Como los gatos miran al fuego

Como los gatos miran al fuego

Padecía un dolor de cabeza que parecía interminable. Aún así insistió con ir a la casa de Gregorio. – Tenemos que ir. Por los viejos tiempos- le dijo a John. Pidieron el Uber, dividieron la tarifa y una vez afuera del edificio miraron hacia el balcón, desde el cual se podían oír conversaciones y, en menor medida, música de fondo.

–  ¿Cuántos años serán desde la última vez? – le preguntó a John. – ¿Cinco, seis? – Se miraron y luego sopesaron en silencio el significado de estar ahí. Tocaron el timbre y al rato abrió una mujer. El ruido inundó el pasillo del quinto piso. – Hola, pasen, pasen, adelante – dijo ella mientras apagaba su cigarro en una copa de vino blanco.

El lugar estaba lleno y a primera vista no conocían a nadie. Sonaba música que parecía haber sido inventada sólo minutos antes, algo así como un género musical completamente nuevo. Buscaron entre las personas a Gregorio pero no dieron con él. Se acomodaron en una esquina y abrieron sus cervezas.

Al rato llegó la misma mujer que les abrió. – ¿Y ustedes quiénes son? – preguntó de manera amable. – Somos amigos del Grego – dijo John mientras encendía un pito. – ¿El Grego? – dijo ella lanzando una carcajada que se coló entre las conversaciones y la música. – ¿Quién chucha es el Grego? – preguntó. Se miraron con extrañeza. – El Gregorio. Éramos compañeros en el colegio – . – No sé yo, pero creo que están perdidos porque acá no hay nadie que se llame Gregorio – dijo la mujer.

En sus palabras no había indicios de ironía o humor pero aún así se extrañaron por lo dicho. Habían estado en ese departamento en muchas ocasiones, compartiendo después de clases, pero por alguna razón todo parecía ajeno. – Bueno, de todas maneras no hay problema con que se queden acá – fue lo último que dijo la mujer antes de apartarse de ellos.

Comenzaron a buscar con mayor ahínco a Gregorio entre la gente. No fue hasta que llegaron al balcón cuando lo vieron, sentado sobre una silla de mimbre, con una copa de vino en la mano y vestido completamente de gris. La gente que lo rodeaba miraba con admiración la forma en que vociferaba lo que parecía ser su declaración de principios respecto al libre mercado.

–  Grego – dijeron al unísono, interrumpiendo la conversación. Las miradas se volcaron hacia ellos, que notaron un malestar generalizado debido a su infortunada aparición. Se prepararon para un saludo efusivo y lleno de emoción; era el reencuentro inesperado después de años de ausencias, pero nada ocurrió, ni siquiera un gesto; solo una mirada extraña, vacía y llena de desdén fue lo que pudieron advertir de Gregorio, que continuó con su alocución como si nada hubiese sucedido.

Permanecieron de pie mientras continuaba con su discurso. Gesticulaba y exageraba ciertas palabras. Jamás volvió a dirigirles la mirada, tampoco hizo ademán alguno como para integrarlos a la conversación, presentarlos o si quiera darles las gracias por haber ido.

Todo les resultaba demasiado extraño e incómodo. Tras años sin verse pensaron que sería una buena forma de recuperar la amistad -que él mismo había deshecho por considerarlos impropios de la vida que proyectaba- apareciendo en su cumpleaños.

Ante el evidente desprecio se fueron del departamento. – ¿Qué chucha le pasó? – se preguntaron. – ¿Cachaste cómo nos miró? – dijo John con indignación. – Parecía otra persona. Quizás era otra persona – fue lo último que dijeron antes de percatarse de un incendio que se desataba no muy lejos de donde estaban. Cuando llegaron al lugar el caos era generalizado y distintas compañías de bomberos combatían las llamas. Después de un rato caminaron hacia su Uber y se percataron que un grupo de gatos observaba el incendio sobre el techo de un auto. Los felinos, sin aspaviento, miraban con desinterés, lamían sus patas y jugaban con sus colas mientras a solo metros de distancia la antigua edificación perecía ante la inclemencia de las llamas. Se subieron al Toyota Corolla conducido por Juan Esteban y a medida que se alejaban del lugar les fue imposible no sentirse profundamente identificados con el devenir de aquella antigua casona.