No pasa nada

No pasa nada

Nos conocimos en el colegio porque éramos del paralelo y un día ella se me acercó y me pidió fuego. Yo estaba fumando en la entrada junto a unos amigos y ella, que tenía mucha personalidad, me pidió que le prestara el encendedor que acababa de guardar en mi bolsillo. Tiempo después me diría que me lo pidió a mí y no al Wegel o al Pizarro porque a ellos ya los conocía y a mí no. Y porque, sus palabras, yo tenía barba.

El Wegel era rubio y era alto. No tenía los ojos claros como el prototipo esperado pero sí era guapo. Era muy confiado, se sacaba buenas notas y además era seco para la pelota. El Pizarro era moreno, pelo crespo, ojos verdes, musculoso y el que se comía a más minas los fines de semana. Yo era tímido, mis atributos físicos se reducían a los ojos azules y paramos de contar. Pero tenía barba y eso, aparentemente, le gustó a la Paula.

La Paula era rubia y baja. No era enana, era un poco más baja que las mujeres promedio pero eso no quitaba que era rica. Tenía los ojos bien azules, exageradamente azules, y una sonrisa perfecta. Lo que más me gustaba de ella era su sonrisa. Después de pedirme fuego se quedó hablando conmigo y sin darme cuenta me separó del Wegel y del Pizarro y cuando caché que los dos estaban bien alejados de nosotros ellos me miraron y se rieron. Entrando a clases me dijeron que tenía que jugar ahí. Como si el “ahí” fuera un lugar común de fácil acceso.

Pero como yo no tenía mucha experiencia con mujeres terminé haciéndome mejor amigo de la Paula. Fue mi primera mejor amiga. Y si es que ella alguna vez intentó de jotearme no lo noté y pequé de hueón.

Hasta que en el carrete del Castro agarramos por primera vez.

Pero antes de agarrar con la Paula pasó harto tiempo desde que nos hicimos amigos. Ella me contaba de sus pololos y yo la escuchaba y no le contaba de mujeres porque, como dije antes, no tenía mucha experiencia al respecto. Un día me preguntó si alguna vez me había agarrado una mina y yo le dije que sí, en una fiesta de colegio, y ella, creo, no me creyó.

Las pocas cosas que yo le contaba eran diferentes. Mientras la Paula me contaba de que se había cagado el pololo o que le gustaba el profe de Lenguaje, yo le contaba que mis papás se habían separado cuando yo era muy chico o que a mi mamá se le había muerto una hermana y que desde ese entonces tomaba vino blanco al almuerzo y antes de acostarse. También tomaba vino cuando regaba las plantas pero eso creo que no se lo conté.

La Paula no era buena escuchando. Era mejor contando historias de su vida. Yo era como su diario de vida al que le contaba todo lo que pasaba por su cabeza, que eran casi siempre cosas sobre amor, pololeos, sexo, cagüines. Y como yo era muy bueno escuchando y malo contando historias, nos hicimos bien amigos. Creo que fue por eso que nos hicimos amigos.

Una de las primeras veces que le conté algo personal fue cuando un fin de semana apareció el pololo de mi mamá en mi casa después de haberse peleado por enésima vez con mi mamá. Venía curado como pico y nos gritó a todos y amenazó a mi mamá, le dijo que la iba a matar y yo tuve que enfrentarlo con un uslero. Yo estaba cagado de miedo, tiritaba, pero era el más grande y mi deber era defender a mi mamá. No le pegué, que quede claro, pero estuve a punto y el pololo de mi mamá me miró con lástima y se fue.

Cuando le conté esta historia a la Paula ella dibujaba cuadrados y líneas en su cuaderno de matemáticas, asignatura que cursábamos junto con los más porros de la generación. Ella siempre hacía eso en matemáticas porque, al igual que yo, le iba pésimo y no tenía interés alguno en aprender. Para que me enseñan esta hueá si no la voy a usar nunca en mi vida, decía cada vez que el profe la retaba y le pedía que prestara atención. Esa vez no dejó de dibujar los cuadrados y las líneas mientras yo hablaba, y cuando terminé de contarle la historia me quedé callado esperando que me dijera algo, que dejara el lápiz sobre la mesa y me mirara con tristeza y me abrazara y me dijera que cualquier cosa ella estaba para apoyarme. Pero siguió dibujando, trazando las líneas de la esquina de la hoja. No creo que con un uslero le hayas podido hacer algo, me dijo, y continuó en lo suyo.

Esa vez me enojé pero no le dije nada. Sólo comencé a ignorarla y a responderle con monosílabos. Le costó darse cuenta que yo estaba enojado y a la semana me preguntó si me pasaba algo. Quise decirle que estaba decepcionado porque no me había pescado cuando le conté mi triste historia, que había sido insensible y apática pero a esas alturas, siete días después, seguir taimado no parecía adecuado. Luego pensé que simplemente no quería espantarla con mis problemas y me quedé callado y le dije que no me pasaba nada, que últimamente me estaba sintiendo mal pero que ya se me iba a pasar. Luego volvió todo a la normalidad.

Entonces entendí que ella era así.

Comenzó a cimentarse nuestra amistad en esa dinámica. Ella hablaba, yo escuchaba. A veces yo contaba que mi papá había perdido la pega, ella dibujaba, preguntaba qué pasa y yo decía que no pasa nada. Ella se había comido al Palma, del cuarto A, y yo le decía que él era bueno para la pelota. Ella pelaba a la Nicole del B y yo decía que me caía bien. Me pegaba en la pierna y decía que yo tenía que estar de acuerdo con ella y yo decía que estaba de acuerdo. Mi mamá llora sola en su pieza, cuadrados con líneas de otros colores en su interior. Su mano sobre mi mano, silencio. Su mano, en matemáticas, sobre mi muslo, silencio. Su mano, en Lenguaje, en mi entrepierna, silencio. Un cuneteado, silencio.

Me acostumbré a esos extraños acercamientos pero nunca hice nada. Lo único que hice fue perfeccionar mi manera de no alarmarme cuando ella se comportaba así.

El carrete del Castro era algo así como el carrete que todo el colegio esperaba. Todos sus cumpleaños los celebraba en grande. A sus papás les encantaba hacer fiestas y nos dejaban curarnos como pico en su casa, una casa tipo parcela con patio enorme y piscina. Siempre había pizzetas, millones de pizzetas, y DJ, un amigo del condominio del Castro que ponía música y que siempre terminaba comiéndose a alguna mina.

Por ese tiempo yo casi no carreteaba. No me gustaba ir a bailar, me caía mal la mayoría de la gente del colegio, no sabía cómo desenvolverme en ese tipo de ambiente. Pero el Wegel me invitó a una pichanga en la tarde y me dijo que tenía que ir al carrete. Yo me negué al tiro, inventé alguna excusa, pero el insistió. Estuve a punto de decirle que mi papá estaba teniendo problemas de plata y que tenía que ir a ayudarlo a hacer inventario de los cachureos que tenía en su bodega para venderlos, cosa que era verdad, pero preferí no decirlo y en cambio apelar a la verdad: Me da paja. Pero hueón, vamos, hay alguien que te quiere allá, me dijo esbozando una sonrisa que oculta más de lo que cuenta pero que aún así sirve para propagar la intriga.

Nunca en mi vida una mina se había fijado en mí. Más allá de que fuera verdad o no lo que dijo el Wegel, sentí algo nuevo, algo indescriptible en el momento pero que ahora lo defino como una mezcla de expectación y miedo a la decepción. El sólo hecho de que existiera la posibilidad de que lo que me decía el Wegel era verdad me hizo decidir de inmediato cambiar a mi papá y traicionar mi parsimoniosa costumbre e ir al carrete. Pero antes me hice de rogar un rato, pregunté quiénes iban a ir, cómo llegaríamos y cómo nos iríamos, como para despistar mi interés por ese “alguien”, y acepté.

Fuimos a un Lider a comprar copete. Las pocas veces que había comprado copete lo había pasado pésimo porque siempre hacíamos cachipún para ver quién era el que se conseguía a alguien que compre por nosotros y un par de ocasiones me había tocado a mí. Al ser tan evidente nuestra minoría de edad era una odisea que detestaba pero por la teníamos que pasar para lograr curarnos ese día. Sin embargo el Wegel, que tenía mucha personalidad, tomó la batuta y ni si quiera me hizo pasar por el cachipún; con determinación se dirigió al pasillo del copete, agarró un Capel de 35, una Coca Cola de 1,5 y se dirigió a las cajas.

La técnica, dijo antes de separarse de mí, es encontrar a un hueón joven, uno que haya tenido que pasar por lo mismo que nosotros, que se identifique con nuestro problema y pedirle con confianza y cortesía que nos compre. Las viejas y los viejos no nos van a comprar ni cagando, es una pérdida de tiempo, pero los jóvenes terminan cediendo. Partió.

Primero le preguntó a un tipo con su polola pero como el guardia estaba cerca y ya nos tenía fichados, dijo que no. Después le preguntó a dos amigos pero tampoco quisieron. Así se lo llevó durante varios minutos y la frustración se dejaba ver en su cara. Enchuchado se acercó a mi y me pasó las botellas. Trata tú, yo me voy a ir a fumar un cigarro.

Me quedé frente a las cajas sin saber qué hacer mientras el Wegel miraba con cara de pico al guardia y salía por las puertas automáticas de la entrada. Comencé a dar vueltas buscando alguien que cumpliera con el único requisito requerido pero no tuve el valor de preguntar. Me acercaba, incluso establecía un breve contacto visual que era el pie para hacer la pregunta pero seguía de largo y de inmediato me lamentaba. Cuando llegó el Wegel cachó que había fracasado y no dijo nada.

Nos quedamos parados como los hueones en la mitad del Lider esperando algo, cualquier cosa que nos ayudara para comprar el maldito pisco. Pensé en abandonarlo y decirle que esto era una señal de por qué no tenía que ir. Sopesé mis opciones: volver a mi casa, decepcionar al Wegel, encontrarme con mi mamá, ordenar la mesa y lavar los platos, servirme una copa del vino que mi mamá dejó en el velador antes de quedarse dormida con la tele prendida, botar el resto de vino, tomarme la copa, esperar a que mi papá me llame, hacer inventario de su bodega, perderme el mejor carrete del año; darle la posibilidad a la existencia del “alguien” que supuestamente me esperaba en el carrete. Llegar a la casa del Castro, adivinar en la cara de alguna mina la inexorable conexión que nos une, superar todas las expectativas de la noche.

A la mierda, dije, tomé aire, fui a una de las cajas y me paré en la fila.

El Wegel cachó y se fue al otro lado y esperó junto a unos empaquetadores, al lado de la tabaquería. Se notaba la expectación en su cara, quizás la misma que sentí yo cuando me convenció de ir al carrete, y con cada producto de la señora que iba adelante mío que pasaba y sonaba el pip al ser marcado por el lector, se impacientaba y movía las manos con nerviosismo. Cuando fue mi turno la cajera, que era vieja y tenía cara de estar sentada en esa incómoda silla desde las ocho de la mañana, me miró como queriendo ponerme nervioso y delatarme solo, pero yo estaba empecinado en comprar ese copete y ponerme a tomar de inmediato; la miré fijamente, como nunca hago, con confianza, y le pregunté si le pasaba algo. No, no pasa nada, dijo con una mueca de enojo y cansancio y marcó el pisco y después la Coca Cola. Debe haber sido la barba, me diría después el Wegel, saltando de alegría afuera del Lider.

Esperamos al Pizarro en una plaza y nos pusimos a tomar. Cuando llegamos al carrete a eso de las doce de la noche estábamos curados como pico. Nos tomamos la promo completa mientras la curadera nos entregaba toda la personalidad que necesitábamos para llegar triunfales, como dueños de nosotros mismos. Saludé a medio mundo y nos sentamos en un sillón cerca de la piscina en donde estaba la gente de mi paralelo.

El Wegel no paraba de contar cómo fue que compré el copete. Lo hubieran visto, el hueón más brígido que he conocido, decía pegándome en la espalda con fuerza. Yo, por más que quería contar más detalles como para endiosar aún más mi imagen, me quedaba callado y escuchaba con falsa humildad. La gente me felicitaba.

Una de las minas que estaban escuchando la historia, la Rena, se me acercó después y me tomó del brazo. Estaba borracha y me preguntó cómo es que no me veía tan seguido en los carretes. Es que siempre estoy ocupado, fue lo primero que se me vino a la mente y que le dije como echando la suerte, tanteando el terreno. Ella se rió y por primera vez desde el Lider pensé en lo que me dijo el Wegel. Ella es, pensé.

La Rena no me gustaba para nada pero si yo le interesaba no me iba a dar el lujo de desperdiciar la oportunidad. Como yo no tenía idea cómo se joteaba hablamos de cualquier cosa. Cuando empezaron a cantar cumpleaños feliz yo estaba seguro que me la iba a agarrar. Me seguía a todas partes y tomaba sorbos de su piscola pensando que si me dejaba compartir su vaso era porque algo iba a pasar.

Abracé al Castro después de que el Pizarro y el Wegel lo hicieran y cuando me devolví para buscar a la Rena sentí un golpe en el culo, una palmada. Me di vuelta y estaba la Paula, cagada de la risa.

¿Y tú no me vai a saludar? me dijo sosteniendo un vaso en la mano. Se veía rara pero no en el mal sentido de la palabra, sino que distinta. Me di cuenta que nunca la había visto con ropa de calle; el concepto que yo manejaba en mi cabeza sobre ella era una figuración que sólo era posible en los confines del colegio, con uniforme. Para mi la Paula era la Paula en el colegio y con uniforme

Pero se veía exquisita. Llevaba puesto un pantalón verde y unas chalas. Usaba una polera corta de color blanco que dejaba a la vista su ombligo y olía a un perfume frutal, como de frutilla. Tenía los labios con rouge. Mientras la saludaba de un beso en la mejilla pasó por mi lado alguien que me dijo que juegue ahí. Cuando me di vuelta vi al Wegel guiñándome un ojo y agarrando a la Rena de la mano.

Nos sentamos cerca de la parrilla y nos quedamos conversando con un grupo de gente que ella conocía y con los que yo nunca había hablado pero que sí había visto en el colegio. Uno de ellos, que era más grande que nosotros, se la joteaba descaradamente y yo me ponía incómodo. Ella, lejos de rechazarlo cortésmente, joteaba de vuelta. Era extraño, estaba celoso, quería sacarle la chucha a ese conchasumadre pero sabía que estaba destinado a perder contra él, que si la Paula estaba dispuesta, yo me iba a tener que quedar mirando como se comían entre los arbustos.

Lo que pasó después fue más o menos así. La Paula hablaba con el grupo de gente y yo, sentado a su lado, fingía escuchar y pensaba en ese hijo de puta que se la quería comer. La Paula que le devolvía el joteo, yo que imaginaba a mi mamá despertando con la tele prendida, sirviéndose un vaso de vino y mi viejo emputecido por no aparecer en su casa para ayudarlo con lo de la bodega. Yo que me excuso para ir a buscar un copete o ir a mear y que me pierdo entre la gente hasta encontrarme con el Wegel. El Wegel que me dice que qué pasó, que tengo que volver y ponerme los pantalones, que la Paula me tiene ganas. Yo que me niego, que me tomo el copete al seco, que me siento como el pico. El Pizarro y otro tipo que no conozco que me preguntan si quiero que le saquen la chucha el hueón y yo que les digo que no. El silencio incómodo tras mi negativa y sus miradas que se conjugan en un lugar del carrete, a mis espaldas, con cierta alegría renovada. Yo que me doy vuelta y que veo a la Paula acercándose. Una felicidad demasiado grande en mi pecho y la Paula que sin decir nada me da un beso con lengua. La saliva, el olor a copete, la suavidad de sus labios y su lengua, el rouge en mi cara. La oscuridad y el silencio que parece que nos envuelve.

Cuando abrí los ojos el Wegel, el Pizarro y el otro tipo ya no estaban pero el conchasumadre que se estaba joteando a la Paula miraba desde no muy lejos con cierto odio.

La Paula me llevó a la pieza de la nana. Cerré con llave la puerta y nos acostamos en la cama y nos comimos. Estábamos calientes y ella se sobajeaba sobre mi, se movía como si estuviésemos tirando pero con ropa. Gemía, al principio despacio, pero a medida que pasaba el tiempo gemía con más fuerza. Yo no quería que nadie escuche pero cuando me agarró el paquete me dio lo mismo y seguimos en lo nuestro.

Desabrochó mi pantalón, me agarró el pene y me masturbó. Yo desabroché su pantalón y la masturbé. Después de eso no me acuerdo de nada más.

Me desperté desorientado y mi primer pensamiento fue recordar dónde estaba. Sin abrir los ojos pensé en la Paula y la casa del Castro. De a poco las náuseas se despertaron en mí y me paré con cierto sobresalto que me mareó aún más. El aire estaba pesado, se podía sentir el olor a copete y a sexo. Abrí la ventana para ventilar un poco y busqué mi celular entre la ropa que había en el piso. Me acosté al lado de la Paula que lo único que vestía eran unos calzones rosados. La observé un rato mientras ella dormía hacia la pared; traté de recordar cada segundo de la noche anterior y una pequeña sonrisa se dibujó involuntariamente en mi cara.

Me quedaba cinco por ciento de batería y tenía siete llamadas perdidas de mi viejo y un mensaje suyo que decía: Cabro hueón, dónde estai? Por la chucha, contesta el celular. Cerré los ojos y respiré profundamente queriendo quedarme dormido. Eran las nueve de la mañana y me dolía la cabeza. Suena el celular. Es mi mamá. Está llorando. Dice que su pololo volvió curado como pico a la casa y está tratando de entrar pegándole a la puerta. Cuelgo y me visto rápido mientras la Paula se despierta y me pregunta qué pasa. Nada, no pasa nada, le digo y le doy un beso y me voy a mi casa.