Antes de llegar

Cuando bajamos del tren ninguno de los dos quisimos decir nada. De alguna forma la estación hablaba por nosotros, que preferíamos callar ante tanta precariedad, como si el silencio calmase la enorme decepción que estábamos secretamente sintiendo al darnos cuenta que muy a pesar de ser Italia el país en el que nos encontrábamos, Tortona y su estación de trenes no eran precisamente un parangón de belleza histórica y modernidad, sino más bien todo lo contrario.

Los dos andenes eran absorbidos por una penumbra indescifrable desde la cual podían surgir todo tipo de personajes y situaciones que preferimos evitar rápidamente adentrándonos en una pequeña cafetería, en la cual pretendíamos permanecer durante nuestra estadía de dos horas hasta que nuestro próximo tren nos llevase a Bologna, última parada antes de Venecia, destino final de nuestra travesía. 

La noche caminaba en paralelo con el frío seco como haciendo una carrera sin prisa hasta el amanecer, para el cual aún faltaban unas siete u ocho horas. La calma resultaba inquietante sobre todo porque en los pocos que estaban en la cafetería con nosotros no parecían haber planes para el futuro próximo; es difícil explicarlo, pero en sus rostros y en sus posturas, en el revolver desalmado del café y en el mordisco obligado a la galletita, no había más que acciones comandadas por el desgano, lo que me daba la sensación de que estos hombres permanecían en un estado de automatismo prolongado, como si a sus vidas se les hubiesen acabado las energías y se mantuvieran andando con un estanque de reserva al cual le quedaban las últimas gotas de inercia. 

Nos sentamos en una mesita la cual cojeaba al apoyarse sobre mi lado, pero la preocupante calma de la noche nos aterraba e impedía reaccionar hasta para hacer un cambio tan simple como ese. Ordenamos un café cada uno y calculé que en dos horas tendría que pasar nuestro próximo tren. Mientras tanto me distraía con un señor que en una esquina jugaba en una de las máquinas de apuestas, una máquina azul y de cuya pantalla se desprendían colores como el amarillo y el rojo cada vez que se realizaba algún movimiento. Mascullaba con una voz que a mi parecer parecía de enojo, pero su borrachera y mi nulo entendimiento del italiano y menos del italiano de un borracho, hacían más difícil la interpretación. 

Todavía no terminábamos nuestros cafés cuando la mesera nos señaló amablemente que cerrarían en cinco minutos y que teníamos que pagar para luego salir del establecimiento. El anuncio no me sorprendió teniendo en cuenta que nos acercábamos a medianoche, no obstante alimentó la tensión en el ambiente ya que desde ese momento perteneceríamos a la indómita naturaleza de la pequeña y peculiar estación, a la cual estábamos confinados sin variedad de posibilidades.

Miró a mis ojos tal vez buscando seguridad, o quizás esperando encontrar el mismo temor que ella sentía al imaginarse las próximas horas a merced de la estación. Cualquiera fuera el caso, sin gran éxito esbocé una sonrisa y le dije que todo estaría bien. Pagamos la cuenta, tomamos nuestras maletas y salimos de la cafetería. 

El aspecto de la estación no era el mejor. Además de la tenue iluminación que hacía que las paredes palidecieran, se oían murmullos preocupantes que venían desde el otro extremo. Lentamente caminamos por el único pasillo que servía de conexión entre la cafetería, la sala de espera, los baños y una pequeña salita en la que sólo había una máquina para comprar pasajes, lo que nos permitía dimensionar la pequeñez del edificio. 

A medida que con breves pasos nos acercábamos a la sala de espera los murmullos se dilucidaban y llegaban hacia nosotros como alaridos llenos de fervor o rabia. A penas asomé mi cuerpo, cada una de las personas que allí estaban (repartidas entre los cuatro largos y fríos bancos de madera) fijaron la mirada en nosotros por segundos que parecieron ser una condena eterna, y luego, tras un escrutinio breve pero severo en el cual gobernó el silencio más cruel, volvieron a lo suyo. 

Eran cuatro: Dos vagabundos ebrios que bebían cerveza y discutían justo al final de la sala; un tipo de unos veinticinco o treinta años, difícil decirlo por su barba y ojos idos, que se paseaba como predicando o definitivamente hablando solo; un hombre de aspecto común y corriente, impasible y aparentemente acostumbrado a convivir con personajes como los que veíamos con incredulidad, que yacía sentado y completamente inmóvil. 

Sin otra opción nos sentamos en las primeras bancas, justo debajo del televisor que colgaba desde una esquina y que mostraba el triste y solitario itinerario de la estación, cuyo único  y próximo tren era al que debíamos subirnos con dirección a Bologna Centrale. Dejamos nuestras maletas apoyadas en la pared, resguardadas por mi indefensa figura y nos dispusimos a esperar en ese extraño ambiente. 

Mi única preocupación era el tipo de la barba que hablaba solo y que se paseaba dando la sensación de que no estaba al tanto de dónde se encontraba. En su mirada se adivinaban ilusiones desconcertantes que lo tenían ataviado, protagonizando una perorata en la que parecía no haber grandes tópicos, lo que confundía aún más sus dictámenes. Peligrosamente (digo peligrosamente porque en el momento todo parecía sentirse demasiado próximo a lo pernicioso) se acercaba hacia nosotros y buscaba en su caótico universo alguna razón como para hacernos parte de él, pero luego, comprendiendo con decepción que no había por qué, o tal vez sin darse cuenta de nuestras presencias, se volvía balbuceando hacia los vagabundos. 

Nos mantuvimos siempre en los confines de su locura con los alaridos de los vagabundos, cuya discusión parecía subir de temperatura, y a veces me daba vuelta y buscaba la mirada del hombre de aspecto común y corriente que permanecía en envidiable quietud y calma, sin darse por aludido y quizás a la espera del tren que nosotros también ansiábamos.  

El cansancio nos azotaba cual flagelo y por un momento pareció oportuno descansar cerrando los ojos. Recordé los días de infancia en los que el mejor refugio ante el miedo era cerrar los ojos y esperar a que las cosas malas se acaben, como si en la oscuridad de mis ojos cerrados no existiesen riesgos, ni miedos, ni responsabilidades. Fue así como comenzábamos a quedarnos dormidos cuando un grito ensordecedor nos despertó de súbito. 

El loco de barba, angustiado como siempre, seguía su paseo inquieto, y el tipo de aspecto común y corriente mantenía la mirada en el ventanal que tenía justo enfrente. Me inquietaba gravemente el hecho de que no se dieran por aludidos ante lo que según mi parecer, se trataba de algo terrible. Me levanté y lo que vi me aterró: uno de los vagabundos yacía en el suelo, ensangrentado y al parecer agonizando, mientras el otro encendía un cigarro y luego daba un largo sorbo a su cerveza. 

Atemorizado la desperté, tomé las maletas y salimos raudos hacia la calle. Creo que aún dormida no alcanzó a darse cuenta de lo que ocurría, pero a penas le conté lo sucedido el pánico amenazó con apoderarse de ella y por consiguiente de mí. Dimos una breve caminata por los alrededores de la estación pero nada parecía lo suficientemente seguro pues la oscuridad reinaba, al igual que el silencio y la soledad, y el frío era el gran impedimento como para permanecer alejados de esa sala de espera llena de personajes indescifrables. 

Azuzados por el frío, que curiosamente resultó ser más poderoso que el miedo, volvimos a la estación. Me asomé por la sala y ningún cambio se manifestaba; tan sólo la sangre del que ahora era cadáver se escurría lentamente como un fino hilo desde el cuello hacia una de las puertas. Tras sopesar los próximos movimientos parecía que lo más lógico era ir hacia los andenes, en los cuales habían cámaras de seguridad y bajo cuya vigilancia era menos probable que fuéramos víctimas de cualquiera de los hombres que ahí se encontraban (o al menos el crimen no quedaría impune, aunque a esas alturas nada garantizaba su funcionamiento). 

El problema era que para llegar a los andenes la sala de espera era el único camino disponible a esas horas. Tomamos aire y tratando de fingir tranquilidad entramos y comenzamos a cruzar. Sin embargo, como si la maldición de Tortona (si es que la había) se estuviese haciendo presente en nosotros, el loco pareció despertar de su ensimismamiento y nos dirigió una mirada absorta que amenazó con violentarnos. Apuramos el paso y lo dejamos atrás, pero no tardó en soltar una letanía de palabras y recriminaciones que venían con una gran carga de violencia, la cual nos angustió terriblemente. 

Fue en el momento cuando siento su mano, una mano dura y pequeña que se posó sobre mi hombro, señal inequívoca de que el peligro se tornaba real, que me doy vuelta listo para defenderme y me enfrento a la realidad, una que minimizaba cualquier temor o vivencia anterior y que terminó por sacarme de mis cabales: la soledad, la soledad absoluta de una sala de espera en completo orden, sin personas, sin el hilo de sangre, sin nada de lo que habíamos estado temiendo, sin, por supuesto, el loco que recientemente nos gritaba y tocaba mi hombro. 

Corrimos, al borde del colapso, hacia el andén y dejamos nuestras maletas en el suelo mientras nos paseábamos inquietamente, buscando explicación, aterrorizados a más no poder y queriendo dejar atrás esa estación terrible. De pronto, sin previo aviso, nuestro tren apareció entre la niebla  y la emoción casi nos hace perderlo, pero tras una carrera desesperada logramos entrar a nuestro vagón y sentarnos en nuestros asientos. 

Aún sin saber qué es lo que había ocurrido, dejamos atrás la estación de trenes de Tortona, aquél pequeño pueblo perdido en la provincia de Alessandria que una noche de febrero de hace algunos años fue el escenario que desafió nuestros temores más recónditos. 

Nos sentamos, di un resoplido y luego me quedé dormido. Cuando desperté llegamos a la estación central de Bologna, la cual esperaba que fuera grande y cómoda para que las próximas cuatro horas de espera no tuvieran parecido alguno con nuestra permanencia en Tortona. Sin embargo nunca imaginé el calvario que significaría esa espera, sobre todo porque al bajar de nuestro vagón, no mucho más lejos de nosotros, un tipo de barba y ojos idos se paseaba por el andén balbuceando cosas que no entendería jamás. 

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