Autor intelectual

Nunca fui bueno para la pelota pero debido a que mi tío José era el profesor de educación física jamás fallé en la titularidad del equipo de mi colegio. Desde luego yo era el flanco más débil del plantel ya que por mi banda se concentraban todos los ataques de los equipos rivales y a pesar de que mi presencia en la cancha nos dejaba en evidente desventaja, jamás dejé el once oficial.

El primero que dijo algo al respecto fue el Pedro Rosales, un volante con llegada y personalidad. Una tarde se me acercó, después de haber perdido por goleada con dos cagazos míos y me dijo: erís malo, hueón, y todos sabemos que estás en el equipo porque el profe es tu tío.

A partir de ese momento nuestra relación familiar se hizo pública y mis compañeros de equipo dejaron de hablarme y comenzaron a pasarme mucho más el balón con la intención de que cometiera la mayor cantidad de errores para que mi salida del equipo titular fuera urgente. Una especie de sabotaje.

La situación se hizo insostenible cuando el Gonza, nuestro goleador, se enfermó y mi tío, en vez de alinear al Ramiro Pérez, su sucesor natural, me puso a mí de nueve, desatando una ola de reclamos a los que hizo caso omiso. Antes del partido me pegó una palmada en la espalda y me dijo: tú dale, sobrino, demuéstrales que están equivocados.

Me sacaron amarilla -era un hachero en potencia- y me perdí el penal que hubiese significado el empate a minutos del final del partido. Me acuerdo que los papás de mis compañeros me abuchearon y yo me puse a llorar de pena y soledad. Mi tío José me abrazó y yo le dije que no quería jugar más a la pelota. Él se negó pero al ver mi cara de angustia terminó cediendo.

Los resultados comenzaron a mejorar conmigo en la banca y mi tío José fue adquiriendo cierta popularidad entre los apoderados y mis compañeros de equipo. Al principio me daba excusas tácticas respecto a mi no inclusión en la oncena estelar pero con el pasar de los partidos dejó de darme explicaciones y comenzó a concentrarse en mis compañeros.  Mi ausencia era motivo de alegría y curiosamente me sentía orgulloso de una decisión que estaba favoreciendo al equipo. Todo era para mejor. 

Estuvimos así durante el resto de la temporada hasta que me tocó entrar ante la falta de gente disponible: yo era el único en la banca y el Vásquez se había lesionado. Con pavor mi tío me ordenó calentar y trató de darme palabras de aliento que no terminaron por salir de su boca. Mientras hacía el calentamiento previo las piernas me tiritaban y escuché cómo los apoderados y mis compañeros se lamentaban ante mi entrada a la cancha. 

Me paré como defensa central, posición que me era totalmente ajena. Y si bien logré un par de despejes correctos, provoqué un penal irrebatible, ganándome los retos de mis compañeros. Cuando la pelota traspasó la línea y se decretó el gol, me llevé las manos a la cabeza y ante los gritos desenfrenados de todo el mundo abandoné la cancha.

Mis compañeros de equipo estaban felices, preferían jugar con un jugador menos que con mi falta de talento. Mi tío José, intuyendo el beneficio, no protestó mi decisión y  me senté a su lado con mirada perdida.

Luego sucedió lo increíble. En quince minutos mi equipo logró dar vuelta el resultado y quedarse con el partido. Los saltos de alegría no se hicieron esperar y mientras yo los observaba con cierta felicidad, se me acercó el Gonza y me dijo al oído: sin tí esto no hubiese sido posible. Me uní a los festejos y luego el tío José me dijo algo que jamás olvidé: quizás no entiendas lo que signifique pero hoy ganaste el título más importante de todos, el de autor intelectual.

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