La gata

Me levanto sabiendo que voy tarde. He pospuesto la alarma tres veces, son las 10:15 de la mañana y antes de abrir los ojos pienso en todo lo que tengo que hacer para llegar. Me meto a la ducha y me quedo parado bajo el agua pensando que no podré desayunar y eso me pondrá de mal humor. Ya estoy de mal humor. Me visto, me echo un poco de perfume del tío Pablo, me miro al espejo, peino mi pelo hacia atrás y me pongo una chaqueta. Afuera hace frío pero no hay garantías de que la temperatura varíe demasiado: puede subir o bajar y en ambos casos la chaqueta será inservible. Me mantengo pensando con una mano en la manilla de la puerta que todavía no cierro. No debería estar pensando estupideces, pienso. Se escapa la gata.  Maldigo. Sé, por todos los esfuerzos que haga, que no podré atraparla. Lleva días encerrada por expresa petición de la tía Romina y en varias ocasiones intentó escapar sin éxito debido a la intervención del tío Pablo. Bastó que me quedara a cargo para que se escapara.  No sé si vuelva. No sé si deba ir a buscarla, intentarlo al menos, como para que cuando mis tíos se den cuenta de que la gata no esté, no me sienta tan culpable. Sigo con la mano en la manilla de la puerta y la cierro. Ya volverá. Siempre vuelven.  Comienzo a caminar hacia el paradero mientras espero que la gata aparezca y yo pueda abalanzarme sobre ella. Aparece rápido la micro pero no así la gata. Me siento al fondo y me pongo a escuchar el último disco del Búfalo dit. Pronto una vieja me pide el asiento y me paro sin decir nada. Treinta minutos de viaje los hago parado, sudado, deseando no haber llevado la chaqueta. Llego a la consulta veintiocho minutos tarde. Ya hay alguien adentro, la secretaria me dice que tengo que esperar y que podré estar sólo media hora al mismo precio de siempre. Tomo asiento y espero a que sea mi turno. Escucho sollozos de mujer desde la habitación. Vuelvo a ponerme los audífonos pero me toca. Entro, pido disculpas, ella me dice que no me preocupe y me pregunta cómo estoy. Comienzo a pensar en mi día, le cuento todo lo que me ha pasado hasta llegar a estar sentado en ese sillón verde frente a ella, me acuerdo de la gata, le digo que no hice nada por rescatarla y que me siento culpable, que mis tíos me van a retar. Mi tía, de seguro, va a llorar porque ella siempre llora. Mi tío no llora, dice que lo lloró todo cuando se murió su mamá hace ya como cuarenta años. Me pregunta sobre el verano, qué tengo pensado hacer, y yo le respondo que no sé, trabajar para tener plata, pero sé perfectamente que no voy a trabajar, que voy a estar en la casa despertándome todos los días a las 12 del día con los gritos de mi tío que alega porque no hago nada. Lo más probable, pienso pero no lo digo, es que tome cerveza todos los días, la mayoría de las veces solo, otras acompañado por el Lucas. Se acaba la hora y me echa rápido, dice que tiene otra paciente así que me levanto, le doy un beso en la mejilla y vuelvo a la casa. Viaje de mierda en la micro, calor insoportable, la chaqueta podría tirarla al mapocho. Entro al pasaje y de inmediato escucho los gritos, el llanto de mi tía Romina que es sostenida por mi tío Pablo. No me ven pero yo los veo. Están abrazados y la gata yace a sus pies, tiesa por el calor. Algunos vecinos comienzan a salir de sus casas para abrazar a mi tía. Doy media vuelta y espero en el paradero. Me subo a la micro, mi bip no tiene plata, entro de todas formas, me saco la chaqueta y la tiro al suelo. Me pongo los audífonos y escucho varios discos en la micro hasta que anochece.

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