El lugar

Apurando el paso de forma desesperada, esperando encontrarse con ese grupo de gente que rodeaba una piscina inflable, miró hacia el cielo buscando estrellas que no encontró, y se dio cuenta que todas las veces que había estado en ese lugar lo había hecho de noche. Y al igual que las veces anteriores, recordaba atravesar el portón negro y antiguo, cuyas puertas parecían estar siempre abiertas, pero siempre olvidaba cómo llegar a él para dejar el lugar. Ese pensamiento que se coló frente a sus intenciones de alejarse lo máximo posible de los dos hombres derruidos que lo perseguían, resultó irse con la misma fugacidad que llegó a él.

A medida que avanzaba hacia el grupo de personas, y teniendo mayor claridad de sus aspectos, no estaba seguro si era una buena idea seguir hacia ellos. Sin querer mirar hacia atrás, pero aún sintiendo las presencias de sus perseguidores en la nuca, sus apariencias no distaban mucho de la de los dos anteriores, y en sus manos parecían tener pequeños cargamentos de droga, o de algún ilícito que pasaban de una mano hacia otra, como deslizándolos a merced de la normalidad de las cosas, mientras dos niños sucios chapoteaban en la escasa agua color tierra. 

Determinó seguir su camino, a pesar de la incertidumbre respecto a las buenas intenciones del grupo de personas al que iba dirigido. Podían estar perfectamente relacionadas con los dos desgraciados, pero entre morir a manos de dos que estaban decididos a hacerle daño o a tener la posibilidad de conmover a un grupo un poco más grande de personas, se quedaba con la segunda opción. Así que, inusual debido a su sabida timidez, se inmiscuyó entre los presentes y saludó casi sin aliento, con el corazón revolviéndose en sus adentros, con el temor aún latente. 

Entre las personas, recuerda claramente a uno en específico, que parecía el más dominante por un tema de tamaño y peso; un gordo enorme con la cabeza rapada, pero que tenía un extraño y cercano aspecto de mujer. En sus rasgos y en su forma de moverse veía más a una madre que al líder de una banda de narcotraficantes. Y a pesar de que el movimiento de paquetes sospechosos no cesaba, intentaba no mirarlos, evitando levantar sospechas respecto a su presencia, aunque todo el mundo sabía que él no era de ahí. Se podía ver en su aspecto arreglado, como quién iría a una fiesta de cumpleaños, totalmente desajustado a la realidad de aquella zona.

Y efectivamente él iba a una fiesta. Recuerda haber llegado al departamento de su amigo. Pero no era el departamento actual en el que vivía, sino más bien el departamento dónde vivió cuando era adolescente, cuando su madre aún vivía. Era un departamento espacioso, que abarcaba dos plantas y que lucía un papel mural verdoso que se prolongaba hasta los baños. Esos eran sus últimos recuerdos antes de estar siendo perseguido por los dos hombres que, al verlo acercarse al grupo de personas, siguieron de largo como si nada hubiesen estado planeando. Eso lo alivió, pero al contrario el no poder recordar cómo había llegado ahí. Hurgó en su memoria.

Llegó un poco más temprano, como de costumbre, porque no le gustaba ser impuntual, y así podría ayudar en algunas cosas, si es que así se requería. Le abrió la novia, una pelirroja muy agradable que lo invitó cordialmente a entrar. Sandro está arriba, le dice, pero yo voy al supermercado a comprar algunas cosas. Te acompaño, no quería llegar con las manos vacías, pero el bus en el que venía no paró en ningún lugar. Y abriendo una puerta que parecía la de una habitación más, entraron a un supermercado, cuyo ambiente rojizo provocado por las tenues luces que lo iluminaban, lo hicieron perderse y no volver a ver a la novia de cabellos color cobre.  

Buscó el pack más grande de cerveza para compartir con los amigos, a los que estaba emocionado de poder ver debido al largo tiempo que había pasado desde la última vez que se habían visto. Curiosamente tampoco podía recordarlo. A las cervezas le agregó una botella de licor más fuerte, junto con una bebida y hielos, como acostumbraba. Pagó y buscando la puerta por la que había entrado, encontró otra, la que abrió con un poco de dificultad debido a la cantidad de cosas que tenía consigo. 

Entró a una especie de recepción de edificio, pero que estaba completamente a oscuras, iluminada por la luz de la luna que ahora se podía ver, grande, blanca, y que se cernía a través de uno de los ventanales del lugar. Suba, le dice el hombre sentado en un diván, tras el mostrador. 

Y subió por unas escaleras que lo llevaron directamente a una especie de sala de eventos, también a oscuras. Dejó las compras sobre una mesita blanca de plástico y se sentó en una cama. En ese momento apareció Sandro, sin el ánimo que uno esperaría de un festejado, y lo saludó con voz deprimida. Qué bueno que apareciste, le dice, ya estaba empezando a perderme. Sí, por aquí las cosas son a veces así, le responde, sentándose a su lado y prendiendo el televisor, del que no se había percatado. 

Una pesadumbre inmensa se apoderó de él. Era un manto de sueño pesado que se posó sobre sus párpados y que lo abofeteó intensamente, adormeciéndolo parcialmente, quedando en  estado inútil, el que tan sólo le permitía desplazarse con la fuerza de la cadera y las manos, estando totalmente recostado. Miraba de reojo a Sandro, que observaba impávido el televisor. Veía su rostro iluminado por las luces azules y blancas que proyectaba la pantalla, y no distinguía más que un rostro serio que gesticulaba a penas y que respondía en monosílabos sus singulares preguntas, las que salían de su boca como batalla contra el letargo del que estaba siendo presa. No quería que Sandro se enterase de su situación, por lo que luchaba en todo momento por no ceder ante el sueño, aunque parecía que si así lo quisiese, no lo lograría. 

Le tomó unos minutos darse cuenta que los invitados no llegaban. Soslayó la oscuridad, algo que parecía demasiado tardío como para preguntar su razón. Seguía anestesiado, pero recobró ciertos movimientos que le permitieron ponerse de pie. Quiso abrir una cerveza, pero no las encontró. Tampoco a Sandro, que desapareció repentinamente, o que quizás nunca estuvo ahí. El televisor se camufló con la oscuridad y su noche, y él, más recuperado, salió por la misma puerta, buscándolo. Nuevamente apareció la pelirroja, que pasó rauda de largo, como si estuviese enfadada. 

¿Dónde están todos? alcanzó a preguntar. En el bar, escuchó. ¿En el bar? se preguntó. Y recordó que la invitación era en uno de los bares cercanos. ¿Pero por qué vine hasta acá? ¿Por qué ella no me dijo nada cuando entré al supermercado? ¿Y Sandro? No entendía lo que sucedía y poco a poco comenzaba a angustiarse. Definitivamente estaba siendo una noche extraña, y la sensación oscura de que cada una de las ocasiones anteriores en las que había estado en ese lugar habían sido igual de insólitas, le abrumó por un segundo. 

Estimó que para salir del edifico, la mejor solución, o quizás la única, era haciéndolo por la azotea, cuya superficie estaba muy cerca de una ladera asfaltada contigua, y que estaba conectada por un angosto puente de madera y cuerdas ásperas de color café. Cruzándolo vio a lo lejos, en otro de los puentes de mismo aspecto, que conectaba con algún lugar difuso, a dos viejos amigos. ¡Hola! ¿Cómo están? les gritó entusiasmado. Bien, vamos al bar, respondieron escuetamente. Bueno, ya los alcanzaré, musitó mohíno. 

De pronto una nueva pesadumbre lo agobió, esta vez más fuerte. Recordó con amargura a su novia, y rememoró la grata compañía que comenzaba a añorar intensamente. No sabía en qué circunstancias dejó de tenerla a su lado, y la tristeza con que su imagen llegaba a él lo desorientó, llevándolo a la desolación y a deambular por las oscuras y tenebrosas calles de aquél lugar. Era una nostalgia lacerante, que punzaba en su cabeza y en su pecho, dejándolo en estado taciturno. Caminó cabizbajo, intentando recordar la salida, o cómo encontrar el camino al bar. 

Pero nada correspondía a la lógica. Más bien todo lo que sucedía en aquellas calles tenía una relación estrecha con lo delirante. En su cabeza dibujaba el portón negro, con plantas a medio secar enredándose entre sus fierros, abierto de par en par, como invitando a cruzarlo, pero bajo la propia responsabilidad. Parecía que no habían salidas disponibles, o al menos esa sensación le estaba rondando mientras bajaba por la ladera. 

Miraba las casas y escuchaba los murmullos. Ni el bar ni el portón eran parte de su itinerario, porque al parecer no tenía uno hace muchos años. Había dejado de permitirle a la sensatez hacerse parte de su vida, y lo único que había obtenido a cambio eran episodios acongojantes. Sintió las presencias aparecerse, rozándole la nuca. El caminar desesperado, el cielo completamente oscuro, las personas que rodeaban a lo lejos la piscina inflable. Se acercó a ellos tras una breve toma de decisión, la cual no tuvo muchos argumentos en contra, más que la muerte consensuada o secretamente objetada por alguno de los presentes. 

Veía como se movían los brazos de los hombres, que con rápidos movimientos se pasaban de una mano a otra -puestas en las espaldas- como haciendo un circuito corto, sin inicio y sin final, los paquetes de la discordia. Una policía rubia, un poco pasada de peso y con la pistola en la mano se acercó, mientras él se acomodaba el calcetín dentro de uno de sus zapatos. Se sintió brevemente a salvo, pero a su vez, al ver el arma que llevaba, comenzó a dudar de sus intenciones. Fingió una cojera que aseguró sucedió por estar escapando de los dos hombres, cuyas presencias eran fantasmas lejanos y ocupados de otros menesteres. Sí, lo entiendo, por aquí las cosas son a veces así, le responde. 

Y sin saber qué hacer, sopesando la idea de ir un poco más temprano donde Sandro para ayudarlo con lo que necesite, o simplemente buscar la salida, volvió a mirar al cielo. Seguía sin recordar cómo había llegado ahí, y por qué todas las veces que había visitado el lugar, había sido siendo de noche. Repasó con la mirada el movimiento constante de las manos de los presuntos traficantes, volvió a él el manto de tristeza por la incertidumbre de su novia, y se preguntó cómo sería aquél lugar si pudiese visitarlo de día.

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