Insomnio

Afuera llueve. El viento y la lluvia hacen música que choca con mi ventana y no puedo dormir. Pienso en lo que me dijo Hugo y bebo de la botella de agua. Tengo intenciones de abrir la ventana y dejar que el agua me inunde, pero desisto.

El bonsái yace seco sobre la mesita de madera. Me hubiese gustado dedicarle más cuidado, pero el ímpetu del principio simplemente desapareció. A veces pienso que hago eso. Que desisto. 

Me extraña que el perro del vecino no esté ladrando. Quizás está asustado. La lluvia asusta, no sólo a los animales, también a los incrédulos. 

Vuelvo a pensar en lo de Hugo. ¿Qué habrá querido decir? Siento que si le preguntase directamente sobre lo que dijo, no me diría la verdad. Y prefiero que no me mienta. Estoy harto de forzar respuestas que sé que no serán satisfactorias. 

Enciendo la luz y tomo mi libreta. Escribo un par de líneas, nada bueno, y las tacho con desprecio. Hugo debe estar durmiendo. Son las cuatro y veinte. De seguro no se ha detenido en lo dicho. Tampoco tiene por qué hacerlo. 

Me entretengo con una araña que se desplaza por la pared, como tanteando el terreno. Mueve sus patas con rapidez, y me da asco. Miro a mi alrededor en busca de algún objeto contundente, ni muy grande ni muy chico, que me sirva para lanzárselo. Pero desisto. De nuevo. 

Quisiera leer un libro, pero sé que no lograría concentrarme. Es mi gran problema, la concentración. Si no fuese por mi tendencia de distracciones, sería un gran lector. Uno grandísimo. Sabría mucho más, y no estaría sopesando tonterías. 

No sé si quise tanto a ese bonsái. Ahora que lo pienso, puede que lo haya mantenido por compromiso, porque fue un regalo. Ni siquiera es tan bonito. Bueno, era. Me da pena, porque al fin y al cabo era vida. Quizás debería botarlo. 

Me da rabia que Hugo no mida sus palabras. Es típico de él. Concurre a las conversaciones con ánimos honestos, lo sé, pero carece de lecturas sociales, y esto lo lleva a generar malos entendidos, susurros inquisidores, molestias anónimas. Como la mía. 

No logro ver a la araña y eso me inquieta un poco. Quisiera vencer ese pavor. Yo le digo a la gente que no es miedo, que es asco. 

El lago Yelcho es mi lago favorito. En momentos de angustias lo evoco, casi siempre con resultados favorables. Su quietud, casi que de pintura, interrumpida por breves ráfagas de viento austral, me hacen creer en la belleza. 

Hay un gran placer en hacer sonar los huesos de las manos. Lo hago. Saturo las posibilidades, forzando cada recoveco de mis dedos. Mi mamá siempre me ha dicho que no lo haga porque después lo terminaré lamentando. Yo le digo que después veré. 

Son las seis con quince. En breves instantes sonará mi alarma y tendré que levantarme, para irme al aeropuerto. Quisiera tan sólo estar en el cielo, haber dejado todo atrás, las despedidas, las inquietudes, la lluvia. 

Miro a través de la ventana hacia la oscuridad rotunda. Mi definición de abismo es una oscuridad como esa, eterna, inexorable. Me pregunto si en ella existirán los secretos. 

Hugo. Hugo, Hugo, Hugo. Tú deberías ser el desvelado, y yo el plácido durmiente. Me exaspera saber que nunca considerará la opción de haberse equivocado. Él es así, debo aceptarlo, lo acepto, pero no lo entiendo. No me gusta. 

El vaho de los vidrios me invita a escribir en ellos. Me levanto y con el índice listo para la acción, pienso en algo. LLUVIA. ESCASEZ DE VATICINIOS. LÓBREGO. Termino desistiendo. 

A estas horas debiesen escucharse los primeros pájaros, pero el canto de la lluvia los opaca. Los primeros indicios del amanecer comienzan a mostrarse. 

Suena la alarma y meto las últimas cosas a mi maleta. Me doy una ducha corta, caliente, y vuelvo por mis cosas. Los sinsabores de este insomnio me aquejan. 

Le doy una última mirada a mi habitación, la que me dio cobijo durante toda mi vida. Quiero que la congoja de estas situaciones se presente, mas no aparece. Tomo mi maleta, y sobre el vidrio escribo HUGO. Boto los restos del bonsái a la basura y cierro la puerta por última vez. 

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