De cuando fuimos al supermercado

A Joaquín y Martín

 

Cerca de la casa de M hay una pequeña plaza con una especie de pérgola en la mitad. Ahí nos dispusimos los tres a fumarnos un pito, a pesar de que C todavía era reticente a tales menesteres. De todas maneras, como siempre y después de hacerse de rogar, lo convencimos y terminamos volándonos de sobremanera, esas voladas que uno no espera y que al darse cuenta que las expectativas han sido sobrepasadas, agradece como mirando al cielo y sonriendo.

Esos pitos en particular los compré junto con otro amigo a una señora que le decían la Tía Paty. Sólo logré comprarle en dos ocasiones, y el resultado siempre fue extraordinario, con gramos justos y calidades que para la época resultaban fascinantes. Así que la Tía Paty nos proporcionó un fin de semana de inesperada diversión que comenzó en esa pequeña pérgola de la pequeña plaza que se encuentra justo en la esquina, un poco más allá de la casa de M. 

La verdad es que no sé en qué estábamos pensando. Debíamos estar ansiosos por fumar y no pudimos aguantarnos. Caminamos dando botes sobre la oscuridad de la noche, adentrándonos en calles y callecitas, por barrios tranquilos y alertas. Mientras tanto, claro, nos cagábamos de la risa porque parecía inconcebible el poder de la marihuana que recién habíamos consumido. 

Entramos al supermercado sin sopesar lo que se nos venía. Lo primero que nos abofeteó fue la absoluta claridad, las luces blancas y potentes que contrastaban con nuestra oscura caminata que nos llevó hacia ese lugar. La cantidad de personas, como todo día viernes a las ocho de la noche, era una locura, locura, por cierto, de la que participaríamos sin siquiera darnos cuenta. 

Esa entrada triunfante, que de triunfante no tuvo nada, sino más bien desacertada porque por alguna razón nos pareció hilarante el súbito cambio de panorama, y las risas eran incontenibles y se podía sentir en las miradas de los que tenían la mala fortuna de pasar cerca de nosotros, que se aborrecían al vernos pasar dando carcajadas, con ojos seguramente inaceptables, fue una inserción llena de gazapo. 

Creo que fuimos a comprar pisco y coca cola, y hielo. Puede que también, teniendo en cuenta nuestro estado, hayamos buscado algo para comer, quizás papas fritas o tal vez carne y carbón para un asado producto de la imaginación que nos abordaba en esos momentos y que de seguro desencadenaría un hambre voraz e incontenible. Lo cierto es que hacernos de los productos por los que íbamos no fue una empresa sencilla. Caminábamos como desorientados haciendo rutas inexpertas, rutas irrisorias que nos llevaban por el pasillo de los detergentes y luego por el de los juguetes, para finalmente, de alguna forma que no lográbamos dimensionar, aparecer en el pasillo de los copetes. 

Nos debe haber tomado una media hora conseguir nuestro objetivo, y cuando por fin logramos reunir lo requerido, nos dirigimos a una de las cajas rápidas, que de rápidas no tenían nada, pero tampoco confiaría en nuestra percepción del tiempo, averiada por la planta. De todas maneras no teníamos apuro, porque el paroxismo nos gobernaba y nos reíamos sin detenernos en nuestro comportamiento que de seguro tenía a las señoras que nos rodeaban muy alteradas y preocupadas. 

En esa espera llena de risa y despropósito, la señora que iba adelante de nosotros y que en su carro llevaba a su hija, que según mis cálculos inexactos no superaba el año, año y medio, nos pidió que cuidásemos a su corazoncito mientras ella iba a buscar algún producto que había olvidado. Estupefactos ante su petición, demasiado volados como para argüir una negación, aunque el rechazo no parecía viable, la señora desapareció rauda y nosotros nos quedamos pensando cómo era posible que una señora le entregara la responsabilidad de su corazoncito a tres pendejos que estaban lejos de estar dentro de sus cabales. Luego pensamos que no era para tanto, que tampoco era tan difícil. Yo sólo rogaba en silencio que el corazoncito no se pusiera a llorar porque ahí si que el asunto se pondría difícil. Las risas me contagiaron nuevamente y de reojo me detenía en la niña que nos miraba con asombro. 

Cuando llegó la señora con su lavaplatos nosotros seguíamos en nuestra dinámica de goce, y ella pudo darse cuenta que su corazoncito estaba lejos de ser nuestra prioridad número uno, pero resignada no dijo nada, tal vez entrando en razón, dándose cuenta de la irresponsabilidad acometida, una que, por cierto, callaría secretamente y trataría de olvidar. 

Todavía no era nuestro turno y nuestras risas impacientaban a las demás personas de la fila. Cuando C se dio vuelta y cruzó su mirada con una señora, ésta le dijo que debería comprarse gotitas para los ojos, sobre todo ustedes dos, apuntándolos a ellos y luego mirándome a mí como decepcionada, y nosotros que nos callamos y cambiamos la algarabía por la seriedad irrefutable, y nos dimos vuelta y en clave de murmullos festinamos con la situación. 

Cuando por fin fue nuestro turno y nos tocaba pagar, C, como de costumbre, azuzado por el ímpetu morboso de su estado, entró en un juego con la cajera, la cual le recriminaba nuestros presentes, niños irresponsables, al supermercado no se viene así, le decía, y C que negaba las acusaciones sin argumentos a su favor, tan sólo con una sonrisa irónica en el rostro que sólo contribuía para emputecer a la cajera y concederle la conjetura. C es un gran defensor de sus argumentos, pero en ese momento le carecían y, creo, su intención por hacerse respetar como era de costumbre, yacía extraviada en un pasado no muy lejano. 

Mientras tanto yo y M nos mirábamos como avergonzados, nos deteníamos en nuestros ojos enrojecidos e hinchados por la risa, y cuando nos dimos cuenta que el conato de la cajera concluía y éramos libres de abandonar el supermercado, lugar del cual usufructuamos todo lo posible y al que, por supuesto, no pertenecíamos, no en ese estado, nos escabullimos entre las personas, bajando por las escaleras mecánicas, soltando un suspiro interminable, como si hubiésemos hecho esfuerzos encomiables para no ser descubiertos. 

Volvimos a la noche, a los barrios de silencio y soledad, a esa oscuridad impoluta que se nos ofrecía, aún riéndonos pero con menos fuerza, recordando la dudosa interpretación de C, interpretación común en él, pero que en esta ocasión había fallado estrepitosamente, y nos volvimos a reír y cuando llegamos a la casa de M nos servimos nuestros primeros vasos, y nos miramos a los ojos y con secreto consenso acordamos encender otro pito. 

De ese fin de semana no me acuerdo de nada más. Pero no importa. Tengo la sensación de que fue un buen fin de semana. 

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