Esa tarde la escribió Carver

Los factores que se conjugaron esa tarde calurosa me hicieron pensar que la vida era en realidad como una película de Woody Allen. O como un cuento de Carver. Y si bien Carver es lo más cercano a la vida que podemos encontrar en la literatura, verme en esa situación extraña me hacía pensar que quizás mi destino le había sido encargado a él, al difunto y grandioso Raymond Carver, cuyo propósito para ese día en particular no fue más que reírse de mí escribiendo un guión que excedía lo cotidiano, cuestión que, por lo demás, de vez en cuando se agradece en demasía.

Lo cierto es que mientras las diez u once personas rezaban frente a ese camión derruido que en su interior traía una nueva virgen para la pequeña iglesia del pueblo, yo, que diez minutos antes apagaba lo último de una cola matadora que me había provisto de buenos momentos, me acercaba con curiosa conciencia de mi alrededor.

A saber: ¿cada cuánto te encuentras con el cambio de mando de los adornos religiosos?

La virgen era como cualquier virgen de pueblo. Tenía cierta altura, colores característicos, una mirada propia del contexto. Y la gente, que era lo que más me llamaba la atención, lucía extremadamente feliz, como si en el pequeño pueblo que ellos vivían y al que yo había caído por distintas circunstancias de la vida, este tipo de acontecimientos fuesen catalogados como los memorables, los que marcan época.

Con elocuencia el sacerdote, un francés que hablaba perfecto español, guiaba las alabanzas de sobria manera, haciendo inexacta alusión a los terribles acontecimientos que culminaron en la destrucción total de la antigua virgen, una pieza donada por un famoso sacerdote que en misión evangelizadora había llegado al pueblo hace más de ciento diez años.

Aquella virgen representaba la esperanza de un pueblo que se sabía olvidado por las grandes metrópolis del país, pero que abrazaban ese anonimato con orgullo, aferrándose a simbolismos que podían datar de hace más de un siglo. Además era la remembranza del adorado sacerdote que pasó el resto de su vida dedicado a regar con la palabra del señor cada rincón del lugar.

Por eso era tan importante este momento. Y sólo diez personas, once conmigo, estaban siendo partícipes directos de la llegada de la nueva virgen.

Completamente hipnotizado por la oratoria del sacerdote y luego por un humilde panfleto que una señora me entregó, me vi, sin saber cómo, arriba del camión ayudando a bajar a la virgen. Al parecer uno de los feligreses hizo notar la evidente carencia de juventud en la ceremonia, por lo que todas las miradas recayeron en mí, por lejos el más joven del grupo.

¿Qué habrían hecho de no aparecerme por esos lados?

Sin pensarlo y con las miradas de aprobación de las señoras y los señores, me vi moviendo cuidadosamente la virgen, siguiendo las instrucciones de uno de los más enfervorizados caballeros que me guiaba a mí y al chofer del camión para sacarla de su encierro temporal y situarla en la que sería su eterna quietud.

Dos cosas me asaltaban mientras movía cuidadosamente la estructura: ¿Qué le habrá pasado a la virgen anterior? y la culpa inevitable que sentía al recaer tamaña responsabilidad sobre mis manos, las manos de un perdido que llevaba diez minutos experimentando una de esas voladas que pueden escaparse de las manos. La situación, por supuesto, confabulaba en mi contra.

Sin decir palabra alguna, soportando el calor y las quejas de una que otra señora que se impacientaba y que presentía que mis movimientos bruscos podían desatar una debacle de época, fuimos cuidadosamente yo y el chofer adentrándonos en el santo sepulcro del señor para dejar a la virgen junto al altar.

Los aplausos y las felicitaciones por parte de los presentes no se hicieron esperar y tampoco un rezo que pareció eterno. Mi única preocupación era tomar algo de agua y salir de la lúgubre iglesia que a primera vista me pareció muy triste, pero que con más calma consideré uno de esos lugares a los que te puedes acostumbrar. Claramente la virgen desentonaba de su contexto. Sus colores frescos parecían actuar como luz artificial y por momentos el resplandor que ofrecía podía ser considerado una iluminación divina.

Todavía sin poder decir palabra alguna recibí las gracias de todos esos señores y señoras que con gratitud se fueron despidiendo. Al salir de la iglesia noté que me tiritaban los brazos debido al esfuerzo hecho para mover a la virgen. Cuando la volada comenzó a intensificarse emprendí mi camino de vuelta, sin darme cuenta que no había hecho lo único que tenía destinado hacer: comprar el carbón para el asado.

Tampoco supe qué le pasó a la virgen anterior.

Nunca más volví a ese pueblo.

 

 

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