El niño quiere ir al bar

El niño quiere ir al bar

Es el sector del barrio en el que se concentra el comercio. Desde supermercados hasta peluquerías, estación de metro, verdulerías, tabaquerías, tiendas de mascotas, bares, farmacias y pequeñas plazas. Son las doce del día y caminan por ese lugar el padre, la madre, el hijo y la hermana de la madre. El hijo es un regordete que lleva, al parecer obligado, una pelota en sus brazos y viste la camiseta del Madrid. Luce evidentemente molesto, al borde del berrinche y pregunta hacia dónde van, a pesar de que la respuesta es bastante obvia debido a los preparativos que hicieron en el piso y que incluyeron la pelota y la camiseta. La madre, que fuma un cigarro largo y delgado, le dice que al parque, y el padre, que se ríe con un meme que su mejor amigo le publicó en el muro de Facebook, dice que a jugar fútbol. Sin embargo el niño, que sabía muy bien dónde iban y que hizo la pregunta para iniciar su coartada, no quiere ir al parque. Joder, dice, que yo no quiero ir al parque. ¿Y dónde quieres ir? pregunta su tía con voz amable y sonriéndole. Quiero ir al bar le responde. ¿Al bar? Sí, dice, y vuelve a decir, esta vez con la voz a punto de quebrarse y desencadenar un llanto espantoso, un llanto de pataleta irremediable y tardía, quiero ir al bar y sentarme. Entonces los padres que se vuelven al hijo y lo miran extrañados. ¿Al bar? Sí, quiero ir al bar y que nos sentemos. Joder, hijo, ¿tú qué crees? ¿Que nos sobra la pasta? dice la madre con enojo, soltando una humareda que se pierde rápidamente. El padre, un poco más comprensivo, le dice que sabe cuánto le gusta ir al bar, pero que ir al bar es cosa de adultos, que cuando ellos van con él es en ocasiones especiales, que cuando él sea grande podrá ir con sus colegas a tomar cerveza, pero ahora irán al parque a jugar al fútbol, como tenían planeado.

El niño, que claramente está viendo frustrados sus intentos por ir a sentarse a comer las tapas que tanto le gustan y llenarse el estómago con dos coca colas, da rienda suelta a un llanto agudo, un llanto inoportuno, propio de un acostumbrado a que se le concedan todos sus tempranos caprichos, llanto que perfectamente puede haber sido preparado como último recurso para lograr su objetivo mediante la inevitable irritación de sus mayores. Joder, Pedro, ¿Que no te he dicho que no nos sobra la pasta? Iremos al parque y punto, y por favor no llores más que estás armando un escándalo, dice la madre mientras enciende otro de sus cigarros largos y delgados. No obstante el padre, entristecido o quizás avergonzado por las palabras de su señora, parece compadecerse del pequeño regordete y la aparta unos momentos para convencerla de ir al bar. Pero su señora no está contenta, discuten en susurros, él intenta mantener un volumen bajo, pero a ella no le importa que la escuchen. Luego de unos tensos momentos, durante los cuales la tía le secaba las lágrimas a su sobrino, el padre, con enorme sonrisa (la madre mosqueada sin decir nada) le dice a su hijo que irán al bar, y le revuelve el cabello. Se sientan en la terraza, los tres adultos piden cerveza y el regordete pide una coca cola y engulle las patatas bravas. El padre, que sigue revisando su Facebook, comenta el meme que su amigo le publicó en el muro, y todos parecen interesados, menos la madre, por supuesto, que enciende un nuevo cigarro y se levanta. De un zarpazo le quita el teléfono a su marido ante la mirada estupefacta de todos, se acerca hacia uno de los cristales del bar y saca una foto. Luego vuelve, se sienta y le entrega el teléfono de vuelta. Es la foto de un papel en el cual se lee: ¿En paro? Se busca camarero. 

Tres cuentos

Lo mismo de siempre

Todos los días me subo en la misma estación de metro, hago la misma combinación y luego me subo en el mismo tren. Me bajo en el mismo lugar, entro al mismo trabajo, corrijo los mismos documentos, almuerzo la misma ensalada y bebo de la misma botella que relleno desde la misma llave de agua. De vuelta a casa realizo el mismo trayecto de todos los días, abro la puerta de mi departamento, enciendo la radio, me asomo por el balcón, enciendo un cigarro y veo en el edifico de enfrente al mismo anciano sentado en su terraza esperando que pase la vida. A veces pienso que me estoy convirtiendo en él. Otras veces veo a un joven abatido que fuma mirándome después de haber tenido el mismo día de siempre. 

Libertad condicional

El camino a casa nunca fue mejor. Treinta y cinco grados a la sombra, una micro destartalada que parece desarmarse con cada breve movimiento en medio de ese taco de día viernes. Son casi tres horas de viaje sudoroso entre malolientes y malhumorados. Afuera el panorama no parece ser mejor para los transeúntes que caminan achacados por las temperaturas y las multitudes. Llega a casa y se funde en abrazos anhelados que se hacen eternos. Lo esperan con música, asado, cerveza y vino. La emoción se palpa en el aire y el hijo lo abraza siempre que tiene posibilidad. Su hermano, con lágrimas en los ojos, le dedica unas palabras mientras él mira a los presentes, conmovido por el agasajo. Agradece a todos y pide un salud por la buena conducta. Por la buena conducta, repiten. Y por el señor, agrega. Se miran confundidos unos a otros y repiten sin mucho ímpetu: y por el señor. 

Apariencias

Este es un joven de unos veintitantos que goza de una popularidad tremenda. Su lista de amigos crece día a día y se da incluso el lujo de rechazar a quienes no parecen merecedores de su amistad virtual. En la universidad todos lo saludan y él sonríe y a veces no se da por aludido. Constantemente está actualizando lo que pasa en su vida: el carrete del viernes, el carrete del sábado, las pastillas del viernes, las líneas del sábado, el after, las mujeres, el dinero, los autos. Así ha construido una imagen inquebrantable que se sostiene en la aprobación de los que admiran embobados su estilo de vida, un estilo de vida que se basa en la mantención de una apariencia que se condiga con el exceso de vanagloria que desparrama cada vez que habla.

Pero el que más cuenta es el que más esconde. 

Todos los días, cuando llega a casa después de una intensa vida social, le sube el volumen a los parlantes y practica su Fouetté en Tournant mientras la sinfonía nº 7 de Beethoven se apodera de cada rincón de la habitación. 

Espejo

Todas las noches, antes de acostarse, Robert abría su ventana y encendía un cigarro. Lo fumaba pacientemente viendo a los últimos hombres y mujeres pasear a sus perros. Observaba las terrazas del edificio de más allá, las ventanas generalmente cerradas y las siluetas moverse a través de las habitaciones cuyos murmullos transcurrían sobre el silencio como hormigas desorientadas. Echaba el humo que se hundía en la noche según la vehemencia del viento, siempre viéndolo escapar y repartirse por el aire hasta desaparecer.

Parecía que las personas rehuían de las ventanas porque nunca se dejaban ver completamente, siempre escondidas detrás de cortinas u oscuridades que a esas horas, cuando la noche ya era definitiva, eran lógicas, acaso demasiado tarde para encontrarse en la distancia de los edificios. 

Sin embargo una noche, tras encender el cigarro correspondiente y buscar en la callecita el rastro de algún peatón tardío, se dio cuenta que en el edificio de enfrente había una ventana abierta desde la cual una mujer se erigía en medio de la oscuridad de su habitación. De inmediato Robert se detuvo en la mujer que parecía petrificada en una quietud inexorable bajo una sombra viciada por la soledad. 

A lo largo de su cigarro la mujer no se movió, o al menos eso pensó Robert, que intentaba variar la mirada, pero inevitablemente volvía siempre a ella. Cuando acabó el cigarro esperó alguna reacción, mas nada ocurrió y cerró su ventana y se acostó a dormir. 

La siguiente noche y como todas las noches abrió la ventana y encendió el cigarro y no tardó en darse cuenta que la mujer nuevamente le hacía compañía, una compañía, por cierto, distante y difícil de interpretar. Esta vez no quitó la vista de ella, que tampoco hizo amagos por derrotar su acostumbrado sosiego. 

A partir de ese momento todos los días esperaba ansioso el último cigarro de la noche para enfrentarse a su enigmática acompañante, esperando secretamente algún movimiento o indicio. A veces imaginaba que la mujer era una estudiante de finanzas y otras veces que era la enfermera de un anciano moribundo. 

Una vez incluso la saludó moviendo las manos, silbando suavemente, pero no encontró respuesta. A medida que pasaban las noches la inquietud se hacía más evidente hasta el punto de no poder pegar un ojo, desvelándose toda la noche, abriendo nuevamente la ventana a horas irrisorias, confirmando con desgarrado asombro cómo la mujer permanecía inmóvil. 

Los días de Robert comenzaron a ser días rotos en los que abundaban conjeturas inconclusas sobre la mujer que sólo bullía de noche, que parecía esperarlo a él como el espejo que adolece de sórdidas verdades y al que bastaba enfrentar para descubrir que el polvo que lo cubría estaba hecho de fragmentos derruidos por la desmesura de una vida carente de preguntas correctas. 

Sus cigarros nocturnos estaban acompañados de miedo, y el que antes era el último ahora era uno más de muchos que se quemarían sucesivamente a lo largo de noches insomnes adornadas por esa presencia maldita. 

El dormir se hizo quimera y su vida evidenciaba la falta de sueño. El cansancio era inherente, perdió el trabajo, dejó de comer, lloraba mientras fumaba pero luego ya no le quedaban energías y sólo observaba a la mujer con resignación, preguntándose con dificultades la razón de sus exasperantes apariciones. 

En una ocasión Robert abrió la ventana y se dispuso a fumar el tercer cigarro de la noche. La mujer seguía sumida en sus usanzas, cuando de pronto una serie de delicados movimientos quebraron la oscura costumbre que los separaba, desapareciendo increíblemente ante sus ojos en medio de la oscuridad de su habitación. 

Asombrado por el inusual suceso soltó el cigarro que cayó al vacío en un vaivén veloz y sostenido. Refregó sus ojos, buscó sus lentes y observó nuevamente para confirmar el hecho de que la mujer se había movido, que el espejo se había roto y ya no quedaban más fragmentos a la vista. 

Encendió otro cigarro que fumó trémulo y con expectación, preparándose para una nueva aparición de la mujer. Sin embargo, acabado el cigarro, la soledad era absoluta y así también el cansancio. Esperó quince minutos, aunque podrían haber sido horas, ya nada parecía regirse por cierta lógica, cerró la ventana, pensó por última vez en la mujer, y se quedó dormido. 

Teléfono

Diego hurga en sus bolsillos, en todos los bolsillos de toda la ropa que lleva encima, pero no encuentra el teléfono. Diego se esconde en uno de los probadores para que la gente no viera su cara desesperada, para que no sepan su vergüenza. Se desnuda por completo, revisa meticulosamente cada uno de los bolsillos, primero el pantalón, luego la chaqueta, pero nada, ningún indicio de su Iphone 6. 

Se viste rápido y se dirige a la caja en donde una señora cincuentona juega con el celular. 

-Disculpe. Señora, disculpe, ¿no habrá visto por casualidad o le habrán dejado un teléfono, un Iphone 6? Es que se me perdió y no sé dónde lo dejé.

-Pregúntele a los guardias, mijito, acá no ha llegado nada. 

Pero el guardia no sabía nada, mas Diego no se conforma y le pide que pregunte, que le pregunte por radio a sus colegas de los otros pisos, que por favor, que es muy importante para él recuperar su teléfono, que tiene información muy valiosa, que de por sí el teléfono ya es valioso, que se encalilló por un año y que le costó mucha plata, plata que no tiene. 

Sin embargo los presuntos esfuerzos del guardia no dan sus frutos y Diego camina rápido por los pasillos de la tienda, intentando visualizar los pasos que fue dando como desorientado mientras buscaba los short de fútbol que le faltaban para la pichanga del domingo, pero todo parece inútil. Las cámaras de seguridad no registraron en ningún momento a Diego sacando el teléfono, y al llamar nadie contestaba al otro lado. 

La idea de aceptar el destino inequívoco de su teléfono comenzaba a parecer lo más sensato. Volvió a casa apesadumbrado, sin entender cómo es que había sido tan descuidado sabiendo el valor, sabiendo que en los papeles el teléfono estaba lejos de ser suyo. 

Se preparó una tasa de té y prendió el televisor. Encendió el computador y avisó por Facebook que estaba sin teléfono, que cualquier cosa lo contactaran por ese medio. En la tele daban la repetición de la final de la Copa América. Miró por la ventana hacia el parque de enfrente, vio como un grupo de niños jugaba a la pelota. 

Y cuando estaba a punto de quedarse dormido, el sonido lejano de su ringtone. Una sensación súbita de adrenalina le subió por el pecho hasta la cabeza y corrió hacia donde el sonido lo guiaba. Ahí estaba, bajo una de sus almohadas, incólume, en perfectas condiciones. Lo besó, saltó de alegría y para conmemorar el momento alzó el brazo para la selfie correspondiente, pero en la brusquedad de sus emociones y movimientos, soltó el teléfono que cayó seco sobre el suelo, quebrándose la pantalla, quebrándose su estúpida felicidad de objetos y apariencias. 

Sala de espera

Raquel me mira de reojo y piensa que yo no me entero. Raquel me mira tocándose las manos, repasando con su dedo índice la palma de su otra mano, mordiéndose el labio, disimulando entre el tedio de la espera una observación azarosa. Me mira sentada desde el otro lado, moviendo los dedos de sus pies, separándolos y luego volviéndolos a sus posiciones. Me mira y piensa que yo no me entero.

Se toca el pelo, lo revisa como buscando alguna respuesta, como si ahí viviera alguna respuesta.  Mira la humedad del techo y espera que yo desvíe la mirada a la ventana, o al televisor. No me doy por aludido y continúo en lo mío, en la misma espera que nos une. Miro a veces hacia su sector, a ver si tropieza con mi juego, mas soslaya mis movimientos. 

Cuando se levanta la señora de un poco más allá, quedamos solo yo y Raquel en la sala de espera. La dinámica queda en evidencia y se condice con esa tensión que nos ocurre a los que imaginamos demasiado.

A esas alturas ya nos sabemos de memoria. Sé sobre su cabello negro que amarrado descansa sobre uno de sus hombros. Sé sobre sus manos largas y delgadas, sobre su blusita blanca, sobre sus ojos negros y hondos. Ella sabrá de mi pelo desordenado, de mi prominente nariz y el tatuaje que llevo en una pantorrilla. Sabrá de mi seriedad irrevocable.

Entonces nuestras miradas se encuentran en un breve instante que fulmina las diplomacias. Me observan sus ojos desde lo recóndito de sus carices, los observan los míos, ávidos de presuntas determinaciones. Nos sonreímos en tregua flagrante y cuando el diálogo es inminente, la señora detrás del mostrador dice que es el turno de la señorita Raquel, que se levanta y se lleva consigo los fugaces albores de este idilio que ahora es la soledad de su nombre rondando mis pensamientos y el olvido al que perteneceré por no haber sido mi turno el siguiente. 

La canción del caballo

 A Rodrigo, por, entre muchas cosas, el Hip Hop.

Fue un tío. Venía llegando de Nueva York, algún día de 1991. Vivíamos en La Serena y yo había nacido durante uno de esos días. Él se quedó a vivir con nosotros. 

Influenciado por su vida norteamericana y habiendo presenciado una época privilegiada del Hip Hop, trajo consigo vivencias y, por supuesto, música. Rap. 

De aquellos días de brisa marina y pasos torpes recuerdo vagamente. Recuerdo a mis padres siendo tan jóvenes llevándome a La Recova o al Valle del Elqui, hospedándonos en la Hostería de Vicuña o caminando por una avenida del mar desolada.

Días en los que mi tío, de figura larguísima y delgada, siendo aún un joven de dieciocho o diecinueve años, jugaba conmigo con paciencia envidiable, haciéndome protagonizar videos caseros con actuaciones delirantes interpretando algún cuento infantil o alguna película de esos tiempos. 

Recuerdo una navidad en la que desapareció misteriosamente. Recuerdo que luego llegaría disfrazado de viejo pascuero, y yo lo miraría incrédulo, aún no convencido del todo, sin saber por qué el señor de los regalos tenía rasgos tan parecidos a los de mi tío. Terminaría abrazándolo y contándole lo bien que me había comportado ese año.

Y en esa ingenuidad de niño chico, cuando era un poco más grande, recuerdo entre otras cosas la música que traía en cassettes y que escuchábamos a todo volumen cuando mis papás no estaban, para así no darme cuenta de sus ausencias y despertar un llanto automático, de llorón profesional.

Música que con el tiempo se fue amigando con mis oídos como canción de cuna inapropiada, hasta el punto de querer repetirla una y otra vez, con esa incansable necesidad infante y carente de aburrimiento que me permitía escuchar o ver las mismas cosas en repetición continua. 

Sin saberlo y la verdad sin recordarlo, creció en mí un inusual fanatismo por una canción en particular, la que pedía que sonara en todo momento. Caló hondo en mis ínfimos adentros, haciéndose parte de mi ritual de todas las tardes el tener que escucharla incesante, disfrutándola sin entenderla, desconociendo el devenir por el que me conduciría. 

Apoyado en una pequeña mesita de centro me estremecía al ritmo de los bombos y las cajas con un desparpajo que hoy carezco, cultivando la devoción de estos días, cuyos comienzos fueron en aquellos tiempos, en aquella canción. 

Era Insane in the Brain, de Cypress Hill. O como a mí me gustaba llamarla, la canción del caballo.