Castigo

Por alguna razón imperdonable volví a la ciudad de mis inicios. Tomé un tren eterno, uno que parecía atravesar los continentes sin demasiadas ataduras, rozando las montañas y sus curvas, navegando cada gota de lluvia, aprovechando cada tempestad. Me bajé del tren en la estación central, cómo no iba a hacerlo así, y caminé sin dejar de mirar la cordillera. En eso estuve un par de horas, pero no me hagan caso, hace mucho que mi noción del tiempo está atrofiada, por lo que lo anteriormente dicho puede ser una equivocación. Seguí caminando, cada vez más entusiasmado, pero de pronto comencé a ver los barrios que yo frecuentaba. Lo supe por las calles, el olor del frío de una mañana de martes, los rostros que adiviné como conocidos, el orden irreconocible de los edificios y los autos. Y si bien sabía cómo llegar a mi destino, un destino que supongo era mi casa, me perdía, errando los caminos sin propósito alguno, como si de pronto la ciudad me estuviese tendiendo trampas obvias que yo no era capaz de sortear porque, por alguna razón imperdonable, parecía haber vuelto anticipadamente. Y por eso, la ciudad parecía estar castigándome.

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