Cuarentema 1: El júbilo del triunfo

Cuarentema 1: El júbilo del triunfo

Ilustración por Desla

Ojalá no volver a tener ataques de pánico. Fue lo primero que pensé cuando la pandemia anunciaba su llegada a Chile (Cabalgata de las Valquirias de fondo) y guarecerse por tiempo indefinido era la respuesta a su aparición.

Mi primer ataque de pánico ocurrió el año 2016 después de volver desde Madrid, ciudad en la que viví durante una temporada. Fueron varias razones las que durante esa noche se conjugaron para presentarme la temida e irracional certeza de que me iba a morir, miedo que me acompañó tres años. Y a pesar del mal rato, puedo decir con la soltura del que rememora, que fue una época en la que aprendí mucho.

Si bien el proceso de aprendizaje fue largo, tedioso y caro (recurrí a terapia psicológica) el resultado no deja de asombrarme. Y si hay algo que puedo concluir después de este periodo largo, es que con aún mayor asombro, puedo aseverar que soy capaz de vencer a mi cabeza.

Tener un ataque de pánico era agarrarme a combos con mi cabeza. Y mi cabeza era un boxeador profesional que llevaba entrenando 25 años bajo el más estricto de los regímenes, el cual le permitió pelear por primera vez aquella noche de septiembre en la que se enfrentó a mí, que ni siquiera era luchador amateur sino un espectador que fue obligado a asistir a la pelea -porque no le gusta la violencia- y que de pronto se da cuenta que está dentro del ring, sin guantes ni protección, intentando defenderse de los embates furibundos de un hambriento monstruo de 100 kilos. El boxeador aprovechó cada segundo de la pelea, la cual duró casi dos horas, no por mi increíble resistencia sino por el afán de sufrimiento y tortura que quiso inflingirme. Me sacó tanto la chucha que terminé en la clínica, siempre creyendo que había llegado mi hora de morir. Desde ese entonces el boxeador se plantó todos los días a golpearme, algunas veces más fuertes que otras, hasta que por sobrevivencia me tuve que poner a entrenar.

Y poco a poco, le fui ganando.

Si en un principio me encontraba en clases y el boxeador anunciaba su llegada, yo escapaba del ojo público, corría lo más lejos posible, me tiraba al suelo en posición fetal y recibía totalmente derrotado los combos y las patadas que me dejaban demasiado desgastado como para continuar con mi día. La vida comenzó a ser difícil porque no podía desempeñarme en las cosas más mínimas. Subirme a un ascensor podía provocar el pánico. Hablar frente a muchas personas, tener una conversación seria, ir a un carrete, estar solo, despedirme de alguien querido. Cualquier situación era excusa para que el boxeador se plantara con sus brazos enormes a sacarme la mierda, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Pero el entrenamiento me hizo más fuerte y comencé a experimentar victorias morales. Una vez logré esquivar un uppercut. Luego, incluso, pude acertar una derecha, que por cierto no le hizo ningún tipo de daño, pero algo era algo. Hasta que mejoré mi agilidad y mi fuerza y la batalla se hizo más pareja, más justa, y un día, uno o dos años después, comencé a notar que las apariciones del boxeador habían disminuido considerablemente y cuando lo hacía, si bien parecía haber mejorado sus golpes, lograba esquivarlos y contraatacarlo con certeros jabs que, en definitiva, me alzaron como triunfador.

La alegría que sentí al darme cuenta que había vencido a mi cabeza fue inconmensurable. Sentí, quizás como pocas veces en la vida, un éxtasis abrumador que casi me llevaba a las lágrimas. Había sometido a ese desgraciado que durante tres años me maltrató sin misericordia aprovechando mi nula preparación. Era el júbilo del triunfo.

Y si bien me encuentro mejor preparado, batallas siguen habiendo y existen situaciones que todavía me ponen en desventaja o al menos igualan las condiciones de la pelea con el boxeador. Las multitudes, por ejemplo siguen siendo en el día de hoy una debilidad. Las cañas, por otro lado, son la perfecta excusa para que el boxeador haga una aparición. Es por eso que me acostumbré a luchar todos los días y a pesar del desgaste, logro ganar y sentir ese regocijo de volver a tener pensamientos claros, racionales y que no están supeditados por el miedo irracional que el pánico provoca.

Por eso cuando la pandemia se hizo real y la narrativa del mundo se tornó seria y las cifras, los contagios y las muertes aumentaban, y el encierro me hacía temer por mis seres queridos, temí volver a estar en desventaja frente al boxeador y ser vencido por el pánico.

Han pasado casi setenta días de encierro y dejando de lado los temores de un principio, la costumbre y la voluntad inexorable de mantener una cuarentena responsable, me han mantenido invicto, con solo atisbos de apariciones del susodicho.

Sé, sin embargo, que está ahí, esperando a pillarme desprevenido para hacer una aparición con nuevos golpes y mejor técnica. Sin temor lo espero con la diferencia que ya no soy un espectador que ignora el enfrentamiento, sino un contrincante que está en el cuadrilátero con las luces apagadas y los guantes puestos, listo para librar otra batalla a doce asaltos.