Mala vista

Mala vista

No tenía por dónde salir con buena vista. Tanto mi mamá como mi papá usan anteojos y también sus padres y sus madres fueron miopes y de seguro, si tuviéramos registros médicos, sus respectivos progenitores padecieron de miradas defectuosas. Puedo decir sin miedo a la exageración que no ver es una condición que llevo en la sangre y por supuesto en los ojos. Somos la familia que no ve; los miopes, los cortos de vista, los cuatro ojos, los ciegos. Y como tal, hemos adoptado esa realidad y la hemos hecho nuestra con desgano, siendo portadores de los más espantosos lentes poto de botella. No exagero, entonces, cuando digo que no tenía por dónde salir con buena vista. De hecho, tengo la peor de toda mi familia. Logré sobrepasar la ya inhabilitante miopía de mi padre y conseguí un registro histórico que ni mis más lejanos familiares hubiesen soñado. Me lo dijo el doctor Gutierrez con voz rasposa:

-Ojo izquierdo: 4,75. Ojo derecho: 5,25. Vamos de mal en peor, cabrito.

Me llamó mucho la atención que me dijera cabrito, cuando bajo cualquier perspectiva yo dejé de ser un cabrito hace mucho tiempo aunque supongo que su longevidad (excesiva, por lo demás) le permite referirse a casi todo el mundo como cabrito. Que me haya dicho que voy de mal en peor me dieron ganas de decirle que era un viejo culiao, pero luego me acordé de ese bisabuelo miope que no conocí y concluí que la desafortunada frase era en realidad un hecho de la causa que debía asimilar como mi destino y que el verdadero viejo culiao era mi bisabuelo y toda esa gente antigua y piti que lo único que hizo fue heredarme unos ojos inservibles color barro.

Si me preguntaran qué es la miopía yo diría que es un número que cambia. Es un número al que no alcanzamos a acostumbrarnos porque siempre crece. Y si bien debería llegar un punto en el que ese crecimiento se detenga, hasta ese entonces la miopía era un número que seguía creciendo y que dados los recientes resultados obtenidos se asemejaba más al promedio de notas que tuve en primero medio en matemáticas y biología que a un diagnóstico médico. La miopía es un número al que no nos acostumbramos nunca porque nos deja huérfanos todos los años; una especie de padrastro que aparece un año y luego desaparece, dando paso a otro mucho peor. La miopía es un desfile de malos padrastros.

En algún momento no fui miope. O al menos ignoré que lo era. Una época desmesurada en la que el no ver bien era un rumor de adultos que entre otras cosas inverosímiles aseguraban que el viejo pascuero no existía. Vivía en un mundo amortiguado por la ingenuidad de la infancia y la protección de mis padres, que ocultaron todo lo que pudieron mi condición sanguínea, la cual ellos mismos me habían heredado, hasta que los dolores de cabeza y los torpes tropiezos en escaleras del colegio, casas de familiares, iglesias y estadios los obligaron a llevarme al oculista. Aquella visita arrojó una miopía que galopaba desenfrenada hacia un futuro desdibujado.

La vanidad nació en mí el día en que el oftalmólogo, que no era el doctor Gutierrez sino el doctor Mulvany, oficializó mi mala vista y recetó lentes ópticos. Por primera vez me importó la percepción que tendría el resto sobre mí y la sola idea de imaginarme usando lentes me dio pavor. Había crecido con la noción profana de que el que usa lentes es nerd o se ve feo e inmediatamente un augurio diáfano se posó sobre mí: “me voy a ver como el pico”, frase cuyo doble significado era cruel y que tenía que ver (oh, la ironía) con verme por primera vez en alta definición y darme cuenta que efectivamente me veía como el pico. Yo ya era más o menos feo y bastante nerd por lo que usar lentes era sepultar toda posibilidad de algún día lucir bien y crecer con una autoestima sin cicatrices profundas. Pero después de ver bien por primera vez en la vida no hay vuelta atrás. El doctor Mulvany posó un cristal 0,75 y un 1,25 en mi ojo derecho e izquierdo respectivamente y de pronto su fría consulta se definió ante mí y mis padres lucían distintos, como dibujados o salidos de una fotografía de estudio con posterior retoque en photoshop, y todo pareció hacer sentido. Años viendo mal, siendo incapaz de apreciar el mundo en su verdadera dimensión. La sola idea de volver a ver mal me parecía aborrecible y necesitaba perpetuar esa nueva capacidad. Me imaginaba en un concurso de talentos en el que me preguntaban qué era lo que me hacía talentoso y yo respondía feliz que mi talento era ver bien, ver perfectamente bien. Entonces comenzaba una lectura de diminutos letreros posados lo más lejos posible, lo cual era correspondido con rabiosos aplausos de pie de todo el público. Definitivamente no podía volver a ver mal. Me sentía un drogadicto, un heroinómano que necesitaba la droga de nuevo porque los treinta segundos de buena vista habían sido maravillosos pero insuficientes para saciar años de ignorancia. El doctor Mulvany era el narco y los lentes eran la heroína.

Sin embargo la recién nacida vanidad era muy grande y un llanto confuso provocado por una latente inseguridad obligó a mis padres a hacer un esfuerzo económico y comprarme unos lentes especiales para niños llorones como yo, cuya característica principal era que no tenían marco, cosa que en mi ingenuidad era la respuesta a todas mis tribulaciones. Pero la creencia de que mis nuevos anteojos pasarían desapercibidos a la vista del que ve bien se vio derrumbada cuando la señora Graciela, nuestra vecina, me vio desde la reja de mi casa (que se encontraba a unos siete metros de distancia) y gritó con ese orgullo no correspondido, porque creo sinceramente que el orgullo ajeno se limita al núcleo familiar o a gente con la que compartes un vínculo mucho más fuerte que una pared pareada, “¡ay que lindo mi niño con sus lentes!”.

Resignado pero aún en negación, el primer día que fui al colegio como oficial miope estuve prácticamente todo el día sin usar mis flamantes lentes ópticos. Hasta que en la clase de la profesora Marcela me fue imposible leer el texto que proyectó para que leyera en voz alta, por lo que enfrenté con rostro enrojecido las risitas de burla de mis compañeros que veían como resignado sacaba de mi mochila un estuche desde el cual aparecieron mis anteojos sin marco que me entregaron visión absoluta. Al sonar la campana para ir al recreo se me acercó la Javiera, que me gustaba un poco, y dijo que me veía bien con lentes, lo que me reconcilió con mi nuevo aspecto y desde entonces la vergüenza de usar lentes se disipó, no así el enamoramiento por la Javiera, el cual creció tal cual crecía mi miopía y me condujo a una inevitable decepción amorosa, la primera de mi vida.

Cuando usar lentes dejó de ser tema surgió un problema mayúsculo asociado a su delicadeza. Jugar a la pelota era poner en riesgo la integridad de mis anteojos, los cuales a esas alturas eran indispensables en mi diario vivir, sobre todo después que el doctor Ibáñez me recetara nuevos cristales y confirmara mi absoluta dependencia a la ayuda óptica. Los lentes de contacto aparecieron en el horizonte como solución al constante peligro de quedar enceguecido por un pelotazo furibundo.

El doctor Ibáñez -no tengo idea cuál es la razón de mi infidelidad patógena con los oftalmólogos, con los que nunca tuve más de una consulta- me recetó lentes de contacto blandos de la marca PureVision, los cuales debía sacarme todos los días antes de acostarme y reemplazar cada dos semanas. Me indicó que si en Rotter & Krauss anunciaba que él me había referido, recibiría un 25% de descuento. Así que con mi nueva receta de 2,25 en ojo izquierdo y 2,75 en ojo derecho, solicité mis primeros lentes de contacto.

Mientras esperaba a que un señor de barba talibana ingresara mis datos en el sistema, pensé en Edgar Davids el talentoso volante Holandés que destacaba no solo por su juego sino también por usar anteojos protectores, los cuales me hubieran venido de maravilla, a pesar de que su objetivo era proteger ojos y no lentes.

Entré a una especie de consulta voyerista, en la que las paredes eran de vidrio y todo el mundo podía ver lo que sucedía adentro. Me recibió un joven contactólogo de nombre Juan que tenía en la cara más espinillas que años en la tierra y que luego de preguntar mi edad, en qué curso iba, de qué equipo era y darme algunas instrucciones, procedió a intentar ponerme los lentes de contacto. El temblor en sus manos sumado a mi parpadeo por instinto impidió que el primer acercamiento fuera fructífero. Tras una risa nerviosa intentó nuevamente pero la falta de costumbre a que un dedo ajeno se pose sobre mi globo ocular provocó que todos los intentos culminaran en un sonado fracaso. La frustración de Juan era evidente y por un momento creí estar a punto de presenciar una explosión en la que me mandaba a la conchademimadre pero se contuvo y ese mismo ímpetu lo utilizó para llamar a su compañero Carlos, un colombiano que parecía mucho más preparado que el imberbe Juanito.

Carlos procedió a agarrar mis párpados mientras el espinilludo Juan intentaban con su mano izquierda posar sobre mi ojo de la manera más profesional y gentil posible ese lente de contacto rebelde. La obstinación de mis ojos y mis párpados era imposible de controlar y a pesar de que me decían “relájate, no te preocupes, relájateeeee” el lente no era capaz de entrar. Después de varios intentos ambos contactólogos se miraron, como sopesando la posibilidad de ahogarme con una almohada, y salieron resignados de la habitación. Juan, que estaba furioso, dijo “espérate ahí”.

Pasaron algunos minutos de incertidumbre en los que pensé seriamente en abandonar la misión. Jugar a la pelota con mis lentes ópticos no parecía tan mala idea e incluso, retirarme del fútbol de manera prematura debido a dificultades en la visión parecía una historia de la que en el futuro podría obtener réditos económicos y hacerme lindo porque toda la gente que tiene plata es linda o al menos puede pagar para serlo.

De pronto apareció en la consulta voyerista un caballero antiguo vestido con un impecable delantal blanco, cuya apariencia era la de un hombre que ha vivido demasiado como para estar perdiendo el tiempo -seguramente su último tiempo- en un centro óptico. Había en su aspecto algo inquietante, un aire a criminal de guerra o a cazador de nazis con demencia senil. Cualquiera haya sido el caso, ambas opciones me aterraban y la sola idea de sus manos acercándose a mis ojos me hicieron querer escapar, pero callé y recé quizás por primera vez en serio en toda mi vida. El caballero se lavó las manos en silencio y luego se acercó.

-Hola, muchacho ¿cómo estás?
-Bien
-Me contaron los chiquillos que te les fuiste en collera. Mira, la cosa es bien simple, tu vas a mirar hacia arriba y a imaginar que estás en el caribe y eso va a ser como cerrar los ojos sin cerrarlos, pero vas a imaginar que estás en un lugar mucho más agradable que aquí y quizás estás en la playa con la chiquilla que te gusta porque imagino que en el colegio te gusta alguien, sino no tendría explicación alguna que estés probando lentes de contacto.
-No, es para jugar a la pelota.
-Ah, bueno, pero al menos ahora vas a jugar a la pelota y la niña te va a pescar. Estos lentes son una maravilla, te hacen ver mejor.

Te hacen ver mejor. Buen slogan, pensé. Luego pensé en la Javiera y la imaginé mirándome mientras juego a la pelota y meto un golazo al ángulo. Efectivamente ese pensamiento fue como cerrar los ojos porque de pronto, y como si nada, el mundo se presentó ante mí como un cuadro hermoso e interminable, mucho más cercano que el que yo había experimentado toda mi vida. Sin darme cuenta el caballero antiguo hizo lo que esos inexpertos y espinilludos contactólogos no pudieron. Ah, la experiencia. Mi cara de asombro era inmensa y el experimentado hombre se reía y hablaba del milagro de los lentes de contacto, de la experiencia religiosa que era ver todo el rango visual por primera vez con total nitidez aunque yo no dejaba de pensar en su efectiva técnica distractora. Al acercarse a darme unas últimas recomendaciones pude ver su nombre escrito en el delantal: Hugo Krauss.

Medio mareado por lo sucedido y por la falta de costumbre a ver perfecto -curioso que la perfección exija un periodo de acostumbramiento- salí como dando tumbos y calculando mal las distancias. Mi papá tiró una talla que no recuerdo y se rió de ella todo el camino de vuelta a la casa.

El hecho de usar lentes de contacto no me hace, por supuesto, un ex miope. Al contrario, soy un miope consciente que no le hace el quite a los lentes ópticos y al que le aterra quedarse dormido con los lentes de contacto puestos porque ha escuchado demasiadas historias de gente que se ha arrancado la córnea debido al exceso de noches dormidas con buena vista. ¿Se ven mejor los sueños con lentes de contacto puestos? No importa pues ese abuso tatúa el lente de contacto en el globo ocular y sacarlo se hace una verdadera tortura, un peligro terrible que puede desembocar en el peor de los estados. Podríamos decir que de tanto ver bien podemos quedar ciegos. Acudí al oculista con estas tribulaciones en mi cabeza.

El doctor Gutierrez fue el primer oftalmólogo con el que me repetí el plato. Se lo hice saber cuando aparecí en su consulta un año después de haber roto el récord familiar de miopía, pero mi noticia no le importó en lo absoluto. En vez de eso apuró los exámenes visuales; leí pésimamente las letras, me ocupé de la casita en la pradera e imaginé mi nuevo número, un número eterno, el pi de la miopía, el cual memorizaba hasta el hartazgo y lo repetía en carretes, en las noticias, y se transformaba en mi epitafio. Sin embargo el doctor Gutierrez anunció sin ningún tipo de solemnidad que durante el año que había pasado mis números se habían mantenido. Por primera vez en mi vida la miopía se había estancado y parecía haber llegado a una especie de fin de camino.

-¿Sabes lo que esto significa, muchacho?- dijo el doctor Gutierrez ahora sí con tono solemne y misterioso.
-No, doctor.
-Que puedes operarte.

La operación láser podía acabar por fin con siglos de mala vista. Me imaginé siendo el primer miembro de la familia con visión perfecta. El primer miope rehabilitado.

Luego de hacerme los exámenes correspondientes el doctor Gutierrez confirmó que era apto para la operación por lo que sólo bastaba agendar una hora con su colega el doctor Álvarez, cosa que nunca hice. Sin quererlo me adueñé de esa miopía quieta, que por fin dejó de galopar y que marcó 4,75 y 5,25 como puntuación definitiva. El primer padrastro que no piensa abandonarme pero al que yo puedo borrar para siempre. Sentí poder. Soy miope, pensé; un miope profesional, y puedo dejar de serlo cuando quiera. Y eso, en el fondo, es lo mismo que ver bien. Soy miope y a la vez veo bien. Veo bien aunque siga teniendo mala vista.

Cuarentema 1: El júbilo del triunfo

Cuarentema 1: El júbilo del triunfo

Ilustración por Desla

Ojalá no volver a tener ataques de pánico. Fue lo primero que pensé cuando la pandemia anunciaba su llegada a Chile (Cabalgata de las Valquirias de fondo) y guarecerse por tiempo indefinido era la respuesta a su aparición.

Mi primer ataque de pánico ocurrió el año 2016 después de volver desde Madrid, ciudad en la que viví durante una temporada. Fueron varias razones las que durante esa noche se conjugaron para presentarme la temida e irracional certeza de que me iba a morir, miedo que me acompañó tres años. Y a pesar del mal rato, puedo decir con la soltura del que rememora, que fue una época en la que aprendí mucho.

Si bien el proceso de aprendizaje fue largo, tedioso y caro (recurrí a terapia psicológica) el resultado no deja de asombrarme. Y si hay algo que puedo concluir después de este periodo largo, es que con aún mayor asombro, puedo aseverar que soy capaz de vencer a mi cabeza.

Tener un ataque de pánico era agarrarme a combos con mi cabeza. Y mi cabeza era un boxeador profesional que llevaba entrenando 25 años bajo el más estricto de los regímenes, el cual le permitió pelear por primera vez aquella noche de septiembre en la que se enfrentó a mí, que ni siquiera era luchador amateur sino un espectador que fue obligado a asistir a la pelea -porque no le gusta la violencia- y que de pronto se da cuenta que está dentro del ring, sin guantes ni protección, intentando defenderse de los embates furibundos de un hambriento monstruo de 100 kilos. El boxeador aprovechó cada segundo de la pelea, la cual duró casi dos horas, no por mi increíble resistencia sino por el afán de sufrimiento y tortura que quiso inflingirme. Me sacó tanto la chucha que terminé en la clínica, siempre creyendo que había llegado mi hora de morir. Desde ese entonces el boxeador se plantó todos los días a golpearme, algunas veces más fuertes que otras, hasta que por sobrevivencia me tuve que poner a entrenar.

Y poco a poco, le fui ganando.

Si en un principio me encontraba en clases y el boxeador anunciaba su llegada, yo escapaba del ojo público, corría lo más lejos posible, me tiraba al suelo en posición fetal y recibía totalmente derrotado los combos y las patadas que me dejaban demasiado desgastado como para continuar con mi día. La vida comenzó a ser difícil porque no podía desempeñarme en las cosas más mínimas. Subirme a un ascensor podía provocar el pánico. Hablar frente a muchas personas, tener una conversación seria, ir a un carrete, estar solo, despedirme de alguien querido. Cualquier situación era excusa para que el boxeador se plantara con sus brazos enormes a sacarme la mierda, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Pero el entrenamiento me hizo más fuerte y comencé a experimentar victorias morales. Una vez logré esquivar un uppercut. Luego, incluso, pude acertar una derecha, que por cierto no le hizo ningún tipo de daño, pero algo era algo. Hasta que mejoré mi agilidad y mi fuerza y la batalla se hizo más pareja, más justa, y un día, uno o dos años después, comencé a notar que las apariciones del boxeador habían disminuido considerablemente y cuando lo hacía, si bien parecía haber mejorado sus golpes, lograba esquivarlos y contraatacarlo con certeros jabs que, en definitiva, me alzaron como triunfador.

La alegría que sentí al darme cuenta que había vencido a mi cabeza fue inconmensurable. Sentí, quizás como pocas veces en la vida, un éxtasis abrumador que casi me llevaba a las lágrimas. Había sometido a ese desgraciado que durante tres años me maltrató sin misericordia aprovechando mi nula preparación. Era el júbilo del triunfo.

Y si bien me encuentro mejor preparado, batallas siguen habiendo y existen situaciones que todavía me ponen en desventaja o al menos igualan las condiciones de la pelea con el boxeador. Las multitudes, por ejemplo siguen siendo en el día de hoy una debilidad. Las cañas, por otro lado, son la perfecta excusa para que el boxeador haga una aparición. Es por eso que me acostumbré a luchar todos los días y a pesar del desgaste, logro ganar y sentir ese regocijo de volver a tener pensamientos claros, racionales y que no están supeditados por el miedo irracional que el pánico provoca.

Por eso cuando la pandemia se hizo real y la narrativa del mundo se tornó seria y las cifras, los contagios y las muertes aumentaban, y el encierro me hacía temer por mis seres queridos, temí volver a estar en desventaja frente al boxeador y ser vencido por el pánico.

Han pasado casi setenta días de encierro y dejando de lado los temores de un principio, la costumbre y la voluntad inexorable de mantener una cuarentena responsable, me han mantenido invicto, con solo atisbos de apariciones del susodicho.

Sé, sin embargo, que está ahí, esperando a pillarme desprevenido para hacer una aparición con nuevos golpes y mejor técnica. Sin temor lo espero con la diferencia que ya no soy un espectador que ignora el enfrentamiento, sino un contrincante que está en el cuadrilátero con las luces apagadas y los guantes puestos, listo para librar otra batalla a doce asaltos.

No puedo querer ser nada

No puedo querer ser nada

Como todos los días doy saltos en pie
a buscar melodías por la calle, así es
junto a nadie soy todos, solo en tu compañía
sin saber “como”, estoy triste de alegría
Mantoi – IZ de Tristeza

Uno

A pesar de no tener claro cuál era realmente su nombre completo, Mente Sabia era mi grupo de rap favorito. Estoy casi seguro que Mente Sabia Crú era el nombre más aceptado por los fanáticos, pero de vez en cuando me topaba con un Mente Sabia Crew, lo cual parecía posible pero demasiado anglosajón ya que, a mi parecer, Mente Sabia era un grupo que se distanciaba de lo gringo, por lo que ese nombre parecía una contradicción o al menos un error. Mente Sabia Criu o incluso Mente Sabia Krew fueron otros nombres que me encontré bajando canciones en el Ares, pero que eran totalmente inverosímiles. Hubo un periodo en el que el grupo era lógicamente Mente Sabia Crew, opción que fue reforzada por un comentario del Pancho Proz que leí en Facebook y el cual hacía alusión en tono burlesco al afiche promocional de una tocata a la que yo iba a ir y que mencionaba al grupo Mente Sabia Crú. “Mente Sabia CRÚ jajaja” escribió, resaltando el CRÚ, lo que me hizo pensar que obviamente la gente que hizo el afiche se había equivocado rotundamente pero que ellos eran ese tipo de artistas a los que errores como aquél les divertía. Esa noche, me acuerdo, me acosté pensando en eso. Y justo cuando estaba a punto de quedarme dormido pensé que quizás era una talla interna del grupo, por lo que decidí cortar por lo sano: de ahora en adelante el grupo, mi grupo favorito, se llamaría Mente Sabia. Sin apellido.

Ese fin de año lanzaron el Bitacore con una salvedad no menos importante: el Bene, ex Cuarto Universo, participaba en el disco. Y si bien en varios foros se mencionaba este acontecimiento como una colaboración, el tiempo (y quizás el grupo) disipó las dudas y confirmó que Dr. Bene era el flamante nuevo fichaje de la Mente Sabia. Recuerdo el revuelo y a los fanáticos celebrando. “Esto se compara con el fichaje de Cristiano Ronaldo con el Real Madrid” leí en un tema de conversación de un foro. Y si bien la sentencia era cómica y exagerada (huevearon tanto al autor que incluso borró su perfil), el tiempo le dio la razón al aventurado forero cuya frase, por desmedida y ridícula que haya podido sonar, envejeció correctamente y hoy podríamos afirmar sin demasiada vergüenza que, efectivamente, el fichaje del Bene con Mente Sabia era como el de Ronaldo con el Real Madrid, ocurrido solo unos meses antes.

Pasé todo ese verano escuchando el Bitacore en mi mp4 chino junto con otros discos de la época, como lo eran el Entre Lo Habitual y Lo Desconocido, La Leyenda del Dragón,  Soldados del Guetto, Respira, Nosecuenta, Poblacional, Looplife, Cómplice del Beat y el No Me Olvides Tan Pronto, entre muchos otros. La canción promocional del Planeta Rock 2010 junto con temas inéditos y sueltos que uno encontraba buceando en internet se apilaban en la carpeta de descargas y conformaron el soundtrack del verano en el que entré a la universidad.

Dos

Estudiar periodismo fue una decisión que tomé cuando era muy chico. Quizás fue una idea propia o tal vez fue una idea implantada por mis padres ante la embobada fascinación que sentían por unos textos delirantes y mal escritos que yo les entregaba de vez en cuando y que ellos consideraban prueba inequívoca de que mi futuro estaba ligado al periodismo. No me bastó con despistarlos con ficciones mal escritas cuya ortografía era una vergüenza, sino que al poco tiempo comencé a escribir semanalmente un boletín noticiario llamado El MercuSchneider que retrataba el acontecer familiar desde la mirada de su único reportero.

Los escritos en clave noticiosa tuvieron amplia aceptación familiar, lo que causó una alta demanda de ejemplares. Ante el creciente interés de tías y abuelas, decidí que El MercuSchneider costaría quinientos pesos, con la diferencia respecto de sus primeras versiones, que este tendría títulos escritos en WordArt, entrevistas (que en realidad eran cuñas inventadas por mí, en una falta de rigor periodístico tremenda) y sería impreso a color. Incluso, haciendo gala de un incipiente gen comerciante que desapareció no mucho tiempo después, logré vender mis ediciones del MercuSchneider a 1.500 pesos debido a que, además de un mejor diseño, el diario familiar sería acompañado por un CD con las canciones más populares del momento.

Años atrás, incluso antes del primer ejemplar de aquel extinto emprendimiento periodístico, publiqué una única edición de mi Libro Guinness de Los Récords, el cual, podría decirse, era también un libro de Guinness familiar. En este caso no lo nombré el Libro de Récords Schneider o algo parecido; esta vez simplemente plagié el popular libro de origen británico, sin asco alguno. Nuevamente, con la audacia de los imberbes, inventé récords que además de falsos, eran imposibles de medir, como la mujer más religiosa del mundo, la señora Alicia Álvarez, una clara referencia a mi abuela, ferviente feligrés de la Iglesia Católica, a quién aludí indirectamente utilizando su segundo nombre y apellido materno.

Mis incursiones en la publicación de textos, ya sea de ficción, periodísticos o de referencia, hacían evidente que mi camino estaba ligado al mundo de las letras. Por supuesto yo en ese entonces no tenía idea qué significaba el periodismo ni era capaz de dimensionar que mis expresiones escritas pertenecían a esa forma de comunicación. Sólo sé que en algún momento, tal vez porque lo escuché en un asado, la idea de que yo debía estudiar periodismo apareció en mi cabeza sin origen aparente. Desde ese entonces, un entonces imposible de determinar con claridad, que el periodismo se transformó en mi destino inexorable.

Tres

En El Breda siempre había palomitas de maíz muy saladas o unas masitas color sopaipilla con excesiva sal, las cuales daban mucha sed y que, según el Jaime, ponían para fomentar el consumo de cerveza. No había que ser un genio para intuir aquella estrategia de venta pero le encantaba decirlo cada vez que nos sentábamos con nuestra Escudo de litro en una de esas mesas ralladas, pasadas a cerveza, meado y vómito.

Al Jaime lo conocí el mismo día que conocí al Breda. Me habían suspendido la clase del ramo electivo que tenía ese jueves en la tarde y varios compañeros decidieron unirse a otros en El Breda para tomarnos unas cervezas. Cuando llegamos al segundo piso nos recibieron los alaridos de muchos compañeros a los que veía siempre en clases pero con los que nunca había interactuado. Estaban todos hechos mierda, sentados en una larga hilera de mesas cojas que abarcaba casi todo un salón. Me sentí incómodo al tiro porque además de no conocer a nadie, no había espacio para mí. Hasta que el Jaime levantó el brazo y me acercó un piso que había atrás de él. Esa tarde nos curamos como pico y vomité afuera del metro Los Héroes.

Además de gustarle grupos medios indie que yo no cachaba y ser una persona con bastante más conocimiento musical que yo, el Jaime también escuchaba rap y me apañaba a mí que casi lo único que escuchaba era rap chileno, con la excepción del disco Greatest Hits de The Doors, el cual escuchábamos en mi auto de vuelta de la u cuando me daba lata ir en metro hasta Los Héroes. Había un par de cabros que también escuchaban rap, pero eran de esos que en realidad les gustaba el reggaetón y el rap era más una pose para jotearse minas que un sentimiento real como el mío, que por ese entonces me desvivía por él.

El Jaime era un buen alumno, que no se echaba ramos, estudiaba a veces y le iba relativamente bien. Antes de conocerlo yo ya me había echado algunos ramos y no tenía intención de cambiar esa tendencia, pero una vez nos hicimos amigos se me hizo urgente seguir su ritmo ya que de no ser así, me iría quedando atrás y las ventanas las pasaría solo, fumando pito en ese patio cuadrado en el que abundaba el cemento.

Cuatro

Había salido el disco For Life de los Liricistas y estaban dejando la patá. El Benjamic también estudiaba periodismo y un par de veces nos fumamos un pito con él en vez de ir a Historia con el profesor más cabrón de la facultad. No queríamos parecer chupapicos así que no le preguntábamos sobre Liricistas, pero en más de una ocasión el loco se ponía a rapear algún tema y nosotros movíamos las cabezas de arriba hacia abajo en señal de aprobación. Era simpático, no hacía alarde y no tenía problemas con plantarse frente a toda la clase, volado como pico, y disertar sobre algún periodo de la historia reciente y defenderse inútilmente de los embates del profesor que lo hacía mierda a punta de argumentos que a cualquier lo hubiesen humillado. Él se lo tomaba a la ligera. Sacaba su pendrive del computador y se iba a sentar con una sonrisa en la cara como pensando que habían cosas peores. Y efectivamente habían cosas peores. Unos años después me enteré por una entrevista a Liricistas que vi en Youtube, que lo habían echado de la universidad.

Durante ese periodo comencé a sentir la soledad del que se echa ramos. Mi pésimo desempeño académico durante el primer año y medio de universidad me relegó a compartir la mayoría de mi tiempo con mechones, los que a pesar de estar viviendo con algarabía su primer año en el barrio universitario, parecían estar más preparados que mi confundida existencia. Esto me angustiaba debido a que cuando me encontraba con el Jaime y mis otros compañeros en el patio de la facultad, sentía que por fin había una amistad que, sin embargo, nunca alcanzaba a estar completa, porque cuando ellos se juntaban a jugar taca taca, yo tenía que ir a una clase de mierda o cuando se iban a tomar cerveza o hacer un trabajo en grupo que parecía la perfecta instancia para estrechar amistades, yo era apartado por mis pretéritas malas decisiones.

Cinco

El primer semestre del 2012 coincidí con el Jaime en un ramo de radio. Ninguno había tenido alguna aproximación a este medio de comunicación, pero nos parecía interesante sobre todo porque nuestro profesor era presentador de noticias en el CNN y tenía un programa en la Bio Bio. Nos enteramos de su currículum el primer día de clases, un martes a las ocho de la mañana cuando, ojeroso, nos contó de qué se trataría el ramo, las fechas de las solemnes y su experiencia profesional. Nos entusiasmó aprender de un profesor de la primera línea periodística cuya juventud -no debe haber tenido más de 35 años- nos hacía considerarlo el próximo Ramón Ulloa del periodismo chileno. Pero a medida que iban pasando las semanas nos dábamos cuenta que el profe Ramón (así lo bautizamos en secreto) llegaba hecho mierda a clases, con un caracho que te lo encargo y unas ojeras brutales, lo que obligó a la Antonella -una de mis compañeras- a preguntarle si estaba todo bien. Yo me imaginaba que lo habían echado de la casa y que estaba viviendo en el departamento de algún compañero de pega pero la realidad era mucho más esperanzadora y más o menos triste, si esa combinación es posible. Resulta que el profe Ramón tenía el turno nocturno en CNN por lo que siempre que llegaba los martes a nuestra clase venía literalmente pasado de largo. El pobre tipo llevaba sin dormir al menos un año y su rostro era evidencia del esfuerzo. Aún así le ponía entusiasmo a un ramo que terminó siendo bastante entretenido, sobre todo después de que el profe Ramón se hiciera viral por transmitir en vivo un sismo 6,7, el cual informó con entereza y calma, lo que le valió tener un pequeño periodo de fama, la cual nosotros aprovechamos para decirle a nuestros conocidos que ese periodista era profe nuestro. Años después de ese episodio hubo un terremoto que pilló al verdadero Ramón Ulloa transmitiendo en Radio T13. Esa vez fue un 8,4 y su manejo también fue impecable, lo que le valió mucha más fama y elogios a lo largo del mundo, haciendo olvidar por completo al profe Ramón, pionero en manejo de movimientos telúricos en transmisiones en vivo.

Me gustaba imaginar que en vez del Ramón Ulloa, era el profe Ramón el que transmite ese terremoto en vivo, y se gradúa de héroe del periodismo televisivo; bautizan el estudio de televisión de la universidad con su nombre -su verdadero nombre- crean una cátedra en vida -el símil de la Cátedra Roberto Bolaño que hacen en Literatura Creativa- y en su honor lo designan profesor titular del nuevo ramo obligatorio de periodismo, Manejo de Transmisión en Vivo Durante Movimientos Telúricos, o como la gente lo llama: Televisión Sísmica, una asignatura que además de tener el respaldo económico de la universidad, se realiza en colaboración con el MIM, que basándose en su simulador de terremotos, construye el Estudio Sísmico, el cual, además de recrear terremotos bajo distintos factores como lo son magnitud, profundidad del epicentro, tipo de falla o desplazamiento de placas, incluye otros componentes como horarios televisivos, número de personas en cámara, interrupción de franja comercial, técnicas respiratorias, narrativa coherente y percepción Mercalli. Los alumnos hacen fila para poder tomar el ramo con el profe Ramón, que a raíz de su nueva valorización no sólo le quita la pega en el Canal 13 y T13 radio a Ramón Ulloa, sino que también se queda con su esposa y sus hijos, transformándose en el esposo y padre que siempre habían querido tener.

Hay momentos en los que me dan ganas de escribirle y contarle sobre estas imaginaciones, que considero hacen justicia con su talento y sobre todo su perseverancia ya que si bien ya no es conductor en CNN en ningún horario, sigue conduciendo el programa nocturno de los días sábados y domingo de la radio Bio Bio, que es como la versión radial de lo que hacía 10 años antes.

Con el Jaime pensábamos en la vida cotidiana del profe Ramón y lo imaginábamos llegando a eso de las una de la tarde a su casa, almorzar algo y dormir toda la tarde para a las once de la noche volver al estudio de CNN. Los fines de semana pelearse con su pareja porque de nuevo tiene que irse a las siete de la tarde al estudio de la Bio Bio a transmitir un programa que parece una constante improvisación y al que lo mejor que le podría suceder es un terremoto grado 12 que destruye absolutamente todo y lo deja a él bajo los escombros pero transmitiendo de todas formas durante seis horas seguidas hasta que es rescatado entre vítores de auditores que se acercan a brindar su apoyo.

Seis

Nos reíamos, pero a veces igual nos daba pena y preferíamos concentrarnos en los guiones del programa que ideamos junto con la Antonella, el cual llamamos Subterráneo y para el que teníamos que salir a reportear a eventos culturales, cosa que nos encantaba porque cada uno proyectaba vidas ligadas a las artes, a los libros o a la música y participar de ellos era poner en práctica de manera muy amateur un quehacer intelectual que, sin embargo, era intermitente y sesgado.

Para el primer episodio de nuestro programa la Antonella sugirió ir a cubrir un evento en el recientemente abierto y ahora extinto pero célebre Puma Lab del GAM en el que tocaría Protistas, su grupo chileno favorito.

Los esperé dos horas en el patio de la universidad, fumando muchos cigarros y tratando de leer una novela de Antonio Tabucchi que me parecía terriblemente inaccesible. Salieron de su clase, junto con un montón de otros compañeros, y por un momento sentí el nacimiento de una nostalgia extraña y no correspondida. Era una nostalgia respecto al presente, como si de pronto no fuera capaz de procesar todo lo que ocurría en vivo y en directo y esos sucesos se transformaran de inmediato en un recuerdo que era amargo, triste y también reconfortante. Estaba presenciando la creación de la nostalgia como quién observa el nacimiento de una estrella desde un observatorio en el desierto de Atacama.

Sentado en una de las esquinas de ese patio gris y cuadrado vi como esos compañeros, entre ellos el Jaime y la Antonella, se cagaban de la risa, jugaban taca taca, se abrazaban o se golpeaban en señal de amistad estrecha, se prestaban el encendedor y encendían cigarros que se veían mucho más placenteros que mis cigarros y yo me sentía un turista que podía observar las atracciones y sentirse por algunos segundos un habitante más pero que en el fondo sabía que pronto debía volver a su hogar, un lugar lúgubre y aburrido, pero que entregaba más certezas que incertidumbres. Me sentí extranjero en territorio conocido.

Mientras pensaba como acercarme, esperando que fueran ellos los que me vieran y me llamaran, para así evitar una aparición media fantasmal e incómoda, el Jaime me reconoció y pegó un grito, así que me uní tímidamente y la problemática del acercarme se solucionó sin la necesidad de pasar por algún rito social que jamás aprendí y que no estaba dispuesto a poner en práctica erradamente.

En vez de irnos en metro nos fuimos a pie. Estaba por oscurecer y caminamos por a unas ferias artesanales que habían antes de La Moneda. Detrás de un puesto de libros nos pegamos unos pipazos y seguimos nuestro camino hacia el GAM, sonrientes, mientras la noche se asentaba en Santiago y me invadía una mezcla de alegría y pesadumbre que era recurrente sentir en el momento cuando el día se hace noche y toda la jornada se transforma en recuerdo, generando en mí una especie de agradecimiento cursi por estar vivo y a la vez de tristeza por ver pasar otro día, por lo que mis intervenciones en la conversación sobre el movimiento estudiantil se remitieron a lacónicas respuestas que en nada aportaban a la discusión. Cuando me preguntaron qué me pasaba les dije sin pensarlo, mientras miraba las luces de un cartel publicitario que iluminaba un paradero, que estaba triste de alegría. Después de eso me puse los audífonos y me fui escuchando el Iz de Tristeza de Mantoi.

Siete

Llegamos al Puma Lab cuando Protistas tocaba una canción nueva. El local que en realidad era una tienda de ropa, estaba repleto y la gente parecía disfrutar mucho la música. Provistos de grabadoras nos dispusimos en distintos lugares de la tienda y con distintas suertes entrevistamos a los fanáticos que fueron muy amables y estuvieron dispuestos a hablar en mitad de las canciones, lo que nos hizo sentir afortunados pero luego nos dimos que era una pésima idea porque las grabaciones eran ininteligibles debido al ruido de la música.

Mientras el Jaime entrevistaba a un asistente con pinta de ser amigo de la banda yo centré mi atención en una pareja que escuchaba la música abrazada sobre un puf rojo. Pensé que esa imagen, si bien hay quien podría haberla encontrado romántica, no se correspondía con la música que estaba sucediendo frente a ellos, o al menos para mí la canción que estaba sonando no era de esas canciones con las que uno abraza a su pareja sino más bien una canción para cocinar tallarines con salsa o para perseguir al perro que logró zafarse de la correa o, si lo llevamos a la vida de pareja, una canción que suena en la radio del auto después de una pelea y que flota y parece durar para siempre y descontextualiza el ambiente. Concluí, entonces, que el abrazo que se daba la pareja era correcto porque, en efecto, era un llamado a derrotar los dogmas de la contextualización.

Me acerqué a la pareja para preguntarles qué les estaba pareciendo la tocata, cuáles eran sus opiniones del Puma Lab, si eran fanáticos de la banda, cuáles eran sus canciones favoritas. Como siempre, practiqué las palabras que diría al momento de interrumpir su abrazo quiebracontextos, y luego de idear rápidamente un guión con posibles respuestas y posibilidades me acerqué fingiendo seguridad pero la recepción que tuvieron a mi petición, si bien dentro de lo esperado, me tomó por sorpresa.

-¿No veí que estoy con mi polola disfrutando, hueón?
-Perdón, no era mi intención molestarlos…
-Vírate, loco, déjanos escuchar tranquilos.

Con pánico a protagonizar una escena patética y que significaría la atención de la gente puesta en mí, me fui rápidamente procurando evitar mirar a las pocas personas que se dieron cuenta del breve altercado. Me fumé un cigarro y pensé seriamente en irme a mi casa, pero volví y logré entrevistar a dos amigas, consiguiendo las cuñas necesarias para considerarme satisfecho con el trabajo realizado.

Cuando terminó el show la Antonella se acercó al vocalista de la banda con parada periodista-fan y lo entrevistó durante largos minutos. Si bien no alcancé a escuchar lo que decía, el tipo respondió a cada pregunta con distensión e incluso se dio el tiempo para sacarse una foto.

Terminada nuestra labor periodística nos acercamos a un restaurant de la vereda contraria en cuya entrada habían algunas personas viendo un partido de la U por Copa Sudamericana, el cual ganaba cómodamente por 4 a 0. Nos quedamos un rato viendo desde afuera hasta que pasó la micro que nos servía a todos. La Antonella se bajó en Tobalaba y el Jaime en Escuela Militar. El resto del camino, que seguía siendo un trayecto considerable hasta Cantagallo, me fui pensando en la pareja del puf rojo, buscando respuestas a la mala experiencia. Tal vez fui irrespetuoso, me abalancé demasiado rápido, o simplemente el hueón era un conchesumadre.  Me acordé de otras ocasiones en las que mi deber de estudiante de periodismo me había llevado a situaciones similares y fue cuando, sentado en el último asiento de un casi vacío  recorrido 411, decidí que ya no quería seguir estudiando periodismo.

Ocho

La decisión de no seguir estudiando periodismo tenía, obviamente, muchas implicancias pero por sobre todo económicas. Rondaba en mi cabeza el desperdicio de plata que significaba abandonar una carrera en el segundo año y medio. Imaginaba los diálogos de mis padres, las preguntas de mis amigos y yo siendo incapaz de entregar respuestas, mas solo una certeza: ya no quería ser periodista. Fue una época en la que soñé de manera recurrente que volvía a ser el niño que escribía el MercuSchneider, en cuya portada la noticia no podía ser otra: ¡Fernando no quiere seguir estudiando periodismo! Aquellas tías que antes compraban con orgullo la publicación familiar, ahora exigían su dinero de vuelta y sus rostros ya no eran rostros sino orificios horribles de los que salía pus, llantos, gritos y preguntas del tipo ¿qué harás con tu vida? ¿has pensado en tu futuro? ¿piensas en el tiempo y la plata perdida?.

Me sentía vacío. Solía decirlo en voz alta. Me siento vacío. No siento nada. No sé nada. Estoy vacío. Caminaba hacia el metro con los audífonos puestos pero sin escuchar nada, y repetía cual mantra en mi cabeza:

no quiero estudiar periodismo
no quiero estudiar periodismo
no quiero estudiar periodismo
no quiero estudiar periodismo
no quiero estudiar periodismo
no quiero estudiar periodismo

Lo que había sido un pensamiento fugaz que se coló en mi cabeza aquella noche después del GAM, se transformó en una obsesión, a la cual atribuí toda la responsabilidad de la debacle emocional que padecí en adelante. Y si bien continué yendo a la universidad, mi presencia era la de un diagnosticado terminal o, mejor dicho, un autodiagnosticado terminal, porque al fin y al cabo fui yo quien provocó tanta tribulación. Hubiese bastado imprimir la malla de la carrera, ver los ramos aprobados y los reprobados, hablar con la Dirección de Carrera, lograr acuerdos, dejarme de hueviar y ponerme las pilas. Parecía un plan razonable, el más razonable de todos, el cual estaba a punto de adoptar pero la imagen de nuevas entrevistas fallidas se me venía a la cabeza; me imaginaba intentando entrevistar a Gustavo Hasbún, a quién odio profundamente, siendo no solo rechazado sino humillado con algún comentario propio de su condición de hijo de puta. O tal vez repitiendo la experiencia de entrevistar a la Ena Von Baer en su propia casa, esperándola cuarenta minutos en su living mientras su marido se baña con su hijo en la piscina y yo junto con mi compañera queremos escapar de ahí pero creemos muy posible que esa casa está construida para atrapar a estudiantes de periodismo molestos que creen que pueden invadir la privacidad de un político poderoso.

Mi presencia en clases era testimonial, observaba pero no dejaba de pensar en otras cosas. Quería no estar ahí, sin embargo no sabía dónde quería estar. ¿Lejos? Ojalá estar lejos, a la chucha, no conocer a nadie, no tener que conocer a nadie, tener una silla en la que pueda sentarme a observar los cerros y el lago y cuando se pone a llover leer, y como es un lugar en el que llueve siempre o casi siempre, yo leo siempre o casi siempre. Si el profesor me preguntara qué me pasa, que por qué no respondo sus preguntas, le diría que no quiero estar escuchando su perorata sino en un lugar en el que tenga una silla, lluvia, libros, cerros y un lago.

Dejé de entrar a los ramos y sólo iba a la universidad a fumar cigarros y a hablar con el Jaime, que a penas notó mi cambio de ánimo y conductas, se preocupó y me preguntó si todo estaba bien. Era la primera persona que me preguntaba eso a pesar de que mi existencia pasaba por una evidente crisis a la que todos mis conocidos le hacían el quite para no inmiscuirse en la miseria que me gobernaba (no los culpo). Estuve tentando de contarle que mi vida era un desorden y que la única certeza era que dejaría de estudiar periodismo. Pensé que si le contaba mi decisión, provocaría en él una angustia innecesaria, cosa totalmente absurda ya que él no tenía problemas de sociabilidad y menos académicos, por lo que su vida universitaria consistía en pasar los ramos, pasarlo bien y curarse los fines de semana con compañeros que más que compañeros eran amigos.

En este enredo, que más que enredo era invento o ilusión, el único afectado era yo, estudiante extraviado que decidió ir a la universidad sólo si es que iba a haber alguien con quien pudiera conversar. Sin embargo, con el tiempo la idea de quedarme en casa comenzó a provocarme una pesadumbre inconmensurable, por lo que entendí que mi papel sería el del universitario errante, aquel que deambula por los pasillos de la universidad sin destino aparente y al que siempre se podía ver en la facultad, fumando. 

Asumí esa pesadumbre, la cual era abundante, y a pesar de padecer los síntomas de lo que sicólogos y siquiatras denominarían depresión, cuestionaba mi derecho a sentirme triste. La voz de mi inconsciente era una voz adulta, que me cargaba, y que perfectamente puede haber sido una voz de padre o de madre o de una persona madura y que tiene razón en algunas cosas pero en otras está totalmente equivocado. Esa voz me decía que había gente que de verdad lo pasaba mal en la vida, que tenía problemas reales y que lo mío era una tontera, lo que en parte era verdad, pero la amargura era genuina. Me decía que antes cambiarse de carrera era impensado, que el abandono no estaba permitido y que la ayuda sicológica era la correa y un coscacho.

Estaba triste pero me sentía culpable por estar triste. Estaba abandonando pero me daba culpa estar abandonando. Estaba siendo irresponsable y si bien me daba culpa, lo seguía haciendo. Estaba triste porque mis problemas no eran problemas, pero aún así me sentía totalmente confundido. La voz me decía que cómo era posible que teniendo todo a mi favor estuviera tan triste. La vida había sido generosa conmigo y yo me sentía culpable porque nunca logré corresponderle con alegría. Estaba triste y creía no tener derecho a estarlo.

Todo bien, le respondí a Jaime cuando me preguntó cómo estaba, y prendí un cigarro que me fumé en menos de dos minutos.

Nueve

Están ricos estos caños, dijo el Humberto después de pegarle una quemada a un pito pésimamente rolado y cuyo olor a paragua era imposible de disimular. Humberto era amigo del Jaime y había venido desde Rancagua para la tocata que iba a reunir a Mente Sabia y Liricistas en el patio de la universidad. A modo de previa nos bajamos casi dos sixpack de Bálticas en una plaza cerca de Toesca y cuando las ganas de mear eran monumentales, caminamos a la universidad, a la cual sólo pudimos entrar después de que los guardias revisaran mi mochila con una ineficiencia a la que ya quisiera enfrentarse un terrorista en algún aeropuerto ya que a pesar de haber metido la mano a mi mochila y agarrar una de las tres cervezas que nos habían sobrado, el tipo optó por preguntarme qué era aquello que estaba tocando con sus manos, a lo que yo le respondí, en un arrebato de increíble inventiva ebria, que era mi desodorante. Para nuestra sorpresa la mentira les pareció admisible y entramos incrédulos a la universidad con tres latas de chela.

Cuando empezó a sonar la música ninguno de los tres cachaba muy bien lo que estaba pasando debido a la excesiva cantidad de Báltica y paragua en nuestros sistemas. La imagen de Mente Sabia sobre ese escenario diminuto e improvisado que pusieron en uno de los costados del patio parecía irreal. Mente Sabia era una banda de 6 personas, lo que provocó una grave sobrepoblación de raperos en el escenario, cuya longitud permitía que sólo tres de ellos pudieran estar adelante, relegando a los dos restantes a la segunda línea junto con el Dj Pere. Cuando a alguno de los de atrás le tocaba rapear, ocurría un ejercicio incómodo y que ponía en peligro la continuidad del show, el cual consistía en un enroque torpe  con uno de los raperos de adelante, cuyos movimientos debían ser cautelosos para no pasar a llevar los cables de los micrófonos y la tornamesa.

Se escucha la raja, nos gritó en un momento el Humberto con los ojos totalmente desorbitados, cuando en realidad se escuchaba como la raja pero a esas alturas no valía la pena hacer la distinción. Compramos tres chelas de medio por tres lucas y cuando el Matiah rapeaba su parte de Rock and Rolla, se cortó la luz en la facultad, lo que por un momento pensé había sido provocado por un mal movimiento de la banda en ese escenario poblado de cables y gente, pero de inmediato abandoné aquella hipótesis ebria.

La oscuridad camuflaba la borrachera y la cara de incredulidad de los raperos, que veían como en la facultad de al lado había un carrete desde el cual se escuchaba un reggaetón que nosotros, mayormente amantes del rap, pifeamos sin muchos resultados. Cuando volvió la luz, la banda tardó unos minutos en retomar el show. La discusión era si empezar Rock and Rolla desde el principio o comenzar desde la rapeada del Matiah. Al final concluyeron que era mejor seguir con otra canción y rapearon El Círculo.

Después del accidentado show de la MS rapeó Liricistas y a esas alturas ninguno de los tres era capaz de rapear un solo verso porque las letras se derretían en nuestras lenguas debido a esa mezcla de abundante paragua y Báltica, un menjunje peligroso y sin embargo demasiado común en la vida de los jóvenes que con poca plata querían pasarlo bien. Supongo que es justo, que con poca plata te toque una mezcla terrible de, sobre todo, marihuana prensada porque a decir verdad por esa época le hacía culto a la Báltica y sus resacas terribles eran victorias más que derrotas. O quizás pensar que con poca plata lo justo es recibir productos de dudosa procedencia es el resultado de una doctrina abusadora del libre mercado chileno. Tal vez en países desarrollados puedes conseguir pitos increíbles a precios razonables y a nadie se le ocurre pensar que por esa luca te darán una marihuana café que más parece tierra seca que una flor.

Cuando terminó el show aproveché de ir al baño. Sin mucho escándalo vomité de manera tal que me sentí orgulloso del carácter casi elegante, como de trámite, que tuvo aquél vómito, tanto así que por un momento me pareció increíble que en sociedades modernas no se liberara de prejuicios morales y estéticos el acto de ir al baño a vomitar, sin importar las razones. Si vas al baño a mear o cagar, también puedes ir a vomitar. Uno va al baño por esas tres urgencias solo que el vómito está cubierto de tabú y asociado al enfermarse o estar hecho mierda, a pesar de que mear y cagar también pueden ser consecuencias de esos estados. La borrachera me hizo considerar que permitir el vómito nos convertiría en un país desarrollado, uno en el que por luca podrías incluso fumarte un cogollo y tomarte una Kunstmann. Vómito libre y de calidad, pensé.

Me senté un rato a mirar a todos esos jóvenes raperos que deambulaban entre la oscuridad del patio. Prendí un Phillip Morris rojo que tuve que arreglar uniéndolo con un papelillo porque se había roto en mi chaqueta. Se sentó junto a mí o sobre mí o en mí el atribulado pensamiento de no saber qué hacer, que más bien era una sensación turbia, pesada y avasalladora. Nunca fui, realmente, estudiante de periodismo. Jamás fui estudiante universitario. Me mantuve en un limbo académico durante esos años y fui incapaz de cumplir con los mínimos requerimientos sociales e intelectuales. En ese momento, borracho en la facultad, fui plenamente consciente de que no era estudiante de periodismo, a pesar de tener una matrícula, pago de aranceles e incluso una credencial que decían lo contrario. Si no soy estudiante de periodismo, qué seré, me preguntaba inútilmente. De sólo pensar en cómo iba a abordar la noticia para contarle a mis papás me daban ganas de vomitar de nuevo.

Noté que el Jaime y el Humberto estaban muy prendidos. Se sumaron a un grupo de cabros que improvisaban sobre un beatbox que más que una base de rap eran sonidos guturales y baba. Me acerqué a ellos un rato y me uní a la coreografía de mover la cabeza y el cuerpo según el ritmo del beat pero me era imposible concentrarme y menos rapear por lo que me alejé de nuevo para no tener que ser el factor que interrumpe el riguroso orden del freestyle en grupo. El Jaime pareció desprenderse por unos segundos de los efectos de la Báltica y el paragua y me dijo que irían a su casa en un rato a seguir hueveando. Le dije que yo me iba a ir, que estaba muy curao. Insistió un poco pero después, cuando le tocaba rapear, me dijo que filo, que nos veíamos el lunes.

Salí de la facultad y miré una vez más hacia adentro. No sentí nada. Quizás confusión. Me puse los audífonos y me fui escuchando Mente Sabia. Tomé la 411 que se fue vaciando de a poco. Apagué tele. Cuando desperté tuve que bajarme de la micro, que ya iba de vuelta en dirección al poniente. Me cambié de vereda y esperé la próxima micro. Esa noche tardé casi cuatro horas en llegar. Fue la última vez que hice el viaje de vuelta desde la universidad a mi casa.

Vano

Después de media hora, saca cuentas: 3.245 likes. 203 comentarios. La adrenalina comienza a bajar. Fija la vista en el techo. Un vacío muy grande se apodera de él mientras su teléfono no para de vibrar: 3.246, 3.247, 3.248, 3249…

 

Detener la hemorragia

Como cada vez que lo hacía, siguió su ritual al pie de la letra. Dejó su teléfono sobre el velador, fue a la cocina a prepararse un té, esperó a que se calentara el agua mientras hojeaba una revista de grandes tiendas que llevaba una eternidad en la cocina y miró el reloj intentando calcular cuánto tiempo había pasado. Se sirvió el agua hirviendo y cerró los ojos. El olor a manzanilla la distrajo por unos segundos más. Volvió a su habitación, se sentó en la cama, dejó el té en el velador y tomó su teléfono. Respiró hondo y volvió a calcular el tiempo: unos siete minutos. Miró la pantalla. Tres Likes. Tres. En siete minutos. Quiso beber un sorbo de té pero se quemó y derramó un poco sobre su cama. Ocho minutos: tres likes. Nueve minutos: tres likes. Diez minutos: tres likes. La única manera de detener la hemorragia era borrando la foto. Y lo hizo. Luego intentó esconderse de sí misma. 

 

Pasatiempo

El pasatiempo del Victor era crear páginas de Wikipedia. Sus grandes orgullos eran haber escrito la primera versión de importantes y variadas piezas como Michelle Bachelet, el grupo Los Tres o Yerko Puchento. Su sueño, sin embargo, era ser el primero en escribir una página traducida a todos los idiomas existentes. Buscaba escándalos políticos, desastres naturales o eventos deportivos con el potencial de catapultarlo al selecto grupo de los mejores creadores de contenido de Wikipedia del mundo. Hasta que un día, palabras difamatorias que escribió sobre un poderoso político, le significaron una bullada demanda y la peor de sus pesadillas: ser el protagonista de un artículo de Wikipedia que lo desprestigiaba a él y a su pasatiempo.

 

Quinto Medio

En su primer año de universidad se vio rodeado de cervezas, pitos y malas decisiones. El desenfreno de aquellos días se tradujo en varios ramos reprobados y en una durísima reprimenda de sus padres, que no le perdonaron el despilfarro y se negaron a pagarle la universidad. Al poco tiempo se puso a trabajar en una botillería y de vez en cuando, para hacerse el lindo con una que otra chiquilla, le rebajaba el precio de los copetes o simplemente se los regalaba por detrás. Cuando lo cacharon fue despedido inmediatamente. Volvió a estudiar, esta vez con crédito, y todavía puede ser visto en la semana tomando cerveza en bares del barrio universitario con sus nuevos compañeros de carrera.

 

 

 

 

A la moda

Cuando era libre no salía mucho y me sentía solo. Hoy, en cuarentena, no salgo nada y la única diferencia es que ahora todos están en la misma que yo y a pesar de estar aislado me siento acompañado y a la moda.

 

 

Reality Show

Luego de tres meses de encierro finalizó la primera temporada de Cuarentena, el nuevo programa del canal estatal. El ganador obtuvo como premio un salvoconducto que le permitió a él y a familiares y amigos hacer un asado en el Parque Intercomunal. El saldo fue de seis contagiados y una enorme demanda al canal que le impidió continuar con sus transmisiones.