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Me fui a vivir solo en plena cuarentena porque no soportaba más el ambiente de mi casa. A mi mamá le parecía una idea terrible y se aseguró de decírmelo varias veces. Está mala la cosa, hijo, mejor espérate a que haya más seguridad, me decía a veces preocupada y otras derechamente enojada. Yo fingía escucharla y tomar en cuenta sus argumentos, pero mientras pronunciaba sus discursos repasaba de memoria en mi cabeza los cálculos presupuestarios para cumplir mi anhelada independencia: 300 lucas el arriendo, 50 lucas los gastos comunes, 80 lucas en comida y 50 lucas en imprevistos. Era tanta la necesidad de irme de la casa que repetía esas cifras cuando iba al baño, cuando esperaba a que se calentara el agua de la ducha o para quedarme dormido. Hasta que un día encontré en Portal Inmobiliario un departamento de 34 metros cuadrados que cumplía con mis requisitos y, más importante aún, tenía un dueño desesperado que no le importó mi contrato de trabajo de menos de 6 meses de antigüedad.

Lo que más me llamó la atención de vivir por primera vez en edificio era que mis vecinos dejaban sus zapatos afuera de sus departamentos. Desde luego era una costumbre provocada por el contexto sanitario, pero había en mí cierta parte que creía que esta era una práctica propia de la gente que vive en departamento. Eres tan perno, me dijo mi hermana cuando le conté y añadió que me tomaría tiempo en aprender esos hábitos. Ese mismo día le pasé un paño a las únicas zapatillas decentes que tenía y las dejé afuera de mi departamento, como presentándome en sociedad. Mi calzado se sumó a las New Balance grises bastantes carreteadas del colombiano del 404, los botines del 406 que me hubiese encantado robar de no ser tan grandes, y las Converse del 407, cuya dueña era una argentina que según uno de los conserjes era media famosa.

Cada vez que salía a botar la basura o esperaba el ascensor percibía nuevos detalles no solo en las zapatillas sino en la música, conversaciones e incluso olores que se conjugaban en el pasillo, con lo que deducía las vidas de mis vecinos. El del 404 era personal trainner de un gimnasio. La señora del 408 tenía un hijo con autismo o asperger. El venezolano del 406 tenía un perro que se llama Tobi. La argentina del 407 era fanática de las Converse y tenía al menos 10 pares distintos. De a poco me fui haciendo una idea de cada uno de ellos y me intrigaba qué pensaban de mí a raíz de las pumas de running azules que dejé arriba del choapino.

Casi inmediatamente después de mi arribo al edificio la plata empezó a escasear. Mis cálculos previos estaban totalmente alejados de la realidad y tuve que prescindir de comprarme el sillón, el comedor y el escritorio que tenía en mi lista de deseos de Falabella. Comía y trabajaba sentado en un piso en la cocina y me sentaba a fumar y a tomar cerveza después de la pega usando el mismo piso, pero en la terraza. Pasaba horas escuchando música y googleando cosas del tipo: “cómo ganar plata en internet” o “ideas para emprendimientos exitosos” pero siempre desistía porque no quería transformarme en esas personas que buscan la solución a sus vidas en Yahoo respuestas.

Poco después la empresa para la que trabajaba me notificó que no podrían pagar mi próximo sueldo y que era decisión mía seguir sin remuneración o buscar otra pega sin acceder a mi indemnización. Decidí continuar mientras buscaba algo nuevo, pero el panorama era terrible como para vislumbrar un futuro alentador.

Me costaba dormir. Con vergüenza recordaba el irrisorio presupuesto previo a mi independencia y repasaba mis deudas: 120 lucas de gastos comunes atrasados, 30 lucas mensuales más intereses cada cuota de la cama, 173 lucas de deuda en la tarjeta Líder y los intereses de la línea de crédito. Gracias a un primo conseguí una pega en su emprendimiento haciendo Delivery, pero la plata no era buena. Y a pesar de los aprietos, por nada del mundo quería volver a vivir en la casa de mis papás y tener que aguantar el “te lo dije, cabro hueón” de mi mamá y sobre todo el alcoholismo pasivo pero autodestructivo de mi papá, con quien debería desayunar todas las mañanas, aguantar su insoportable olor a copete y ver como ya no disimulaba el gin en el café.

Mi respuesta a estas preocupaciones fue caminar por el barrio para despejarme pero lo único que hacía era darle más vueltas a todo. Me angustiaba no ser capaz de pagar la plata de vuelta en caso de tener que recurrir a algún tipo de préstamo.

Fue después de una de esas caminatas, mientras hurgaba en las manzanas del verdulero de al frente, que me di cuenta que la mujer que atendía antes de mí era argentina. Cuando corroboré que llevaba puestas las mismas Converse que veía cada vez que iba a botar la basura confirmé lo obvio: era la del 407. Sopesé la idea de contarle todo el rollo de los zapatos y cómo en todos estos meses había fantaseado las vidas de cada uno de mis vecinos, incluida la de ella, pero preferí quedarme callado y recoger las frutas mientras la escuchaba decirle al verdulero que le había comprado pasajes a su mamá y dos hermanas para que se vinieran a Chile durante unos meses. Cuando se fue hicimos contacto visual y me saludó educadamente haciendo un breve ademán. Viste que la chica esa gana plata haciendo porno, me dijo el verdulero mientras yo la miraba perderse entre un grupo de rappis.

Esa noche llamó mi mamá. ¿Cómo estás, hijo? Me preguntó. Callé durante unos segundos, pensando en contarle todo.  ¿Hijo, todo bien? Sí, le dije, todo bien. Hablamos sobre mi hermana, que estaba chata con su carrera. Me contó que mi papá estaba tomando mucho, que estaba pensando en hacer una reunión familiar para que deje el trago. No era primera vez que me lo decía. Durante los últimos años varias veces habíamos sentado a mi papá y entre todos le habíamos dicho que dejara el copete. Algunas veces funcionó por unos meses, pero siempre terminaba volviendo y la pandemia terminó por agravar la situación. Lo último que le dije fue que me avisara cuándo harían la intervención. Me quedé mirando el living vacío y luego entré mis zapatillas al departamento. Antes de dormir googleé “cómo crear una cuenta onlyfans para ganar plata”.

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