Tres cuentos

Lo mismo de siempre

Todos los días me subo en la misma estación de metro, hago la misma combinación y luego me subo en el mismo tren. Me bajo en el mismo lugar, entro al mismo trabajo, corrijo los mismos documentos, almuerzo la misma ensalada y bebo de la misma botella que relleno desde la misma llave de agua. De vuelta a casa realizo el mismo trayecto de todos los días, abro la puerta de mi departamento, enciendo la radio, me asomo por el balcón, enciendo un cigarro y veo en el edifico de enfrente al mismo anciano sentado en su terraza esperando que pase la vida. A veces pienso que me estoy convirtiendo en él. Otras veces veo a un joven abatido que fuma mirándome después de haber tenido el mismo día de siempre. 

Libertad condicional

El camino a casa nunca fue mejor. Treinta y cinco grados a la sombra, una micro destartalada que parece desarmarse con cada breve movimiento en medio de ese taco de día viernes. Son casi tres horas de viaje sudoroso entre malolientes y malhumorados. Afuera el panorama no parece ser mejor para los transeúntes que caminan achacados por las temperaturas y las multitudes. Llega a casa y se funde en abrazos anhelados que se hacen eternos. Lo esperan con música, asado, cerveza y vino. La emoción se palpa en el aire y el hijo lo abraza siempre que tiene posibilidad. Su hermano, con lágrimas en los ojos, le dedica unas palabras mientras él mira a los presentes, conmovido por el agasajo. Agradece a todos y pide un salud por la buena conducta. Por la buena conducta, repiten. Y por el señor, agrega. Se miran confundidos unos a otros y repiten sin mucho ímpetu: y por el señor. 

Apariencias

Este es un joven de unos veintitantos que goza de una popularidad tremenda. Su lista de amigos crece día a día y se da incluso el lujo de rechazar a quienes no parecen merecedores de su amistad virtual. En la universidad todos lo saludan y él sonríe y a veces no se da por aludido. Constantemente está actualizando lo que pasa en su vida: el carrete del viernes, el carrete del sábado, las pastillas del viernes, las líneas del sábado, el after, las mujeres, el dinero, los autos. Así ha construido una imagen inquebrantable que se sostiene en la aprobación de los que admiran embobados su estilo de vida, un estilo de vida que se basa en la mantención de una apariencia que se condiga con el exceso de vanagloria que desparrama cada vez que habla.

Pero el que más cuenta es el que más esconde. 

Todos los días, cuando llega a casa después de una intensa vida social, le sube el volumen a los parlantes y practica su Fouetté en Tournant mientras la sinfonía nº 7 de Beethoven se apodera de cada rincón de la habitación. 

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