Sensini, Roberto Bolaño

Es un cuento que pertenece al libro Llamadas telefónicas y que está basado en una historia personal en la que los protagonistas son Bolaño y el escritor argentino Antonio Di Benedetto.

¿De qué se trata? Un escritor chileno de veintitantos años que vive a duras penas en una casa prestada por su hermana en Girona establece una relación epistolar con el reconocido escritor argentino Luis Antonio Sensini. Ambos se conocen ya que Sensini, a pesar de ser un escritor de ligas mayores, debe participar en concursos de ayuntamiento y provincias que el escritor chileno frecuenta para así subsistir y ganarse unos pesos extras. El escritor chileno se da cuenta de esto y decide escribirle, logrando entablar una relación por carta.

¿Qué me gustó? No creo que sean los temas principales del cuento, pero se habla -tal vez entre líneas- sobre la conformidad de dos hombres que representan el inicio y el final de la carrera literaria. El chileno es un aspirante y Sensini el resultado. Y ese fin de camino que muestra Sensini es ingrato ya que a pesar de haber producido al menos una novela notable y poder «vivir de ser escritor» esa vida no es precisamente glamorosa y debe participar de estos concursos de segunda o tercera categoría para subsistir. Me gusta que a pesar de eso Sensini no le hace asco y aparentemente no se avergüenza; el todo trabajo es digno corre también para la literatura, un oficio que según el mismo Bolaño, está lleno de gente con egos inconmensurables.

Un párrafo que me gustó

«La respuesta de Sensini fue puntual y extensa, al menos en lo tocante a la producción y los concursos. En un folio escrito a un solo espacio y por ambas caras exponía una suerte de estrategia general con respecto a los premios literarios de provincias. Le hablo por experiencia, decía. La carta comenzaba por santificarlos (nunca supe si en serio o en broma); fuente de ingresos que ayudaban al diario sustento. Al referirse a las entidades patrocinadoras, ayuntamientos y cajas de ahorro, decía «esa buena gente que cree en la literatura», o «esos lectores puros y un poco forzados». No se haga en cambio ninguna ilusión con respecto a la información de la «buena gente», los lectores que previsiblemente (o no tan previsiblemente) consumirían aquellos libros invisibles. Insistía en que participara en el mayor número posible de premios, aunque sugería que como medida de precaución les cambiara el título a los cuentos si con uno solo, por ejemplo, acudía a tres concursos cuyos fallos coincidían por las mismas fechas. Exponía como ejemplo de esto su relato “Al amanecer”, relato que yo no conocía, y que el había enviado a varios certámenes literarios casi de manera experimental, como el conejillo de Indias destinado a probar los efectos de una vacuna desconocida. En el primer concurso, el mejor pagado, Al amanecer fue como Al amanecer, en el segundo concurso se presentó como Los gauchos, en el tercer concurso su titulo era En la otra pampa, y en el último se llamaba Sin remordimientos. Ganó en el segundo y en el último, y con la plata obtenida en ambos premios pudo pagar un mes y medio de alquiler, en Madrid los precios estaban por las nubes. Por supuesto, nadie se enteró de que Los gauchos y Sin remordimientos eran el mismo cuento con el título cambiado, aunque siempre existía el riesgo de coincidir en más de una lista con un mismo jurado, oficio singular que en España ejercían de forma contumaz una pléyade de escritores y poetas menores o autores laureados en anteriores fiestas. El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo, decía. Y añadía que ni siquiera el repetido encuentro con un mismo jurado constituía de hecho un peligro, pues estos generalmente no leían las obras presentadas o las leían por encima o las leían a medias. Y a mayor abundamiento, decía, quién sabe si Los gauchos y Sin remordimientos no sean dos relatos distintos cuya singularidad resida precisamente en el título. Parecidos, incluso muy parecidos, pero distintos. La carta concluía enfatizando que lo ideal sería hacer otra cosa, por ejemplo vivir y escribir en Buenos Aires, sobre el particular pocas dudas tenía, pero que la realidad era la realidad, y uno tenía que ganarse los porotos (no se si en Argentina llaman porotos a las judías, en Chile sí) y que por ahora la salida era esa. Es como pasear por la geografía española, decía. Voy a cumplir sesenta años, pero me siento como si tuviera veinticinco, afirmaba al final de la carta o tal vez en la posdata. Al principio me pareció una declaración muy triste, pero cuando la leí por segunda o tercera vez comprendí que era como si me dijera: ¿cuántos años tenés vos, pibe? Mi respuesta, lo recuerdo, fue inmediata. Le dije que tenía veintiocho, tres más que él. Aquella mañana fue como si recuperara si no la felicidad, si la energía, una energía que se parecía mucho al humor, un humor que se parecía mucho a la memoria.«

Cuento completo aquí

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