La canción del caballo

 A Rodrigo, por, entre muchas cosas, el Hip Hop.

Fue un tío. Venía llegando de Nueva York, algún día de 1991. Vivíamos en La Serena y yo había nacido durante uno de esos días. Él se quedó a vivir con nosotros. 

Influenciado por su vida norteamericana y habiendo presenciado una época privilegiada del Hip Hop, trajo consigo vivencias y, por supuesto, música. Rap. 

De aquellos días de brisa marina y pasos torpes recuerdo vagamente. Recuerdo a mis padres siendo tan jóvenes llevándome a La Recova o al Valle del Elqui, hospedándonos en la Hostería de Vicuña o caminando por una avenida del mar desolada.

Días en los que mi tío, de figura larguísima y delgada, siendo aún un joven de dieciocho o diecinueve años, jugaba conmigo con paciencia envidiable, haciéndome protagonizar videos caseros con actuaciones delirantes interpretando algún cuento infantil o alguna película de esos tiempos. 

Recuerdo una navidad en la que desapareció misteriosamente. Recuerdo que luego llegaría disfrazado de viejo pascuero, y yo lo miraría incrédulo, aún no convencido del todo, sin saber por qué el señor de los regalos tenía rasgos tan parecidos a los de mi tío. Terminaría abrazándolo y contándole lo bien que me había comportado ese año.

Y en esa ingenuidad de niño chico, cuando era un poco más grande, recuerdo entre otras cosas la música que traía en cassettes y que escuchábamos a todo volumen cuando mis papás no estaban, para así no darme cuenta de sus ausencias y despertar un llanto automático, de llorón profesional.

Música que con el tiempo se fue amigando con mis oídos como canción de cuna inapropiada, hasta el punto de querer repetirla una y otra vez, con esa incansable necesidad infante y carente de aburrimiento que me permitía escuchar o ver las mismas cosas en repetición continua. 

Sin saberlo y la verdad sin recordarlo, creció en mí un inusual fanatismo por una canción en particular, la que pedía que sonara en todo momento. Caló hondo en mis ínfimos adentros, haciéndose parte de mi ritual de todas las tardes el tener que escucharla incesante, disfrutándola sin entenderla, desconociendo el devenir por el que me conduciría. 

Apoyado en una pequeña mesita de centro me estremecía al ritmo de los bombos y las cajas con un desparpajo que hoy carezco, cultivando la devoción de estos días, cuyos comienzos fueron en aquellos tiempos, en aquella canción. 

Era Insane in the Brain, de Cypress Hill. O como a mí me gustaba llamarla, la canción del caballo. 

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