Púber

Ilustración por Desla
Everything outside was elegant and savage and fleshy. Everything inside was slow and cool and vacant. It seemed a shame to stay inside. (John Cheever)                     

Mi mamá me convenció de ir al cumpleaños del Julio prometiendo que me compraría una pelota de fútbol, así que me vestí rápido, me peiné para el lado y me subí al asiento del copiloto sin decir nada, abrochándome el cinturón y mirando hacia el frente. Normalmente no me dejaba sentarme en ese puesto, pero debe haber sentido lástima por mí ya que acompañarla a ese tipo de eventos era someterme al más profundo aburrimiento.

El Julio era el pololo de mi mamá. Llevaban juntos unos tres años y siempre fue buena onda conmigo, pero yo no confiaba en él, a pesar de que me hablaba de fútbol y a veces me regalaba poleras piratas de la U. Por supuesto aceptaba todos sus agasajos con indiferencia, pero por dentro la felicidad amenazaba con delatarme.

Cuando llegamos a la casa del Julio mi mamá se miró en el espejo y se pintó los labios. Yo la miré con extrañeza, por un momento no la reconocí, pero a penas me dijo “qué miras, sapo” volví a reconocerla.

Nos recibió la mamá del Julio, que me saludó cariñosamente, asegurando que habían varias niñitas que esperaban conocerme. Aquello me hizo preocuparme. Nada era más estresante para mi tímida existencia enfrentar a desconocidos, sobre todo si eran mujeres, algo que me provocaba una ansiedad oculta.

No tardó en aparecer el Julio que le dio un beso en la boca a mi mamá y que me revolvió el pelo. Con acostumbrado entusiasmo señaló que le daba mucha alegría que por fin haya aparecido en su casa. Observó hacia el fondo y repitió lo mismo que su madre, lo de las niñas, que no podían esperar conocerme. Miré a mi mamá nervioso y ella rió cómplice del asunto. También, creo, noté un poco de culpa ya que mi rostro debe haber expresado de manera notoria mis ganas de irme a la casa.

Cuando llegué al grupo de niñas ninguna me pescó. Todas estaban en lo suyo, con sus celulares, viendo Instagram y sacándose selfies. Me quedé parado mirando a las cuatro, todas de edad similar a la mía, sin saber que hacer.

Me senté en un pedazo de tronco que supongo se usaba de asiento y observé el entorno buscando algún niño o una pelota de fútbol, pero nada de eso había. Una de las niñas pegó un grito exagerado que me asustó y llamó la atención de los adultos.

-¿Qué pasó?- gritó de vuelta una señora, presumiblemente su mamá, una mamá que por cierto se notaba que era sobreprotectora por los pocos segundos que demoró en mandar a la mierda la conversación en la que estaba sumida para ir al rescate de su pequeña hija.

-Es que él apareció de la nada y no lo conozco- dijo la niña señalando y mirándome con cara de asco. Su mamá me miró de la misma forma y luego le dijo que yo era el hijo de la Claudia.

-Me llamo Benja- dije.

-Hola- repitieron todas al unísono y volvieron a las risitas y al celular.

Mi mamá llegó con un vaso de bebida y me preguntó si lo estaba pasando bien. Silenciosamente le dije que me quería ir. Me dio un beso en la frente y se fue de nuevo.

Estuve unos veinte minutos sentado en silencio hasta que una de las niñas me miró.

-Oye ¿sácanos fotos?

-¿Yo?

-Si po, tú. ¿Quién más?

-Es que no sé muy bien…

-Pero cómo no vas a saber si es apretar un botón nomás.

-Ah, es que yo no tengo celular.

-¿No tienes celular?- gritaron las cuatro al mismo tiempo, volviendo a llamar la atención de los adultos, incluida la madre sobreprotectora que apareció preguntando qué había pasado. El hecho de que no tuviera celular les parecía un hecho increíble, insólito, tanto así que por algunos segundos cuestioné esa carencia.

Comencé a caminar detrás de las cuatro, que me ignoraban en todo momento, hacia la plaza del condominio. Una de ellas, la más fea, me pasó su teléfono y me enseñó a utilizar la cámara. Fácil.

Comenzaron a posar y yo comencé a fotografiar pero rápidamente me retaron porque no avisaba cuando estaba sacando la foto.

-Tienes que contar hasta tres- dijo la más linda.

Volví a lo mío. Uno, dos, tres. Foto. Una tras otra, ellas en distintas posiciones, mirando a la cámara, haciéndose las distraídas, casual, con las manos arriba, en el pasto, saltando. Luego la más pesada -la de la mamá histérica- me sacó el teléfono de las manos y comenzó a revisar una por una todas las fotos. Pegó un grito que sólo la distancia evitó la aparición de su mamá.

-Están pésimas, hay como cinco que salvan- dijo mirándome con claras ganas de mandarme a la mierda.  

Yo no sabía qué decir. Se apartaron de mí, todas mirando el celular, todas haciendo zoom con sus dedos en la pantalla, buscando la consensuada belleza púber para que cada una subiera una foto a Instagram.

-Ya, rescatamos tres. Ahora un Boomerang- me dijo la fea.

-¿Boomerang?

-Ay, eres como prehistórico-me dijo la más alta, que hasta ahora no me había hablado. Me enseñó cómo hacerlo.

Comenzaron las poses, pero esta vez venían acompañadas de torpes movimientos y sacadas de lengua. A veces saltaban, otras bailaban, movían los brazos y hacían cosas que me parecían ridículas. 

Aparentemente mi desempeño fue mejor que con las fotos ya que se rieron mientras veían los resultados. Se quedaron hablando entre ellas, siempre con la cabeza hacia abajo, mirando el teléfono de la fea, eligiendo las mejores tomas y las frases y hashtags que utilizarían. Decidieron quién subía cual y se repartieron el material.

Tras subir las fotos a sus correspondientes cuentas se acercaron a mí y se sentaron a mi lado.

-¿Cómo te llamas?-me preguntó la alta.

-Se llama Benja, su mamá lo dijo- señaló la linda mientras fruncía el ceño.

-¿Y cuántos años tienes?-dijo la pesada.

-Once.

-Te ves más chico.

-Sí, y se parece al Juan.

-Verdad- y se rieron.

Durante toda la tarde me estuvieron interrogando y cuando yo comenzaba a adaptarme a su dinámica de apariencias y egoísmo se sacaron una selfie conmigo. Ocho, a decir verdad, ya que en las siete restantes ellas encontraban que salían mal. La que eligieron para subir, por supuesto, era en la que yo tenía el peor aspecto.

-Supongo que no tienes Instagram, entonces- me preguntó la pesada.

-No- dije extrañamente avergonzado.

-Entonces hay que hacerte una cuenta- dijo la linda.

Sin esperar mi aprobación comenzaron a confeccionar una cuenta de Instagram a la que le pusieron @benjacortes2009 y a la que le agregaron una foto de perfil que me sacaron ahí mismo y una descripción que decía así: 11 años-Colegio San Patricio-Soccer Fan seguido de un corazón y cuatro pelotas de fútbol.

Comenzaron a seguir a un montón de gente, amigos y desconocidos y a subir fotos mías, solo y con ellas. Un sinfín de hashtags y frases en inglés inundaron mi nuevo perfil al que paradójicamente no tenía acceso.

Finalmente, cuando llegó la mamá histérica a buscar a las niñas porque ya era hora de irse, nos levantamos y volvimos a la casa del Julio. Al entrar, varias personas, a las que nunca había visto, comenzaron a reírse y a decirme cosas como “bien campeón” o “se las trae este muchacho” y yo no sabía por qué. Me sonrojé.

Mi mamá se acercó y me dio un beso.

-¿Cómo lo pasaste, hijo?

-Bien, creo.

Comenzó a despedirse y yo también. Cuando fue el turno de despedirme de las niñas me acerqué a ellas y les dije que me iba y ellas casi no me miraron. Di media vuelta y cuando estaba por salir la linda fue donde mi mamá y le pidió el celular prestado. Es para instalar el Instagram y poner la cuenta del Benja, dijo. Mi mamá accedió de buena manera, lo que me sorprendió totalmente y en cosa de minutos ahí estaba yo, viendo mi nueva cuenta de Instagram en el celular de mi mamá.

Camino a mi casa no despegué los ojos del celular. Observé con atención cada una de las fotos y los comentarios que desconocidos y conocidos escribían, opinando con descarada confianza sobre mi aspecto. De vez en cuando me llegaba una que otra notificación de un nuevo seguidor o de alguien que había aceptado mi solicitud de seguimiento, todas, acciones que yo no había cometido.

-¿Así que lo pasaste bien?

-Sí.

-¿Y qué hicieron?

-Nos sacamos fotos.

-¿Ah sí?- y rió.

-Sí- dije mirando por la ventana del auto.

Al llegar a mi casa me puse a dominar la pelota hasta que comenzó a oscurecer. Si pasaba mucho tiempo sin tocar el balón me desesperaba así que utilicé todo el tiempo que tenía a mi disposición para malabarear un rato.

Cuando ya era de noche fui a acostarme. Mi mamá entró a mi habitación y me entregó su teléfono con sospecha. Mi cuenta de Instagram estaba abierta y un mensaje de la linda se podía leer en la pantalla.

“Q bkn habert conocido. Ojalá vert d nuevo” seguido por un corazón.

No sabía qué responder y me daba vergüenza reaccionar de cualquier manera frente a mi mamá, que me miraba sabiendo perfectamente lo que estaba pasando. Le devolví el teléfono sin responder nada y le di las buenas noches.

A los pocos días mi mamá llegó con un regalo. Desde la entrada gritó, diciendo que me tenía una sorpresa y yo, de inmediato, imaginé la pelota de la Champions, dominando incansablemente, superando mi record personal de 64 dominadas seguidas.

Pero no. No era la pelota de fútbol que me había prometido. Era un celular.

De pronto comencé a tener amigos. Y a jugar menos a la pelota.

*Ilustración por Desla

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s