Usanza

Desperté desorientado. La luz que se colaba entre las cortinas y el sonido de la calle me eran ajenos. Observé la habitación y pronto me di cuenta que no sabía donde estaba. Me levanté. Busqué referencias, indicaciones que me dieran algún tipo de pista sobre mi paradero. Tras breves minutos de búsqueda me di por vencido y me senté en la cama a sopesar la situación. De pronto, al levantar la vista, divisé un libro que se me hizo familiar. Luego, como en coro, cada una de los aspectos de la habitación fueron cobrando sentido y despertando en mí la claridad perdida. Estaba en casa. Era un día común y nada extraordinario había sucedido. Sólo había olvidado lo que se siente no depender de la costumbre.

Titulado

Tras años estudiando y pagando quinientas lucas mensuales que lo endeudaron por mucho tiempo, recogió su diploma con sonrisa indisimulable y posó para la foto de rigor mientras compañeros y familiares aplaudían orgullosos. Se bajó del escenario y con el cartón bajo su brazo emprendió, ilusionado, la búsqueda de su primer trabajo, el cual, el día de hoy, consiste en conducir su auto por toda la ciudad y, de vez en cuando, llevar a sus casas a los empleados de las empresas a las que alguna vez postuló.