Reiteración de los días

La última vez que estuve en Berlin las cosas eran distintas. No en la ciudad, aunque imagino que también. Me refiero que en mi vida las cosas eran distintas. No sé si llena de certezas pero sí falta de incertidumbres. Han pasado casi diez años desde esa última vez en la capital alemana. En ese entonces vine con mis papás y fue el primer y último viaje que hicimos juntos como familia. Después de eso mis papás se separaron, algo que yo intuía sobretodo mientras estábamos aquí en Berlin. Era el último intento por salvar el matrimonio, un matrimonio que venía desgastándose desde la muerte de mi hermano Leonel. Y con la separación se vino abajo el ideal de familia que yo tenía en mi cabeza, ese de vivir juntos y felices, ir almacenando buenos recuerdos para la posteridad. Es por eso que Berlin adquirió un sitial muy importante en mi memoria, algo así como el último gran recuerdo familiar.

Pronto tras la separación todo se comenzó a resquebrajar, lo que me hizo entrar en un estado de letargo que se ha prolongado desde entonces. Mi papá volvió a vivir con mi abuela y con mi mamá nos cambiamos a un departamento en el centro que compramos con la venta del otro departamento. Entré a estudiar Informática pero no me gustó y decidí salirme y trabajar, algo con lo que mis papás no estaban de acuerdo, pero debido a que la situación económica tampoco era favorable resultó ser lo más coherente.

Trabajé haciendo de todo. Entregando muestras de quesos en un supermercado, repartiendo panfletos en los semáforos, manejando un furgón para una empresa de muebles y finalmente en una botillería. Este último trabajo, a pesar de ser el más desgastante debido a que incluso atendía de noche, era el que más disfruté por lejos. Muchos piensan que lidiar con los borrachos y todo el tipo de gente que acude a una botillería a las tres de la mañana es un desagrado, pero a mí eso me daba vida. Escuchar sus historias, imaginarlos a cada uno de ellos yendo a carretear con el único propósito de emborracharse y ojalá despertar al día siguiente sin mucha caña y con algún vago recuerdo de un encuentro sexual inesperado, era para mí un fascinante pasatiempo y tal vez mi forma de festejo teniendo en cuenta que yo trabajaba mientras el resto se divertía.

Casi al mismo tiempo, mientras trabajaba en la botillería, conocí a la Laura. Y como no podía ser de otra manera, la Laura llegó a la botillería con sus amigas, todas muy arregladas menos ella y eso fue lo que me gustó. No es que estuviese con pijama y sin ducharse, pero no exageraba en el maquillaje ni en la vestimenta. Compraron una botella de vodka, un jugo de naranja, hielos y vasos. Conversé con ella sobre el carrete al que irían, les conté que aquí -refiriéndome a mí- la misión era hacer que los carretes sean buenos, con trago a precio justo, les deseé una buena noche y se fueron. No volví a verla hasta dos semanas después.

Aquella vez estaba sola y quería comprar cigarros. Eran algo así como las seis de la tarde de un domingo, hora muerta para cualquier botillería, pero nosotros abríamos por si acaso, todo servía. Como no había nadie más y ella al parecer no tenía mucho que hacer nos quedamos conversando. Así, su presencia en la botillería se fue haciendo cada vez más regular y de vez en cuando nos fumábamos un cigarro en la entrada, cuando casi estaba por cerrar. Al poco tiempo tuvimos nuestra primera cita, la invité al cine a ver una película griega que a mí me encantó pero que a ella, según me confesó tiempo después, le cargó. A los pocos meses estábamos pololeando.

Laura estudiaba enfermería y estaba en su último año. Entre las prácticas y la titulación su tiempo era escaso. Me pasaba a buscar a la botillería en su Peaugueot 206 y nos íbamos a tomar algo. Si bien yo siempre insistía en invitarla, ella casi siempre se negaba y pagaba todo. A mí me daba rabia y a la vez pena, porque la evidente distancia que nos separaba en cuanto a realidades -ella era de familia de mucha plata, con un buen futuro por delante- era algo que tarde o temprano nos pasaría la cuenta. Qué tipo de futuro podía ofrecerle yo, un tipo sin estudios que trabaja en una botillería y que así como iba terminaría siendo mantenido por ella. Pero a ella parecía no importarle y eso me daba a entender que de verdad me quería.

Sin embargo cuando terminó su carrera y comenzó a trabajar en una Clínica del barrio alto entendí que no tardaría en darse cuenta que podía encontrarse a alguien mejor. O no sé si mejor, pero a alguien que le brindara estabilidad, un mundo alejado de la monotonía mediocre que me rodeaba en ese entonces. Ella me invitaba a sus carretes con sus colegas, todos gente con historias, con ánimo y futuro, y yo me sentía extranjero, demasiado alejado de todo eso. Me di cuenta que nuestras diferencias eran insalvables, y a pesar de que ella me seguía insistiendo que no le importaba, dejé de ir a sus carretes y por lo tanto dejamos de vernos tanto en el poco tiempo que disponíamos.

La relación se fue enfriando hasta que me di cuenta que me estaba cagando. Y si bien fue doloroso, no la culpé. Le dije que no era algo que me esperara de ella, pero que entendía que podía querer algo mejor, como tantas veces le dije. Al año se casó con el patas negras y tuvo un hijo precioso.

Sin planes para el futuro, sin amigos con los que desahogarme, sin vida social, el declive de mis días era notorio. Encontré en la marihuana una única distracción, pero la dejé porque me hacía pensar mucho y me deprimía . No me gustaba tomar porque mi papá siempre fue bueno para el trago -sobre todo después de la muerte de mi hermano- y transformarme en un borracho sería un puñal en el corazón para mi mamá, así que tampoco me podía permitir un escape. Mis semanas eran un bucle interminable en el que veía a juventudes enteras que se paseaban frente a mí, saboreando la noche que se les venía con una capacidad envidiable para no pensar en el futuro y en los problemas del presente. Y tampoco me daban ganas de salir y carretear con ellos, esto no se trataba de eso, se trataba de querer tener alguna razón para seguir respirando, por muy dramático que suene. La entretención que otrora la botillería me provocaba había desaparecido.

Fue así como don Gregorio, el dueño de la botillería, justo después de cerrar un día martes, me dijo que estaba pensando en vender el local. Ya estaba viejo, no tenía las mismas energías de antes y la plata tampoco estaba dando abasto para su vida de anciano abandonado. Me recomendó buscarme un trabajo, algo que me gustara, me dijo, lo recuerdo muy bien. Helado aún por la noticia, tampoco tan sorprendido pero sí tratando de encajar las piezas del puzzle, me senté en la vereda a fumar un cigarro tras otro, pensando en eso, en qué me gustaba hacer. Y con lamento y mucho dolor me di cuenta que no sabía qué me gustaba hacer.

No puede haber momento más decisivo en la vida de un hombre al darse cuenta que no hay algo, ni siquiera una pasión, algo por lo que pueda tener razones para levantarse todos los días. Hice una revisión de mis días, mirando hacía atrás, y desde aquél viaje a Berlin que las cosas en mi vida habían seguido un patrón invariable de mediocridad y monotonía. Vivía para el día, sin razones aparentes y sin fuerzas como para tomar una drástica decisión al respecto.

El último día en la botillería fue un jueves. Nada muy importante pasó, no hubo anécdotas ni momentos ceremoniosos. Éramos sólo don Gregorio y yo, él esperando el fin de la jornada para comenzar a descansar después de una vida de esfuerzo, yo no sabiendo si querer prolongar la duración de los segundos para no tener que llegar al momento de pensar en qué hacer con mi vida. La última venta fue una botella de agua mineral a una señora con su hijo. Luego de eso cerramos, con ayuda de los nuevos propietarios metimos lo poco que quedaba en cajas, nos dimos un apretón de manos y así se acabó todo.

Tras una semana sin hacer nada, ayudando a mi mamá con la limpieza de la casa, decidí viajar. Tenía bastante dinero ahorrado, algo bueno de la poca vida social que tenía, y no quise esperar a que la vida me diese alguna señal de esperanza hasta que el dinero se me acabase y tuviese que volver a someterme a la repetición del tedio. Sólo parecía sensato utilizar ese dinero en algo que quebrase esa vida aletargada que me tenía anclado a la  desesperanza.

Llegué a Madrid un día de junio. Comí tapas y tomé sangría. Caminé por el paseo de la Castellana desde la plaza de Cibeles hasta el Santiago Bernabéu. Me saqué fotos en la plaza Mayor y vi caer el atardecer en el Templo de Debod. Luego estuve en Barcelona, caminando por la Barceloneta, tomándome una cerveza en algún local de La Rambla. Y como no tenía mucho dinero como para extender mi travesía por Europa decidí que mi última parada fuera en Berlin, para recordar aquellos días en los que no había incertidumbres ni certezas.

Me senté en uno de esos locales que venden Currywurst. No recuerdo si era el mismo, pero desde luego era la misma zona en la que estuvimos con mis papás justo antes de irnos al aeropuerto. Con vista hacia el Branderburger Tor bebí una Erdinger y engullí las papas fritas y las salchichas. Luego de eso caminé por Unter den Linden hasta llegar a la Catedral de techos verdes. Me senté en el pasto, como muchos otros, y me dormí una siesta hasta que me despertó la alarma del celular. Caminé hacia la parada del bus que me llevaría hacia el aeropuerto, pero en un arrebato del momento seguí caminando, sin mirar atrás. Y ahora, mientras escribo estas palabras mirando los botecitos que navegan por el Spree, me pregunto qué tanto alemán deberé saber para trabajar en una botillería de por aquí.

 

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