Iguales pero distintos

Pienso que la música es claustrofóbica. Que las voces han cambiado, que los vecinos deben ser buenos vecinos porque no alegan, que el patio no es como lo recuerdo, que soy uno de los pocos que está ebrio, que el Lucas está inquieto, que son demasiadas personas, que el Seba había dicho que estaba enfermo. Pienso que no pertenezco aquí, que estoy sobrando o que, peor aún, me están sobrando, que pronto me voy a tener que ir a mi casa, que otra vez pusieron la canción que no me gusta.

Pienso que todo está distinto.

Pienso en la vez que me junté con el hijo del Ramiro. Que al principio fue incómodo porque no nos veíamos desde que éramos chicos, que éramos otras personas, desde que no teníamos mucho que decir, que no pensábamos. Que fue especialmente cariñoso, me invitó un café, nos pusimos al tanto, abordó el tema con delicadeza, le restó importancia, me dio el número de su psicóloga.

Pienso que nunca más vi al hijo del Ramiro. Tampoco a la psicóloga que me recomendó. Pienso que irme a la casa es demasiado atractivo, que no me quiero despedir de nadie, que da lo mismo si me despido o no, que el Lucas me dejó solo cuando comenzaron a correr las pastillas, que estoy cansado y que dormir es lo que necesito, que todo lo que estoy pensando se alimenta del cansancio y la incomodidad.

Pienso que mi papá nunca probó las drogas y tampoco el copete. Que yo he probado los puros pitos, que con eso me basta. Que parece que estoy más ebrio de lo que pensaba, que un vaso de agua me vendría bien. Que las pupilas de la Dani están especialmente dilatadas.

Pienso que todos son iguales

Agarro mis cosas y me escabullo sin mucho esfuerzo entre grupos y más grupos de amigos y conocidos que se cagan de la risa y que gritan, sobre todo gritan, y cuando llego a la puerta me detiene el Lucas.

¿Pa dónde vai?
Me voy.
¿Pa dónde?
Pa la casa.
Ni cagando.
Sí, me voy.
No, hueón, ven, yo sé lo que te hace falta.

No sé por qué le hago caso pero lo acompaño a la cocina. Apoyado en el lavaplatos el Seba se come a una mina. El Lucas le toca el hombro y el Seba le pasa una bolsa. A penas veo la bolsa le digo que no, que no necesito eso, que estoy cansado.

No seai fome, hueón, tírate una pasti conmigo.
Ni cagando.
Ya po hueón, por la chucha. ¿Hace cuánto que no nos vemos?
Dos años.
Dos años, hueón, dos putos años. ¿De verdad te vai a ir? Este carrete es en tu honor.
No parece.
¿Qué cosa?
Nada.
¿Le damos?
Bueno.

Dos horas después estoy vomitando en un baño. Me toca la puerta el Peter, cagado de la risa, y me dice que no puedo ser tan débil.

Ándate, ahueonao.
Débil culiao, sal y ven a carretear.

Tomo agua durante minutos interminables. Todavía tengo ganas de vomitar. Me mojo la cara, me peino un poco, agarro un poco de pasta de dientes con los dedos y me refriego. Salgo y el Peter ya no está.

Son las tres de la mañana y parece lógico irme. Desde que llegué me serví siete piscolas, me fumé un pito, me metí esa pastilla, vomité durante una hora, me quedé solo.

Pienso que ser distinto y ser igual es lo mismo.

De nuevo trato de irme, ahora haciendo hincapié en no ser visto. Todos parecen estar en otra, ideal. Logro sortear un grupo grande, están casi todos mis amigos. Pero al lado de la puerta está la Dani conversando con un loco sobre cómo irse al carrete. El loco le dice que en Uber y ella le dice que no tiene plata pero el loco le dice que no importa, que él se raja. Abro la puerta pero la Dani me agarra del brazo.

¿Pa dónde vai?
A mi casa.
¿Por qué?
Me siento mal.
No, hueón, ni cagando, ven, tómate un copete, te presento al Eduardo.
Roberto.
¿Ah?
Roberto, me llamó Roberto.
Ah, sí, Roberto. Te presento al Roberto. Tómate un copete, no seai fome.
No quiero, gracias.
Yapo hueón, ¿hace cuánto que no nos vemos?
Caleta.
Caleta po hueón, toma.
Ya bueno.

No me juzguen. ¿Culpa? ¿De qué? Extraño a esa gente. Me extraña esa gente. Están cambiados, como poseídos, no sé. Hablan rápido, cambian de tema, no se interesan, cuando preguntan no esperan respuesta, andan rumiando, me piden que sienta la música, se mueven cerca de los parlantes y cierran los ojos y se compenetran, dejan de estar. Pienso que no quiero ser como ellos. Pero me están forzando a serlo.

Y no opongo resistencia.

El Lucas se me acerca y me pregunta si está todo bien. Sí, todo bien, miento. Bacán, porque en un rato nos vamos al carrete. No, hueón, estoy raja, de verdad. Nada, loco, todo bien. ¿Quién se lleva al Óscar?, grita. Un hueón que en mi perra vida he visto levanta la mano. Listo, dice el Lucas. Listo, dice la Dani. Listo, supongo.

No escucho nada. Somos seis en un auto para cuatro y la música debe estar al máximo volumen. Encima mío está la polola del que conduce. Lo sé porque le da besos en el cuello y le dice miamor. Donde voy sentado no se pueden abrir las ventanas. Cómo me gustaría poder abrir las ventanas. Corre un pito al que le hago el quite con éxito. Vamos rápido, todos hablan pero parece que nadie escucha, nunca nadie escucha.

Cierro los ojos.

La casa es antigua y oscura. No tengo idea dónde estamos. Nos juntamos todos en la entrada y el  Seba recolecta la plata. Diez lucas. No tengo más plata, le digo. Yo te pago, me lo pagas cuando puedas, me dice. Entramos al carrete que está, obvio, repleto.

La música es claustrofóbica. No hay donde sentarse, no hay suficiente ventilación, se fuma, se jala, se hace lo que se quiera. Una mina se me acerca mientras un hueón me mira con ganas de sacarme la chucha así que le hago el quite. Todos están en la suya. Nadie parece percatarse de nada. El Seba me pasa una pastilla. Aprovecho que está repartiendo a otras personas y me la guardo en el bolsillo. Nos junta a todos, creo, y dice que a las tres todos juntos como hermanos.

¿Y tu pasti?
Ya me la tiré.
Miren al goloso.

Se meten las pastillas. Quiero sentarme en el suelo pero el Seba no me deja.

¿Cómo están las pastis?
Buenas.
Viste, yo sabía que te iban a gustar, como en los viejos tiempos.
Gracias.

Yo nunca había probado las pastillas.

Son las ocho de la mañana. No sé cómo, pero he aguantado toda la noche. Vamos en un Uber que tendré que pagar eventualmente. Me dejan en la casa. El Lucas y la Dani se despiden de mí.

¿Cómo estuvo la bienvenida, perrito?
Buena.
¿Nos vemos mañana? Hay un carrete tremendo.
No sé si pueda.
Siempre se puede, perro.
Ahí vemos.
Nos vemos, entonces.

Se va el Uber. Entro a mi casa con ganas de dormir para siempre. Mi pieza está desordenada, todavía están las maletas en el suelo. El regalo que le traje al Lucas está sobre mi cama. Lo hago a un lado y me acuesto. Pienso que todo es demasiado raro. Que todo parece estar demasiado cambiado, que me gustaría escuchar un disco, cualquier disco, pero que haya guitarras y voces; que llevo casi veinticuatro horas despierto, que no conté nada de lo que pensé que contaría, que quizás así es mejor.

Pienso que volver rima con desconocer.

Que todos son iguales pero distintos.

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