Teléfono

Diego hurga en sus bolsillos, en todos los bolsillos de toda la ropa que lleva encima, pero no encuentra el teléfono. Diego se esconde en uno de los probadores para que la gente no viera su cara desesperada, para que no sepan su vergüenza. Se desnuda por completo, revisa meticulosamente cada uno de los bolsillos, primero el pantalón, luego la chaqueta, pero nada, ningún indicio de su Iphone 6. 

Se viste rápido y se dirige a la caja en donde una señora cincuentona juega con el celular. 

-Disculpe. Señora, disculpe, ¿no habrá visto por casualidad o le habrán dejado un teléfono, un Iphone 6? Es que se me perdió y no sé dónde lo dejé.

-Pregúntele a los guardias, mijito, acá no ha llegado nada. 

Pero el guardia no sabía nada, mas Diego no se conforma y le pide que pregunte, que le pregunte por radio a sus colegas de los otros pisos, que por favor, que es muy importante para él recuperar su teléfono, que tiene información muy valiosa, que de por sí el teléfono ya es valioso, que se encalilló por un año y que le costó mucha plata, plata que no tiene. 

Sin embargo los presuntos esfuerzos del guardia no dan sus frutos y Diego camina rápido por los pasillos de la tienda, intentando visualizar los pasos que fue dando como desorientado mientras buscaba los short de fútbol que le faltaban para la pichanga del domingo, pero todo parece inútil. Las cámaras de seguridad no registraron en ningún momento a Diego sacando el teléfono, y al llamar nadie contestaba al otro lado. 

La idea de aceptar el destino inequívoco de su teléfono comenzaba a parecer lo más sensato. Volvió a casa apesadumbrado, sin entender cómo es que había sido tan descuidado sabiendo el valor, sabiendo que en los papeles el teléfono estaba lejos de ser suyo. 

Se preparó una tasa de té y prendió el televisor. Encendió el computador y avisó por Facebook que estaba sin teléfono, que cualquier cosa lo contactaran por ese medio. En la tele daban la repetición de la final de la Copa América. Miró por la ventana hacia el parque de enfrente, vio como un grupo de niños jugaba a la pelota. 

Y cuando estaba a punto de quedarse dormido, el sonido lejano de su ringtone. Una sensación súbita de adrenalina le subió por el pecho hasta la cabeza y corrió hacia donde el sonido lo guiaba. Ahí estaba, bajo una de sus almohadas, incólume, en perfectas condiciones. Lo besó, saltó de alegría y para conmemorar el momento alzó el brazo para la selfie correspondiente, pero en la brusquedad de sus emociones y movimientos, soltó el teléfono que cayó seco sobre el suelo, quebrándose la pantalla, quebrándose su estúpida felicidad de objetos y apariencias. 

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