El cable

Lo único que quería hacer era comprar un cable para cargar mi teléfono. El cable que tenía para cargar mi teléfono había terminado de morirse luego de que mi gato se entretuviera largos momentos sin que yo lo notara, moviéndolo con la pata y luego mordiéndolo hasta destrozar las conexiones internas por las que pasaba la energía. Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde y mi gato dormía sobre el cable que ya no era mi cable para cargar el teléfono, sino que era el cable que él perseguía y con el que jugaba hasta dormirse.

Así que ahí estaba, esperando detrás de una mamá y su hijo que le hacían preguntas al único vendedor de la tienda, que les explicaba los atributos del teléfono más vendido, un teléfono maravilloso, decía él, cuyo precio se condice totalmente con su rendimiento, el más bueno, el más bonito, el más barato, sí, él dijo el más bueno y soltó una risita después de decirlo, y arqueaba todos los dedos menos el anular y repasaba sin tocar el teléfono, haciendo hincapié en el detalle de las terminaciones, como si en esa posición de sus dedos y en esa fina distancia hubiese sofisticación. 

El niño, catorce o quince años, movía inquieto su pie izquierdo, y preguntaba por la cámara, cuántos megapixeles en la frontal, para las selfies, decía él, y su mamá lo miraba como extrañada, como si ese no fuese su hijo y como si por primera vez se diera cuenta de la distancia inexorable que los separaba, y el vendedor le hablaba de las prestaciones de la cámara, del modo belleza o el modo nocturno, para los carretes, le dijo, y le guiñó un ojo buscando complicidad, a lo que el niño le respondió con una risita nerviosa, mirando a su mamá, que preguntaba si en definitiva el teléfono era bueno, si se compraba mucho, y el vendedor le respondía que sí, que no tenga dudas que esa era la mejor opción para su hijo, que ese teléfono es el más comprado por los adolescentes porque es el único que satisface todas las necesidades. 

Debo decir que la mamá no parecía muy convencida, pero aún así entregaba toda su confianza en el vendedor, que le hablaba sobre el sistema operativo y los dual-core, o los quad-core, y la rapidez de la interfaz, y el almacenamiento interno, sobre la dual-sim, sobre la memoria expandible hasta 64 gb y un montón de otras cosas que se me olvidaron porque me distraje con el hijo que no dejaba de mover su pie izquierdo con impaciencia, como si todo lo que se estuviese diciendo fuese un protocolo innecesario porque el tiempo apremiaba y lo único que importaba era tener el teléfono lo antes posible en sus manos y usarlo hasta la tortícolis, llenando esa memoria con fotos y videos y juegos y conversaciones azarosas. 

La impaciencia del hijo se traspasó a mí porque ahora me sentía cada vez más apresurado, cuando en realidad no tenía más que hacer, y poco a poco comencé a tomar preferencia por el adolescente que se notaba inquieto y que cada vez que tenía el teléfono en sus manos dibujaba una sonrisa indisimulable, palpando cada centímetro del aparato, moviéndolo con destreza, con un pulgar entrenado durante varios años, desde su primer teléfono de mierda cuya cámara era nefasta y ciertamente no se comparaba con el que sostenía ahora, un pulgar que se había preparado para este momento, para manipular un celular de las grandes ligas y cumplir así el sueño de todo joven que precisa tecnología para llevar una vida común y corriente, porque hoy lo común y lo corriente es fijar las atenciones en una pantalla en desmedro de los entornos y las realidades. 

Me hubiese gustado interrumpir el ir y venir de preguntas y respuestas, pero la sincronía que protagonizaban el vendedor, la madre y el hijo parecía infranqueable y cualquier intento de interrupción hubiese parecido un desatino tremendo, además que mi falta de ímpetu para sobreponer mis intereses por los del resto en actos de rebeldía como el que me planteaba se veía lejano, en un universo en el que yo no me presentaba en tiendas para comprar un cable porque mi gato lo había destrozado, sino uno en el que no tenía gato sino novia y una bodega llena de artículos tecnológicos capaces de sacarme de cualquier apuro. 

Así que seguí esperando. Era el turno de la inspección ignorante de la mamá, que le tomaba el peso al teléfono, que preguntaba si aguantaba golpes, que veía como el vendedor aprovechaba la situación para ofrecer una carcaza especial para los embates, que podía ser añadida por sólo diez mil pesos, una oferta que tenemos, dijo, y la mamá que no lo miraba a él sino al teléfono, que recorría con su dedo índice las pantallas, que de seguro no entendía nada, pero que simulaba una rigurosa fiscalización para darnos a entender a todos los presentes que ésta no era una decisión que tomaba a la ligera, que bastaba un mal indicio para acabar con la operación. 

Mentiría si digo que no me molestaba todo el tiempo que se estaban tomando sin considerar mi presencia. Por un momento llegué a sopesar la idea de que en realidad no sabían que yo estaba ahí, pero luego me di cuenta que era imposible, que nadie podía tener tan mala percepción de las cercanías, pero sí podían haber quienes no respetan los tiempos en situaciones como la que yo presenciaba tan de cerca. Me enfadé, porque el vendedor cruzaba su mirada con la mía y volvía al teléfono, a la mamá o al niño, y continuaba sin apurar nada, concentrado en las inquietudes de los clientes, esperando no perderlos y con ello el bono por venta superior a doscientos mil pesos. 

Si mi gato no hubiese hecho migas con el cable hasta el punto de considerarlo su amigo-juguete-desestresante (aunque no sé qué niveles de estrés puede tener ese gato) y hacerlo parte de su intimidad no sin antes dejarlo inutilizable, todo este desborde de materialismo cayendo desde los bolsillos de la mamá, que ahora parece más convencida tras sacarse una selfie en modo belleza que realzó sus escondidos atributos, no estaría siendo parte de mi sábado por la mañana. Pero ahí estaba, sin encontrar el valor para preguntar por el puto cable, perdiendo los estribos cada vez que la vieja culiá hacía otra pregunta estúpida. 

Recuerdo el silencio. La mirada del vendedor buscaba quebrarlo, pero la tensión provocada por el pensamiento de la mamá, por esa toma de decisión obvia pero resistida, era inquebrantable. Yo estaba harto, pero sabía que pronto esto llegaría a una conclusión satisfactoria para el hijo que miraba a su mamá de reojo, intentando persuadirla con una cara de niño bueno que a partir de ese momento encausará su vida por rumbos responsables, motivo de orgullo, dejando atrás la hipocresía de sus actos y sus errores. Bueno, dijo la mamá mirando a su hijo, al que le brillaban los ojos de alegría, vamos a hacerle el regalo de cumpleaños adelantado y nos llevaremos el teléfono. 

El hijo abrazó a su mamá y la besó en la mejilla. Gracias, mamá, dijo, gracias, te juro que no te arrepentirás, voy a estudiar y me voy a sacar buenas notas, no voy a pelear con mi hermano y te voy a ayudar a lavar los platos, gracias, mamita, gracias. Excelente, dijo el vendedor, que sonreía pensando en ese bono, permítame el teléfono para ingresar la venta y agilizar las cosas. La mamá soltó una pequeña risa y le dijo al hijo que le cobraría la palabra mientras lo abrazaba y le devolvía el beso. 

Luego de pagar en cómodas cuotas el vendedor le entregó el teléfono al hijo junto con la caja y los accesorios. Gracias, hasta luego, dijo la mamá, Chao, gracias, dijo el hijo y sonriéndome como si los treinta y cinco minutos que esperé hubiesen sido un regalo del señor, me esquivaron y se fueron de la tienda. Quedamos yo y el vendedor mirándonos las caras, él todavía sonriente, yo cada vez más mosqueado, pero aliviado porque pronto podría estar de vuelta en casa. 

Hola, buenos días, quisiera saber si tienes un cable para cargar este teléfono, le dije mostrándoselo. Dudó unos segundos y me dijo que vería atrás en la bodega si le quedaba alguno. No alcancé a responderle y ya se había escabullido dejándome solo frente a la caja. Demoró cinco, seis minutos y volvió con las manos vacías. Disculpe, señor, no nos quedan para ese modelo, la próxima semana nos llega un nuevo cargamento ¿Le gustaría dejar uno reservado?.

No sé si solté un mierda o un por la chucha o un vieja conchasumadre o un me cago en la puta. Lo cierto es que abandoné la tienda muy enfadado por el tiempo perdido, pensando en algún lugar cercano para hacer la misma averiguación, queriendo en realidad irme a casa y decirle en la cara al gato que por su culpa yo estaba llegando tan tarde con mi cable y con su comida, así que si tienes ganas de comerte mis cables, te aguantas el hambre de comida real, pensé que le diría. 

Bastaron unos pocos pasos en dirección a otra tienda cuando divisé, no muy lejos, al hijo con la mamá. Se veían felices, esperando que la luz roja sea verde para cruzar la avenida. Me quedé mirándolos mientras se perdían entre el concreto y las personas, llevándose consigo la nueva adquisición y mi tiempo. Sacudí la mirada y los pensamientos y volví a enfocarme en el cable, en el puto cable. 

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