Correa

Un hombre pasea a su perro por un parque de una ciudad sin nombre. El parque es largo y angosto. Hay árboles secos en sus costados, una larga franja de tierra que no mucho antes albergó pasto y pocos bancos en los que alguna vez la gente pudo sentarse. Ya no hay personas, sin embargo. La tarde comienza a acabarse y la noche es bienvenida por un viento intermitente.

El hombre duda. Después de un momento le quita la correa a su perro. El perro, en un principio, parece temeroso de su repentina libertad. No está acostumbrado. De pronto el perro corre con júbilo, moviendo la cola, hasta que las sombras se acaban y la oscuridad es total.

El hombre se sienta en un banco. Enciende un cigarro. Le ordena al perro que vuelva, el cual se acuesta en la tierra, junto a él. El silencio no cesa y parece que siempre hubiese sido así; que la ciudad que alguna vez tuvo nombre, ruido y personas, fue en realidad un lugar al que se le arrancó la identidad.

No mucho después el hombre y el perro comienzan su retorno. Decide mantenerlo libre. Caminan por la avenida sin nombre, pasan por la plaza -símbolo de lo acontecido- y siguen hacia el derruido palacio desde el cual alguna vez gobernó. Mucho ha sucedido desde entonces. Ya no hay nada. Ni nadie. Sólo él y su perro, el cual comienza a correr y se pierde en la ciudad. El hombre observa cómo la última vida que pudo gobernar, escapa.

Se pone la correa.

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