Delirio de invierno

No sé si habrá sido casualidad, o Jorge pretendía estar dormido a la espera de mi vuelta a la vigilia. Cualquiera sea el caso, pareció que abrimos los ojos al mismo tiempo, justo cuando llegábamos a la estación central de München. Los vidrios empañados eran la huella de un invierno del que tanto se había hablado, con una anticipación temerosa que rozaba el delirio. Habíamos comentado en el inicio de nuestra travesía, mientras ubicábamos el vagón 17 en la estación de Amsterdam, lo excesiva que nos parecían las medidas tomadas por los principales gobiernos de la Unión Europea respecto a un invierno que, hasta el momento, nos había parecido inofensivo.

Soslayando el clarísimo frío que resquebrajaba nuestros trémulos cuerpos, pretendíamos no darnos por aludidos, comentando la arquitectura y la diversidad cultural que se mostraba desde el inicio. Nos quedaban varias horas de espera para el próximo tren, por lo que mantenernos sólo en el Hauptbahnhoff parecía un desperdicio, teniendo la oportunidad única de recorrer una ciudad aún desconocida y con tantos presuntos atributos. 

Conforme nos acercábamos al Marienplatz, plaza central de la ciudad, la tímida llovizna comenzaba a tomar peso. El aguanieve se nos colaba entre las ropas, y mientras luchábamos en silencio contra un orgullo que a estas alturas no era posible de retractar, veíamos como algunas valientes señoras de aspecto roñoso y poco amigable, vociferaban cosas indescifrables en un idioma que no sabíamos si era alemán o árabe, en búsqueda clara de una colaboración financiera. 

Yo pensaba que acá no había eso, me dice Jorge, mirando con desafiante lástima directamente a los ojos de una de las señoras, a la que le faltaba un diente, y su doble papada parecía curtir vellos indómitos que alegaban libertad. Yo tampoco, respondo escuetamente, introduciendo disimuladamente las manos dentro de mi abrigo. Que pena me da, concluyo rozando un par de monedas que prefiero mantener junto a mí, a ver si las gasto en algún souvenir. 

Tras escuchar, porque ver a estas alturas resultaba imposible debido a la blanca cortina de nieve que caía en completo silencio, el Glockenspiel del Rathaus, le comento a Jorge que me gustaría beber una cerveza local, a ver si efectivamente es tan buena como dicen. Un poco más allá hay un mercadito, me dice indicando con tembloroso gesto en la mojada pantalla de su teléfono, en el que al parecer hay lugares para sentarse y tomar. 

Bajo un toldo que no cumple su función ya que las leves ráfagas de viento traen la nieve de lado, no importando estar bajo él o teniendo a las nubes como techo, bebemos una Paulaner  que efectivamente está muy buena, realmente buena, pero parecemos dos inútiles que no saben qué están haciendo. Se nota la incomodidad, ya que las señoras que cacarean entre sí, un par de mesas más allá, ríen y hablan a volumen alemán, al contrario de nuestro silencio doloroso, que se prolonga con cada sorbo, que con el pasar de los minutos se hacen más largos, más fríos. 

Sorteando la nieve y estando siempre al límite del descalabro, cuidando los pasos y el equilibrio, pasamos cerca de la Frauenkirche -en reparaciones- y usamos esas escasas moneditas que tanto querían las señoras roñosas, en un par de llaveros y tonterías que de seguro terminarán en algún cajón polvoriento. Entramos y salimos en distintas tienditas, luchando para hacernos entender, minimizando la comunicación a miradas corteses y pagos justos. 

Cuando el hambre se nos aparecía y se coludía con el frío para hacer de nuestra estancia pasajera aún más sufrida, nos acercamos a un boliche, como le gustaba decir a Jorge, típicamente ambientado, con mesas largas de madera, tenue luminosidad, bullicio de gritos, risas y cervezas, muchas cervezas, y la temperatura perfecta para olvidar ese frío polar que habíamos obviado comentar, porque queríamos evitar la incómoda aceptación de nuestros presentes. 

El almuerzo fue contundente. La cerveza, Augustiner, fue un bálsamo inesperado que aclaraba nuestras gargantas de las papas, el chucrut y las chuletas. Volvimos a ser nosotros, a conversar fluidamente, a reírnos, a balbucear en torpe alemán un “ein bier, bitte”, reivindicando la dicha de estar donde estábamos. No sabré decir si nos fuimos borrachos, pero desde luego las cervezas nos dieron un nuevo impulso, que nos llevó nuevamente a aventurarnos a las gélidas calles resbaladizas. 

Divorciados de nuestras pretéritas inquietudes, nos animábamos a hablar, sacando las manos de las chaquetas para apuntar a destinos prácticamente indescifrables. Nuestras ropas eran agua y hielo, y a pesar de nuestro positivismo, el frío volvió golpeando nuestros cuerpos con la fuerza que merecen los que porfían, una y otra vez, como ignorantes tarados, las inclemencias del verdadero invierno europeo. 

Nos quedaba una hora para subirnos al próximo tren con destino a París, y la permanencia en la intemperie se vislumbraba como una odisea funesta, en la que de no aceptar nuestra falta de criterio,   terminaríamos sucumbiendo como estatuas hechas de lamento, hielo y torpeza. 

Como llevados por fuerzas imaginarias que nos enlazaban secretamente haciéndonos uno, nos fuimos devolviendo a la estación de trenes, procurando un despiste falso que nos haría perdernos cuales aventureros, para luego encontrarnos de frente con ella. Y claro, haríamos un llamamiento a la sensatez, tan abundante en nuestro discurso y actuar, y nos quedaríamos ahí, a la espera de nuestro próximo tren. 

Y así lo hicimos. Cuando entre la bruma comenzó a mostrarse la fachada del edificio, una sensación  histérica se nos introdujo secretamente, la que debía ser manifestada pronto, o el frío nos terminaría por hacer desvanecer y perecer en los vacuos asfaltos. Aquí se toman muy en serio las cosas que dicen respecto al invierno, digo como concluyendo nuestra peripecia, jugando con los límites, desafiando a ese clima ignoto. 

Pero Jorge hace silencio y yo de inmediato me arrepiento de lo dicho. Estando tan cerca no podemos darnos el lujo de provocar las fuerzas naturales y universales. Callamos. Nos sentamos en el gleis 4, en donde nos estremecemos sin pausa, al borde del delirio, uno del que nos habíamos mofado horas antes, pero que ahora parecía tan cerca, tan real, tan abismante. 

Llegó el tren y no, no buscamos nuestro vagón. Simplemente nos subimos en la primera puerta que tuvimos en frente, con el cuerpo duro, las ropas empapadas, los bigotes húmedos y las narices inservibles. Ya todo había terminado y nuestra visita a München, en medio del invierno delirante, había acabado. No pude evitar sentirme avergonzado de nuestra actitud. Sentado, suspiré y cerré los ojos. Frío de mierda, frío de la puta mierda, dije con las manos empuñadas, soltando las tensiones. 

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