La volada insensata

Medio en serio y medio en broma, Humberto me dijo que debería cambiarme el nombre. En un principio yo pretendí no escucharlo, pero lo había escuchado perfectamente, y seguí armando cuidadosamente el pito. Humberto miraba hacia el paradero de micro y descuidadamente usaba sus dos manos para protegerlo del viento que arreciaba cada vez con más insistencia. Estábamos solos, si es que puede decirse que uno está solo en un parque, pero al menos en el sector en el que estábamos nosotros, junto a la pileta y cerca de la salida que daba al paradero de micros en dirección hacia el cine, no se divisaban más personas. De vez en cuando por la vereda del frente caminaba una señora con una bolsa de pan para la once o un caballero paseando a su poodle al que de seguro le había costado querer pero el tiempo haría su trabajo y ahí estaban los dos, dándose mutua compañía.

Deberíai cambiarte el nombre, Juan, me dijo nuevamente, esta vez mirándome a los ojos, a pesar de que mis ojos estaban concentrados en el doblez del filtro y la hierba, la que tenía que tener el mismo grosor que el filtro para que ambos elementos al ser girados se ensamblaran de manera tal que el cilindro fuese perfecto, sin la clásica irregularidad que se genera cuando no se le da la debida importancia a la elaboración del pito, y que termina siendo un desagrado a la hora de fumar porque pareciera que éste estará siempre al borde de quebrarse y provocar una desazón que sólo los que han pasado por ella la entenderían. 

Para mi alegría el pito quedó perfectamente armado. Siempre hay una cuota de nerviosismo al momento de armar uno, sobretodo si eres el responsable de que el resto de los ansiosos fumadores logren aspirar satisfactoriamente, sin tener que apretarlo, sostener el filtro o emplear el nunca mal ponderado bombero. Esa especie de presión autoimpuesta propensa un trabajo minucioso con el objetivo de armar un caño simétrico, bonito, que si bien los que posarán sus labios sobre él tal vez no apreciarán -sobre todo cuando se hace común parir pitos perfectos- a la hora de ver que no hubo contratiempos en el proceso de fumado, uno cree protagonizar una pequeña victoria acompañada de un orgullo que se manifiesta en una leve sonrisita. 

Creía que a Humberto se le había olvidado lo de cambiarme el nombre, pero a Humberto las cosas no se le olvidan. Íbamos por la mitad del pito y los efectos eran hace un buen rato parte de mi realidad, cuando volvió a insistir. Ya po, Juan, cámbiate el nombre po. Tiré el humo estirando los labios, como si estuviera besando el aire o queriendo que alguien me besara. Hueón, te he dicho mil veces que no quiero cambiármelo, ¿Hasta cuándo me vay a seguir hueveando con la misma hueá? le dije medio en serio y medio en broma, pero parece que sonó demasiado en serio y pensé que podía sentirse, que Humberto podía sentirse ofendido o pasado a llevar y que ahora pensaría que soy demasiado serio, que mi amistad con él se basa en los pitos, que de ahora en adelante no me va a llamar más para fumar, mierda, pero si no me importa no fumar, me importa su amistad, no me va a llamar más para estrechar nuestra amistad, y un montón de hueás que se me pasaron por la cabeza, típica divagación de volao que exacerba todo y le da importancia a nimiedades que de no ser por la hierba pasarían totalmente desapercibidas. Me di cuenta que me había volado mucho. 

Y lo peor de volarse mucho es que uno se toma las cosas muy en serio. Es como si de pronto la normalidad de la vida se hiciese tensa de un minuto a otro, y que cada acción que realizamos fuese un paso al borde del abismo, se pierde la seguridad, se empiezan a pensar situaciones inverosímiles, cuando en realidad no hay razón alguna, cuando todo sigue pasando de la misma forma. Empecé a pensar que debería dejar de fumar, que si me afecta de esa manera tal vez no es sano, o tal vez es sólo una mala volada, que lata, yo sólo quería pasar un buen rato para después ir al cine. Me pregunté cómo estaría Humberto, por un momento olvidé mi preocupación por cómo se había escuchado mi respuesta, pero a penas lo recordé volví a contrariarme, y lo miré como para pedirle perdón, pero él parecía estar igual o peor que yo, penetrando con la mirada un árbol lleno de loros argentinos. 

Perdón, no quise sonar pesado, le dije. Humberto seguía en lo suyo. ¿Qué?, me dijo. Que no quería sonar pesado, por lo del nombre. ¿Por lo del nombre? se preguntó como para él en clave murmullo, como buscando en su mente aturdida alguna referencia que lo trajese a la realidad (ese es un momento crítico para todo volado, porque cuando en esa búsqueda nos entrampamos con otros conceptos que van apareciendo en nuestras cabezas, podemos perder definitivamente el hilo e irnos a una dimensión de la que será muy difícil salir porque la inseguridad de no haber logrado hacer la conexión una vez nos llevará a no hacerle muchas otras veces y protagonizar un colapso que puede llevar, entre otras cosas a la pálida. Siempre he creído que la pálida la generamos nosotros al pensar demasiado, al darle demasiada importancia al hecho de estar muy volado). Ah, lo del nombre. Si po, Juan, ¿Cuándo te vay a cambiar el nombre? Puta la hueá, ¿Pa qué querí que me cambie el nombre, hueón? Pero hueón, ¿Por qué no? Puta, porque me gusta mi nombre. ¿Juan? Es el nombre más común del mundo. Deberíai cambiarte el nombre a algo más único, a una hueá así como… como Omnipresencio, o Elefanto, o Carcomedor, o Velocirraptor, o… ¡Ya sé, hueón! Mariguano Pelícano, Mariguano primer nombre, Pelícano segundo nombre. 

De inmediato Humberto soltó una carcajada tremenda que me contagió hasta el punto de reír sin poder respirar, hasta ese límite de alegría que está cerca del miedo a morirse ahogado por falta de aire. Le pegaba en los muslos pidiéndole que parara, pero él, sabiendo el efecto que su risa desconcertante provocaba en mí, seguía forzándola tan naturalmente, lo que me volvía a sumir en vaivenes ahogados. Así estuvimos mucho tiempo (relativo debido a nuestro estado) hasta que nos fuimos calmando tras súplicas en las que pedí misericordia para no continuar esa dinámica hilarante. Dejamos que el silencio nos refrescara y el viento nos acariciaba la cara como tratando de salvarnos. Mariguano Pelícano, dije como tratando de asimilar la estupidez, soltando una leve risa, mucho más moderada, por cierto. 

Viste, es un tremendo nombre. Ya, pero tú también deberiai cambiarte el nombre, le dije dando un paso enorme hacia la aceptación de su petición. ¿Yo? Yapo, ¿Pero qué nombre? A ver, déjame pensar. ¡Ya sé! Fabrizio Culeco. No po, tiene que ser algo más raro, algo que se equipare a Mariguano Pelícano. Pensé largos minutos (de nuevo, relativo) y lancé infructuosamente nombres:  Calcio Roccoto, Mohicano Perú, Guru Guru Rosa, Jaimico Mequetrefe. Pero ninguno parecía correcto, hasta que el dios de la volada me iluminó y lo dije: Mongolio Aletargado. Y volvimos a las carcajadas eternas que nos mantuvieron al borde de la muerte durante largos minutos (¿Hace falta decirlo?). 

Entre tanta elucubración delirante olvidamos el propósito de nuestra volada (ir al cine) y cuando nos dimos cuenta ya era demasiado tarde. ¿Entonces lo hacemos? me dice mirándome fijamente a los ojos, con la seriedad falsa que los volados procuran para convencer a un volado indeciso. ¿En serio? ¿Ahora? Si po, hueón, ahora mismo. Vamos al Registro Civil y lo hacemos de una. ¿Estay seguro? ¿Se puede cambiar de vuelta? Si po, hueón, obvio, si sólo es el nombre no el apellido. ¿Y hay que hacer algún papeleo? ¿Es llegar y cambiárselo? Ahí vemos, pero primero fumémonos lo que nos queda, me dijo, yo creo que para mantenerme en el mismo estado y así no arrepentirme en el camino. Bueno, hagámoslo. 

Totalmente desorientado por la planta, nos dirigimos al Registro Civil y tras disimular nuestro estado y hacer los trámites pertinentes que nos tomaron casi toda la mañana (en tiempos muertos salíamos a fumar más) llegó el momento de las rúbricas y las fotos pertinentes. Sí, Mariguano Pelícano, dije sin poder contener la risa, mientras a mi lado Humberto, profesional de las apariencias, le repetía a la señora que sí estaba seguro, que Mongolio Aletargado era perfecto. Fotos, firmas, ahí y por allá, una espera que matizamos con la cola del último caño, y voilá, dos cédulas de identidad completamente reales producto de la insensatez. 

Salimos del Registro Civil riendo. Fumamos el último resto de marihuana que nos quedaba y nos fuimos a sentar al pasto de la entrada de un edificio. Conversamos sobre todas las situaciones insólitas que pasaríamos de aquí en adelante, buscando trabajo o presentándonos a desconocidos, y poco a poco, a medida que el efecto del último caño iba disminuyendo y la pesadez del sueño y el hambre se apoderaban sobre nosotros, comenzamos a sopesar en silencio la gravedad de los hechos -se veía en la cara de Humberto, acostumbrado a la tontería, que estaba dándose cuenta de lo que hicimos-. Nos mantuvimos en silencio un largo rato (esta vez sí puedo asegurar que fue un largo rato) intentando no decir nada, callados por la vergüenza, como en un juego peligroso en el que nadie se atrevía a hablar, hasta que apesadumbrado completamente, le pregunté: ¿No la habremos cagado?, cuando en realidad le debería haber dicho: Hueón, ahora si que la cagamos. 

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