Ida y vuelta

Ida y vuelta

Fila 1

Nadie entendía por qué. “Pasajeros con destino a Rio de Janeiro acercarse a los counters”. Era una fila eterna. Muchos llevábamos más de cuarenta minutos esperando poder entregar nuestras maletas. La decisión parecía arbitraria y nos afectaba al 90% de las personas. Personal de la aerolínea abrió las cintas que demarcaban la fila. Los beneficiados pasaron con sus carros llenos de maletas entre el murmullo de los afectados. Yo no dije nada. Me molesté pero no dije nada. Otras personas sí dijeron algo. Estaban indignadas. Pero sus molestias se expresaban tímidamente. Eran comentarios del tipo “aquí cualquiera hace lo que quiere” o “por eso este país está como está” pero maquillados por la reticencia al escándalo. Detrás de mí venía una familia. Papá, mamá, hija de unos tres años e hijo de unos cinco años. El papá llevaba el carro con las maletas y sobre ellas su hijo de cinco años. La mamá iba adelante, justo detrás de mí. La hija de tres años estaba en el suelo. Por alguna razón, lloraba. Y eso al papá le molestaba mucho. Alzó la voz. Fue justo después del asunto con los pasajeros a Río de Janeiro. De seguro para él fue un duro golpe. Tener que aguantar que su hija llorara en el momento menos oportuno. Y después lo de los pasajeros a Río. Así es como se comienza mal un viaje. Le dijo a su hija: “¿eso vamos a hacer? ¿vamos a hacer un escándalo en el aeropuerto?”. Lo dijo fuerte. Muchos lo miramos. A él no le importó. A su hija sí, que lloró más. A su esposa también, que le dijo que no hiciera un escándalo.

Fila 2

En la fila de policía internacional me tocó detrás de lo que parecían ser dos hermanas. Una iba visiblemente molesta. Alegaba por todo. Las filas, la lentitud, el horario de mierda, este país -su país- tan tercermundista. La acompañante, digamos, su hermana, trataba de ponerse de su lado. Se notaba que no quería. Se notaba que le daba vergüenza. Era evidente que pensaba que su hermana le estaba dando color. A todo. Y que siempre había sido así. Que toda la vida había tenido que aguantar sus constantes alegatos. Que el vecino hace mucho ruido. Que el jardinero se robó unas plantas. Que el conserje se queda dormido. Y mucho antes, cuando eran niñas, que la comida estaba fría, que su hermana era la preferida. Alegar por alegar. Se notaba, repito, la incomodidad de la hermana. Que sin embargo parecía acostumbrada. Había logrado apaciguar los sentimientos de vergüenza y responder con monosílabos. Incluso ponerse de su lado. Así la mantenía calmada. Así se evitaba otro escándalo.

Fila 3

“Tiene que tener su pasaporte y tarjeta de embarque en la mano, le dije en varias ocasiones, señor”. “No tiene por qué hablarme así”. “Es que usted está haciendo este proceso más lento de lo normal”. “Fue un simple error, aquí está todo”. La miembro de la aerolínea está visiblemente molesta. No sólo con el señor que hace todo más lento. Con todo aquél que parezca hacer algo que no cumple con sus parámetros. Nos miramos con otros pasajeros. Yo callo. Cuando me toca dar mis documentos me pide la visa. Le pregunto si sirve que la tenga impresa. Pregunta estúpida, parece pensar ella. Me mira con enojo. Se la entrego. Me entrega los documentos. No me dice nada. Avanzo y me subo al avión.

Fila 4

“Why are you coming to America, sir?” “Is it just holidays?” “You were in Europe several times, right?”. “Do you mind if we ask you a few questions?” “Let’s go to this room” “How many times have you been in America?” “Is holidays the only purpose of your trip?” “When you were un Europe did you visit some of these countries?” “Can we check your phone?” “No, I’m afraid that’s not an option, if you want to go to America we have to go through your things” “You’ll have to wait here” “Yes, we know it has been two hours” “We are sorry but after analyzing your situation we are not giving you permission to enter American soil” “You’ll be returning to your country on the next flight”.

Fila 5

No soy el único. La familia de la primera fila también fue negada a entrar a Estados Unidos. Nos reconocemos las caras pero no nos decimos nada. Veo en el papá la misma cara de chato. Ha estado así desde el principio. Ahora con mucha razón. Creo que yo también tengo mala cara. No es para menos. Mi viaje fue frustrado por razones que escapan a mi entendimiento. Los niños empiezan a molestarse y el papá parece haber perdido las fuerzas para retarlos. La mamá los mira con amor. Es un amor extraño. Un amor que le hace creer que está bien dejarlos llorar. Lo merecen. Nosotros, quienes compartimos fila, merecemos el llanto desesperado, los alaridos desconsolados de sus hijos. Avanzamos poco a poco. Nos dan nuevas tarjetas de embarque. Es una aerolínea gringa. Toda la familia tiene asientos separados. El papá explica en el counter. Una vez adentro del avión deberá hablar con las azafatas. Ellas intentarán juntar a los niños con la madre o con el padre. A mí me da lo mismo dónde quedar. Ya nada puede ser peor.

Fila 6

Pero sí. Sí podía ser peor. Me tocó sentarme junto al papá y sus hijos. Lloraron mucho. No pararon de moverse. A penas dormí. Después de todo ya estoy de vuelta. Antes de lo presupuestado. En otra fila, en un taxi que de seguro me cobrará más de la cuenta, esperando salir del aeropuerto. A lo lejos veo a la familia subirse a una van. Los autos no avanzan. Está colapsado el aeropuerto. A veces pienso que la vida es pasar de una fila a otra. Que la única forma de evitarlas es no moverse. ¿Pero qué es la vida estando detenido? ¿Qué es la vida sin filas?