Pareja en un café

En la ventanilla hay pegado con scotch un papel blanco con el dibujo hecho a carboncillo de la iglesia del pueblo. En la mesa hay una taza de té aún hirviendo y las gotas de lluvia todavía se pueden apreciar en el plástico del ramo de flores. La mujer mira hacia afuera mientras el hombre revuelve con la cuchara el té que parece destinado a no enfriar. El mesero, que notó desde el principio la tensión, espera un tiempo prudente para acercarse y preguntar si necesitan algo más. Los mira desde la barra como escondido detrás de la máquina de café y especula con las razones del evidente distanciamiento de la pareja.  La mujer se lleva las manos a la cara y leves estertores anuncian un llanto que debería desencadenarse demasiado pronto. El hombre sigue revolviendo el té, de vez en cuando sopla, no levanta la mirada. El mesero sabe que no es un buen momento para hacer la pregunta, pero el protocolo del café es estricto y el jefe lo supervisa cada vez que puede. Se acerca tratando de aparentar naturalidad, pregunta si necesitan algo más, la mujer sigue con las manos tapando su cara, el hombre masculla algo, quiere la cuenta, el mesero la trae. Todo seguirá igual. El hombre pagará, la mujer seguirá estando siempre a punto del llanto, el hombre no beberá su té, afuera la lluvia se hará cada vez más fuerte y las flores terminará siendo la cruel ironía del asunto.

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