De por qué no quiero bailar

No me gusta bailar. Creo que fue en alguna fiesta con mis compañeros de curso cuando me di cuenta que lo mío no era el movimiento de caderas. Era la época del Axé, y los bailes ocurrían a modo de competencia para elegir a la pareja con el mejor desempeño en el living de el o la cumpleañera. Me vi emparejado, ante la timidez, con mi símil femenino que a pesar del entusiasmo no logró destacar debido a mi notoria ineptitud. De ahí en adelante el no saber bailar se tornó en una constante quimera.

De aquello han transcurrido muchos años y a pesar de que creí que con el paso a la adultez madura el tema de ir a bailar se habría acabado, esto no sucedió ya que lo cierto es que a las personas les encanta bailar, independiente de la edad. Vaya descubrimiento.

Y uno, desafortunado, debe lidiar con el acoso y la inquisición del bailarín contagioso, aquél que no puede comprender la razón de, en este caso, mi incómoda quietud. Ese personaje, hombre o mujer, parece multiplicarse con el tiempo y se empeña en conquistar a los aburridos seres que prefieren estar sentados en la mesa conversando, lejos de la multitud sudorosa y ebria, o fumando un cigarro tras otro a la interperie a la espera de ver una cara conocida para derrotar del aislamiento voluntario.

No se trata de considerar a los bailarines una especie menor. Por el contrario, envidio el desparpajo con el que se desenvuelven en ritmos musicales anárquicos, obviando el entorno y acusando una electricidad imposible de refutar, entregándose a merced del movimiento. Se trata de entender por qué no puedo ser uno de ellos.

A veces me pongo a pensar por qué no me gusta bailar. Y no me refiero al por qué obvio, a la razón endémica que debo dar cada vez que alguien insiste creyendo que es primera vez que me veo enfrentado a una situación similar. Intento encontrar una razón profunda, acaso sicológica, que refiera a un pasado perturbado y el que aún no he podido soslayar para por fin apoderarme del baile que aún no domino. Y por mucho que hurgue en mis memorias, no encuentro explicación.

El paso fácil es pensar en una timidez que jamás superé del todo y que me ha impedido alcanzar mi potencial en casi todo ámbito de la vida. Que los primeros años de mi existencia fui un ser temeroso incapaz de actuar sin el consentimiento de mis padres y que ello me llevó a jamás salirme de los márgenes, cultivando así un pánico escénico frente al histrionismo. Al fin y al cabo la timidez, al menos para mí, conlleva esa connotación; ser tímido es que casi todo te de vergüenza, porque, en cierta medida, te importa qué es lo que pensarán de ti y por ende saboteas hasta tus impulsos más orgánicos para evitar incomodidad. La timidez es una inseguridad irracional y paralizadora que se apodera de ti hasta el hartazgo.

Sin embargo quiero creer que no es eso. El qué dirán es un concepto al que le he dedicado muchísimo tiempo de análisis y sin dudas no estoy dispuesto a ceder ante el constructo social. Y quizás esa necesidad de demostrarme incólume ante los bailarines del mundo es precisamente no bailando y mantenerme aferrado a mi ideal de diversión, el cual se manifiesta de maneras menos convulsas. Esa es mi rebeldía ante tal hegemonía, la que yo denomino la dictadura de la diversión.

Es que siempre he valorado la originalidad y siento que, por fome que pueda parecer ante la gente, parte de mi escencia es la parsimonia a la hora de enfrentar la noche como espacio para soltar tensiones. Pero aún así el baile vuelve cual fantasma a perseguirme.

Han habido mujeres que han aceptado mi condición. Y la verdad he sido afortunado al ser entendido. Pero también han habido otras que no han podido con mi fomedad, las cuales han utilizado mi problema con el baile sutilmente para socavar la relación. Al menos así lo he sentido.

Ante estas situaciones a veces he cedido. Debo decir que bajo las correctas circunstancias he logrado manifestar atisbos de baile, siempre cobijado por el grado alcohólico de una botella que compré con ese objetivo. Mas no es algo recurrente. En lo absoluto. Finalmente para quienes me han frecuentado en ambientes donde el baile es propicio, estoy definido por mi inmovilidad.

Y a pesar de que trato de evitar tales ocasiones, no me es ajeno volver a encontrarme con alocuciones del tipo “¿Por qué no bailas?” “Qué te importa” o “Sal de tu zona de confort”. Y mi respuesta es siempre la misma: no me gusta, no es lo mío. Cuando en realidad podría adentrarme en discusiones filosóficas que a ningún puerto llegarían por lo que prefiero quedarme con la estigmatización de aguafiestas.

Es así como escribo esto acostado en mi cama mientras la gente inunda las redes sociales con contenido que surge desde la mismísima disco, lugar atiborrado de gente propensa al drama -llámese peleas, encontrones o agarres- que se desenvuelve con soltura entre la oscuridad, el ruido y la posibilidad del beso con lengua que culmine la noche de la mejor manera. A todos ellos le deseo lo mejor y espero que puedan entender mis ganas de dormir una noche de corrido en la que, quizás, sueñe con un baile que protagonizo hasta el amanecer.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s