Último deseo

Paramos en Huentelauquén. Pedimos dos empanadas y dos jugos de papaya. Aprovechamos de ir al baño. Comimos en silencio y fumamos mirando las nubes. No tardamos en volver al auto y seguir hacia La Serena.

Escuchábamos tu Spotify. Una de las tantas listas que te habías hecho. Tu favorita. Música pop de comienzos de los 2000. Se llamaba Popmil. De vez en cuando cambiabas las canciones a la mitad. Generalmente eran temas que creías que no me gustarían. Y eso me enchuchaba. Supongo que más que el cambio, me molestaba que intentaras adivinar mis gustos. Me enojaban tus intentos de darme en el gusto.

Yo respondía con suspiros. Creo que era evidente. Cada cambio de canción era seguido por un suspiro y una mirada hacia el mar. Encontraba calma en el mar. Al menos en el mar de lejos. De cerca me provocaba inquietud. Respeto, como se suele decir.

Comenzó a oscurecer. Paramos en la Copec de Socos para echar bencina y comprar cigarros. Esperé que me preguntaras si estaba cansado de manejar. No lo hiciste. Igual queda poco, pensé.

“Qué bonito”. Intenté romper el hielo. Se veía a lo lejos Coquimbo, la Cruz del Milenio iluminada. Las luces de la ciudad, el cielo completamente oscuro y nublado. No dijiste nada. Eso me dolió. Siempre decías algo. Esa imagen, Coquimbo, la Cruz, las luces, siempre te hacían decir algo. Pero esta vez no.

Caminamos por la playa. Yo te seguí. No me invitaste. Tampoco te negaste a que me uniera. Tenía miedo de que lo hicieras sin mí. Que el propósito de este viaje se viera truncado por la rabia. Te sentaste en la arena y te pusiste a llorar. Yo me senté al lado tuyo y encendí un cigarro. Quise decirte algo. O abrazarte. No hice nada.

Cuando te levantaste lo supe. Quise estar equivocado, pero en el fondo lo sabía. De tu chaqueta sacaste la urna y sin preguntarme la vaciaste. Parte de su contenido se fue al mar. El resto a la arena. Me levanté y te grité. Eso no era lo que él quería, te dije. Egoísta de mierda, te dije. Así no tenía que ser, te dije. ¿Por qué chucha tuviste que hacer esto? te pregunté. Me puse a llorar. Te fuiste al departamento. Yo volví una hora después.

Amenció nublado. Como siempre. Tomaba desayuno mirando el mar. Apareciste y te ofrecí una taza de café. No tenía ninguna esperanza de recibir respuesta. Sí, me dijiste. Te miré. Te sentaste a mi lado a mirar mientras esperabas a que el café se enfriara. Ahora sería un buen momento para hacerlo, pensé. Me levanté y tomaste mi mano. La tomaste fuerte y me hiciste sentar. Nos quedamos observando el mar mientras el cielo se abría. Al rato subimos nuestras cosas al auto y nos devolvimos a Santiago. Escuchamos una de tus listas de Spotify. Pero esta vez no cambiaste las canciones.

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