El próximo tren

Las intensas jornadas laborales de aquellos meses habían consumido todo impulso energético. Mi vida se resumía en oficinas y una pequeña cama que hospedaba mis discretos sueños. El lánguido pasar de los días avivaba la opción de desertar, pero faltando tan poco para acabar las labores que me habían llevado a aquella ciudad, recapacitaba y acudía a infortunados métodos de autoconvencimiento, los cuales no terminaba de repasar antes de quedarme dormido para luego tener que volver a despertar.

Las circunstancias que me llevaron a ese lugar siguen siendo difusas y difíciles de explicar, por lo que suelo obviarlas y atenderlas como parte de eso que llaman destino. Desde mi llegada pretendo que mi pasado es algo que escapó de mis manos y del cual no puedo hacerme responsable. Sigo creyendo que he llegado aquí por acciones ajenas a mi entendimiento y, por cierto, mi capacidad de reacción. 

Con eso en mente, supuse acostumbrarme a mi nueva vida, acusando un innegable desprecio por el desvarío de las horas, que se prolongaban hasta el hartazgo, siendo yo el incrédulo protagonista de sus incipientes lentitudes. Vivía según términos ajenos, respondiendo solicitudes y cediendo ante quimeras que me hubiese gustado compartir, pero que en el papel no eran más que imposibles. 

Ciertamente carecía de la actitud suficiente como para luchar ante tal presente. Mi ensimismamiento propiciaba las malas caras y los desencuentros con el espejo y la conciencia. De seguro que para quienes tuvieron la mala fortuna de tratar conmigo, causé una impresión desagradable, la de quién parece haber perdido el aprecio por el magnífico regalo de estar vivo. 

Llegó un momento, cuando las horas además de ser inagotables eran gélidas, en el que anhelaba las noches más que nada. Porque así podía descansar de los lamentos e intentar remediar la situación con silencios condimentados por buenas intenciones que se diluían al momento de analizar con extremo detalle toda posibilidad que se podía ver involucrada. 

Mi existencia era un bucle que naufragaba durante las noches; se llenaba de océanos agrios y furiosos, para luego volver a un flote inestable, en constante peligro, que sabía de un porvenir previamente decidido, del cual no había escape posible más que el rumbo de las profundidades. 

Así fueron pasando los días, hasta llegar a la recta final de mi estancia. Curiosamente, pero de seguro que alimentado por la desidia, el volver a casa ya no parecía motivo suficiente como para darle espacio a la dicha. Los compañeros de trabajo insistían en salir a celebrar y conmemorar los meses de trabajo en conjunto, aquél obsequio del azar que nos había llevado a convivir en tal maravilloso proyecto. 

Conforme la fecha final se acercaba, las conversaciones respecto a una celebración se hacían más reales. Corría el rumor de que el jefe asistiría, o que la reunión se llevaría a cabo en un famoso bar local, especialmente ambientado para la ocasión. La idea no dejaba de molestarme, más aún cuando las preguntas respecto a mi presencia se acrecentaban y mis señuelos se desvanecían. 

Hasta que llegó el día. Abandoné el edifico sin darle mayor importancia a lo vivido, tampoco me detuve en las despedidas protocolares, o los incómodos abrazos que duran mucho o se acaban demasiado pronto. Me dirigí sigilosamente hacia la calle, alejándome del tórrido tumulto que más tarde comenzaría a acecharme. 

Inusual para aquellos días, me vi sentado en un pequeño bar, que me aseguré no fuera el de las conversaciones laborales, bebiendo una cerveza ámbar que saboreé sereno. Unos maníes hacían del brebaje aún mas delicioso, y por segundos experimenté el apacible sentir de quién parece coquetear con el deleite. 

Impulsado por el amargor y los aromas, bebí tranquilamente varias más, las cuales me condujeron a una alegría desbordante, difícil de contener, y la cual deseaba manifestar sin filtro alguno. A pesar de ello, mi estado etílico aún no era suficiente como para enfrentarme a los desconocidos y zozobrarlos con mis discursos. 

Un vaso de la especialidad de la casa y de pronto la llamada que, sin realmente quererlo, había estado secretamente esperando. Era uno de los compañeros del trabajo y quería saber si iría al bar, en el que ya estaban reunidos y sonaban bastante animados. 

De un sorbo terminé el vaso, dejé una generosa propina, y me fui raudo al lugar de encuentro, al cual llegué cual potro bravío, buscando decir lo callado y escuchar lo ignorado. Desde luego los presentes se sorprendieron por mi entusiasmo y soslayaron mi borrachera, la cual pasó a segundo plano debido a mi insistencia por emborracharlos a todos. 

La noche es, de ahí en más, difusa. Los hechos acaecidos forman parte de un colectivo que en su mayor parte pertenece al olvido de los beodos. Mi jefe, cuya presencia a penas recuerdo, fue uno de los tantos protagonistas de aquella juerga que terminaría en el calabozo de la ciudad, junto a varios desconocidos y serias imputaciones por parte del juzgado. 

Tras ser liberados y cuando el efecto del alcohol comenzaba a decaer, volvió a mi la pereza que acostumbré. En una maleta empaqué mis cosas y me dirigí a la estación de trenes, en donde esperé en el andén la llegada del tren. 

Un mensaje en mi teléfono, por parte del encargado de reubicación de empleados de la compañía, llegó haciendo eco de los menesteres de la reciente desmemoria.

“Según lo solicitado, te hemos reubicado cerca del mar. No es posible, sin embargo, acceder a las extrañísimas y desafortunadas peticiones que, por esta vez, obviaremos. No obstante, es nuestro deber insistir en tu vuelta a las cesiones de ayuda y terapia que ofrece la compañía. Te instamos a considerarlo.” 

Azuzado nuevamente por circunstancias inexplicables que escapaban de mi capacidad de reacción, cambié de pasaje y de andén. Mientras tanto, y para combatir la pesadumbre que volvía con más fuerza que nunca, compré un par de botellas de cerveza, las cuales bebí queriendo recuperar todo el tiempo perdido, a la espera del próximo tren. 

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