casa estuviera, dejaba desparramadas las piezas, lo que provocaba una reprimenda por parte de mi madre y la pérdida inevitable de una que otra pieza o figura. 

Fue así como una tarde después de llegar del colegio y hacer mis tareas me fui arrastrando, porque por alguna razón tenía la costumbre de aprovechar el suelo resbaladizo, hacia el living, en donde después de saltar sobre el sillón encontré detrás de la puerta que daba hacia la entrada de la casa uno de los hombrecitos de lego. 

No sé por qué pero me quedé observándolo con asombro, preguntándome cuánto tiempo llevaba allí ese solitario hombrecito, cuyo cuerpo seguía en posición de asiento con los brazos alzados hacia arriba, esperando tal vez el rescate que no le daría. 

Desde aquella tarde y cuando su imagen de soledad se aparecía en mi cabeza, rondándome junto a la leve reprimenda que me llegaría si alguien lo encontrara, fui asiduo testigo de su presencia, detrás de esa puerta, junto al polvo y pronto a las telarañas. 

Pasó el tiempo y ese espacio de la casa, tan accesible para todos pero a la vez tan escondido, se transformó en lugar de peregrinaje, hacia el cual yo llegaba con ánimos de meditación, extrañado aún por la inexorable soledad del hombrecito de lego. 

Nunca hubo tentación para llevarlo conmigo, parecía correcto verlo en su designio y esperar algún cambio en la norma. Tardes enteras éramos sólo él y yo. Toda una vida suya la de quietud y desamparo.

“Siguiente” escuché por segunda vez y una mano me tocó el hombro. Como despertando de un sueño caminé hacia la caja, entregué el depósito y luego me fui a casa pensando en que no tengo recuerdos respecto al destino del hombrecito de lego. 

Al llegar lo primero que hice fue ir hacia el living con la extraña sensación de querer volver a mirar detrás de la puerta. Algo me decía, una especie de corazonada, que allí podía seguir estando el hombrecito de lego, envuelto en polvo y soledad, pero a la vez parecía un escenario demasiado improbable.  

Aún así inexplicablemente sentí una batalla de fuerzas, una que me llamaba a asomarme detrás de la puerta y otra que me decía que dejase todo como estaba. Qué idiota, pensé. Era como si en caso de no estar, el último retazo de infancia se hubiese ido, y en el caso contrario, como si la soledad siguiera siendo una constante de la vida del hombrecito de lego, acaso espejo de la mía. 

Entonces tomé la manilla de la puerta. 

Pero desistí.  

Antes de llegar

Antes de llegar

Cuando bajamos del tren ninguno de los dos quisimos decir nada. De alguna forma la estación hablaba por nosotros, que preferíamos callar ante tanta precariedad, como si el silencio calmase la enorme decepción que estábamos secretamente sintiendo al darnos cuenta que muy a pesar de ser Italia el país en el que nos encontrábamos, Tortona y su estación de trenes no eran precisamente un parangón de belleza histórica y modernidad, sino más bien todo lo contrario.

Los dos andenes eran absorbidos por una penumbra indescifrable desde la cual podían surgir todo tipo de personajes y situaciones que preferimos evitar rápidamente adentrándonos en una pequeña cafetería, en la cual pretendíamos permanecer durante nuestra estadía de dos horas hasta que nuestro próximo tren nos llevase a Bologna, última parada antes de Venecia, destino final de nuestra travesía. 

La noche caminaba en paralelo con el frío seco como haciendo una carrera sin prisa hasta el amanecer, para el cual aún faltaban unas siete u ocho horas. La calma resultaba inquietante sobre todo porque en los pocos que estaban en la cafetería con nosotros no parecían haber planes para el futuro próximo; es difícil explicarlo, pero en sus rostros y en sus posturas, en el revolver desalmado del café y en el mordisco obligado a la galletita, no había más que acciones comandadas por el desgano, lo que me daba la sensación de que estos hombres permanecían en un estado de automatismo prolongado, como si a sus vidas se les hubiesen acabado las energías y se mantuvieran andando con un estanque de reserva al cual le quedaban las últimas gotas de inercia. 

Nos sentamos en una mesita la cual cojeaba al apoyarse sobre mi lado, pero la preocupante calma de la noche nos aterraba e impedía reaccionar hasta para hacer un cambio tan simple como ese. Ordenamos un café cada uno y calculé que en dos horas tendría que pasar nuestro próximo tren. Mientras tanto me distraía con un señor que en una esquina jugaba en una de las máquinas de apuestas, una máquina azul y de cuya pantalla se desprendían colores como el amarillo y el rojo cada vez que se realizaba algún movimiento. Mascullaba con una voz que a mi parecer parecía de enojo, pero su borrachera y mi nulo entendimiento del italiano y menos del italiano de un borracho, hacían más difícil la interpretación. 

Todavía no terminábamos nuestros cafés cuando la mesera nos señaló amablemente que cerrarían en cinco minutos y que teníamos que pagar para luego salir del establecimiento. El anuncio no me sorprendió teniendo en cuenta que nos acercábamos a medianoche, no obstante alimentó la tensión en el ambiente ya que desde ese momento perteneceríamos a la indómita naturaleza de la pequeña y peculiar estación, a la cual estábamos confinados sin variedad de posibilidades.

Miró a mis ojos tal vez buscando seguridad, o quizás esperando encontrar el mismo temor que ella sentía al imaginarse las próximas horas a merced de la estación. Cualquiera fuera el caso, sin gran éxito esbocé una sonrisa y le dije que todo estaría bien. Pagamos la cuenta, tomamos nuestras maletas y salimos de la cafetería. 

El aspecto de la estación no era el mejor. Además de la tenue iluminación que hacía que las paredes palidecieran, se oían murmullos preocupantes que venían desde el otro extremo. Lentamente caminamos por el único pasillo que servía de conexión entre la cafetería, la sala de espera, los baños y una pequeña salita en la que sólo había una máquina para comprar pasajes, lo que nos permitía dimensionar la pequeñez del edificio. 

A medida que con breves pasos nos acercábamos a la sala de espera los murmullos se dilucidaban y llegaban hacia nosotros como alaridos llenos de fervor o rabia. A penas asomé mi cuerpo, cada una de las personas que allí estaban (repartidas entre los cuatro largos y fríos bancos de madera) fijaron la mirada en nosotros por segundos que parecieron ser una condena eterna, y luego, tras un escrutinio breve pero severo en el cual gobernó el silencio más cruel, volvieron a lo suyo. 

Eran cuatro: Dos vagabundos ebrios que bebían cerveza y discutían justo al final de la sala; un tipo de unos veinticinco o treinta años, difícil decirlo por su barba y ojos idos, que se paseaba como predicando o definitivamente hablando solo; un hombre de aspecto común y corriente, impasible y aparentemente acostumbrado a convivir con personajes como los que veíamos con incredulidad, que yacía sentado y completamente inmóvil. 

Sin otra opción nos sentamos en las primeras bancas, justo debajo del televisor que colgaba desde una esquina y que mostraba el triste y solitario itinerario de la estación, cuyo único  y próximo tren era al que debíamos subirnos con dirección a Bologna Centrale. Dejamos nuestras maletas apoyadas en la pared, resguardadas por mi indefensa figura y nos dispusimos a esperar en ese extraño ambiente. 

Mi única preocupación era el tipo de la barba que hablaba solo y que se paseaba dando la sensación de que no estaba al tanto de dónde se encontraba. En su mirada se adivinaban ilusiones desconcertantes que lo tenían ataviado, protagonizando una perorata en la que parecía no haber grandes tópicos, lo que confundía aún más sus dictámenes. Peligrosamente (digo peligrosamente porque en el momento todo parecía sentirse demasiado próximo a lo pernicioso) se acercaba hacia nosotros y buscaba en su caótico universo alguna razón como para hacernos parte de él, pero luego, comprendiendo con decepción que no había por qué, o tal vez sin darse cuenta de nuestras presencias, se volvía balbuceando hacia los vagabundos. 

Nos mantuvimos siempre en los confines de su locura con los alaridos de los vagabundos, cuya discusión parecía subir de temperatura, y a veces me daba vuelta y buscaba la mirada del hombre de aspecto común y corriente que permanecía en envidiable quietud y calma, sin darse por aludido y quizás a la espera del tren que nosotros también ansiábamos.  

El cansancio nos azotaba cual flagelo y por un momento pareció oportuno descansar cerrando los ojos. Recordé los días de infancia en los que el mejor refugio ante el miedo era cerrar los ojos y esperar a que las cosas malas se acaben, como si en la oscuridad de mis ojos cerrados no existiesen riesgos, ni miedos, ni responsabilidades. Fue así como comenzábamos a quedarnos dormidos cuando un grito ensordecedor nos despertó de súbito. 

El loco de barba, angustiado como siempre, seguía su paseo inquieto, y el tipo de aspecto común y corriente mantenía la mirada en el ventanal que tenía justo enfrente. Me inquietaba gravemente el hecho de que no se dieran por aludidos ante lo que según mi parecer, se trataba de algo terrible. Me levanté y lo que vi me aterró: uno de los vagabundos yacía en el suelo, ensangrentado y al parecer agonizando, mientras el otro encendía un cigarro y luego daba un largo sorbo a su cerveza. 

Atemorizado la desperté, tomé las maletas y salimos raudos hacia la calle. Creo que aún dormida no alcanzó a darse cuenta de lo que ocurría, pero a penas le conté lo sucedido el pánico amenazó con apoderarse de ella y por consiguiente de mí. Dimos una breve caminata por los alrededores de la estación pero nada parecía lo suficientemente seguro pues la oscuridad reinaba, al igual que el silencio y la soledad, y el frío era el gran impedimento como para permanecer alejados de esa sala de espera llena de personajes indescifrables. 

Azuzados por el frío, que curiosamente resultó ser más poderoso que el miedo, volvimos a la estación. Me asomé por la sala y ningún cambio se manifestaba; tan sólo la sangre del que ahora era cadáver se escurría lentamente como un fino hilo desde el cuello hacia una de las puertas. Tras sopesar los próximos movimientos parecía que lo más lógico era ir hacia los andenes, en los cuales habían cámaras de seguridad y bajo cuya vigilancia era menos probable que fuéramos víctimas de cualquiera de los hombres que ahí se encontraban (o al menos el crimen no quedaría impune, aunque a esas alturas nada garantizaba su funcionamiento). 

El problema era que para llegar a los andenes la sala de espera era el único camino disponible a esas horas. Tomamos aire y tratando de fingir tranquilidad entramos y comenzamos a cruzar. Sin embargo, como si la maldición de Tortona (si es que la había) se estuviese haciendo presente en nosotros, el loco pareció despertar de su ensimismamiento y nos dirigió una mirada absorta que amenazó con violentarnos. Apuramos el paso y lo dejamos atrás, pero no tardó en soltar una letanía de palabras y recriminaciones que venían con una gran carga de violencia, la cual nos angustió terriblemente. 

Fue en el momento cuando siento su mano, una mano dura y pequeña que se posó sobre mi hombro, señal inequívoca de que el peligro se tornaba real, que me doy vuelta listo para defenderme y me enfrento a la realidad, una que minimizaba cualquier temor o vivencia anterior y que terminó por sacarme de mis cabales: la soledad, la soledad absoluta de una sala de espera en completo orden, sin personas, sin el hilo de sangre, sin nada de lo que habíamos estado temiendo, sin, por supuesto, el loco que recientemente nos gritaba y tocaba mi hombro. 

Corrimos, al borde del colapso, hacia el andén y dejamos nuestras maletas en el suelo mientras nos paseábamos inquietamente, buscando explicación, aterrorizados a más no poder y queriendo dejar atrás esa estación terrible. De pronto, sin previo aviso, nuestro tren apareció entre la niebla  y la emoción casi nos hace perderlo, pero tras una carrera desesperada logramos entrar a nuestro vagón y sentarnos en nuestros asientos. 

Aún sin saber qué es lo que había ocurrido, dejamos atrás la estación de trenes de Tortona, aquél pequeño pueblo perdido en la provincia de Alessandria que una noche de febrero de hace algunos años fue el escenario que desafió nuestros temores más recónditos. 

Nos sentamos, di un resoplido y luego me quedé dormido. Cuando desperté llegamos a la estación central de Bologna, la cual esperaba que fuera grande y cómoda para que las próximas cuatro horas de espera no tuvieran parecido alguno con nuestra permanencia en Tortona. Sin embargo nunca imaginé el calvario que significaría esa espera, sobre todo porque al bajar de nuestro vagón, no mucho más lejos de nosotros, un tipo de barba y ojos idos se paseaba por el andén balbuceando cosas que no entendería jamás. 

Tres cuentos de aeropuerto

Tres cuentos de aeropuerto

Retraso 

A las 15:00 debían abordar. A las 15:15 anuncian que hay un retraso de entre 20 y 30 minutos. A las 16:00 personal de la aerolínea se disculpó por los altavoces ya que el avión se encontraba con problemas técnicos en la zona de la bodega, por lo que no había certeza sobre la hora de embarque y despegue. A las tres horas los pasajeros se dieron cuenta que esto no era el aeropuerto, sino el hospital, cuyo único doctor aún no llegaba desde su consulta privada, por lo cual la espera debía continuar. A veces la vida es confusa. Y rara. Confusa, rara e injusta.

Embarque 

Hay personas que tienen esa costumbre de situarse en la fila para embarcar cuando en realidad aún faltan quince, veinte minutos para que comience el proceso. Se apresuran y resguardan celosamente sus puestos, ofrecen miradas desconfiadas a todo el que se les acerque, sudan sosteniendo sus chaquetas y bolsos de mano, sintiéndose quizás mejores viajeros. No lo sé, los miro con detención pero no detecto verdaderas razones para esa prisa intranquila que los llevará a estar sentados antes, como aventajados sobre los demás.

Yo prefiero esperar a que todos se suban y escribir cosas como esta. 

De película 

Con el tiempo he estado desarrollando un leve temor a los aviones. Cada breve movimiento me sobresalta y pienso que es el fin, pero a penas vuelve la normalidad, me doy cuenta de lo estúpido que fui. Hasta que otro sacudón me alerta, y así hasta que aterrizamos. 

Hoy se sentó junto a mí una rubia de idioma y país distinto. Con miradas nos bastaba para comunicarnos. Si ella miraba hacia el pasillo, entonces quería salir. Si yo la miraba sonriente, le daba las gracias por pasarme una de las almohadas.  

En medio de la noche una turbulencia muy fuerte me hizo despertar de un incómodo sueño y entonces me aterré nuevamente. Cerré los ojos, estiré el cuello y mantuve la cabeza en alto, cuando de pronto sentí una mano posarse sobre la mía. Era la rubia de otro idioma y país. 

El miedo se disipó con el tacto y pronto creí real la posibilidad de vernos enfrascados en un amorío de aeropuerto. Al bajarnos del avión se encontró con el que presumo era su novio y tomados de la mano se despidieron de mi, como agradecidos de mi amabilidad por apoyarla en las turbulencias.  

Hollywood le ha hecho muy mal a mis expectativas. 

Nadie tiene que enterarse

Nadie tiene que enterarse

Eduardo Cárcamo

@eduardocarcajadas

Publicista / Melómano / Cinéfilo / Animalista / Adicto a la democracia / 25 años / Enamorado de las mujeres / Ácido e irreverente / If you don’t like what you see, go fuck yourself / Escritor aficionado

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Hace 22 h: Ésta hueá está llena de #flaites exclusividad mis pelotas. 

Hace 22 h: Cuando conocí la música de Metronomy la mayoría de los que están aquí todavía no perdían su virginidad. Al parecer, algunos todavía no la pierden. #lascosascomoson #Metronomy

Hace 22 h: Me pregunto qué pensara Joseph Mount de esta cagá de local. Será como volver a sus inicios en Inglaterra. Al menos eso espero. #Metronomy

Hace 22 h: Por fin! Metronomy en la casa! #Metronomy

Hace 22 h: Empezaron con The Bay y siguieron con The look. Estoy en éxtasis. Literalmente. #Metronomy #Éxtasis

Hace 22 h: Qué rabia me da que esté lleno de hueones que ni se saben las canciones. Vienen a puro aparentar. 

Hace 22 h: Demás que escucharon un tema en spotify o en youtube y ahora se creen verdaderos seguidores. Pobres tipos. 

Hace 22 h: Creo que explotaré: Un pseudo hipster abre la boca pero sus gestos no coinciden con la canción. #Atroz

Hace 22 h: Suenan bien, pero ni se compara el ambiente con el concierto al que fui en Los Ángeles el año pasado. #Metronomy #summer

Hace 21 h: La cagó la resolución de mi Iphone 6s. No hay teléfono que se le compare.  En mi Instagram @eduardocarcajadas podrán ver las fotos. #pics #Metronomy #music

Hace 21 h: Cito a Mount: “We are truly happy to be here” Ninguno de los hueones parece entender nada. #incultos #english #Josephmount #Metronomy

Hace 19 h: En resumen: Buen concierto, tocaron los clásicos y uno que otro tema nuevo. Lo malo: la cantidad de hueones con ganas de aparentar. #apariencias #Metronomy

Hace 19 h: En la casa me espera un Chivas. Por suerte vengo inspirado, al parecer este concierto me viene como anillo al dedo para escribir algo. #writer #writing #chivasreagal

Sitúa el vaso de whisky con dos hielos junto al computador. A un lado está el tabaco, los papelillos y los filtros. Abre el word y escribe a modo de título: The Look. Pretende asociar el nombre de la canción con lo vivido esa misma noche en el concierto de Metronomy. Saca cuatro fotos perfectamente encuadradas y las revisa cuidadosamente. Selecciona la mejor y le aplica el filtro Moon y sube la foto a Instagram, Twitter y Facebook. 

Hace 17 h: Qué mejor panorama después de Metronomy. Whisky, inspiración y una obra maestra por escribir. #metronomy #chivasreagal #inspiration #pic #blackandwhite #truehappiness

Después de dos primeros sorbos vomitivos, deja que el hielo se derrita durante varios minutos mientras escribe escuchando la música de Metronomy. Vuelve a beber pero el sabor es peor y bota el whisky en el masetero de la ventana. Se sirve más hielo y más whisky. Escribe sobre el pseudo hipster, el cual, misteriosamente, se ha transformado en el protagonista de su relato, un relato contado por un verdadero seguidor del grupo, un auténtico melómano que resulta que es publicista y que tiene un estilo propio. Sonríe con cada palabra y se siente inmensamente orgulloso de las dos páginas que lleva escritas. Saca otra foto, esta vez enfocándose en el texto (sin que se pueda apreciar lo que dice) pero mostrando también los elementos claves: el whisky y el tabaco. El mismo filtro a la foto y nuevamente las sube a las mismas redes sociales. 

Hace 16 h: Avanzando rapidísimo. Creo que esto tiene potencial para ser novela, pero veremos cómo se van dando las cosas. #writing #writer #whisky #macbookpro #chivasreagal #tobacco

Sin recursos a los que acudir, googlea: Películas de culto. Ingresa a un ranking de las 100 películas de culto según un diario español. Están, entre ellas, La naranja mecánica, Pulp Fiction, El club de la pelea y Doce monos. Sin embargo le parecen demasiado conocidas. Vuelve a googlear: Mejores directores de cine italiano. Los resultados le sugieren que un tal Vittorio de Sica tiene películas galardonadas y merecedoras de las mejores críticas. Luego de ver en Wikipedia de qué tratan sus mejores películas, agrega a la trama de su relato una comparación de las películas de Sica con la música de Metronomy. 

Hace 15 h: Imposible dejar de lado en un relato como este a mi director de cine preferido: Vittorio de Sica. Hice una comparación muy interesante con la música de Metronomy. #innovation #metronomy #vittoriodesica 

Es tarde y las ideas se le acaban. Guarda el documento y cierra el computador. Se acuesta, no sin antes publicar una selfie con un libro de Borges que encontró entre cajas en la habitación de servicio. 

14 h: Hora de dormir. Imposible conciliar el sueño, eso sí, sin un poco de Borges, uno escritor que llevó la lengua española a lugares impensados. Muy recomendado. #borges #selfie #sleep #literature

4 h: Soñé con mi cuento. Eso es un buen presagio. A seguir escribiendo un rato antes de ir a la exposición de fotos de Chema Madoz. #chemamadoz #photography #happy

Vuelve a escribir frases incongruentes que se mezclan con referencias de la cultura pop y de la cultura general. No cesa su búsqueda fervorosa de recursos en google, agrega a escritores de la lengua inglesa y japonesa, trae a la vida a Cortázar y lleva a su protagonista por caminos endebles acompañado de letras de canciones.

3 h: Una foto antes de salir a la expo de Chema. #Chemamadoz.

3 h: Es un genio Chema. Lo conocí hace varios años, en el colegio, creo, y nadie me pescaba. Vean quién está en lo correcto ahora. #haters #chemamadoz #genio

3 h: Es increíble lo que logra Chema con sus fotos, las miles interpretaciones que se le pueden dar. 

3 h: No me sorprende que yo sea uno de los pocos que estamos aquí. País inculto e hipócrita. Piden cultura pero no la aprovechan. #incultos #culto #cultura #chemamadoz

Saca fotos a cada una de las fotografías, casi sin observarlas, y va subiendo las mejores a su instagram. Busca ángulos para obtener fotografías de toque artístico y saca un par que lo satisfacen. Cuando ya tiene registradas cada una de las piezas, se va del lugar. 

2 h: Qué gran exposición. 100% recomendada. Dejen de escuchar reggaetón y ver huevás en internet y culturícense un poco. #lascosascomoson

Llega a su casa entusiasmado por los likes y Me Gusta que comienzan a llover tras la serie de publicaciones que ha subido. Se sienta nuevamente en su escritorio, saca una foto con la misma tónica que las de la noche anterior, computador, whisky y tabaco, pero el whisky no lo toca, sólo lo vierte de vez en cuando en el masetero para dar la sensación de que ha bebido. Tras varios minutos escribiendo, su relato culmina con el protagonista llegando a su casa listo para subir fotos y escribir en twitter todo lo que vivió en el concierto de Metronomy. El relato termina así: Después de una noche de ignorancia, en la que sólo se preocupó de aparentar y hacer de su presencia lo más notoria posible, llega a su casa y comienza a subir fotos y videos del concierto. Cada comentario o Me gusta le llena el corazón de orgullo y felicidad, una felicidad que sólo experimenta con la aprobación virtual de personas que con suerte conoce. Se sienta en su sofá y enciende un cigarro. Grita de alegría por su popularidad en alza”. 

1 h: Terminé mi cuento. Creo que es lo mejor que he escrito. Estoy en la duda si presentarlo a algún concurso o darles la posibilidad a ustedes de leerlo. #doubts #writing #writer

1 h: Creo que lo mejor es presentarlo a un concurso así que cuando se delibere podrán leerlo. Ojalá publicado en algún lugar 🙂 #writingcontest

Eduardo se acuesta en su cama, satisfecho por lo acometido, revisa el Timeline y mira de reojo el whisky, el cual termina de verter sobre el masetero. Se saca una selfie con la botella vacía y la publica.

1 min: Finished! Un manjar, pero de verdad. #chivasreagal #selfie #notdrunk #delicious

Cierra el computador y desde su Iphone 6s actualiza su presentación de twitter: 

Eduardo Cárcamo

@eduardocarcajadas

Publicista / Melómano / Cinéfilo / Animalista / Adicto a la democracia / 25 años / Enamorado de las mujeres / Ácido e irreverente / If you don’t like what you see, go fuck yourself. / ESCRITOR

El niño quiere ir al bar

El niño quiere ir al bar

Es el sector del barrio en el que se concentra el comercio. Desde supermercados hasta peluquerías, estación de metro, verdulerías, tabaquerías, tiendas de mascotas, bares, farmacias y pequeñas plazas. Son las doce del día y caminan por ese lugar el padre, la madre, el hijo y la hermana de la madre. El hijo es un regordete que lleva, al parecer obligado, una pelota en sus brazos y viste la camiseta del Madrid. Luce evidentemente molesto, al borde del berrinche y pregunta hacia dónde van, a pesar de que la respuesta es bastante obvia debido a los preparativos que hicieron en el piso y que incluyeron la pelota y la camiseta. La madre, que fuma un cigarro largo y delgado, le dice que al parque, y el padre, que se ríe con un meme que su mejor amigo le publicó en el muro de Facebook, dice que a jugar fútbol. Sin embargo el niño, que sabía muy bien dónde iban y que hizo la pregunta para iniciar su coartada, no quiere ir al parque. Joder, dice, que yo no quiero ir al parque. ¿Y dónde quieres ir? pregunta su tía con voz amable y sonriéndole. Quiero ir al bar le responde. ¿Al bar? Sí, dice, y vuelve a decir, esta vez con la voz a punto de quebrarse y desencadenar un llanto espantoso, un llanto de pataleta irremediable y tardía, quiero ir al bar y sentarme. Entonces los padres que se vuelven al hijo y lo miran extrañados. ¿Al bar? Sí, quiero ir al bar y que nos sentemos. Joder, hijo, ¿tú qué crees? ¿Que nos sobra la pasta? dice la madre con enojo, soltando una humareda que se pierde rápidamente. El padre, un poco más comprensivo, le dice que sabe cuánto le gusta ir al bar, pero que ir al bar es cosa de adultos, que cuando ellos van con él es en ocasiones especiales, que cuando él sea grande podrá ir con sus colegas a tomar cerveza, pero ahora irán al parque a jugar al fútbol, como tenían planeado.

El niño, que claramente está viendo frustrados sus intentos por ir a sentarse a comer las tapas que tanto le gustan y llenarse el estómago con dos coca colas, da rienda suelta a un llanto agudo, un llanto inoportuno, propio de un acostumbrado a que se le concedan todos sus tempranos caprichos, llanto que perfectamente puede haber sido preparado como último recurso para lograr su objetivo mediante la inevitable irritación de sus mayores. Joder, Pedro, ¿Que no te he dicho que no nos sobra la pasta? Iremos al parque y punto, y por favor no llores más que estás armando un escándalo, dice la madre mientras enciende otro de sus cigarros largos y delgados. No obstante el padre, entristecido o quizás avergonzado por las palabras de su señora, parece compadecerse del pequeño regordete y la aparta unos momentos para convencerla de ir al bar. Pero su señora no está contenta, discuten en susurros, él intenta mantener un volumen bajo, pero a ella no le importa que la escuchen. Luego de unos tensos momentos, durante los cuales la tía le secaba las lágrimas a su sobrino, el padre, con enorme sonrisa (la madre mosqueada sin decir nada) le dice a su hijo que irán al bar, y le revuelve el cabello. Se sientan en la terraza, los tres adultos piden cerveza y el regordete pide una coca cola y engulle las patatas bravas. El padre, que sigue revisando su Facebook, comenta el meme que su amigo le publicó en el muro, y todos parecen interesados, menos la madre, por supuesto, que enciende un nuevo cigarro y se levanta. De un zarpazo le quita el teléfono a su marido ante la mirada estupefacta de todos, se acerca hacia uno de los cristales del bar y saca una foto. Luego vuelve, se sienta y le entrega el teléfono de vuelta. Es la foto de un papel en el cual se lee: ¿En paro? Se busca camarero. 

Tres cuentos

Lo mismo de siempre

Todos los días me subo en la misma estación de metro, hago la misma combinación y luego me subo en el mismo tren. Me bajo en el mismo lugar, entro al mismo trabajo, corrijo los mismos documentos, almuerzo la misma ensalada y bebo de la misma botella que relleno desde la misma llave de agua. De vuelta a casa realizo el mismo trayecto de todos los días, abro la puerta de mi departamento, enciendo la radio, me asomo por el balcón, enciendo un cigarro y veo en el edifico de enfrente al mismo anciano sentado en su terraza esperando que pase la vida. A veces pienso que me estoy convirtiendo en él. Otras veces veo a un joven abatido que fuma mirándome después de haber tenido el mismo día de siempre. 

Libertad condicional

El camino a casa nunca fue mejor. Treinta y cinco grados a la sombra, una micro destartalada que parece desarmarse con cada breve movimiento en medio de ese taco de día viernes. Son casi tres horas de viaje sudoroso entre malolientes y malhumorados. Afuera el panorama no parece ser mejor para los transeúntes que caminan achacados por las temperaturas y las multitudes. Llega a casa y se funde en abrazos anhelados que se hacen eternos. Lo esperan con música, asado, cerveza y vino. La emoción se palpa en el aire y el hijo lo abraza siempre que tiene posibilidad. Su hermano, con lágrimas en los ojos, le dedica unas palabras mientras él mira a los presentes, conmovido por el agasajo. Agradece a todos y pide un salud por la buena conducta. Por la buena conducta, repiten. Y por el señor, agrega. Se miran confundidos unos a otros y repiten sin mucho ímpetu: y por el señor. 

Apariencias

Este es un joven de unos veintitantos que goza de una popularidad tremenda. Su lista de amigos crece día a día y se da incluso el lujo de rechazar a quienes no parecen merecedores de su amistad virtual. En la universidad todos lo saludan y él sonríe y a veces no se da por aludido. Constantemente está actualizando lo que pasa en su vida: el carrete del viernes, el carrete del sábado, las pastillas del viernes, las líneas del sábado, el after, las mujeres, el dinero, los autos. Así ha construido una imagen inquebrantable que se sostiene en la aprobación de los que admiran embobados su estilo de vida, un estilo de vida que se basa en la mantención de una apariencia que se condiga con el exceso de vanagloria que desparrama cada vez que habla.

Pero el que más cuenta es el que más esconde. 

Todos los días, cuando llega a casa después de una intensa vida social, le sube el volumen a los parlantes y practica su Fouetté en Tournant mientras la sinfonía nº 7 de Beethoven se apodera de cada rincón de la habitación. 

De cuando fuimos al supermercado

A Joaquín y Martín

 

Cerca de la casa de M hay una pequeña plaza con una especie de pérgola en la mitad. Ahí nos dispusimos los tres a fumarnos un pito, a pesar de que C todavía era reticente a tales menesteres. De todas maneras, como siempre y después de hacerse de rogar, lo convencimos y terminamos volándonos de sobremanera, esas voladas que uno no espera y que al darse cuenta que las expectativas han sido sobrepasadas, agradece como mirando al cielo y sonriendo.

Esos pitos en particular los compré junto con otro amigo a una señora que le decían la Tía Paty. Sólo logré comprarle en dos ocasiones, y el resultado siempre fue extraordinario, con gramos justos y calidades que para la época resultaban fascinantes. Así que la Tía Paty nos proporcionó un fin de semana de inesperada diversión que comenzó en esa pequeña pérgola de la pequeña plaza que se encuentra justo en la esquina, un poco más allá de la casa de M. 

La verdad es que no sé en qué estábamos pensando. Debíamos estar ansiosos por fumar y no pudimos aguantarnos. Caminamos dando botes sobre la oscuridad de la noche, adentrándonos en calles y callecitas, por barrios tranquilos y alertas. Mientras tanto, claro, nos cagábamos de la risa porque parecía inconcebible el poder de la marihuana que recién habíamos consumido. 

Entramos al supermercado sin sopesar lo que se nos venía. Lo primero que nos abofeteó fue la absoluta claridad, las luces blancas y potentes que contrastaban con nuestra oscura caminata que nos llevó hacia ese lugar. La cantidad de personas, como todo día viernes a las ocho de la noche, era una locura, locura, por cierto, de la que participaríamos sin siquiera darnos cuenta. 

Esa entrada triunfante, que de triunfante no tuvo nada, sino más bien desacertada porque por alguna razón nos pareció hilarante el súbito cambio de panorama, y las risas eran incontenibles y se podía sentir en las miradas de los que tenían la mala fortuna de pasar cerca de nosotros, que se aborrecían al vernos pasar dando carcajadas, con ojos seguramente inaceptables, fue una inserción llena de gazapo. 

Creo que fuimos a comprar pisco y coca cola, y hielo. Puede que también, teniendo en cuenta nuestro estado, hayamos buscado algo para comer, quizás papas fritas o tal vez carne y carbón para un asado producto de la imaginación que nos abordaba en esos momentos y que de seguro desencadenaría un hambre voraz e incontenible. Lo cierto es que hacernos de los productos por los que íbamos no fue una empresa sencilla. Caminábamos como desorientados haciendo rutas inexpertas, rutas irrisorias que nos llevaban por el pasillo de los detergentes y luego por el de los juguetes, para finalmente, de alguna forma que no lográbamos dimensionar, aparecer en el pasillo de los copetes. 

Nos debe haber tomado una media hora conseguir nuestro objetivo, y cuando por fin logramos reunir lo requerido, nos dirigimos a una de las cajas rápidas, que de rápidas no tenían nada, pero tampoco confiaría en nuestra percepción del tiempo, averiada por la planta. De todas maneras no teníamos apuro, porque el paroxismo nos gobernaba y nos reíamos sin detenernos en nuestro comportamiento que de seguro tenía a las señoras que nos rodeaban muy alteradas y preocupadas. 

En esa espera llena de risa y despropósito, la señora que iba adelante de nosotros y que en su carro llevaba a su hija, que según mis cálculos inexactos no superaba el año, año y medio, nos pidió que cuidásemos a su corazoncito mientras ella iba a buscar algún producto que había olvidado. Estupefactos ante su petición, demasiado volados como para argüir una negación, aunque el rechazo no parecía viable, la señora desapareció rauda y nosotros nos quedamos pensando cómo era posible que una señora le entregara la responsabilidad de su corazoncito a tres pendejos que estaban lejos de estar dentro de sus cabales. Luego pensamos que no era para tanto, que tampoco era tan difícil. Yo sólo rogaba en silencio que el corazoncito no se pusiera a llorar porque ahí si que el asunto se pondría difícil. Las risas me contagiaron nuevamente y de reojo me detenía en la niña que nos miraba con asombro. 

Cuando llegó la señora con su lavaplatos nosotros seguíamos en nuestra dinámica de goce, y ella pudo darse cuenta que su corazoncito estaba lejos de ser nuestra prioridad número uno, pero resignada no dijo nada, tal vez entrando en razón, dándose cuenta de la irresponsabilidad acometida, una que, por cierto, callaría secretamente y trataría de olvidar. 

Todavía no era nuestro turno y nuestras risas impacientaban a las demás personas de la fila. Cuando C se dio vuelta y cruzó su mirada con una señora, ésta le dijo que debería comprarse gotitas para los ojos, sobre todo ustedes dos, apuntándolos a ellos y luego mirándome a mí como decepcionada, y nosotros que nos callamos y cambiamos la algarabía por la seriedad irrefutable, y nos dimos vuelta y en clave de murmullos festinamos con la situación. 

Cuando por fin fue nuestro turno y nos tocaba pagar, C, como de costumbre, azuzado por el ímpetu morboso de su estado, entró en un juego con la cajera, la cual le recriminaba nuestros presentes, niños irresponsables, al supermercado no se viene así, le decía, y C que negaba las acusaciones sin argumentos a su favor, tan sólo con una sonrisa irónica en el rostro que sólo contribuía para emputecer a la cajera y concederle la conjetura. C es un gran defensor de sus argumentos, pero en ese momento le carecían y, creo, su intención por hacerse respetar como era de costumbre, yacía extraviada en un pasado no muy lejano. 

Mientras tanto yo y M nos mirábamos como avergonzados, nos deteníamos en nuestros ojos enrojecidos e hinchados por la risa, y cuando nos dimos cuenta que el conato de la cajera concluía y éramos libres de abandonar el supermercado, lugar del cual usufructuamos todo lo posible y al que, por supuesto, no pertenecíamos, no en ese estado, nos escabullimos entre las personas, bajando por las escaleras mecánicas, soltando un suspiro interminable, como si hubiésemos hecho esfuerzos encomiables para no ser descubiertos. 

Volvimos a la noche, a los barrios de silencio y soledad, a esa oscuridad impoluta que se nos ofrecía, aún riéndonos pero con menos fuerza, recordando la dudosa interpretación de C, interpretación común en él, pero que en esta ocasión había fallado estrepitosamente, y nos volvimos a reír y cuando llegamos a la casa de M nos servimos nuestros primeros vasos, y nos miramos a los ojos y con secreto consenso acordamos encender otro pito. 

De ese fin de semana no me acuerdo de nada más. Pero no importa. Tengo la sensación de que fue un buen fin de semana. 

Espejo

Todas las noches, antes de acostarse, Robert abría su ventana y encendía un cigarro. Lo fumaba pacientemente viendo a los últimos hombres y mujeres pasear a sus perros. Observaba las terrazas del edificio de más allá, las ventanas generalmente cerradas y las siluetas moverse a través de las habitaciones cuyos murmullos transcurrían sobre el silencio como hormigas desorientadas. Echaba el humo que se hundía en la noche según la vehemencia del viento, siempre viéndolo escapar y repartirse por el aire hasta desaparecer.

Parecía que las personas rehuían de las ventanas porque nunca se dejaban ver completamente, siempre escondidas detrás de cortinas u oscuridades que a esas horas, cuando la noche ya era definitiva, eran lógicas, acaso demasiado tarde para encontrarse en la distancia de los edificios. 

Sin embargo una noche, tras encender el cigarro correspondiente y buscar en la callecita el rastro de algún peatón tardío, se dio cuenta que en el edificio de enfrente había una ventana abierta desde la cual una mujer se erigía en medio de la oscuridad de su habitación. De inmediato Robert se detuvo en la mujer que parecía petrificada en una quietud inexorable bajo una sombra viciada por la soledad. 

A lo largo de su cigarro la mujer no se movió, o al menos eso pensó Robert, que intentaba variar la mirada, pero inevitablemente volvía siempre a ella. Cuando acabó el cigarro esperó alguna reacción, mas nada ocurrió y cerró su ventana y se acostó a dormir. 

La siguiente noche y como todas las noches abrió la ventana y encendió el cigarro y no tardó en darse cuenta que la mujer nuevamente le hacía compañía, una compañía, por cierto, distante y difícil de interpretar. Esta vez no quitó la vista de ella, que tampoco hizo amagos por derrotar su acostumbrado sosiego. 

A partir de ese momento todos los días esperaba ansioso el último cigarro de la noche para enfrentarse a su enigmática acompañante, esperando secretamente algún movimiento o indicio. A veces imaginaba que la mujer era una estudiante de finanzas y otras veces que era la enfermera de un anciano moribundo. 

Una vez incluso la saludó moviendo las manos, silbando suavemente, pero no encontró respuesta. A medida que pasaban las noches la inquietud se hacía más evidente hasta el punto de no poder pegar un ojo, desvelándose toda la noche, abriendo nuevamente la ventana a horas irrisorias, confirmando con desgarrado asombro cómo la mujer permanecía inmóvil. 

Los días de Robert comenzaron a ser días rotos en los que abundaban conjeturas inconclusas sobre la mujer que sólo bullía de noche, que parecía esperarlo a él como el espejo que adolece de sórdidas verdades y al que bastaba enfrentar para descubrir que el polvo que lo cubría estaba hecho de fragmentos derruidos por la desmesura de una vida carente de preguntas correctas. 

Sus cigarros nocturnos estaban acompañados de miedo, y el que antes era el último ahora era uno más de muchos que se quemarían sucesivamente a lo largo de noches insomnes adornadas por esa presencia maldita. 

El dormir se hizo quimera y su vida evidenciaba la falta de sueño. El cansancio era inherente, perdió el trabajo, dejó de comer, lloraba mientras fumaba pero luego ya no le quedaban energías y sólo observaba a la mujer con resignación, preguntándose con dificultades la razón de sus exasperantes apariciones. 

En una ocasión Robert abrió la ventana y se dispuso a fumar el tercer cigarro de la noche. La mujer seguía sumida en sus usanzas, cuando de pronto una serie de delicados movimientos quebraron la oscura costumbre que los separaba, desapareciendo increíblemente ante sus ojos en medio de la oscuridad de su habitación. 

Asombrado por el inusual suceso soltó el cigarro que cayó al vacío en un vaivén veloz y sostenido. Refregó sus ojos, buscó sus lentes y observó nuevamente para confirmar el hecho de que la mujer se había movido, que el espejo se había roto y ya no quedaban más fragmentos a la vista. 

Encendió otro cigarro que fumó trémulo y con expectación, preparándose para una nueva aparición de la mujer. Sin embargo, acabado el cigarro, la soledad era absoluta y así también el cansancio. Esperó quince minutos, aunque podrían haber sido horas, ya nada parecía regirse por cierta lógica, cerró la ventana, pensó por última vez en la mujer, y se quedó dormido.