Conferencia de la Apariencia y la Decepción

Conferencia de la Apariencia y la Decepción

“We have these phones that you can call in an air strike. You can look at the top of your own head. It’s amazing, this shit, and it’s wasted on the shittiest generation of piece of shit assholes that ever fucking lived”. Louie C.K.

-Todo es apariencia en este mundo. Las redes sociales lo saben, sometidas por la egocéntrica producción de contenido vacío. Está bien fotografiarse pero la selfie es un abuso, la selfie es la destrucción de la sorpresa, la normalización de lo que antes era predominantemente inédito. Me emputece tanta foto de gente y sus vasos de Starbucks, sus batidos frutales de vida sana; me aniquila el alma cuando se crea un personaje virtual que muestra lo conveniente, algo que ciertamente dista de la realidad del que está detrás de esa publicación, escribiendo con frases en inglés de auto superación y positivismo vacuo. Qué mierda están pensando esos twitteros y sus presentaciones, esos que se autodenominan melómanos, cinéfilos, amantes de la naturaleza, los animales y la vida, si fuera tan así no estarían twitteando hasta el color de sus mojones. Me causa desazón cuando se llaman irreverentes, críticos de la injusticia, cuando lo único que hacen es putear por putear, trolear se le dice ahora pero yo le digo putear, mandar a la chucha, buscar el defecto, el error y cobardemente atacar sin razón. Todo es apariencia en este mundo, es el ensalzamiento de la estupidez a través del disimulo, del ocultamiento de la identidad, de la homogenización de las actitudes y las formas y los fondos. A la mierda, y si digo que me voy de la ciudad, si digo que me voy al bosque, al desierto, a un lago o a cualquier lugar que esté lo menos contaminado por esta mierda, me encuentro con la fantástica noticia de que la gente también lo dice, que ahora fingir desinterés por todo esto que estoy criticando es parte de lo que “la lleva”. Si hasta he visto que sacarle fotos a tus libros genera estatus, que el hashtag te lleva a fronteras impensadas, que el pseudo intelectual se ha proclamado mediante la vociferación de sus actividades culturales, cuando el silencio y el anonimato podrían perfectamente acompañar tales menesteres, pero no, es necesario mostrarlo, es necesario advertirle a la gente que uno es intelectualmente superior, que uno lee y que uno se interesa por tópicos de mucha mayor profundidad. Es un bucle infinito que se repite una y otra vez, las redes sociales, señoras y señores, nos han atrapado con su manto de exhibicionismo alterado. Esto es jugar con los lindes de la locura, y yo, personalmente, ya no sé qué hacer. Muchas gracias. ¿Alguna pregunta?

-En estos momentos usted es Trending Topic. ¿Le gustaría celebrarlo con una selfie con el público? Esto saldrá en nuestro Fanpage.

Entonces el conferencista pereció ante la decepción. O ante la apariencia. O ante la conjugación de ambas. La cosa es que pereció.

Harry Palta.

Un sueño con Hitler

Un sueño con Hitler

Soñé que era un jugador de fútbol. Soñé que era un jugador de fútbol y por alguna razón los nazis, que habían vuelto, o a los que yo había vuelto, me perseguían a pesar de que mi apariencia era la apariencia de un ario (era un jugador alemán de cabello rubio, mi antítesis). A muchos de los que eran perseguidos los torturaban brutalmente enfrente de Hitler, cuyo rostro era difuso, como si el miedo no fuese él sino la posibilidad de él. El que perseguía era un alemán que no hablaba alemán, cosa rara porque los alemanes siempre hablan alemán. El tipo en realidad era una persona que yo había conocido en algún momento de mi vida, una persona que por supuesto no era alemana pero que en el sueño cumplía ese papel. Aún así todavía no logro descifrar quién era, todo es parte de un gran enigma. Lo cierto es que estaba siendo perseguido por estos pseudo nazis en un barco caótico, un buque de guerra que tenía toboganes y habitaciones que eran como casas, y que tenía patios, árboles y pasto, mucho pasto. En un momento divisé a mi abuela ya fallecida que se lanzaba por los toboganes no sin antes pedirme ayuda para subir las pequeñas escalinatas de estos extrañísimos lugares. De pronto caigo al agua desde uno de los toboganes, un agua de mar sucia y contaminada con espumas de dudosa procedencia, de cuya oscuridad brotaban todos mis temores. Un balón de fútbol entra en escena y ya no soy perseguido y juego al fútbol entre containers y escaleras. Luego vuelvo a ser perseguido por el alemán que no habla alemán. Ahora estamos en un bosque y en él hay una cabaña, en cuyo subsuelo me escondo, pero es un subsuelo de maderas que me hacen ser descubierto de inmediato. Entonces el alemán me toma del brazo y con un alicate me asegura que me sacará un diente, todo esto a vista y paciencia de Hitler, un Hitler confuso y difícil de recordar, y de los otros torturados. El miedo, por supuesto, es dantesco pero determino que lo mejor es no luchar y ceder ante las sombrías intenciones del alemán, el cual me guiña un ojo y me saca el diente con rapidez, de manera quirúrgica e indolora, como si por alguna secreta razón estuviese conmigo, como si quisiese salvarme de algo mucho peor. Ahora, pensé, me va a matar. Entonces me levanto del suelo y entro a una habitación en la que está Hitler. Hitler parece ser un abuelo o un tipo que no parece tener intención de nada; es un Hitler indefenso, una versión aburrida del criminal de guerra, una consecuencia de las especulaciones más que el resultado de la ambición por el poder y la conquista, un tipo que no sabe por qué está ahí, existiendo precariamente, hijo de la demencia senil y el encarcelamiento post guerra. Pero aún así es Hitler, en mi sueño estoy en una habitación frente a Hitler. Todo es demasiado extraño, pienso. Este sueño es demasiado extraño, me vuelvo a decir. Y cuando tomo conciencia de que estoy soñando me despierto, desorientado y sin saber por qué los pseudo nazis me estaban persiguiendo a mí, un jugador de fútbol alemán. Será que la historia quiere vengarse con la historia, pienso antes de volver a quedarme dormido y soñar con otras cosas muy distintas.

Harry Palta.

Todos los hombres su destino

Todos los hombres su destino

Primero: Camino sin grandes ambiciones; camino orientándome por lo que agrade a mi vista, sin preocupación que interceda con la calma de mi andar; camino por una larga avenida llena de árboles que nos ocultan a los peatones de un sol cada vez más ingrato.

Segundo: Un camión de la basura interrumpe el tránsito por un lado, supongo que demora más de la cuenta, y los conductores de los autos que se acumulan rápidamente detrás de él hacen sonar sus bocinas con impaciencia.

Tercero: Me permito cesar por un instante mi caminata y observo el camión. El conductor no se inmuta con lo que ahora son gritos de los demás conductores; revisa su teléfono mientras los otros hombres vacían sobre el camión bolsas y bolsas de basura de un vecindario de apariencia afrancesada.

Cuarto: Sigo mi camino. Pronto dejo de escuchar las bocinas y me introduzco en un ambiente más ameno. Los árboles parecen multiplicarse a medida que avanzo, mientras que las personas se diluyen en sus destinos.

Quinto: Aparentemente estoy solo. La ciudad ha dejado de parecer ciudad; ya no hay edificios, ni calles, ni autos, ni personas. Los árboles se apoderan del territorio, el único ruido que acompaña mis pasos es el de las hojas ondulando por el viento.

Sexto: Todo es bosque. Mi camino ha dejado de ser recto y debo superar piedras, troncos y cadáveres.

Séptimo: Los árboles parecen estar perdiendo follaje hasta el punto de ser esqueletos abatidos por el tiempo y la desazón de un mundo.

Octavo: Me aproximo a lo que parece ser un acantilado flanqueado por troncos mutilados de color blanco, tal vez carbonizados a raíz de un fuego que acaba de extinguirse.

Noveno: Abajo, doscientos, trescientos, quizás quinientos metros, un mar furioso.

Décimo: Sólo espero que al caer, estas aguas me tengan misericordia.

Como ella

Como ella

La Laura ya no va a la universidad. Se queda en la casa acostada hasta las una, a veces no se levanta en todo el día, y ve televisión a duras penas porque se queda dormida todo el tiempo. Hace varios meses que está en lo mismo. Ha subido de peso. Unos diez kilos por lo menos. Ella dice que es mentira, pero una la ve y se le nota en la cara.

Sus programas favoritos son los de farándula. Mientras observa embobada la televisión, echándose a la boca una marraqueta con mantequilla y queso, comenta en soledad los hechos que van entregando los panelistas del programa, datos acompañados por música dramática con el propósito de desprestigiar a algún personaje curioso que la televisión chilena ha parido durante los últimos diez, quince años.

A la Laura le encanta la farándula pero le da vergüenza admitirlo. Por eso cuando la voy a ver se pone de mal humor porque tiene que pretender que no está interesada. Yo me doy cuenta, pero no le digo nada. Sólo trato de hacerle entender que ese estilo de vida, el de pasar echada en la cama, sin ducharse en días, sin ver el sol ni hablar con personas, es un estilo peligroso. Ella dice que sí, que cambiará, que irá a hablar a la universidad a ver si la vuelven a admitir, pero yo sé que me dice esas cosas para dejarme tranquila.

Hay semanas en las que no sé nada de Laura. Simplemente se desconecta del mundo, apaga el celular, no se mete a Facebook, y se encierra a comer y ver televisión. La última vez que la vi estaba super gorda. Me dio cosa decirle, yo creo que se hubiera sentido. Pero sé que algún día tendré que hacerlo, sino su vida tomará un rumbo irrevocable.

La imagino sudando entre las sábanas, con chocolate en la cara y en los dedos, hablando sola y mirando las increíbles estupideces de las que hablan los faranduleros. Acostada quizás hace cuánto tiempo, expeliendo hedores insostenibles para las visitas, demasiado perdida como para darse cuenta de su estado y llorar. Debería ir hacia allá y decirle, decirle todas estas cosas que estoy escribiendo ahora, pero tengo miedo que se enoje conmigo y yo me quede sola, y termine encerrada en mi casa viendo farándula todo el día, perdiendo la noción del tiempo, dejando pasar la vida entre el pijama, las sábanas y el televisor, como ella.

Castigo

Castigo

Por alguna razón imperdonable volví a la ciudad de mis inicios. Tomé un tren eterno, uno que parecía atravesar los continentes sin demasiadas ataduras, rozando las montañas y sus curvas, navegando cada gota de lluvia, aprovechando cada tempestad. Me bajé del tren en la estación central, cómo no iba a hacerlo así, y caminé sin dejar de mirar la cordillera. En eso estuve un par de horas, pero no me hagan caso, hace mucho que mi noción del tiempo está atrofiada, por lo que lo anteriormente dicho puede ser una equivocación. Seguí caminando, cada vez más entusiasmado, pero de pronto comencé a ver los barrios que yo frecuentaba. Lo supe por las calles, el olor del frío de una mañana de martes, los rostros que adiviné como conocidos, el orden irreconocible de los edificios y los autos. Y si bien sabía cómo llegar a mi destino, un destino que supongo era mi casa, me perdía, errando los caminos sin propósito alguno, como si de pronto la ciudad me estuviese tendiendo trampas obvias que yo no era capaz de sortear porque, por alguna razón imperdonable, parecía haber vuelto anticipadamente. Y por eso, la ciudad parecía estar castigándome.

De barrio alto

De barrio alto

El hombre se sienta sobre la banca de una plaza del barrio alto. Siente una arraigada repulsión contra todo lo que el barrio alto representa, sus habitantes, sus delimitaciones bruscamente diseñadas para evitar forasteros, el recelo con que se evitan otras realidades. El hombre observa a todos esos hombres de barrio alto con aspecto ejecutivo, curtidos y cegados por el privilegio, treintañeros de traje y corbata que caminan apresurados sosteniendo vasos de Starbucks, hablando por sus grotescos teléfonos, soslayando las diferencias. Bah, qué idiotas, piensa el hombre. Después de observarlos con cierta incomprensión, se levanta y se une a ellos, entra al edificio, ajusta el nudo de la corbata y entra a la sala de conferencias para la reunión con los clientes.

Aplausos, por favor

Aplausos, por favor

La señora Julia lleva varios años yendo a todos los programas que admitan público de su canal de televisión favorito. Temprano en la mañana arma más de veinte panes con jamón y queso, se sube a la micro y espera pacientemente hasta que la dejen entrar al set. A la señora Julia la saludan los auxiliares técnicos, las maquilladoras, los camarógrafos y, cuando tiene suerte, los animadores. Comparte los panes con las personas que se sientan cerca de ella; conversa con todos, les cuenta con orgullo su rutina diaria, que después del matinal corre hacia un set mucho más grande en donde se graba el programa de los domingos. Las señoras que la escuchan anuncian sorprendidas que no sabían que ese programa era grabado, que pensaban que era en vivo, y ella asiente con la cabeza derrochando conocimiento. Tras almorzar en uno de los patios del canal se prepara para el siguiente programa, el de las cuatro de la tarde, su favorito. Aplaude con fuerza, corea las canciones, se emociona con las sorpresas sospechosamente coincidentes, y a pesar de que sabe que todo lo que ve se trata de un show cuidadosamente diseñado, no deja que la lógica la gobierne durante su participación como espectadora. Luego, cuando las luces se apagan y es hora de irse, se despide de todos y toma la micro. Se baja una parada antes y en un almacén compra un cigarro, panes, jamón y queso. Camina fumando y espera a que den las 21:50. Saluda a Jorge o a Luis, dependiendo quién esté de guardia; deja lo comprado en Custodia, pasa por la revisión de seguridad, firma, y se adentra en la 104. Conversa con María, que ya no llora al despedirse de su hija, y después de rezar en silencio se duerme pensando en el fin de su condena, que se acerca a pasos agigantados, y que tanto le gustaría prolongar. Entonces ya es otro día, una voz que viene desde algún lugar del set pide aplausos, y la señora Julia que aplaude de pie.

 

La primera vez

La primera vez

Cuando entré a la habitación me puse muy nervioso. Tranquilo, es normal, me dijo. Tantos años esperando este momento, tantas películas, libros, testimonios escuchados, y ahí estaba, ad portas de mi primera vez. Hasta el momento no era como lo había imaginado. La habitación era grande, quizás demasiado, las paredes blancas y el techo también. Ropa interior en el suelo cerca del baño y un cenicero junto al velador llamaron mi atención. A medida que nos acercábamos a la cama el pecho se me apretaba y el aire comenzaba a faltarme, pero no me permití arruinar el momento. Las sábanas eran también blancas, de seda. Cuidadosamente movió el cubrecamas y la impresión me dejó sin habla. Tranquilo, volvió a decir, si te sientes incómodo puede esperar. Negué con la cabeza y luego de tomar aire comencé. Enfoqué y oprimí el obturador. Repetí el ejercicio diez veces más, por toda la habitación. De vuelta en el laboratorio no podía sacarme de la cabeza sus ojos, todavía abiertos, el anillo en la mano izquierda y la sangre seca como tatuada en el colchón. Tranquilo, me dijo, con el tiempo se pasa; la primera vez siempre es la más difícil.

Pareja en un café

Pareja en un café

En la ventanilla hay pegado con scotch un papel blanco con el dibujo hecho a carboncillo de la iglesia del pueblo. En la mesa hay una taza de té aún hirviendo y las gotas de lluvia todavía se pueden apreciar en el plástico del ramo de flores. La mujer mira hacia afuera mientras el hombre revuelve con la cuchara el té que parece destinado a no enfriar. El mesero, que notó desde el principio la tensión, espera un tiempo prudente para acercarse y preguntar si necesitan algo más. Los mira desde la barra como escondido detrás de la máquina de café y especula con las razones del evidente distanciamiento de la pareja.  La mujer se lleva las manos a la cara y leves estertores anuncian un llanto que debería desencadenarse demasiado pronto. El hombre sigue revolviendo el té, de vez en cuando sopla, no levanta la mirada. El mesero sabe que no es un buen momento para hacer la pregunta, pero el protocolo del café es estricto y el jefe lo supervisa cada vez que puede. Se acerca tratando de aparentar naturalidad, pregunta si necesitan algo más, la mujer sigue con las manos tapando su cara, el hombre masculla algo, quiere la cuenta, el mesero la trae. Todo seguirá igual. El hombre pagará, la mujer seguirá estando siempre a punto del llanto, el hombre no beberá su té, afuera la lluvia se hará cada vez más fuerte y las flores terminará siendo la cruel ironía del asunto.

Tres cuentos de aeropuerto

Tres cuentos de aeropuerto

Retraso 

A las 15:00 debían abordar. A las 15:15 anuncian que hay un retraso de entre 20 y 30 minutos. A las 16:00 personal de la aerolínea se disculpó por los altavoces ya que el avión se encontraba con problemas técnicos en la zona de la bodega, por lo que no había certeza sobre la hora de embarque y despegue. A las tres horas los pasajeros se dieron cuenta que esto no era el aeropuerto, sino el hospital, cuyo único doctor aún no llegaba desde su consulta privada, por lo cual la espera debía continuar. A veces la vida es confusa. Y rara. Confusa, rara e injusta.

Embarque 

Hay personas que tienen esa costumbre de situarse en la fila para embarcar cuando en realidad aún faltan quince, veinte minutos para que comience el proceso. Se apresuran y resguardan celosamente sus puestos, ofrecen miradas desconfiadas a todo el que se les acerque, sudan sosteniendo sus chaquetas y bolsos de mano, sintiéndose quizás mejores viajeros. No lo sé, los miro con detención pero no detecto verdaderas razones para esa prisa intranquila que los llevará a estar sentados antes, como aventajados sobre los demás.

Yo prefiero esperar a que todos se suban y escribir cosas como esta. 

De película 

Con el tiempo he estado desarrollando un leve temor a los aviones. Cada breve movimiento me sobresalta y pienso que es el fin, pero a penas vuelve la normalidad, me doy cuenta de lo estúpido que fui. Hasta que otro sacudón me alerta, y así hasta que aterrizamos. 

Hoy se sentó junto a mí una rubia de idioma y país distinto. Con miradas nos bastaba para comunicarnos. Si ella miraba hacia el pasillo, entonces quería salir. Si yo la miraba sonriente, le daba las gracias por pasarme una de las almohadas.  

En medio de la noche una turbulencia muy fuerte me hizo despertar de un incómodo sueño y entonces me aterré nuevamente. Cerré los ojos, estiré el cuello y mantuve la cabeza en alto, cuando de pronto sentí una mano posarse sobre la mía. Era la rubia de otro idioma y país. 

El miedo se disipó con el tacto y pronto creí real la posibilidad de vernos enfrascados en un amorío de aeropuerto. Al bajarnos del avión se encontró con el que presumo era su novio y tomados de la mano se despidieron de mi, como agradecidos de mi amabilidad por apoyarla en las turbulencias.  

Hollywood le ha hecho muy mal a mis expectativas.