Vano

Después de media hora, saca cuentas: 3.245 likes. 203 comentarios. La adrenalina comienza a bajar. Fija la vista en el techo. Un vacío muy grande se apodera de él mientras su teléfono no para de vibrar: 3.246, 3.247, 3.248, 3249…

 

Correa

Un hombre pasea a su perro por un parque de una ciudad sin nombre. El parque es largo y angosto. Hay árboles secos en sus costados, una larga franja de tierra que no mucho antes albergó pasto y pocos bancos en los que alguna vez la gente pudo sentarse. Ya no hay personas, sin embargo. La tarde comienza a acabarse y la noche es bienvenida por un viento intermitente.

El hombre duda. Después de un momento le quita la correa a su perro. El perro, en un principio, parece temeroso de su repentina libertad. No está acostumbrado. De pronto el perro corre con júbilo, moviendo la cola, hasta que las sombras se acaban y la oscuridad es total.

El hombre se sienta en un banco. Enciende un cigarro. Le ordena al perro que vuelva, el cual se acuesta en la tierra, junto a él. El silencio no cesa y parece que siempre hubiese sido así; que la ciudad que alguna vez tuvo nombre, ruido y personas, fue en realidad un lugar al que se le arrancó la identidad.

No mucho después el hombre y el perro comienzan su retorno. Decide mantenerlo libre. Caminan por la avenida sin nombre, pasan por la plaza -símbolo de lo acontecido- y siguen hacia el derruido palacio desde el cual alguna vez gobernó. Mucho ha sucedido desde entonces. Ya no hay nada. Ni nadie. Sólo él y su perro, el cual comienza a correr y se pierde en la ciudad. El hombre observa cómo la última vida que pudo gobernar, escapa.

Se pone la correa.

De por qué no quiero bailar

De por qué no quiero bailar

No me gusta bailar. Creo que fue en alguna fiesta con mis compañeros de curso cuando me di cuenta que lo mío no era el movimiento de caderas. Era la época del Axé, y los bailes ocurrían a modo de competencia para elegir a la pareja con el mejor desempeño en el living de el o la cumpleañera. Me vi emparejado, ante la timidez, con mi símil femenino que a pesar del entusiasmo no logró destacar debido a mi notoria ineptitud. De ahí en adelante el no saber bailar se tornó en una constante quimera.

De aquello han transcurrido muchos años y a pesar de que creí que con el paso a la adultez madura el tema de ir a bailar se habría acabado, esto no sucedió ya que lo cierto es que a las personas les encanta bailar, independiente de la edad. Vaya descubrimiento.

Y uno, desafortunado, debe lidiar con el acoso y la inquisición del bailarín contagioso, aquél que no puede comprender la razón de, en este caso, mi incómoda quietud. Ese personaje, hombre o mujer, parece multiplicarse con el tiempo y se empeña en conquistar a los aburridos seres que prefieren estar sentados en la mesa conversando, lejos de la multitud sudorosa y ebria, o fumando un cigarro tras otro a la interperie a la espera de ver una cara conocida para derrotar del aislamiento voluntario.

No se trata de considerar a los bailarines una especie menor. Por el contrario, envidio el desparpajo con el que se desenvuelven en ritmos musicales anárquicos, obviando el entorno y acusando una electricidad imposible de refutar, entregándose a merced del movimiento. Se trata de entender por qué no puedo ser uno de ellos.

A veces me pongo a pensar por qué no me gusta bailar. Y no me refiero al por qué obvio, a la razón endémica que debo dar cada vez que alguien insiste creyendo que es primera vez que me veo enfrentado a una situación similar. Intento encontrar una razón profunda, acaso sicológica, que refiera a un pasado perturbado y el que aún no he podido soslayar para por fin apoderarme del baile que aún no domino. Y por mucho que hurgue en mis memorias, no encuentro explicación.

El paso fácil es pensar en una timidez que jamás superé del todo y que me ha impedido alcanzar mi potencial en casi todo ámbito de la vida. Que los primeros años de mi existencia fui un ser temeroso incapaz de actuar sin el consentimiento de mis padres y que ello me llevó a jamás salirme de los márgenes, cultivando así un pánico escénico frente al histrionismo. Al fin y al cabo la timidez, al menos para mí, conlleva esa connotación; ser tímido es que casi todo te de vergüenza, porque, en cierta medida, te importa qué es lo que pensarán de ti y por ende saboteas hasta tus impulsos más orgánicos para evitar incomodidad. La timidez es una inseguridad irracional y paralizadora que se apodera de ti hasta el hartazgo.

Sin embargo quiero creer que no es eso. El qué dirán es un concepto al que le he dedicado muchísimo tiempo de análisis y sin dudas no estoy dispuesto a ceder ante el constructo social. Y quizás esa necesidad de demostrarme incólume ante los bailarines del mundo es precisamente no bailando y mantenerme aferrado a mi ideal de diversión, el cual se manifiesta de maneras menos convulsas. Esa es mi rebeldía ante tal hegemonía, la que yo denomino la dictadura de la diversión.

Es que siempre he valorado la originalidad y siento que, por fome que pueda parecer ante la gente, parte de mi escencia es la parsimonia a la hora de enfrentar la noche como espacio para soltar tensiones. Pero aún así el baile vuelve cual fantasma a perseguirme.

Han habido mujeres que han aceptado mi condición. Y la verdad he sido afortunado al ser entendido. Pero también han habido otras que no han podido con mi fomedad, las cuales han utilizado mi problema con el baile sutilmente para socavar la relación. Al menos así lo he sentido.

Ante estas situaciones a veces he cedido. Debo decir que bajo las correctas circunstancias he logrado manifestar atisbos de baile, siempre cobijado por el grado alcohólico de una botella que compré con ese objetivo. Mas no es algo recurrente. En lo absoluto. Finalmente para quienes me han frecuentado en ambientes donde el baile es propicio, estoy definido por mi inmovilidad.

Y a pesar de que trato de evitar tales ocasiones, no me es ajeno volver a encontrarme con alocuciones del tipo “¿Por qué no bailas?” “Qué te importa” o “Sal de tu zona de confort”. Y mi respuesta es siempre la misma: no me gusta, no es lo mío. Cuando en realidad podría adentrarme en discusiones filosóficas que a ningún puerto llegarían por lo que prefiero quedarme con la estigmatización de aguafiestas.

Es así como escribo esto acostado en mi cama mientras la gente inunda las redes sociales con contenido que surge desde la mismísima disco, lugar atiborrado de gente propensa al drama -llámese peleas, encontrones o agarres- que se desenvuelve con soltura entre la oscuridad, el ruido y la posibilidad del beso con lengua que culmine la noche de la mejor manera. A todos ellos le deseo lo mejor y espero que puedan entender mis ganas de dormir una noche de corrido en la que, quizás, sueñe con un baile que protagonizo hasta el amanecer.

Como los gatos miran al fuego

Como los gatos miran al fuego

Padecía un dolor de cabeza que parecía interminable. Aún así insistió con ir a la casa de Gregorio. – Tenemos que ir. Por los viejos tiempos- le dijo a John. Pidieron el Uber, dividieron la tarifa y una vez afuera del edificio miraron hacia el balcón, desde el cual se podían oír conversaciones y, en menor medida, música de fondo.

–  ¿Cuántos años serán desde la última vez? – le preguntó a John. – ¿Cinco, seis? – Se miraron y luego sopesaron en silencio el significado de estar ahí. Tocaron el timbre y al rato abrió una mujer. El ruido inundó el pasillo del quinto piso. – Hola, pasen, pasen, adelante – dijo ella mientras apagaba su cigarro en una copa de vino blanco.

El lugar estaba lleno y a primera vista no conocían a nadie. Sonaba música que parecía haber sido inventada sólo minutos antes, algo así como un género musical completamente nuevo. Buscaron entre las personas a Gregorio pero no dieron con él. Se acomodaron en una esquina y abrieron sus cervezas.

Al rato llegó la misma mujer que les abrió. – ¿Y ustedes quiénes son? – preguntó de manera amable. – Somos amigos del Grego – dijo John mientras encendía un pito. – ¿El Grego? – dijo ella lanzando una carcajada que se coló entre las conversaciones y la música. – ¿Quién chucha es el Grego? – preguntó. Se miraron con extrañeza. – El Gregorio. Éramos compañeros en el colegio – . – No sé yo, pero creo que están perdidos porque acá no hay nadie que se llame Gregorio – dijo la mujer.

En sus palabras no había indicios de ironía o humor pero aún así se extrañaron por lo dicho. Habían estado en ese departamento en muchas ocasiones, compartiendo después de clases, pero por alguna razón todo parecía ajeno. – Bueno, de todas maneras no hay problema con que se queden acá – fue lo último que dijo la mujer antes de apartarse de ellos.

Comenzaron a buscar con mayor ahínco a Gregorio entre la gente. No fue hasta que llegaron al balcón cuando lo vieron, sentado sobre una silla de mimbre, con una copa de vino en la mano y vestido completamente de gris. La gente que lo rodeaba miraba con admiración la forma en que vociferaba lo que parecía ser su declaración de principios respecto al libre mercado.

–  Grego – dijeron al unísono, interrumpiendo la conversación. Las miradas se volcaron hacia ellos, que notaron un malestar generalizado debido a su infortunada aparición. Se prepararon para un saludo efusivo y lleno de emoción; era el reencuentro inesperado después de años de ausencias, pero nada ocurrió, ni siquiera un gesto; solo una mirada extraña, vacía y llena de desdén fue lo que pudieron advertir de Gregorio, que continuó con su alocución como si nada hubiese sucedido.

Permanecieron de pie mientras continuaba con su discurso. Gesticulaba y exageraba ciertas palabras. Jamás volvió a dirigirles la mirada, tampoco hizo ademán alguno como para integrarlos a la conversación, presentarlos o si quiera darles las gracias por haber ido.

Todo les resultaba demasiado extraño e incómodo. Tras años sin verse pensaron que sería una buena forma de recuperar la amistad -que él mismo había deshecho por considerarlos impropios de la vida que proyectaba- apareciendo en su cumpleaños.

Ante el evidente desprecio se fueron del departamento. – ¿Qué chucha le pasó? – se preguntaron. – ¿Cachaste cómo nos miró? – dijo John con indignación. – Parecía otra persona. Quizás era otra persona – fue lo último que dijeron antes de percatarse de un incendio que se desataba no muy lejos de donde estaban. Cuando llegaron al lugar el caos era generalizado y distintas compañías de bomberos combatían las llamas. Después de un rato caminaron hacia su Uber y se percataron que un grupo de gatos observaba el incendio sobre el techo de un auto. Los felinos, sin aspaviento, miraban con desinterés, lamían sus patas y jugaban con sus colas mientras a solo metros de distancia la antigua edificación perecía ante la inclemencia de las llamas. Se subieron al Toyota Corolla conducido por Juan Esteban y a medida que se alejaban del lugar les fue imposible no sentirse profundamente identificados con el devenir de aquella antigua casona.

 

 

Ida y vuelta

Ida y vuelta

Fila 1

Nadie entendía por qué. “Pasajeros con destino a Rio de Janeiro acercarse a los counters”. Era una fila eterna. Muchos llevábamos más de cuarenta minutos esperando poder entregar nuestras maletas. La decisión parecía arbitraria y nos afectaba al 90% de las personas. Personal de la aerolínea abrió las cintas que demarcaban la fila. Los beneficiados pasaron con sus carros llenos de maletas entre el murmullo de los afectados. Yo no dije nada. Me molesté pero no dije nada. Otras personas sí dijeron algo. Estaban indignadas. Pero sus molestias se expresaban tímidamente. Eran comentarios del tipo “aquí cualquiera hace lo que quiere” o “por eso este país está como está” pero maquillados por la reticencia al escándalo. Detrás de mí venía una familia. Papá, mamá, hija de unos tres años e hijo de unos cinco años. El papá llevaba el carro con las maletas y sobre ellas su hijo de cinco años. La mamá iba adelante, justo detrás de mí. La hija de tres años estaba en el suelo. Por alguna razón, lloraba. Y eso al papá le molestaba mucho. Alzó la voz. Fue justo después del asunto con los pasajeros a Río de Janeiro. De seguro para él fue un duro golpe. Tener que aguantar que su hija llorara en el momento menos oportuno. Y después lo de los pasajeros a Río. Así es como se comienza mal un viaje. Le dijo a su hija: “¿eso vamos a hacer? ¿vamos a hacer un escándalo en el aeropuerto?”. Lo dijo fuerte. Muchos lo miramos. A él no le importó. A su hija sí, que lloró más. A su esposa también, que le dijo que no hiciera un escándalo.

Fila 2

En la fila de policía internacional me tocó detrás de lo que parecían ser dos hermanas. Una iba visiblemente molesta. Alegaba por todo. Las filas, la lentitud, el horario de mierda, este país -su país- tan tercermundista. La acompañante, digamos, su hermana, trataba de ponerse de su lado. Se notaba que no quería. Se notaba que le daba vergüenza. Era evidente que pensaba que su hermana le estaba dando color. A todo. Y que siempre había sido así. Que toda la vida había tenido que aguantar sus constantes alegatos. Que el vecino hace mucho ruido. Que el jardinero se robó unas plantas. Que el conserje se queda dormido. Y mucho antes, cuando eran niñas, que la comida estaba fría, que su hermana era la preferida. Alegar por alegar. Se notaba, repito, la incomodidad de la hermana. Que sin embargo parecía acostumbrada. Había logrado apaciguar los sentimientos de vergüenza y responder con monosílabos. Incluso ponerse de su lado. Así la mantenía calmada. Así se evitaba otro escándalo.

Fila 3

“Tiene que tener su pasaporte y tarjeta de embarque en la mano, le dije en varias ocasiones, señor”. “No tiene por qué hablarme así”. “Es que usted está haciendo este proceso más lento de lo normal”. “Fue un simple error, aquí está todo”. La miembro de la aerolínea está visiblemente molesta. No sólo con el señor que hace todo más lento. Con todo aquél que parezca hacer algo que no cumple con sus parámetros. Nos miramos con otros pasajeros. Yo callo. Cuando me toca dar mis documentos me pide la visa. Le pregunto si sirve que la tenga impresa. Pregunta estúpida, parece pensar ella. Me mira con enojo. Se la entrego. Me entrega los documentos. No me dice nada. Avanzo y me subo al avión.

Fila 4

“Why are you coming to America, sir?” “Is it just holidays?” “You were in Europe several times, right?”. “Do you mind if we ask you a few questions?” “Let’s go to this room” “How many times have you been in America?” “Is holidays the only purpose of your trip?” “When you were un Europe did you visit some of these countries?” “Can we check your phone?” “No, I’m afraid that’s not an option, if you want to go to America we have to go through your things” “You’ll have to wait here” “Yes, we know it has been two hours” “We are sorry but after analyzing your situation we are not giving you permission to enter American soil” “You’ll be returning to your country on the next flight”.

Fila 5

No soy el único. La familia de la primera fila también fue negada a entrar a Estados Unidos. Nos reconocemos las caras pero no nos decimos nada. Veo en el papá la misma cara de chato. Ha estado así desde el principio. Ahora con mucha razón. Creo que yo también tengo mala cara. No es para menos. Mi viaje fue frustrado por razones que escapan a mi entendimiento. Los niños empiezan a molestarse y el papá parece haber perdido las fuerzas para retarlos. La mamá los mira con amor. Es un amor extraño. Un amor que le hace creer que está bien dejarlos llorar. Lo merecen. Nosotros, quienes compartimos fila, merecemos el llanto desesperado, los alaridos desconsolados de sus hijos. Avanzamos poco a poco. Nos dan nuevas tarjetas de embarque. Es una aerolínea gringa. Toda la familia tiene asientos separados. El papá explica en el counter. Una vez adentro del avión deberá hablar con las azafatas. Ellas intentarán juntar a los niños con la madre o con el padre. A mí me da lo mismo dónde quedar. Ya nada puede ser peor.

Fila 6

Pero sí. Sí podía ser peor. Me tocó sentarme junto al papá y sus hijos. Lloraron mucho. No pararon de moverse. A penas dormí. Después de todo ya estoy de vuelta. Antes de lo presupuestado. En otra fila, en un taxi que de seguro me cobrará más de la cuenta, esperando salir del aeropuerto. A lo lejos veo a la familia subirse a una van. Los autos no avanzan. Está colapsado el aeropuerto. A veces pienso que la vida es pasar de una fila a otra. Que la única forma de evitarlas es no moverse. ¿Pero qué es la vida estando detenido? ¿Qué es la vida sin filas?

Último deseo

Último deseo

Paramos en Huentelauquén. Pedimos dos empanadas y dos jugos de papaya. Aprovechamos de ir al baño. Comimos en silencio y fumamos mirando las nubes. No tardamos en volver al auto y seguir hacia La Serena.

Escuchábamos tu Spotify. Una de las tantas listas que te habías hecho. Tu favorita. Música pop de comienzos de los 2000. Se llamaba Popmil. De vez en cuando cambiabas las canciones a la mitad. Generalmente eran temas que creías que no me gustarían. Y eso me enchuchaba. Supongo que más que el cambio, me molestaba que intentaras adivinar mis gustos. Me enojaban tus intentos de darme en el gusto.

Yo respondía con suspiros. Creo que era evidente. Cada cambio de canción era seguido por un suspiro y una mirada hacia el mar. Encontraba calma en el mar. Al menos en el mar de lejos. De cerca me provocaba inquietud. Respeto, como se suele decir.

Comenzó a oscurecer. Paramos en la Copec de Socos para echar bencina y comprar cigarros. Esperé que me preguntaras si estaba cansado de manejar. No lo hiciste. Igual queda poco, pensé.

“Qué bonito”. Intenté romper el hielo. Se veía a lo lejos Coquimbo, la Cruz del Milenio iluminada. Las luces de la ciudad, el cielo completamente oscuro y nublado. No dijiste nada. Eso me dolió. Siempre decías algo. Esa imagen, Coquimbo, la Cruz, las luces, siempre te hacían decir algo. Pero esta vez no.

Caminamos por la playa. Yo te seguí. No me invitaste. Tampoco te negaste a que me uniera. Tenía miedo de que lo hicieras sin mí. Que el propósito de este viaje se viera truncado por la rabia. Te sentaste en la arena y te pusiste a llorar. Yo me senté al lado tuyo y encendí un cigarro. Quise decirte algo. O abrazarte. No hice nada.

Cuando te levantaste lo supe. Quise estar equivocado, pero en el fondo lo sabía. De tu chaqueta sacaste la urna y sin preguntarme la vaciaste. Parte de su contenido se fue al mar. El resto a la arena. Me levanté y te grité. Eso no era lo que él quería, te dije. Egoísta de mierda, te dije. Así no tenía que ser, te dije. ¿Por qué chucha tuviste que hacer esto? te pregunté. Me puse a llorar. Te fuiste al departamento. Yo volví una hora después.

Amenció nublado. Como siempre. Tomaba desayuno mirando el mar. Apareciste y te ofrecí una taza de café. No tenía ninguna esperanza de recibir respuesta. Sí, me dijiste. Te miré. Te sentaste a mi lado a mirar mientras esperabas a que el café se enfriara. Ahora sería un buen momento para hacerlo, pensé. Me levanté y tomaste mi mano. La tomaste fuerte y me hiciste sentar. Nos quedamos observando el mar mientras el cielo se abría. Al rato subimos nuestras cosas al auto y nos devolvimos a Santiago. Escuchamos una de tus listas de Spotify. Pero esta vez no cambiaste las canciones.

Autor intelectual

Autor intelectual

Nunca fui bueno para la pelota pero debido a que mi tío José era el profesor de educación física jamás fallé en la titularidad del equipo de mi colegio. Desde luego yo era el flanco más débil del plantel ya que por mi banda se concentraban todos los ataques de los equipos rivales y a pesar de que mi presencia en la cancha nos dejaba en evidente desventaja, jamás dejé el once oficial.

El primero que dijo algo al respecto fue el Pedro Rosales, un volante con llegada y personalidad. Una tarde se me acercó, después de haber perdido por goleada con dos cagazos míos y me dijo: erís malo, hueón, y todos sabemos que estás en el equipo porque el profe es tu tío.

A partir de ese momento nuestra relación familiar se hizo pública y mis compañeros de equipo dejaron de hablarme y comenzaron a pasarme mucho más el balón con la intención de que cometiera la mayor cantidad de errores para que mi salida del equipo titular fuera urgente. Una especie de sabotaje.

La situación se hizo insostenible cuando el Gonza, nuestro goleador, se enfermó y mi tío, en vez de alinear al Ramiro Pérez, su sucesor natural, me puso a mí de nueve, desatando una ola de reclamos a los que hizo caso omiso. Antes del partido me pegó una palmada en la espalda y me dijo: tú dale, sobrino, demuéstrales que están equivocados.

Me sacaron amarilla -era un hachero en potencia- y me perdí el penal que hubiese significado el empate a minutos del final del partido. Me acuerdo que los papás de mis compañeros me abuchearon y yo me puse a llorar de pena y soledad. Mi tío José me abrazó y yo le dije que no quería jugar más a la pelota. Él se negó pero al ver mi cara de angustia terminó cediendo.

Los resultados comenzaron a mejorar conmigo en la banca y mi tío José fue adquiriendo cierta popularidad entre los apoderados y mis compañeros de equipo. Al principio me daba excusas tácticas respecto a mi no inclusión en la oncena estelar pero con el pasar de los partidos dejó de darme explicaciones y comenzó a concentrarse en mis compañeros.  Mi ausencia era motivo de alegría y curiosamente me sentía orgulloso de una decisión que estaba favoreciendo al equipo. Todo era para mejor. 

Estuvimos así durante el resto de la temporada hasta que me tocó entrar ante la falta de gente disponible: yo era el único en la banca y el Vásquez se había lesionado. Con pavor mi tío me ordenó calentar y trató de darme palabras de aliento que no terminaron por salir de su boca. Mientras hacía el calentamiento previo las piernas me tiritaban y escuché cómo los apoderados y mis compañeros se lamentaban ante mi entrada a la cancha. 

Me paré como defensa central, posición que me era totalmente ajena. Y si bien logré un par de despejes correctos, provoqué un penal irrebatible, ganándome los retos de mis compañeros. Cuando la pelota traspasó la línea y se decretó el gol, me llevé las manos a la cabeza y ante los gritos desenfrenados de todo el mundo abandoné la cancha.

Mis compañeros de equipo estaban felices, preferían jugar con un jugador menos que con mi falta de talento. Mi tío José, intuyendo el beneficio, no protestó mi decisión y  me senté a su lado con mirada perdida.

Luego sucedió lo increíble. En quince minutos mi equipo logró dar vuelta el resultado y quedarse con el partido. Los saltos de alegría no se hicieron esperar y mientras yo los observaba con cierta felicidad, se me acercó el Gonza y me dijo al oído: sin tí esto no hubiese sido posible. Me uní a los festejos y luego el tío José me dijo algo que jamás olvidé: quizás no entiendas lo que signifique pero hoy ganaste el título más importante de todos, el de autor intelectual.

La gata

La gata

Me levanto sabiendo que voy tarde. He pospuesto la alarma tres veces, son las 10:15 de la mañana y antes de abrir los ojos pienso en todo lo que tengo que hacer para llegar. Me meto a la ducha y me quedo parado bajo el agua pensando que no podré desayunar y eso me pondrá de mal humor. Ya estoy de mal humor. Me visto, me echo un poco de perfume del tío Pablo, me miro al espejo, peino mi pelo hacia atrás y me pongo una chaqueta. Afuera hace frío pero no hay garantías de que la temperatura varíe demasiado: puede subir o bajar y en ambos casos la chaqueta será inservible. Me mantengo pensando con una mano en la manilla de la puerta que todavía no cierro. No debería estar pensando estupideces, pienso. Se escapa la gata.  Maldigo. Sé, por todos los esfuerzos que haga, que no podré atraparla. Lleva días encerrada por expresa petición de la tía Romina y en varias ocasiones intentó escapar sin éxito debido a la intervención del tío Pablo. Bastó que me quedara a cargo para que se escapara.  No sé si vuelva. No sé si deba ir a buscarla, intentarlo al menos, como para que cuando mis tíos se den cuenta de que la gata no esté, no me sienta tan culpable. Sigo con la mano en la manilla de la puerta y la cierro. Ya volverá. Siempre vuelven.  Comienzo a caminar hacia el paradero mientras espero que la gata aparezca y yo pueda abalanzarme sobre ella. Aparece rápido la micro pero no así la gata. Me siento al fondo y me pongo a escuchar el último disco del Búfalo dit. Pronto una vieja me pide el asiento y me paro sin decir nada. Treinta minutos de viaje los hago parado, sudado, deseando no haber llevado la chaqueta. Llego a la consulta veintiocho minutos tarde. Ya hay alguien adentro, la secretaria me dice que tengo que esperar y que podré estar sólo media hora al mismo precio de siempre. Tomo asiento y espero a que sea mi turno. Escucho sollozos de mujer desde la habitación. Vuelvo a ponerme los audífonos pero me toca. Entro, pido disculpas, ella me dice que no me preocupe y me pregunta cómo estoy. Comienzo a pensar en mi día, le cuento todo lo que me ha pasado hasta llegar a estar sentado en ese sillón verde frente a ella, me acuerdo de la gata, le digo que no hice nada por rescatarla y que me siento culpable, que mis tíos me van a retar. Mi tía, de seguro, va a llorar porque ella siempre llora. Mi tío no llora, dice que lo lloró todo cuando se murió su mamá hace ya como cuarenta años. Me pregunta sobre el verano, qué tengo pensado hacer, y yo le respondo que no sé, trabajar para tener plata, pero sé perfectamente que no voy a trabajar, que voy a estar en la casa despertándome todos los días a las 12 del día con los gritos de mi tío que alega porque no hago nada. Lo más probable, pienso pero no lo digo, es que tome cerveza todos los días, la mayoría de las veces solo, otras acompañado por el Lucas. Se acaba la hora y me echa rápido, dice que tiene otra paciente así que me levanto, le doy un beso en la mejilla y vuelvo a la casa. Viaje de mierda en la micro, calor insoportable, la chaqueta podría tirarla al mapocho. Entro al pasaje y de inmediato escucho los gritos, el llanto de mi tía Romina que es sostenida por mi tío Pablo. No me ven pero yo los veo. Están abrazados y la gata yace a sus pies, tiesa por el calor. Algunos vecinos comienzan a salir de sus casas para abrazar a mi tía. Doy media vuelta y espero en el paradero. Me subo a la micro, mi bip no tiene plata, entro de todas formas, me saco la chaqueta y la tiro al suelo. Me pongo los audífonos y escucho varios discos en la micro hasta que anochece.

Esa tarde la escribió Carver

Esa tarde la escribió Carver

Los factores que se conjugaron esa tarde calurosa me hicieron pensar que la vida era en realidad como una película de Woody Allen. O como un cuento de Carver. Y si bien Carver es lo más cercano a la vida que podemos encontrar en la literatura, verme en esa situación extraña me hacía pensar que quizás mi destino le había sido encargado a él, al difunto y grandioso Raymond Carver, cuyo propósito para ese día en particular no fue más que reírse de mí escribiendo un guión que excedía lo cotidiano, cuestión que, por lo demás, de vez en cuando se agradece en demasía.

Lo cierto es que mientras las diez u once personas rezaban frente a ese camión derruido que en su interior traía una nueva virgen para la pequeña iglesia del pueblo, yo, que diez minutos antes apagaba lo último de una cola matadora que me había provisto de buenos momentos, me acercaba con curiosa conciencia de mi alrededor.

A saber: ¿cada cuánto te encuentras con el cambio de mando de los adornos religiosos?

La virgen era como cualquier virgen de pueblo. Tenía cierta altura, colores característicos, una mirada propia del contexto. Y la gente, que era lo que más me llamaba la atención, lucía extremadamente feliz, como si en el pequeño pueblo que ellos vivían y al que yo había caído por distintas circunstancias de la vida, este tipo de acontecimientos fuesen catalogados como los memorables, los que marcan época.

Con elocuencia el sacerdote, un francés que hablaba perfecto español, guiaba las alabanzas de sobria manera, haciendo inexacta alusión a los terribles acontecimientos que culminaron en la destrucción total de la antigua virgen, una pieza donada por un famoso sacerdote que en misión evangelizadora había llegado al pueblo hace más de ciento diez años.

Aquella virgen representaba la esperanza de un pueblo que se sabía olvidado por las grandes metrópolis del país, pero que abrazaban ese anonimato con orgullo, aferrándose a simbolismos que podían datar de hace más de un siglo. Además era la remembranza del adorado sacerdote que pasó el resto de su vida dedicado a regar con la palabra del señor cada rincón del lugar.

Por eso era tan importante este momento. Y sólo diez personas, once conmigo, estaban siendo partícipes directos de la llegada de la nueva virgen.

Completamente hipnotizado por la oratoria del sacerdote y luego por un humilde panfleto que una señora me entregó, me vi, sin saber cómo, arriba del camión ayudando a bajar a la virgen. Al parecer uno de los feligreses hizo notar la evidente carencia de juventud en la ceremonia, por lo que todas las miradas recayeron en mí, por lejos el más joven del grupo.

¿Qué habrían hecho de no aparecerme por esos lados?

Sin pensarlo y con las miradas de aprobación de las señoras y los señores, me vi moviendo cuidadosamente la virgen, siguiendo las instrucciones de uno de los más enfervorizados caballeros que me guiaba a mí y al chofer del camión para sacarla de su encierro temporal y situarla en la que sería su eterna quietud.

Dos cosas me asaltaban mientras movía cuidadosamente la estructura: ¿Qué le habrá pasado a la virgen anterior? y la culpa inevitable que sentía al recaer tamaña responsabilidad sobre mis manos, las manos de un perdido que llevaba diez minutos experimentando una de esas voladas que pueden escaparse de las manos. La situación, por supuesto, confabulaba en mi contra.

Sin decir palabra alguna, soportando el calor y las quejas de una que otra señora que se impacientaba y que presentía que mis movimientos bruscos podían desatar una debacle de época, fuimos cuidadosamente yo y el chofer adentrándonos en el santo sepulcro del señor para dejar a la virgen junto al altar.

Los aplausos y las felicitaciones por parte de los presentes no se hicieron esperar y tampoco un rezo que pareció eterno. Mi única preocupación era tomar algo de agua y salir de la lúgubre iglesia que a primera vista me pareció muy triste, pero que con más calma consideré uno de esos lugares a los que te puedes acostumbrar. Claramente la virgen desentonaba de su contexto. Sus colores frescos parecían actuar como luz artificial y por momentos el resplandor que ofrecía podía ser considerado una iluminación divina.

Todavía sin poder decir palabra alguna recibí las gracias de todos esos señores y señoras que con gratitud se fueron despidiendo. Al salir de la iglesia noté que me tiritaban los brazos debido al esfuerzo hecho para mover a la virgen. Cuando la volada comenzó a intensificarse emprendí mi camino de vuelta, sin darme cuenta que no había hecho lo único que tenía destinado hacer: comprar el carbón para el asado.

Tampoco supe qué le pasó a la virgen anterior.

Nunca más volví a ese pueblo.

 

 

[Fragmento] Nunca fuimos tan felices

[Fragmento] Nunca fuimos tan felices

Todo cambió un día de julio. Estaba lloviendo como nunca había visto, teníamos prueba de Ciencias Naturales en los próximos minutos, parecía que el colegio completo estaba al borde de la cancha a pesar de las inclemencias del tiempo, la campana que indicaba el fin del recreo había sonado por última vez. Los del B desperdiciaron una oportunidad clarísima, una que les podía haber dado el triunfo en el último minuto, pero una rápida salida del Boto nos permitió salir a la contra, disparados por el hambre de gloria. El Vicho desbordó por la banda derecha mientras yo hacía lo mismo por la izquierda y el Johnny arrastraba marcas por el medio. Los gritos de compañeras y compañeros que alentaban a sus respectivos cursos contribuían a la épica, cuyo significado no podía estar mejor representado en ese momento: marcador cinco a cinco, último gol gana, último gol define al mejor cuarto básico, el tiempo apremia, la lluvia se hace de nosotros. 

El centro del Vicho fue pasado, demasiado, y el defensa que marcaba al Johnny, que esperaba un pase por abajo y al comienzo del área, pasó de largo y se sacó la chucha, resbalando dramáticamente, rompiendo sus pantalones, produciendo un ohhh en la hinchada que se prolongó demasiado. Controlé con dificultad y me saqué al lateral pasando la pelota entre sus piernas, lo que aumentó la algarabía fuera de la cancha. Recuerdo que veía y escuchaba poco -por esos años todavía no descubría una miopía galopante- y que levanté la cabeza buscando mis opciones las cuales eran clarísimas: remate cruzado al segundo palo, un verdadero cañonazo que debía colarse perfectamente entre el arquero, que cubría el primer palo, y otro de los centrales que corría hacia mí para cerrarme; centro atrás al Johnny que estaba solo pero mal perfilado para su diestra. Fue una fracción de segundos en la que tomé la extraña decisión de pegarle al primer palo o tal vez quise disparar al segundo pero la mala fortuna, el agua, el nerviosismo, hicieron que mi remate fuera al lugar equivocado.

Tuve suerte. Mientras el mundo parecía haberse detenido y silenciado, el remate golpeó en el vertical, yendo a parar con fuerza y fortuna a la cara de un Johnny que no alcanzó a reaccionar pero cuyo disparo involuntario en forma de rebote se dirigió tímidamente al arco, traspasando la línea de gol, desatando la euforia contenida, llenándonos de regocijo, abrazándonos los tres, el Vicho, el Johnny y yo debajo del arco, como si recién hubiésemos ganado la Champions, mientras el curso y los otros curiosos se abalanzaban sobre nosotros gritando: ¡y ya lo ve, y ya lo ve, somos mejores que los del B!

Los del B abandonaron en silencio la cancha al igual que el resto del colegio que corría a sus salas. Fuimos venerados como verdaderas estrellas y una vez apaciguado el alboroto inicial nos juntamos los tres a conversar la última jugada, a contarnos qué pasaba por nuestras cabezas, a cagarnos de la risa por el gol de cara del Johnny, a abrazarnos, a abrazar la gloria. Luego caminamos exhaustos hacia nuestra sala. Estábamos empapados, la lluvia no cesaba, el golpe del agua cayendo sobre la lata de los techos me hacía creer que el escenario era perfecto, que todo era perfecto. Llegamos atrasados a la prueba de Ciencias Naturales, la profesora nos retó y anotó en el libro de clases por no llegar a la hora y por estar completamente mojados. Creo que a ninguno de los tres nos fue bien en la prueba, estábamos demasiado excitados como para concentrarnos porque habíamos logrado una hazaña digna de ser recordada en la posteridad. Fue el día en que cambió todo y en el que nuestra amistad se cimentó definitivamente.

Años después recordaríamos ese recreo y a pesar de las diferencias que nos habían separado coincidiríamos en una sola cosa: nunca fuimos tan felices.