Usanza

Desperté desorientado. La luz que se colaba entre las cortinas y el sonido de la calle me eran ajenos. Observé la habitación y pronto me di cuenta que no sabía donde estaba. Me levanté. Busqué referencias, indicaciones que me dieran algún tipo de pista sobre mi paradero. Tras breves minutos de búsqueda me di por vencido y me senté en la cama a sopesar la situación. De pronto, al levantar la vista, divisé un libro que se me hizo familiar. Luego, como en coro, cada una de los aspectos de la habitación fueron cobrando sentido y despertando en mí la claridad perdida. Estaba en casa. Era un día común y nada extraordinario había sucedido. Sólo había olvidado lo que se siente no depender de la costumbre.