Mala vista

Mala vista

No tenía por dónde salir con buena vista. Tanto mi mamá como mi papá usan anteojos y también sus padres y sus madres fueron miopes y de seguro, si tuviéramos registros médicos, sus respectivos progenitores padecieron de miradas defectuosas. Puedo decir sin miedo a la exageración que no ver es una condición que llevo en la sangre y por supuesto en los ojos. Somos la familia que no ve; los miopes, los cortos de vista, los cuatro ojos, los ciegos. Y como tal, hemos adoptado esa realidad y la hemos hecho nuestra con desgano, siendo portadores de los más espantosos lentes poto de botella. No exagero, entonces, cuando digo que no tenía por dónde salir con buena vista. De hecho, tengo la peor de toda mi familia. Logré sobrepasar la ya inhabilitante miopía de mi padre y conseguí un registro histórico que ni mis más lejanos familiares hubiesen soñado. Me lo dijo el doctor Gutierrez con voz rasposa:

-Ojo izquierdo: 4,75. Ojo derecho: 5,25. Vamos de mal en peor, cabrito.

Me llamó mucho la atención que me dijera cabrito, cuando bajo cualquier perspectiva yo dejé de ser un cabrito hace mucho tiempo aunque supongo que su longevidad (excesiva, por lo demás) le permite referirse a casi todo el mundo como cabrito. Que me haya dicho que voy de mal en peor me dieron ganas de decirle que era un viejo culiao, pero luego me acordé de ese bisabuelo miope que no conocí y concluí que la desafortunada frase era en realidad un hecho de la causa que debía asimilar como mi destino y que el verdadero viejo culiao era mi bisabuelo y toda esa gente antigua y piti que lo único que hizo fue heredarme unos ojos inservibles color barro.

Si me preguntaran qué es la miopía yo diría que es un número que cambia. Es un número al que no alcanzamos a acostumbrarnos porque siempre crece. Y si bien debería llegar un punto en el que ese crecimiento se detenga, hasta ese entonces la miopía era un número que seguía creciendo y que dados los recientes resultados obtenidos se asemejaba más al promedio de notas que tuve en primero medio en matemáticas y biología que a un diagnóstico médico. La miopía es un número al que no nos acostumbramos nunca porque nos deja huérfanos todos los años; una especie de padrastro que aparece un año y luego desaparece, dando paso a otro mucho peor. La miopía es un desfile de malos padrastros.

En algún momento no fui miope. O al menos ignoré que lo era. Una época desmesurada en la que el no ver bien era un rumor de adultos que entre otras cosas inverosímiles aseguraban que el viejo pascuero no existía. Vivía en un mundo amortiguado por la ingenuidad de la infancia y la protección de mis padres, que ocultaron todo lo que pudieron mi condición sanguínea, la cual ellos mismos me habían heredado, hasta que los dolores de cabeza y los torpes tropiezos en escaleras del colegio, casas de familiares, iglesias y estadios los obligaron a llevarme al oculista. Aquella visita arrojó una miopía que galopaba desenfrenada hacia un futuro desdibujado.

La vanidad nació en mí el día en que el oftalmólogo, que no era el doctor Gutierrez sino el doctor Mulvany, oficializó mi mala vista y recetó lentes ópticos. Por primera vez me importó la percepción que tendría el resto sobre mí y la sola idea de imaginarme usando lentes me dio pavor. Había crecido con la noción profana de que el que usa lentes es nerd o se ve feo e inmediatamente un augurio diáfano se posó sobre mí: “me voy a ver como el pico”, frase cuyo doble significado era cruel y que tenía que ver (oh, la ironía) con verme por primera vez en alta definición y darme cuenta que efectivamente me veía como el pico. Yo ya era más o menos feo y bastante nerd por lo que usar lentes era sepultar toda posibilidad de algún día lucir bien y crecer con una autoestima sin cicatrices profundas. Pero después de ver bien por primera vez en la vida no hay vuelta atrás. El doctor Mulvany posó un cristal 0,75 y un 1,25 en mi ojo derecho e izquierdo respectivamente y de pronto su fría consulta se definió ante mí y mis padres lucían distintos, como dibujados o salidos de una fotografía de estudio con posterior retoque en photoshop, y todo pareció hacer sentido. Años viendo mal, siendo incapaz de apreciar el mundo en su verdadera dimensión. La sola idea de volver a ver mal me parecía aborrecible y necesitaba perpetuar esa nueva capacidad. Me imaginaba en un concurso de talentos en el que me preguntaban qué era lo que me hacía talentoso y yo respondía feliz que mi talento era ver bien, ver perfectamente bien. Entonces comenzaba una lectura de diminutos letreros posados lo más lejos posible, lo cual era correspondido con rabiosos aplausos de pie de todo el público. Definitivamente no podía volver a ver mal. Me sentía un drogadicto, un heroinómano que necesitaba la droga de nuevo porque los treinta segundos de buena vista habían sido maravillosos pero insuficientes para saciar años de ignorancia. El doctor Mulvany era el narco y los lentes eran la heroína.

Sin embargo la recién nacida vanidad era muy grande y un llanto confuso provocado por una latente inseguridad obligó a mis padres a hacer un esfuerzo económico y comprarme unos lentes especiales para niños llorones como yo, cuya característica principal era que no tenían marco, cosa que en mi ingenuidad era la respuesta a todas mis tribulaciones. Pero la creencia de que mis nuevos anteojos pasarían desapercibidos a la vista del que ve bien se vio derrumbada cuando la señora Graciela, nuestra vecina, me vio desde la reja de mi casa (que se encontraba a unos siete metros de distancia) y gritó con ese orgullo no correspondido, porque creo sinceramente que el orgullo ajeno se limita al núcleo familiar o a gente con la que compartes un vínculo mucho más fuerte que una pared pareada, “¡ay que lindo mi niño con sus lentes!”.

Resignado pero aún en negación, el primer día que fui al colegio como oficial miope estuve prácticamente todo el día sin usar mis flamantes lentes ópticos. Hasta que en la clase de la profesora Marcela me fue imposible leer el texto que proyectó para que leyera en voz alta, por lo que enfrenté con rostro enrojecido las risitas de burla de mis compañeros que veían como resignado sacaba de mi mochila un estuche desde el cual aparecieron mis anteojos sin marco que me entregaron visión absoluta. Al sonar la campana para ir al recreo se me acercó la Javiera, que me gustaba un poco, y dijo que me veía bien con lentes, lo que me reconcilió con mi nuevo aspecto y desde entonces la vergüenza de usar lentes se disipó, no así el enamoramiento por la Javiera, el cual creció tal cual crecía mi miopía y me condujo a una inevitable decepción amorosa, la primera de mi vida.

Cuando usar lentes dejó de ser tema surgió un problema mayúsculo asociado a su delicadeza. Jugar a la pelota era poner en riesgo la integridad de mis anteojos, los cuales a esas alturas eran indispensables en mi diario vivir, sobre todo después que el doctor Ibáñez me recetara nuevos cristales y confirmara mi absoluta dependencia a la ayuda óptica. Los lentes de contacto aparecieron en el horizonte como solución al constante peligro de quedar enceguecido por un pelotazo furibundo.

El doctor Ibáñez -no tengo idea cuál es la razón de mi infidelidad patógena con los oftalmólogos, con los que nunca tuve más de una consulta- me recetó lentes de contacto blandos de la marca PureVision, los cuales debía sacarme todos los días antes de acostarme y reemplazar cada dos semanas. Me indicó que si en Rotter & Krauss anunciaba que él me había referido, recibiría un 25% de descuento. Así que con mi nueva receta de 2,25 en ojo izquierdo y 2,75 en ojo derecho, solicité mis primeros lentes de contacto.

Mientras esperaba a que un señor de barba talibana ingresara mis datos en el sistema, pensé en Edgar Davids el talentoso volante Holandés que destacaba no solo por su juego sino también por usar anteojos protectores, los cuales me hubieran venido de maravilla, a pesar de que su objetivo era proteger ojos y no lentes.

Entré a una especie de consulta voyerista, en la que las paredes eran de vidrio y todo el mundo podía ver lo que sucedía adentro. Me recibió un joven contactólogo de nombre Juan que tenía en la cara más espinillas que años en la tierra y que luego de preguntar mi edad, en qué curso iba, de qué equipo era y darme algunas instrucciones, procedió a intentar ponerme los lentes de contacto. El temblor en sus manos sumado a mi parpadeo por instinto impidió que el primer acercamiento fuera fructífero. Tras una risa nerviosa intentó nuevamente pero la falta de costumbre a que un dedo ajeno se pose sobre mi globo ocular provocó que todos los intentos culminaran en un sonado fracaso. La frustración de Juan era evidente y por un momento creí estar a punto de presenciar una explosión en la que me mandaba a la conchademimadre pero se contuvo y ese mismo ímpetu lo utilizó para llamar a su compañero Carlos, un colombiano que parecía mucho más preparado que el imberbe Juanito.

Carlos procedió a agarrar mis párpados mientras el espinilludo Juan intentaban con su mano izquierda posar sobre mi ojo de la manera más profesional y gentil posible ese lente de contacto rebelde. La obstinación de mis ojos y mis párpados era imposible de controlar y a pesar de que me decían “relájate, no te preocupes, relájateeeee” el lente no era capaz de entrar. Después de varios intentos ambos contactólogos se miraron, como sopesando la posibilidad de ahogarme con una almohada, y salieron resignados de la habitación. Juan, que estaba furioso, dijo “espérate ahí”.

Pasaron algunos minutos de incertidumbre en los que pensé seriamente en abandonar la misión. Jugar a la pelota con mis lentes ópticos no parecía tan mala idea e incluso, retirarme del fútbol de manera prematura debido a dificultades en la visión parecía una historia de la que en el futuro podría obtener réditos económicos y hacerme lindo porque toda la gente que tiene plata es linda o al menos puede pagar para serlo.

De pronto apareció en la consulta voyerista un caballero antiguo vestido con un impecable delantal blanco, cuya apariencia era la de un hombre que ha vivido demasiado como para estar perdiendo el tiempo -seguramente su último tiempo- en un centro óptico. Había en su aspecto algo inquietante, un aire a criminal de guerra o a cazador de nazis con demencia senil. Cualquiera haya sido el caso, ambas opciones me aterraban y la sola idea de sus manos acercándose a mis ojos me hicieron querer escapar, pero callé y recé quizás por primera vez en serio en toda mi vida. El caballero se lavó las manos en silencio y luego se acercó.

-Hola, muchacho ¿cómo estás?
-Bien
-Me contaron los chiquillos que te les fuiste en collera. Mira, la cosa es bien simple, tu vas a mirar hacia arriba y a imaginar que estás en el caribe y eso va a ser como cerrar los ojos sin cerrarlos, pero vas a imaginar que estás en un lugar mucho más agradable que aquí y quizás estás en la playa con la chiquilla que te gusta porque imagino que en el colegio te gusta alguien, sino no tendría explicación alguna que estés probando lentes de contacto.
-No, es para jugar a la pelota.
-Ah, bueno, pero al menos ahora vas a jugar a la pelota y la niña te va a pescar. Estos lentes son una maravilla, te hacen ver mejor.

Te hacen ver mejor. Buen slogan, pensé. Luego pensé en la Javiera y la imaginé mirándome mientras juego a la pelota y meto un golazo al ángulo. Efectivamente ese pensamiento fue como cerrar los ojos porque de pronto, y como si nada, el mundo se presentó ante mí como un cuadro hermoso e interminable, mucho más cercano que el que yo había experimentado toda mi vida. Sin darme cuenta el caballero antiguo hizo lo que esos inexpertos y espinilludos contactólogos no pudieron. Ah, la experiencia. Mi cara de asombro era inmensa y el experimentado hombre se reía y hablaba del milagro de los lentes de contacto, de la experiencia religiosa que era ver todo el rango visual por primera vez con total nitidez aunque yo no dejaba de pensar en su efectiva técnica distractora. Al acercarse a darme unas últimas recomendaciones pude ver su nombre escrito en el delantal: Hugo Krauss.

Medio mareado por lo sucedido y por la falta de costumbre a ver perfecto -curioso que la perfección exija un periodo de acostumbramiento- salí como dando tumbos y calculando mal las distancias. Mi papá tiró una talla que no recuerdo y se rió de ella todo el camino de vuelta a la casa.

El hecho de usar lentes de contacto no me hace, por supuesto, un ex miope. Al contrario, soy un miope consciente que no le hace el quite a los lentes ópticos y al que le aterra quedarse dormido con los lentes de contacto puestos porque ha escuchado demasiadas historias de gente que se ha arrancado la córnea debido al exceso de noches dormidas con buena vista. ¿Se ven mejor los sueños con lentes de contacto puestos? No importa pues ese abuso tatúa el lente de contacto en el globo ocular y sacarlo se hace una verdadera tortura, un peligro terrible que puede desembocar en el peor de los estados. Podríamos decir que de tanto ver bien podemos quedar ciegos. Acudí al oculista con estas tribulaciones en mi cabeza.

El doctor Gutierrez fue el primer oftalmólogo con el que me repetí el plato. Se lo hice saber cuando aparecí en su consulta un año después de haber roto el récord familiar de miopía, pero mi noticia no le importó en lo absoluto. En vez de eso apuró los exámenes visuales; leí pésimamente las letras, me ocupé de la casita en la pradera e imaginé mi nuevo número, un número eterno, el pi de la miopía, el cual memorizaba hasta el hartazgo y lo repetía en carretes, en las noticias, y se transformaba en mi epitafio. Sin embargo el doctor Gutierrez anunció sin ningún tipo de solemnidad que durante el año que había pasado mis números se habían mantenido. Por primera vez en mi vida la miopía se había estancado y parecía haber llegado a una especie de fin de camino.

-¿Sabes lo que esto significa, muchacho?- dijo el doctor Gutierrez ahora sí con tono solemne y misterioso.
-No, doctor.
-Que puedes operarte.

La operación láser podía acabar por fin con siglos de mala vista. Me imaginé siendo el primer miembro de la familia con visión perfecta. El primer miope rehabilitado.

Luego de hacerme los exámenes correspondientes el doctor Gutierrez confirmó que era apto para la operación por lo que sólo bastaba agendar una hora con su colega el doctor Álvarez, cosa que nunca hice. Sin quererlo me adueñé de esa miopía quieta, que por fin dejó de galopar y que marcó 4,75 y 5,25 como puntuación definitiva. El primer padrastro que no piensa abandonarme pero al que yo puedo borrar para siempre. Sentí poder. Soy miope, pensé; un miope profesional, y puedo dejar de serlo cuando quiera. Y eso, en el fondo, es lo mismo que ver bien. Soy miope y a la vez veo bien. Veo bien aunque siga teniendo mala vista.