Mala vista

Mala vista

No tenía por dónde salir con buena vista. Tanto mi mamá como mi papá usan anteojos y también sus padres y sus madres fueron miopes y de seguro, si tuviéramos registros médicos, sus respectivos progenitores padecieron de miradas defectuosas. Puedo decir sin miedo a la exageración que no ver es una condición que llevo en la sangre y por supuesto en los ojos. Somos la familia que no ve; los miopes, los cortos de vista, los cuatro ojos, los ciegos. Y como tal, hemos adoptado esa realidad y la hemos hecho nuestra con desgano, siendo portadores de los más espantosos lentes poto de botella. No exagero, entonces, cuando digo que no tenía por dónde salir con buena vista. De hecho, tengo la peor de toda mi familia. Logré sobrepasar la ya inhabilitante miopía de mi padre y conseguí un registro histórico que ni mis más lejanos familiares hubiesen soñado. Me lo dijo el doctor Gutierrez con voz rasposa:

-Ojo izquierdo: 4,75. Ojo derecho: 5,25. Vamos de mal en peor, cabrito.

Me llamó mucho la atención que me dijera cabrito, cuando bajo cualquier perspectiva yo dejé de ser un cabrito hace mucho tiempo aunque supongo que su longevidad (excesiva, por lo demás) le permite referirse a casi todo el mundo como cabrito. Que me haya dicho que voy de mal en peor me dieron ganas de decirle que era un viejo culiao, pero luego me acordé de ese bisabuelo miope que no conocí y concluí que la desafortunada frase era en realidad un hecho de la causa que debía asimilar como mi destino y que el verdadero viejo culiao era mi bisabuelo y toda esa gente antigua y piti que lo único que hizo fue heredarme unos ojos inservibles color barro.

Si me preguntaran qué es la miopía yo diría que es un número que cambia. Es un número al que no alcanzamos a acostumbrarnos porque siempre crece. Y si bien debería llegar un punto en el que ese crecimiento se detenga, hasta ese entonces la miopía era un número que seguía creciendo y que dados los recientes resultados obtenidos se asemejaba más al promedio de notas que tuve en primero medio en matemáticas y biología que a un diagnóstico médico. La miopía es un número al que no nos acostumbramos nunca porque nos deja huérfanos todos los años; una especie de padrastro que aparece un año y luego desaparece, dando paso a otro mucho peor. La miopía es un desfile de malos padrastros.

En algún momento no fui miope. O al menos ignoré que lo era. Una época desmesurada en la que el no ver bien era un rumor de adultos que entre otras cosas inverosímiles aseguraban que el viejo pascuero no existía. Vivía en un mundo amortiguado por la ingenuidad de la infancia y la protección de mis padres, que ocultaron todo lo que pudieron mi condición sanguínea, la cual ellos mismos me habían heredado, hasta que los dolores de cabeza y los torpes tropiezos en escaleras del colegio, casas de familiares, iglesias y estadios los obligaron a llevarme al oculista. Aquella visita arrojó una miopía que galopaba desenfrenada hacia un futuro desdibujado.

La vanidad nació en mí el día en que el oftalmólogo, que no era el doctor Gutierrez sino el doctor Mulvany, oficializó mi mala vista y recetó lentes ópticos. Por primera vez me importó la percepción que tendría el resto sobre mí y la sola idea de imaginarme usando lentes me dio pavor. Había crecido con la noción profana de que el que usa lentes es nerd o se ve feo e inmediatamente un augurio diáfano se posó sobre mí: “me voy a ver como el pico”, frase cuyo doble significado era cruel y que tenía que ver (oh, la ironía) con verme por primera vez en alta definición y darme cuenta que efectivamente me veía como el pico. Yo ya era más o menos feo y bastante nerd por lo que usar lentes era sepultar toda posibilidad de algún día lucir bien y crecer con una autoestima sin cicatrices profundas. Pero después de ver bien por primera vez en la vida no hay vuelta atrás. El doctor Mulvany posó un cristal 0,75 y un 1,25 en mi ojo derecho e izquierdo respectivamente y de pronto su fría consulta se definió ante mí y mis padres lucían distintos, como dibujados o salidos de una fotografía de estudio con posterior retoque en photoshop, y todo pareció hacer sentido. Años viendo mal, siendo incapaz de apreciar el mundo en su verdadera dimensión. La sola idea de volver a ver mal me parecía aborrecible y necesitaba perpetuar esa nueva capacidad. Me imaginaba en un concurso de talentos en el que me preguntaban qué era lo que me hacía talentoso y yo respondía feliz que mi talento era ver bien, ver perfectamente bien. Entonces comenzaba una lectura de diminutos letreros posados lo más lejos posible, lo cual era correspondido con rabiosos aplausos de pie de todo el público. Definitivamente no podía volver a ver mal. Me sentía un drogadicto, un heroinómano que necesitaba la droga de nuevo porque los treinta segundos de buena vista habían sido maravillosos pero insuficientes para saciar años de ignorancia. El doctor Mulvany era el narco y los lentes eran la heroína.

Sin embargo la recién nacida vanidad era muy grande y un llanto confuso provocado por una latente inseguridad obligó a mis padres a hacer un esfuerzo económico y comprarme unos lentes especiales para niños llorones como yo, cuya característica principal era que no tenían marco, cosa que en mi ingenuidad era la respuesta a todas mis tribulaciones. Pero la creencia de que mis nuevos anteojos pasarían desapercibidos a la vista del que ve bien se vio derrumbada cuando la señora Graciela, nuestra vecina, me vio desde la reja de mi casa (que se encontraba a unos siete metros de distancia) y gritó con ese orgullo no correspondido, porque creo sinceramente que el orgullo ajeno se limita al núcleo familiar o a gente con la que compartes un vínculo mucho más fuerte que una pared pareada, “¡ay que lindo mi niño con sus lentes!”.

Resignado pero aún en negación, el primer día que fui al colegio como oficial miope estuve prácticamente todo el día sin usar mis flamantes lentes ópticos. Hasta que en la clase de la profesora Marcela me fue imposible leer el texto que proyectó para que leyera en voz alta, por lo que enfrenté con rostro enrojecido las risitas de burla de mis compañeros que veían como resignado sacaba de mi mochila un estuche desde el cual aparecieron mis anteojos sin marco que me entregaron visión absoluta. Al sonar la campana para ir al recreo se me acercó la Javiera, que me gustaba un poco, y dijo que me veía bien con lentes, lo que me reconcilió con mi nuevo aspecto y desde entonces la vergüenza de usar lentes se disipó, no así el enamoramiento por la Javiera, el cual creció tal cual crecía mi miopía y me condujo a una inevitable decepción amorosa, la primera de mi vida.

Cuando usar lentes dejó de ser tema surgió un problema mayúsculo asociado a su delicadeza. Jugar a la pelota era poner en riesgo la integridad de mis anteojos, los cuales a esas alturas eran indispensables en mi diario vivir, sobre todo después que el doctor Ibáñez me recetara nuevos cristales y confirmara mi absoluta dependencia a la ayuda óptica. Los lentes de contacto aparecieron en el horizonte como solución al constante peligro de quedar enceguecido por un pelotazo furibundo.

El doctor Ibáñez -no tengo idea cuál es la razón de mi infidelidad patógena con los oftalmólogos, con los que nunca tuve más de una consulta- me recetó lentes de contacto blandos de la marca PureVision, los cuales debía sacarme todos los días antes de acostarme y reemplazar cada dos semanas. Me indicó que si en Rotter & Krauss anunciaba que él me había referido, recibiría un 25% de descuento. Así que con mi nueva receta de 2,25 en ojo izquierdo y 2,75 en ojo derecho, solicité mis primeros lentes de contacto.

Mientras esperaba a que un señor de barba talibana ingresara mis datos en el sistema, pensé en Edgar Davids el talentoso volante Holandés que destacaba no solo por su juego sino también por usar anteojos protectores, los cuales me hubieran venido de maravilla, a pesar de que su objetivo era proteger ojos y no lentes.

Entré a una especie de consulta voyerista, en la que las paredes eran de vidrio y todo el mundo podía ver lo que sucedía adentro. Me recibió un joven contactólogo de nombre Juan que tenía en la cara más espinillas que años en la tierra y que luego de preguntar mi edad, en qué curso iba, de qué equipo era y darme algunas instrucciones, procedió a intentar ponerme los lentes de contacto. El temblor en sus manos sumado a mi parpadeo por instinto impidió que el primer acercamiento fuera fructífero. Tras una risa nerviosa intentó nuevamente pero la falta de costumbre a que un dedo ajeno se pose sobre mi globo ocular provocó que todos los intentos culminaran en un sonado fracaso. La frustración de Juan era evidente y por un momento creí estar a punto de presenciar una explosión en la que me mandaba a la conchademimadre pero se contuvo y ese mismo ímpetu lo utilizó para llamar a su compañero Carlos, un colombiano que parecía mucho más preparado que el imberbe Juanito.

Carlos procedió a agarrar mis párpados mientras el espinilludo Juan intentaban con su mano izquierda posar sobre mi ojo de la manera más profesional y gentil posible ese lente de contacto rebelde. La obstinación de mis ojos y mis párpados era imposible de controlar y a pesar de que me decían “relájate, no te preocupes, relájateeeee” el lente no era capaz de entrar. Después de varios intentos ambos contactólogos se miraron, como sopesando la posibilidad de ahogarme con una almohada, y salieron resignados de la habitación. Juan, que estaba furioso, dijo “espérate ahí”.

Pasaron algunos minutos de incertidumbre en los que pensé seriamente en abandonar la misión. Jugar a la pelota con mis lentes ópticos no parecía tan mala idea e incluso, retirarme del fútbol de manera prematura debido a dificultades en la visión parecía una historia de la que en el futuro podría obtener réditos económicos y hacerme lindo porque toda la gente que tiene plata es linda o al menos puede pagar para serlo.

De pronto apareció en la consulta voyerista un caballero antiguo vestido con un impecable delantal blanco, cuya apariencia era la de un hombre que ha vivido demasiado como para estar perdiendo el tiempo -seguramente su último tiempo- en un centro óptico. Había en su aspecto algo inquietante, un aire a criminal de guerra o a cazador de nazis con demencia senil. Cualquiera haya sido el caso, ambas opciones me aterraban y la sola idea de sus manos acercándose a mis ojos me hicieron querer escapar, pero callé y recé quizás por primera vez en serio en toda mi vida. El caballero se lavó las manos en silencio y luego se acercó.

-Hola, muchacho ¿cómo estás?
-Bien
-Me contaron los chiquillos que te les fuiste en collera. Mira, la cosa es bien simple, tu vas a mirar hacia arriba y a imaginar que estás en el caribe y eso va a ser como cerrar los ojos sin cerrarlos, pero vas a imaginar que estás en un lugar mucho más agradable que aquí y quizás estás en la playa con la chiquilla que te gusta porque imagino que en el colegio te gusta alguien, sino no tendría explicación alguna que estés probando lentes de contacto.
-No, es para jugar a la pelota.
-Ah, bueno, pero al menos ahora vas a jugar a la pelota y la niña te va a pescar. Estos lentes son una maravilla, te hacen ver mejor.

Te hacen ver mejor. Buen slogan, pensé. Luego pensé en la Javiera y la imaginé mirándome mientras juego a la pelota y meto un golazo al ángulo. Efectivamente ese pensamiento fue como cerrar los ojos porque de pronto, y como si nada, el mundo se presentó ante mí como un cuadro hermoso e interminable, mucho más cercano que el que yo había experimentado toda mi vida. Sin darme cuenta el caballero antiguo hizo lo que esos inexpertos y espinilludos contactólogos no pudieron. Ah, la experiencia. Mi cara de asombro era inmensa y el experimentado hombre se reía y hablaba del milagro de los lentes de contacto, de la experiencia religiosa que era ver todo el rango visual por primera vez con total nitidez aunque yo no dejaba de pensar en su efectiva técnica distractora. Al acercarse a darme unas últimas recomendaciones pude ver su nombre escrito en el delantal: Hugo Krauss.

Medio mareado por lo sucedido y por la falta de costumbre a ver perfecto -curioso que la perfección exija un periodo de acostumbramiento- salí como dando tumbos y calculando mal las distancias. Mi papá tiró una talla que no recuerdo y se rió de ella todo el camino de vuelta a la casa.

El hecho de usar lentes de contacto no me hace, por supuesto, un ex miope. Al contrario, soy un miope consciente que no le hace el quite a los lentes ópticos y al que le aterra quedarse dormido con los lentes de contacto puestos porque ha escuchado demasiadas historias de gente que se ha arrancado la córnea debido al exceso de noches dormidas con buena vista. ¿Se ven mejor los sueños con lentes de contacto puestos? No importa pues ese abuso tatúa el lente de contacto en el globo ocular y sacarlo se hace una verdadera tortura, un peligro terrible que puede desembocar en el peor de los estados. Podríamos decir que de tanto ver bien podemos quedar ciegos. Acudí al oculista con estas tribulaciones en mi cabeza.

El doctor Gutierrez fue el primer oftalmólogo con el que me repetí el plato. Se lo hice saber cuando aparecí en su consulta un año después de haber roto el récord familiar de miopía, pero mi noticia no le importó en lo absoluto. En vez de eso apuró los exámenes visuales; leí pésimamente las letras, me ocupé de la casita en la pradera e imaginé mi nuevo número, un número eterno, el pi de la miopía, el cual memorizaba hasta el hartazgo y lo repetía en carretes, en las noticias, y se transformaba en mi epitafio. Sin embargo el doctor Gutierrez anunció sin ningún tipo de solemnidad que durante el año que había pasado mis números se habían mantenido. Por primera vez en mi vida la miopía se había estancado y parecía haber llegado a una especie de fin de camino.

-¿Sabes lo que esto significa, muchacho?- dijo el doctor Gutierrez ahora sí con tono solemne y misterioso.
-No, doctor.
-Que puedes operarte.

La operación láser podía acabar por fin con siglos de mala vista. Me imaginé siendo el primer miembro de la familia con visión perfecta. El primer miope rehabilitado.

Luego de hacerme los exámenes correspondientes el doctor Gutierrez confirmó que era apto para la operación por lo que sólo bastaba agendar una hora con su colega el doctor Álvarez, cosa que nunca hice. Sin quererlo me adueñé de esa miopía quieta, que por fin dejó de galopar y que marcó 4,75 y 5,25 como puntuación definitiva. El primer padrastro que no piensa abandonarme pero al que yo puedo borrar para siempre. Sentí poder. Soy miope, pensé; un miope profesional, y puedo dejar de serlo cuando quiera. Y eso, en el fondo, es lo mismo que ver bien. Soy miope y a la vez veo bien. Veo bien aunque siga teniendo mala vista.

No puedo querer ser nada

No puedo querer ser nada

Como todos los días doy saltos en pie
a buscar melodías por la calle, así es
junto a nadie soy todos, solo en tu compañía
sin saber “como”, estoy triste de alegría
Mantoi – IZ de Tristeza

Uno

A pesar de no tener claro cuál era realmente su nombre completo, Mente Sabia era mi grupo de rap favorito. Estoy casi seguro que Mente Sabia Crú era el nombre más aceptado por los fanáticos, pero de vez en cuando me topaba con un Mente Sabia Crew, lo cual parecía posible pero demasiado anglosajón ya que, a mi parecer, Mente Sabia era un grupo que se distanciaba de lo gringo, por lo que ese nombre parecía una contradicción o al menos un error. Mente Sabia Criu o incluso Mente Sabia Krew fueron otros nombres que me encontré bajando canciones en el Ares, pero que eran totalmente inverosímiles. Hubo un periodo en el que el grupo era lógicamente Mente Sabia Crew, opción que fue reforzada por un comentario del Pancho Proz que leí en Facebook y el cual hacía alusión en tono burlesco al afiche promocional de una tocata a la que yo iba a ir y que mencionaba al grupo Mente Sabia Crú. “Mente Sabia CRÚ jajaja” escribió, resaltando el CRÚ, lo que me hizo pensar que obviamente la gente que hizo el afiche se había equivocado rotundamente pero que ellos eran ese tipo de artistas a los que errores como aquél les divertía. Esa noche, me acuerdo, me acosté pensando en eso. Y justo cuando estaba a punto de quedarme dormido pensé que quizás era una talla interna del grupo, por lo que decidí cortar por lo sano: de ahora en adelante el grupo, mi grupo favorito, se llamaría Mente Sabia. Sin apellido.

Ese fin de año lanzaron el Bitacore con una salvedad no menos importante: el Bene, ex Cuarto Universo, participaba en el disco. Y si bien en varios foros se mencionaba este acontecimiento como una colaboración, el tiempo (y quizás el grupo) disipó las dudas y confirmó que Dr. Bene era el flamante nuevo fichaje de la Mente Sabia. Recuerdo el revuelo y a los fanáticos celebrando. “Esto se compara con el fichaje de Cristiano Ronaldo con el Real Madrid” leí en un tema de conversación de un foro. Y si bien la sentencia era cómica y exagerada (huevearon tanto al autor que incluso borró su perfil), el tiempo le dio la razón al aventurado forero cuya frase, por desmedida y ridícula que haya podido sonar, envejeció correctamente y hoy podríamos afirmar sin demasiada vergüenza que, efectivamente, el fichaje del Bene con Mente Sabia era como el de Ronaldo con el Real Madrid, ocurrido solo unos meses antes.

Pasé todo ese verano escuchando el Bitacore en mi mp4 chino junto con otros discos de la época, como lo eran el Entre Lo Habitual y Lo Desconocido, La Leyenda del Dragón,  Soldados del Guetto, Respira, Nosecuenta, Poblacional, Looplife, Cómplice del Beat y el No Me Olvides Tan Pronto, entre muchos otros. La canción promocional del Planeta Rock 2010 junto con temas inéditos y sueltos que uno encontraba buceando en internet se apilaban en la carpeta de descargas y conformaron el soundtrack del verano en el que entré a la universidad.

Dos

Estudiar periodismo fue una decisión que tomé cuando era muy chico. Quizás fue una idea propia o tal vez fue una idea implantada por mis padres ante la embobada fascinación que sentían por unos textos delirantes y mal escritos que yo les entregaba de vez en cuando y que ellos consideraban prueba inequívoca de que mi futuro estaba ligado al periodismo. No me bastó con despistarlos con ficciones mal escritas cuya ortografía era una vergüenza, sino que al poco tiempo comencé a escribir semanalmente un boletín noticiario llamado El MercuSchneider que retrataba el acontecer familiar desde la mirada de su único reportero.

Los escritos en clave noticiosa tuvieron amplia aceptación familiar, lo que causó una alta demanda de ejemplares. Ante el creciente interés de tías y abuelas, decidí que El MercuSchneider costaría quinientos pesos, con la diferencia respecto de sus primeras versiones, que este tendría títulos escritos en WordArt, entrevistas (que en realidad eran cuñas inventadas por mí, en una falta de rigor periodístico tremenda) y sería impreso a color. Incluso, haciendo gala de un incipiente gen comerciante que desapareció no mucho tiempo después, logré vender mis ediciones del MercuSchneider a 1.500 pesos debido a que, además de un mejor diseño, el diario familiar sería acompañado por un CD con las canciones más populares del momento.

Años atrás, incluso antes del primer ejemplar de aquel extinto emprendimiento periodístico, publiqué una única edición de mi Libro Guinness de Los Récords, el cual, podría decirse, era también un libro de Guinness familiar. En este caso no lo nombré el Libro de Récords Schneider o algo parecido; esta vez simplemente plagié el popular libro de origen británico, sin asco alguno. Nuevamente, con la audacia de los imberbes, inventé récords que además de falsos, eran imposibles de medir, como la mujer más religiosa del mundo, la señora Alicia Álvarez, una clara referencia a mi abuela, ferviente feligrés de la Iglesia Católica, a quién aludí indirectamente utilizando su segundo nombre y apellido materno.

Mis incursiones en la publicación de textos, ya sea de ficción, periodísticos o de referencia, hacían evidente que mi camino estaba ligado al mundo de las letras. Por supuesto yo en ese entonces no tenía idea qué significaba el periodismo ni era capaz de dimensionar que mis expresiones escritas pertenecían a esa forma de comunicación. Sólo sé que en algún momento, tal vez porque lo escuché en un asado, la idea de que yo debía estudiar periodismo apareció en mi cabeza sin origen aparente. Desde ese entonces, un entonces imposible de determinar con claridad, que el periodismo se transformó en mi destino inexorable.

Tres

En El Breda siempre había palomitas de maíz muy saladas o unas masitas color sopaipilla con excesiva sal, las cuales daban mucha sed y que, según el Jaime, ponían para fomentar el consumo de cerveza. No había que ser un genio para intuir aquella estrategia de venta pero le encantaba decirlo cada vez que nos sentábamos con nuestra Escudo de litro en una de esas mesas ralladas, pasadas a cerveza, meado y vómito.

Al Jaime lo conocí el mismo día que conocí al Breda. Me habían suspendido la clase del ramo electivo que tenía ese jueves en la tarde y varios compañeros decidieron unirse a otros en El Breda para tomarnos unas cervezas. Cuando llegamos al segundo piso nos recibieron los alaridos de muchos compañeros a los que veía siempre en clases pero con los que nunca había interactuado. Estaban todos hechos mierda, sentados en una larga hilera de mesas cojas que abarcaba casi todo un salón. Me sentí incómodo al tiro porque además de no conocer a nadie, no había espacio para mí. Hasta que el Jaime levantó el brazo y me acercó un piso que había atrás de él. Esa tarde nos curamos como pico y vomité afuera del metro Los Héroes.

Además de gustarle grupos medios indie que yo no cachaba y ser una persona con bastante más conocimiento musical que yo, el Jaime también escuchaba rap y me apañaba a mí que casi lo único que escuchaba era rap chileno, con la excepción del disco Greatest Hits de The Doors, el cual escuchábamos en mi auto de vuelta de la u cuando me daba lata ir en metro hasta Los Héroes. Había un par de cabros que también escuchaban rap, pero eran de esos que en realidad les gustaba el reggaetón y el rap era más una pose para jotearse minas que un sentimiento real como el mío, que por ese entonces me desvivía por él.

El Jaime era un buen alumno, que no se echaba ramos, estudiaba a veces y le iba relativamente bien. Antes de conocerlo yo ya me había echado algunos ramos y no tenía intención de cambiar esa tendencia, pero una vez nos hicimos amigos se me hizo urgente seguir su ritmo ya que de no ser así, me iría quedando atrás y las ventanas las pasaría solo, fumando pito en ese patio cuadrado en el que abundaba el cemento.

Cuatro

Había salido el disco For Life de los Liricistas y estaban dejando la patá. El Benjamic también estudiaba periodismo y un par de veces nos fumamos un pito con él en vez de ir a Historia con el profesor más cabrón de la facultad. No queríamos parecer chupapicos así que no le preguntábamos sobre Liricistas, pero en más de una ocasión el loco se ponía a rapear algún tema y nosotros movíamos las cabezas de arriba hacia abajo en señal de aprobación. Era simpático, no hacía alarde y no tenía problemas con plantarse frente a toda la clase, volado como pico, y disertar sobre algún periodo de la historia reciente y defenderse inútilmente de los embates del profesor que lo hacía mierda a punta de argumentos que a cualquier lo hubiesen humillado. Él se lo tomaba a la ligera. Sacaba su pendrive del computador y se iba a sentar con una sonrisa en la cara como pensando que habían cosas peores. Y efectivamente habían cosas peores. Unos años después me enteré por una entrevista a Liricistas que vi en Youtube, que lo habían echado de la universidad.

Durante ese periodo comencé a sentir la soledad del que se echa ramos. Mi pésimo desempeño académico durante el primer año y medio de universidad me relegó a compartir la mayoría de mi tiempo con mechones, los que a pesar de estar viviendo con algarabía su primer año en el barrio universitario, parecían estar más preparados que mi confundida existencia. Esto me angustiaba debido a que cuando me encontraba con el Jaime y mis otros compañeros en el patio de la facultad, sentía que por fin había una amistad que, sin embargo, nunca alcanzaba a estar completa, porque cuando ellos se juntaban a jugar taca taca, yo tenía que ir a una clase de mierda o cuando se iban a tomar cerveza o hacer un trabajo en grupo que parecía la perfecta instancia para estrechar amistades, yo era apartado por mis pretéritas malas decisiones.

Cinco

El primer semestre del 2012 coincidí con el Jaime en un ramo de radio. Ninguno había tenido alguna aproximación a este medio de comunicación, pero nos parecía interesante sobre todo porque nuestro profesor era presentador de noticias en el CNN y tenía un programa en la Bio Bio. Nos enteramos de su currículum el primer día de clases, un martes a las ocho de la mañana cuando, ojeroso, nos contó de qué se trataría el ramo, las fechas de las solemnes y su experiencia profesional. Nos entusiasmó aprender de un profesor de la primera línea periodística cuya juventud -no debe haber tenido más de 35 años- nos hacía considerarlo el próximo Ramón Ulloa del periodismo chileno. Pero a medida que iban pasando las semanas nos dábamos cuenta que el profe Ramón (así lo bautizamos en secreto) llegaba hecho mierda a clases, con un caracho que te lo encargo y unas ojeras brutales, lo que obligó a la Antonella -una de mis compañeras- a preguntarle si estaba todo bien. Yo me imaginaba que lo habían echado de la casa y que estaba viviendo en el departamento de algún compañero de pega pero la realidad era mucho más esperanzadora y más o menos triste, si esa combinación es posible. Resulta que el profe Ramón tenía el turno nocturno en CNN por lo que siempre que llegaba los martes a nuestra clase venía literalmente pasado de largo. El pobre tipo llevaba sin dormir al menos un año y su rostro era evidencia del esfuerzo. Aún así le ponía entusiasmo a un ramo que terminó siendo bastante entretenido, sobre todo después de que el profe Ramón se hiciera viral por transmitir en vivo un sismo 6,7, el cual informó con entereza y calma, lo que le valió tener un pequeño periodo de fama, la cual nosotros aprovechamos para decirle a nuestros conocidos que ese periodista era profe nuestro. Años después de ese episodio hubo un terremoto que pilló al verdadero Ramón Ulloa transmitiendo en Radio T13. Esa vez fue un 8,4 y su manejo también fue impecable, lo que le valió mucha más fama y elogios a lo largo del mundo, haciendo olvidar por completo al profe Ramón, pionero en manejo de movimientos telúricos en transmisiones en vivo.

Me gustaba imaginar que en vez del Ramón Ulloa, era el profe Ramón el que transmite ese terremoto en vivo, y se gradúa de héroe del periodismo televisivo; bautizan el estudio de televisión de la universidad con su nombre -su verdadero nombre- crean una cátedra en vida -el símil de la Cátedra Roberto Bolaño que hacen en Literatura Creativa- y en su honor lo designan profesor titular del nuevo ramo obligatorio de periodismo, Manejo de Transmisión en Vivo Durante Movimientos Telúricos, o como la gente lo llama: Televisión Sísmica, una asignatura que además de tener el respaldo económico de la universidad, se realiza en colaboración con el MIM, que basándose en su simulador de terremotos, construye el Estudio Sísmico, el cual, además de recrear terremotos bajo distintos factores como lo son magnitud, profundidad del epicentro, tipo de falla o desplazamiento de placas, incluye otros componentes como horarios televisivos, número de personas en cámara, interrupción de franja comercial, técnicas respiratorias, narrativa coherente y percepción Mercalli. Los alumnos hacen fila para poder tomar el ramo con el profe Ramón, que a raíz de su nueva valorización no sólo le quita la pega en el Canal 13 y T13 radio a Ramón Ulloa, sino que también se queda con su esposa y sus hijos, transformándose en el esposo y padre que siempre habían querido tener.

Hay momentos en los que me dan ganas de escribirle y contarle sobre estas imaginaciones, que considero hacen justicia con su talento y sobre todo su perseverancia ya que si bien ya no es conductor en CNN en ningún horario, sigue conduciendo el programa nocturno de los días sábados y domingo de la radio Bio Bio, que es como la versión radial de lo que hacía 10 años antes.

Con el Jaime pensábamos en la vida cotidiana del profe Ramón y lo imaginábamos llegando a eso de las una de la tarde a su casa, almorzar algo y dormir toda la tarde para a las once de la noche volver al estudio de CNN. Los fines de semana pelearse con su pareja porque de nuevo tiene que irse a las siete de la tarde al estudio de la Bio Bio a transmitir un programa que parece una constante improvisación y al que lo mejor que le podría suceder es un terremoto grado 12 que destruye absolutamente todo y lo deja a él bajo los escombros pero transmitiendo de todas formas durante seis horas seguidas hasta que es rescatado entre vítores de auditores que se acercan a brindar su apoyo.

Seis

Nos reíamos, pero a veces igual nos daba pena y preferíamos concentrarnos en los guiones del programa que ideamos junto con la Antonella, el cual llamamos Subterráneo y para el que teníamos que salir a reportear a eventos culturales, cosa que nos encantaba porque cada uno proyectaba vidas ligadas a las artes, a los libros o a la música y participar de ellos era poner en práctica de manera muy amateur un quehacer intelectual que, sin embargo, era intermitente y sesgado.

Para el primer episodio de nuestro programa la Antonella sugirió ir a cubrir un evento en el recientemente abierto y ahora extinto pero célebre Puma Lab del GAM en el que tocaría Protistas, su grupo chileno favorito.

Los esperé dos horas en el patio de la universidad, fumando muchos cigarros y tratando de leer una novela de Antonio Tabucchi que me parecía terriblemente inaccesible. Salieron de su clase, junto con un montón de otros compañeros, y por un momento sentí el nacimiento de una nostalgia extraña y no correspondida. Era una nostalgia respecto al presente, como si de pronto no fuera capaz de procesar todo lo que ocurría en vivo y en directo y esos sucesos se transformaran de inmediato en un recuerdo que era amargo, triste y también reconfortante. Estaba presenciando la creación de la nostalgia como quién observa el nacimiento de una estrella desde un observatorio en el desierto de Atacama.

Sentado en una de las esquinas de ese patio gris y cuadrado vi como esos compañeros, entre ellos el Jaime y la Antonella, se cagaban de la risa, jugaban taca taca, se abrazaban o se golpeaban en señal de amistad estrecha, se prestaban el encendedor y encendían cigarros que se veían mucho más placenteros que mis cigarros y yo me sentía un turista que podía observar las atracciones y sentirse por algunos segundos un habitante más pero que en el fondo sabía que pronto debía volver a su hogar, un lugar lúgubre y aburrido, pero que entregaba más certezas que incertidumbres. Me sentí extranjero en territorio conocido.

Mientras pensaba como acercarme, esperando que fueran ellos los que me vieran y me llamaran, para así evitar una aparición media fantasmal e incómoda, el Jaime me reconoció y pegó un grito, así que me uní tímidamente y la problemática del acercarme se solucionó sin la necesidad de pasar por algún rito social que jamás aprendí y que no estaba dispuesto a poner en práctica erradamente.

En vez de irnos en metro nos fuimos a pie. Estaba por oscurecer y caminamos por a unas ferias artesanales que habían antes de La Moneda. Detrás de un puesto de libros nos pegamos unos pipazos y seguimos nuestro camino hacia el GAM, sonrientes, mientras la noche se asentaba en Santiago y me invadía una mezcla de alegría y pesadumbre que era recurrente sentir en el momento cuando el día se hace noche y toda la jornada se transforma en recuerdo, generando en mí una especie de agradecimiento cursi por estar vivo y a la vez de tristeza por ver pasar otro día, por lo que mis intervenciones en la conversación sobre el movimiento estudiantil se remitieron a lacónicas respuestas que en nada aportaban a la discusión. Cuando me preguntaron qué me pasaba les dije sin pensarlo, mientras miraba las luces de un cartel publicitario que iluminaba un paradero, que estaba triste de alegría. Después de eso me puse los audífonos y me fui escuchando el Iz de Tristeza de Mantoi.

Siete

Llegamos al Puma Lab cuando Protistas tocaba una canción nueva. El local que en realidad era una tienda de ropa, estaba repleto y la gente parecía disfrutar mucho la música. Provistos de grabadoras nos dispusimos en distintos lugares de la tienda y con distintas suertes entrevistamos a los fanáticos que fueron muy amables y estuvieron dispuestos a hablar en mitad de las canciones, lo que nos hizo sentir afortunados pero luego nos dimos que era una pésima idea porque las grabaciones eran ininteligibles debido al ruido de la música.

Mientras el Jaime entrevistaba a un asistente con pinta de ser amigo de la banda yo centré mi atención en una pareja que escuchaba la música abrazada sobre un puf rojo. Pensé que esa imagen, si bien hay quien podría haberla encontrado romántica, no se correspondía con la música que estaba sucediendo frente a ellos, o al menos para mí la canción que estaba sonando no era de esas canciones con las que uno abraza a su pareja sino más bien una canción para cocinar tallarines con salsa o para perseguir al perro que logró zafarse de la correa o, si lo llevamos a la vida de pareja, una canción que suena en la radio del auto después de una pelea y que flota y parece durar para siempre y descontextualiza el ambiente. Concluí, entonces, que el abrazo que se daba la pareja era correcto porque, en efecto, era un llamado a derrotar los dogmas de la contextualización.

Me acerqué a la pareja para preguntarles qué les estaba pareciendo la tocata, cuáles eran sus opiniones del Puma Lab, si eran fanáticos de la banda, cuáles eran sus canciones favoritas. Como siempre, practiqué las palabras que diría al momento de interrumpir su abrazo quiebracontextos, y luego de idear rápidamente un guión con posibles respuestas y posibilidades me acerqué fingiendo seguridad pero la recepción que tuvieron a mi petición, si bien dentro de lo esperado, me tomó por sorpresa.

-¿No veí que estoy con mi polola disfrutando, hueón?
-Perdón, no era mi intención molestarlos…
-Vírate, loco, déjanos escuchar tranquilos.

Con pánico a protagonizar una escena patética y que significaría la atención de la gente puesta en mí, me fui rápidamente procurando evitar mirar a las pocas personas que se dieron cuenta del breve altercado. Me fumé un cigarro y pensé seriamente en irme a mi casa, pero volví y logré entrevistar a dos amigas, consiguiendo las cuñas necesarias para considerarme satisfecho con el trabajo realizado.

Cuando terminó el show la Antonella se acercó al vocalista de la banda con parada periodista-fan y lo entrevistó durante largos minutos. Si bien no alcancé a escuchar lo que decía, el tipo respondió a cada pregunta con distensión e incluso se dio el tiempo para sacarse una foto.

Terminada nuestra labor periodística nos acercamos a un restaurant de la vereda contraria en cuya entrada habían algunas personas viendo un partido de la U por Copa Sudamericana, el cual ganaba cómodamente por 4 a 0. Nos quedamos un rato viendo desde afuera hasta que pasó la micro que nos servía a todos. La Antonella se bajó en Tobalaba y el Jaime en Escuela Militar. El resto del camino, que seguía siendo un trayecto considerable hasta Cantagallo, me fui pensando en la pareja del puf rojo, buscando respuestas a la mala experiencia. Tal vez fui irrespetuoso, me abalancé demasiado rápido, o simplemente el hueón era un conchesumadre.  Me acordé de otras ocasiones en las que mi deber de estudiante de periodismo me había llevado a situaciones similares y fue cuando, sentado en el último asiento de un casi vacío  recorrido 411, decidí que ya no quería seguir estudiando periodismo.

Ocho

La decisión de no seguir estudiando periodismo tenía, obviamente, muchas implicancias pero por sobre todo económicas. Rondaba en mi cabeza el desperdicio de plata que significaba abandonar una carrera en el segundo año y medio. Imaginaba los diálogos de mis padres, las preguntas de mis amigos y yo siendo incapaz de entregar respuestas, mas solo una certeza: ya no quería ser periodista. Fue una época en la que soñé de manera recurrente que volvía a ser el niño que escribía el MercuSchneider, en cuya portada la noticia no podía ser otra: ¡Fernando no quiere seguir estudiando periodismo! Aquellas tías que antes compraban con orgullo la publicación familiar, ahora exigían su dinero de vuelta y sus rostros ya no eran rostros sino orificios horribles de los que salía pus, llantos, gritos y preguntas del tipo ¿qué harás con tu vida? ¿has pensado en tu futuro? ¿piensas en el tiempo y la plata perdida?.

Me sentía vacío. Solía decirlo en voz alta. Me siento vacío. No siento nada. No sé nada. Estoy vacío. Caminaba hacia el metro con los audífonos puestos pero sin escuchar nada, y repetía cual mantra en mi cabeza:

no quiero estudiar periodismo
no quiero estudiar periodismo
no quiero estudiar periodismo
no quiero estudiar periodismo
no quiero estudiar periodismo
no quiero estudiar periodismo

Lo que había sido un pensamiento fugaz que se coló en mi cabeza aquella noche después del GAM, se transformó en una obsesión, a la cual atribuí toda la responsabilidad de la debacle emocional que padecí en adelante. Y si bien continué yendo a la universidad, mi presencia era la de un diagnosticado terminal o, mejor dicho, un autodiagnosticado terminal, porque al fin y al cabo fui yo quien provocó tanta tribulación. Hubiese bastado imprimir la malla de la carrera, ver los ramos aprobados y los reprobados, hablar con la Dirección de Carrera, lograr acuerdos, dejarme de hueviar y ponerme las pilas. Parecía un plan razonable, el más razonable de todos, el cual estaba a punto de adoptar pero la imagen de nuevas entrevistas fallidas se me venía a la cabeza; me imaginaba intentando entrevistar a Gustavo Hasbún, a quién odio profundamente, siendo no solo rechazado sino humillado con algún comentario propio de su condición de hijo de puta. O tal vez repitiendo la experiencia de entrevistar a la Ena Von Baer en su propia casa, esperándola cuarenta minutos en su living mientras su marido se baña con su hijo en la piscina y yo junto con mi compañera queremos escapar de ahí pero creemos muy posible que esa casa está construida para atrapar a estudiantes de periodismo molestos que creen que pueden invadir la privacidad de un político poderoso.

Mi presencia en clases era testimonial, observaba pero no dejaba de pensar en otras cosas. Quería no estar ahí, sin embargo no sabía dónde quería estar. ¿Lejos? Ojalá estar lejos, a la chucha, no conocer a nadie, no tener que conocer a nadie, tener una silla en la que pueda sentarme a observar los cerros y el lago y cuando se pone a llover leer, y como es un lugar en el que llueve siempre o casi siempre, yo leo siempre o casi siempre. Si el profesor me preguntara qué me pasa, que por qué no respondo sus preguntas, le diría que no quiero estar escuchando su perorata sino en un lugar en el que tenga una silla, lluvia, libros, cerros y un lago.

Dejé de entrar a los ramos y sólo iba a la universidad a fumar cigarros y a hablar con el Jaime, que a penas notó mi cambio de ánimo y conductas, se preocupó y me preguntó si todo estaba bien. Era la primera persona que me preguntaba eso a pesar de que mi existencia pasaba por una evidente crisis a la que todos mis conocidos le hacían el quite para no inmiscuirse en la miseria que me gobernaba (no los culpo). Estuve tentando de contarle que mi vida era un desorden y que la única certeza era que dejaría de estudiar periodismo. Pensé que si le contaba mi decisión, provocaría en él una angustia innecesaria, cosa totalmente absurda ya que él no tenía problemas de sociabilidad y menos académicos, por lo que su vida universitaria consistía en pasar los ramos, pasarlo bien y curarse los fines de semana con compañeros que más que compañeros eran amigos.

En este enredo, que más que enredo era invento o ilusión, el único afectado era yo, estudiante extraviado que decidió ir a la universidad sólo si es que iba a haber alguien con quien pudiera conversar. Sin embargo, con el tiempo la idea de quedarme en casa comenzó a provocarme una pesadumbre inconmensurable, por lo que entendí que mi papel sería el del universitario errante, aquel que deambula por los pasillos de la universidad sin destino aparente y al que siempre se podía ver en la facultad, fumando. 

Asumí esa pesadumbre, la cual era abundante, y a pesar de padecer los síntomas de lo que sicólogos y siquiatras denominarían depresión, cuestionaba mi derecho a sentirme triste. La voz de mi inconsciente era una voz adulta, que me cargaba, y que perfectamente puede haber sido una voz de padre o de madre o de una persona madura y que tiene razón en algunas cosas pero en otras está totalmente equivocado. Esa voz me decía que había gente que de verdad lo pasaba mal en la vida, que tenía problemas reales y que lo mío era una tontera, lo que en parte era verdad, pero la amargura era genuina. Me decía que antes cambiarse de carrera era impensado, que el abandono no estaba permitido y que la ayuda sicológica era la correa y un coscacho.

Estaba triste pero me sentía culpable por estar triste. Estaba abandonando pero me daba culpa estar abandonando. Estaba siendo irresponsable y si bien me daba culpa, lo seguía haciendo. Estaba triste porque mis problemas no eran problemas, pero aún así me sentía totalmente confundido. La voz me decía que cómo era posible que teniendo todo a mi favor estuviera tan triste. La vida había sido generosa conmigo y yo me sentía culpable porque nunca logré corresponderle con alegría. Estaba triste y creía no tener derecho a estarlo.

Todo bien, le respondí a Jaime cuando me preguntó cómo estaba, y prendí un cigarro que me fumé en menos de dos minutos.

Nueve

Están ricos estos caños, dijo el Humberto después de pegarle una quemada a un pito pésimamente rolado y cuyo olor a paragua era imposible de disimular. Humberto era amigo del Jaime y había venido desde Rancagua para la tocata que iba a reunir a Mente Sabia y Liricistas en el patio de la universidad. A modo de previa nos bajamos casi dos sixpack de Bálticas en una plaza cerca de Toesca y cuando las ganas de mear eran monumentales, caminamos a la universidad, a la cual sólo pudimos entrar después de que los guardias revisaran mi mochila con una ineficiencia a la que ya quisiera enfrentarse un terrorista en algún aeropuerto ya que a pesar de haber metido la mano a mi mochila y agarrar una de las tres cervezas que nos habían sobrado, el tipo optó por preguntarme qué era aquello que estaba tocando con sus manos, a lo que yo le respondí, en un arrebato de increíble inventiva ebria, que era mi desodorante. Para nuestra sorpresa la mentira les pareció admisible y entramos incrédulos a la universidad con tres latas de chela.

Cuando empezó a sonar la música ninguno de los tres cachaba muy bien lo que estaba pasando debido a la excesiva cantidad de Báltica y paragua en nuestros sistemas. La imagen de Mente Sabia sobre ese escenario diminuto e improvisado que pusieron en uno de los costados del patio parecía irreal. Mente Sabia era una banda de 6 personas, lo que provocó una grave sobrepoblación de raperos en el escenario, cuya longitud permitía que sólo tres de ellos pudieran estar adelante, relegando a los dos restantes a la segunda línea junto con el Dj Pere. Cuando a alguno de los de atrás le tocaba rapear, ocurría un ejercicio incómodo y que ponía en peligro la continuidad del show, el cual consistía en un enroque torpe  con uno de los raperos de adelante, cuyos movimientos debían ser cautelosos para no pasar a llevar los cables de los micrófonos y la tornamesa.

Se escucha la raja, nos gritó en un momento el Humberto con los ojos totalmente desorbitados, cuando en realidad se escuchaba como la raja pero a esas alturas no valía la pena hacer la distinción. Compramos tres chelas de medio por tres lucas y cuando el Matiah rapeaba su parte de Rock and Rolla, se cortó la luz en la facultad, lo que por un momento pensé había sido provocado por un mal movimiento de la banda en ese escenario poblado de cables y gente, pero de inmediato abandoné aquella hipótesis ebria.

La oscuridad camuflaba la borrachera y la cara de incredulidad de los raperos, que veían como en la facultad de al lado había un carrete desde el cual se escuchaba un reggaetón que nosotros, mayormente amantes del rap, pifeamos sin muchos resultados. Cuando volvió la luz, la banda tardó unos minutos en retomar el show. La discusión era si empezar Rock and Rolla desde el principio o comenzar desde la rapeada del Matiah. Al final concluyeron que era mejor seguir con otra canción y rapearon El Círculo.

Después del accidentado show de la MS rapeó Liricistas y a esas alturas ninguno de los tres era capaz de rapear un solo verso porque las letras se derretían en nuestras lenguas debido a esa mezcla de abundante paragua y Báltica, un menjunje peligroso y sin embargo demasiado común en la vida de los jóvenes que con poca plata querían pasarlo bien. Supongo que es justo, que con poca plata te toque una mezcla terrible de, sobre todo, marihuana prensada porque a decir verdad por esa época le hacía culto a la Báltica y sus resacas terribles eran victorias más que derrotas. O quizás pensar que con poca plata lo justo es recibir productos de dudosa procedencia es el resultado de una doctrina abusadora del libre mercado chileno. Tal vez en países desarrollados puedes conseguir pitos increíbles a precios razonables y a nadie se le ocurre pensar que por esa luca te darán una marihuana café que más parece tierra seca que una flor.

Cuando terminó el show aproveché de ir al baño. Sin mucho escándalo vomité de manera tal que me sentí orgulloso del carácter casi elegante, como de trámite, que tuvo aquél vómito, tanto así que por un momento me pareció increíble que en sociedades modernas no se liberara de prejuicios morales y estéticos el acto de ir al baño a vomitar, sin importar las razones. Si vas al baño a mear o cagar, también puedes ir a vomitar. Uno va al baño por esas tres urgencias solo que el vómito está cubierto de tabú y asociado al enfermarse o estar hecho mierda, a pesar de que mear y cagar también pueden ser consecuencias de esos estados. La borrachera me hizo considerar que permitir el vómito nos convertiría en un país desarrollado, uno en el que por luca podrías incluso fumarte un cogollo y tomarte una Kunstmann. Vómito libre y de calidad, pensé.

Me senté un rato a mirar a todos esos jóvenes raperos que deambulaban entre la oscuridad del patio. Prendí un Phillip Morris rojo que tuve que arreglar uniéndolo con un papelillo porque se había roto en mi chaqueta. Se sentó junto a mí o sobre mí o en mí el atribulado pensamiento de no saber qué hacer, que más bien era una sensación turbia, pesada y avasalladora. Nunca fui, realmente, estudiante de periodismo. Jamás fui estudiante universitario. Me mantuve en un limbo académico durante esos años y fui incapaz de cumplir con los mínimos requerimientos sociales e intelectuales. En ese momento, borracho en la facultad, fui plenamente consciente de que no era estudiante de periodismo, a pesar de tener una matrícula, pago de aranceles e incluso una credencial que decían lo contrario. Si no soy estudiante de periodismo, qué seré, me preguntaba inútilmente. De sólo pensar en cómo iba a abordar la noticia para contarle a mis papás me daban ganas de vomitar de nuevo.

Noté que el Jaime y el Humberto estaban muy prendidos. Se sumaron a un grupo de cabros que improvisaban sobre un beatbox que más que una base de rap eran sonidos guturales y baba. Me acerqué a ellos un rato y me uní a la coreografía de mover la cabeza y el cuerpo según el ritmo del beat pero me era imposible concentrarme y menos rapear por lo que me alejé de nuevo para no tener que ser el factor que interrumpe el riguroso orden del freestyle en grupo. El Jaime pareció desprenderse por unos segundos de los efectos de la Báltica y el paragua y me dijo que irían a su casa en un rato a seguir hueveando. Le dije que yo me iba a ir, que estaba muy curao. Insistió un poco pero después, cuando le tocaba rapear, me dijo que filo, que nos veíamos el lunes.

Salí de la facultad y miré una vez más hacia adentro. No sentí nada. Quizás confusión. Me puse los audífonos y me fui escuchando Mente Sabia. Tomé la 411 que se fue vaciando de a poco. Apagué tele. Cuando desperté tuve que bajarme de la micro, que ya iba de vuelta en dirección al poniente. Me cambié de vereda y esperé la próxima micro. Esa noche tardé casi cuatro horas en llegar. Fue la última vez que hice el viaje de vuelta desde la universidad a mi casa.

Púber

Púber
Everything outside was elegant and savage and fleshy. Everything inside was slow and cool and vacant. It seemed a shame to stay inside. (John Cheever)                     

Mi mamá me convenció de ir al cumpleaños del Julio prometiendo que me compraría una pelota de fútbol, así que me vestí rápido, me peiné para el lado y me subí al asiento del copiloto sin decir nada, abrochándome el cinturón y mirando hacia el frente. Normalmente no me dejaba sentarme en ese puesto, pero debe haber sentido lástima por mí ya que acompañarla a ese tipo de eventos era someterme al más profundo aburrimiento.

El Julio era el pololo de mi mamá. Llevaban juntos unos tres años y siempre fue buena onda conmigo, pero yo no confiaba en él, a pesar de que me hablaba de fútbol y a veces me regalaba poleras piratas de la U. Por supuesto aceptaba todos sus agasajos con indiferencia, pero por dentro la felicidad amenazaba con delatarme.

Cuando llegamos a la casa del Julio mi mamá se miró en el espejo y se pintó los labios. Yo la miré con extrañeza, por un momento no la reconocí, pero a penas me dijo “qué miras, sapo” volví a reconocerla.

Nos recibió la mamá del Julio, que me saludó cariñosamente, asegurando que habían varias niñitas que esperaban conocerme. Aquello me hizo preocuparme. Nada era más estresante para mi tímida existencia enfrentar a desconocidos, sobre todo si eran mujeres, algo que me provocaba una ansiedad oculta.

No tardó en aparecer el Julio que le dio un beso en la boca a mi mamá y que me revolvió el pelo. Con acostumbrado entusiasmo señaló que le daba mucha alegría que por fin haya aparecido en su casa. Observó hacia el fondo y repitió lo mismo que su madre, lo de las niñas, que no podían esperar conocerme. Miré a mi mamá nervioso y ella rió cómplice del asunto. También, creo, noté un poco de culpa ya que mi rostro debe haber expresado de manera notoria mis ganas de irme a la casa.

Cuando llegué al grupo de niñas ninguna me pescó. Todas estaban en lo suyo, con sus celulares, viendo Instagram y sacándose selfies. Me quedé parado mirando a las cuatro, todas de edad similar a la mía, sin saber que hacer.

Me senté en un pedazo de tronco que supongo se usaba de asiento y observé el entorno buscando algún niño o una pelota de fútbol, pero nada de eso había. Una de las niñas pegó un grito exagerado que me asustó y llamó la atención de los adultos.

-¿Qué pasó?- gritó de vuelta una señora, presumiblemente su mamá, una mamá que por cierto se notaba que era sobreprotectora por los pocos segundos que demoró en mandar a la mierda la conversación en la que estaba sumida para ir al rescate de su pequeña hija.

-Es que él apareció de la nada y no lo conozco- dijo la niña señalando y mirándome con cara de asco. Su mamá me miró de la misma forma y luego le dijo que yo era el hijo de la Claudia.

-Me llamo Benja- dije.

-Hola- repitieron todas al unísono y volvieron a las risitas y al celular.

Mi mamá llegó con un vaso de bebida y me preguntó si lo estaba pasando bien. Silenciosamente le dije que me quería ir. Me dio un beso en la frente y se fue de nuevo.

Estuve unos veinte minutos sentado en silencio hasta que una de las niñas me miró.

-Oye ¿sácanos fotos?

-¿Yo?

-Si po, tú. ¿Quién más?

-Es que no sé muy bien…

-Pero cómo no vas a saber si es apretar un botón nomás.

-Ah, es que yo no tengo celular.

-¿No tienes celular?- gritaron las cuatro al mismo tiempo, volviendo a llamar la atención de los adultos, incluida la madre sobreprotectora que apareció preguntando qué había pasado. El hecho de que no tuviera celular les parecía un hecho increíble, insólito, tanto así que por algunos segundos cuestioné esa carencia.

Comencé a caminar detrás de las cuatro, que me ignoraban en todo momento, hacia la plaza del condominio. Una de ellas, la más fea, me pasó su teléfono y me enseñó a utilizar la cámara. Fácil.

Comenzaron a posar y yo comencé a fotografiar pero rápidamente me retaron porque no avisaba cuando estaba sacando la foto.

-Tienes que contar hasta tres- dijo la más linda.

Volví a lo mío. Uno, dos, tres. Foto. Una tras otra, ellas en distintas posiciones, mirando a la cámara, haciéndose las distraídas, casual, con las manos arriba, en el pasto, saltando. Luego la más pesada -la de la mamá histérica- me sacó el teléfono de las manos y comenzó a revisar una por una todas las fotos. Pegó un grito que sólo la distancia evitó la aparición de su mamá.

-Están pésimas, hay como cinco que salvan- dijo mirándome con claras ganas de mandarme a la mierda.  

Yo no sabía qué decir. Se apartaron de mí, todas mirando el celular, todas haciendo zoom con sus dedos en la pantalla, buscando la consensuada belleza púber para que cada una subiera una foto a Instagram.

-Ya, rescatamos tres. Ahora un Boomerang- me dijo la fea.

-¿Boomerang?

-Ay, eres como prehistórico-me dijo la más alta, que hasta ahora no me había hablado. Me enseñó cómo hacerlo.

Comenzaron las poses, pero esta vez venían acompañadas de torpes movimientos y sacadas de lengua. A veces saltaban, otras bailaban, movían los brazos y hacían cosas que me parecían ridículas. 

Aparentemente mi desempeño fue mejor que con las fotos ya que se rieron mientras veían los resultados. Se quedaron hablando entre ellas, siempre con la cabeza hacia abajo, mirando el teléfono de la fea, eligiendo las mejores tomas y las frases y hashtags que utilizarían. Decidieron quién subía cual y se repartieron el material.

Tras subir las fotos a sus correspondientes cuentas se acercaron a mí y se sentaron a mi lado.

-¿Cómo te llamas?-me preguntó la alta.

-Se llama Benja, su mamá lo dijo- señaló la linda mientras fruncía el ceño.

-¿Y cuántos años tienes?-dijo la pesada.

-Once.

-Te ves más chico.

-Sí, y se parece al Juan.

-Verdad- y se rieron.

Durante toda la tarde me estuvieron interrogando y cuando yo comenzaba a adaptarme a su dinámica de apariencias y egoísmo se sacaron una selfie conmigo. Ocho, a decir verdad, ya que en las siete restantes ellas encontraban que salían mal. La que eligieron para subir, por supuesto, era en la que yo tenía el peor aspecto.

-Supongo que no tienes Instagram, entonces- me preguntó la pesada.

-No- dije extrañamente avergonzado.

-Entonces hay que hacerte una cuenta- dijo la linda.

Sin esperar mi aprobación comenzaron a confeccionar una cuenta de Instagram a la que le pusieron @benjacortes2009 y a la que le agregaron una foto de perfil que me sacaron ahí mismo y una descripción que decía así: 11 años-Colegio San Patricio-Soccer Fan seguido de un corazón y cuatro pelotas de fútbol.

Comenzaron a seguir a un montón de gente, amigos y desconocidos y a subir fotos mías, solo y con ellas. Un sinfín de hashtags y frases en inglés inundaron mi nuevo perfil al que paradójicamente no tenía acceso.

Finalmente, cuando llegó la mamá histérica a buscar a las niñas porque ya era hora de irse, nos levantamos y volvimos a la casa del Julio. Al entrar, varias personas, a las que nunca había visto, comenzaron a reírse y a decirme cosas como “bien campeón” o “se las trae este muchacho” y yo no sabía por qué. Me sonrojé.

Mi mamá se acercó y me dio un beso.

-¿Cómo lo pasaste, hijo?

-Bien, creo.

Comenzó a despedirse y yo también. Cuando fue el turno de despedirme de las niñas me acerqué a ellas y les dije que me iba y ellas casi no me miraron. Di media vuelta y cuando estaba por salir la linda fue donde mi mamá y le pidió el celular prestado. Es para instalar el Instagram y poner la cuenta del Benja, dijo. Mi mamá accedió de buena manera, lo que me sorprendió totalmente y en cosa de minutos ahí estaba yo, viendo mi nueva cuenta de Instagram en el celular de mi mamá.

Camino a mi casa no despegué los ojos del celular. Observé con atención cada una de las fotos y los comentarios que desconocidos y conocidos escribían, opinando con descarada confianza sobre mi aspecto. De vez en cuando me llegaba una que otra notificación de un nuevo seguidor o de alguien que había aceptado mi solicitud de seguimiento, todas, acciones que yo no había cometido.

-¿Así que lo pasaste bien?

-Sí.

-¿Y qué hicieron?

-Nos sacamos fotos.

-¿Ah sí?- y rió.

-Sí- dije mirando por la ventana del auto.

Al llegar a mi casa me puse a dominar la pelota hasta que comenzó a oscurecer. Si pasaba mucho tiempo sin tocar el balón me desesperaba así que utilicé todo el tiempo que tenía a mi disposición para malabarear un rato.

Cuando ya era de noche fui a acostarme. Mi mamá entró a mi habitación y me entregó su teléfono con sospecha. Mi cuenta de Instagram estaba abierta y un mensaje de la linda se podía leer en la pantalla.

“Q bkn habert conocido. Ojalá vert d nuevo” seguido por un corazón.

No sabía qué responder y me daba vergüenza reaccionar de cualquier manera frente a mi mamá, que me miraba sabiendo perfectamente lo que estaba pasando. Le devolví el teléfono sin responder nada y le di las buenas noches.

A los pocos días mi mamá llegó con un regalo. Desde la entrada gritó, diciendo que me tenía una sorpresa y yo, de inmediato, imaginé la pelota de la Champions, dominando incansablemente, superando mi record personal de 64 dominadas seguidas.

Pero no. No era la pelota de fútbol que me había prometido. Era un celular.

De pronto comencé a tener amigos. Y a jugar menos a la pelota.

*Ilustración por Desla

Iguales pero distintos

Iguales pero distintos

Pienso que la música es claustrofóbica. Que las voces han cambiado, que los vecinos deben ser buenos vecinos porque no alegan, que el patio no es como lo recuerdo, que soy uno de los pocos que está ebrio, que el Lucas está inquieto, que son demasiadas personas, que el Seba había dicho que estaba enfermo. Pienso que no pertenezco aquí, que estoy sobrando o que, peor aún, me están sobrando, que pronto me voy a tener que ir a mi casa, que otra vez pusieron la canción que no me gusta.

Pienso que todo está distinto.

Pienso en la vez que me junté con el hijo del Ramiro. Que al principio fue incómodo porque no nos veíamos desde que éramos chicos, que éramos otras personas, desde que no teníamos mucho que decir, que no pensábamos. Que fue especialmente cariñoso, me invitó un café, nos pusimos al tanto, abordó el tema con delicadeza, le restó importancia, me dio el número de su psicóloga.

Pienso que nunca más vi al hijo del Ramiro. Tampoco a la psicóloga que me recomendó. Pienso que irme a la casa es demasiado atractivo, que no me quiero despedir de nadie, que da lo mismo si me despido o no, que el Lucas me dejó solo cuando comenzaron a correr las pastillas, que estoy cansado y que dormir es lo que necesito, que todo lo que estoy pensando se alimenta del cansancio y la incomodidad.

Pienso que mi papá nunca probó las drogas y tampoco el copete. Que yo he probado los puros pitos, que con eso me basta. Que parece que estoy más ebrio de lo que pensaba, que un vaso de agua me vendría bien. Que las pupilas de la Dani están especialmente dilatadas.

Pienso que todos son iguales

Agarro mis cosas y me escabullo sin mucho esfuerzo entre grupos y más grupos de amigos y conocidos que se cagan de la risa y que gritan, sobre todo gritan, y cuando llego a la puerta me detiene el Lucas.

¿Pa dónde vai?
Me voy.
¿Pa dónde?
Pa la casa.
Ni cagando.
Sí, me voy.
No, hueón, ven, yo sé lo que te hace falta.

No sé por qué le hago caso pero lo acompaño a la cocina. Apoyado en el lavaplatos el Seba se come a una mina. El Lucas le toca el hombro y el Seba le pasa una bolsa. A penas veo la bolsa le digo que no, que no necesito eso, que estoy cansado.

No seai fome, hueón, tírate una pasti conmigo.
Ni cagando.
Ya po hueón, por la chucha. ¿Hace cuánto que no nos vemos?
Dos años.
Dos años, hueón, dos putos años. ¿De verdad te vai a ir? Este carrete es en tu honor.
No parece.
¿Qué cosa?
Nada.
¿Le damos?
Bueno.

Dos horas después estoy vomitando en un baño. Me toca la puerta el Peter, cagado de la risa, y me dice que no puedo ser tan débil.

Ándate, ahueonao.
Débil culiao, sal y ven a carretear.

Tomo agua durante minutos interminables. Todavía tengo ganas de vomitar. Me mojo la cara, me peino un poco, agarro un poco de pasta de dientes con los dedos y me refriego. Salgo y el Peter ya no está.

Son las tres de la mañana y parece lógico irme. Desde que llegué me serví siete piscolas, me fumé un pito, me metí esa pastilla, vomité durante una hora, me quedé solo.

Pienso que ser distinto y ser igual es lo mismo.

De nuevo trato de irme, ahora haciendo hincapié en no ser visto. Todos parecen estar en otra, ideal. Logro sortear un grupo grande, están casi todos mis amigos. Pero al lado de la puerta está la Dani conversando con un loco sobre cómo irse al carrete. El loco le dice que en Uber y ella le dice que no tiene plata pero el loco le dice que no importa, que él se raja. Abro la puerta pero la Dani me agarra del brazo.

¿Pa dónde vai?
A mi casa.
¿Por qué?
Me siento mal.
No, hueón, ni cagando, ven, tómate un copete, te presento al Eduardo.
Roberto.
¿Ah?
Roberto, me llamó Roberto.
Ah, sí, Roberto. Te presento al Roberto. Tómate un copete, no seai fome.
No quiero, gracias.
Yapo hueón, ¿hace cuánto que no nos vemos?
Caleta.
Caleta po hueón, toma.
Ya bueno.

No me juzguen. ¿Culpa? ¿De qué? Extraño a esa gente. Me extraña esa gente. Están cambiados, como poseídos, no sé. Hablan rápido, cambian de tema, no se interesan, cuando preguntan no esperan respuesta, andan rumiando, me piden que sienta la música, se mueven cerca de los parlantes y cierran los ojos y se compenetran, dejan de estar. Pienso que no quiero ser como ellos. Pero me están forzando a serlo.

Y no opongo resistencia.

El Lucas se me acerca y me pregunta si está todo bien. Sí, todo bien, miento. Bacán, porque en un rato nos vamos al carrete. No, hueón, estoy raja, de verdad. Nada, loco, todo bien. ¿Quién se lleva al Óscar?, grita. Un hueón que en mi perra vida he visto levanta la mano. Listo, dice el Lucas. Listo, dice la Dani. Listo, supongo.

No escucho nada. Somos seis en un auto para cuatro y la música debe estar al máximo volumen. Encima mío está la polola del que conduce. Lo sé porque le da besos en el cuello y le dice miamor. Donde voy sentado no se pueden abrir las ventanas. Cómo me gustaría poder abrir las ventanas. Corre un pito al que le hago el quite con éxito. Vamos rápido, todos hablan pero parece que nadie escucha, nunca nadie escucha.

Cierro los ojos.

La casa es antigua y oscura. No tengo idea dónde estamos. Nos juntamos todos en la entrada y el  Seba recolecta la plata. Diez lucas. No tengo más plata, le digo. Yo te pago, me lo pagas cuando puedas, me dice. Entramos al carrete que está, obvio, repleto.

La música es claustrofóbica. No hay donde sentarse, no hay suficiente ventilación, se fuma, se jala, se hace lo que se quiera. Una mina se me acerca mientras un hueón me mira con ganas de sacarme la chucha así que le hago el quite. Todos están en la suya. Nadie parece percatarse de nada. El Seba me pasa una pastilla. Aprovecho que está repartiendo a otras personas y me la guardo en el bolsillo. Nos junta a todos, creo, y dice que a las tres todos juntos como hermanos.

¿Y tu pasti?
Ya me la tiré.
Miren al goloso.

Se meten las pastillas. Quiero sentarme en el suelo pero el Seba no me deja.

¿Cómo están las pastis?
Buenas.
Viste, yo sabía que te iban a gustar, como en los viejos tiempos.
Gracias.

Yo nunca había probado las pastillas.

Son las ocho de la mañana. No sé cómo, pero he aguantado toda la noche. Vamos en un Uber que tendré que pagar eventualmente. Me dejan en la casa. El Lucas y la Dani se despiden de mí.

¿Cómo estuvo la bienvenida, perrito?
Buena.
¿Nos vemos mañana? Hay un carrete tremendo.
No sé si pueda.
Siempre se puede, perro.
Ahí vemos.
Nos vemos, entonces.

Se va el Uber. Entro a mi casa con ganas de dormir para siempre. Mi pieza está desordenada, todavía están las maletas en el suelo. El regalo que le traje al Lucas está sobre mi cama. Lo hago a un lado y me acuesto. Pienso que todo es demasiado raro. Que todo parece estar demasiado cambiado, que me gustaría escuchar un disco, cualquier disco, pero que haya guitarras y voces; que llevo casi veinticuatro horas despierto, que no conté nada de lo que pensé que contaría, que quizás así es mejor.

Pienso que volver rima con desconocer.

Que todos son iguales pero distintos.

No pasa nada

No pasa nada

Nos conocimos en el colegio porque éramos del paralelo y un día ella se me acercó y me pidió fuego. Yo estaba fumando en la entrada junto a unos amigos y ella, que tenía mucha personalidad, me pidió que le prestara el encendedor que acababa de guardar en mi bolsillo. Tiempo después me diría que me lo pidió a mí y no al Wegel o al Pizarro porque a ellos ya los conocía y a mí no. Y porque, sus palabras, yo tenía barba.

El Wegel era rubio y era alto. No tenía los ojos claros como el prototipo esperado pero sí era guapo. Era muy confiado, se sacaba buenas notas y además era seco para la pelota. El Pizarro era moreno, pelo crespo, ojos verdes, musculoso y el que se comía a más minas los fines de semana. Yo era tímido, mis atributos físicos se reducían a los ojos azules y paramos de contar. Pero tenía barba y eso, aparentemente, le gustó a la Paula.

La Paula era rubia y baja. No era enana, era un poco más baja que las mujeres promedio pero eso no quitaba que era rica. Tenía los ojos bien azules, exageradamente azules, y una sonrisa perfecta. Lo que más me gustaba de ella era su sonrisa. Después de pedirme fuego se quedó hablando conmigo y sin darme cuenta me separó del Wegel y del Pizarro y cuando caché que los dos estaban bien alejados de nosotros ellos me miraron y se rieron. Entrando a clases me dijeron que tenía que jugar ahí. Como si el “ahí” fuera un lugar común de fácil acceso.

Pero como yo no tenía mucha experiencia con mujeres terminé haciéndome mejor amigo de la Paula. Fue mi primera mejor amiga. Y si es que ella alguna vez intentó de jotearme no lo noté y pequé de hueón.

Hasta que en el carrete del Castro agarramos por primera vez.

Pero antes de agarrar con la Paula pasó harto tiempo desde que nos hicimos amigos. Ella me contaba de sus pololos y yo la escuchaba y no le contaba de mujeres porque, como dije antes, no tenía mucha experiencia al respecto. Un día me preguntó si alguna vez me había agarrado una mina y yo le dije que sí, en una fiesta de colegio, y ella, creo, no me creyó.

Las pocas cosas que yo le contaba eran diferentes. Mientras la Paula me contaba de que se había cagado el pololo o que le gustaba el profe de Lenguaje, yo le contaba que mis papás se habían separado cuando yo era muy chico o que a mi mamá se le había muerto una hermana y que desde ese entonces tomaba vino blanco al almuerzo y antes de acostarse. También tomaba vino cuando regaba las plantas pero eso creo que no se lo conté.

La Paula no era buena escuchando. Era mejor contando historias de su vida. Yo era como su diario de vida al que le contaba todo lo que pasaba por su cabeza, que eran casi siempre cosas sobre amor, pololeos, sexo, cagüines. Y como yo era muy bueno escuchando y malo contando historias, nos hicimos bien amigos. Creo que fue por eso que nos hicimos amigos.

Una de las primeras veces que le conté algo personal fue cuando un fin de semana apareció el pololo de mi mamá en mi casa después de haberse peleado por enésima vez con mi mamá. Venía curado como pico y nos gritó a todos y amenazó a mi mamá, le dijo que la iba a matar y yo tuve que enfrentarlo con un uslero. Yo estaba cagado de miedo, tiritaba, pero era el más grande y mi deber era defender a mi mamá. No le pegué, que quede claro, pero estuve a punto y el pololo de mi mamá me miró con lástima y se fue.

Cuando le conté esta historia a la Paula ella dibujaba cuadrados y líneas en su cuaderno de matemáticas, asignatura que cursábamos junto con los más porros de la generación. Ella siempre hacía eso en matemáticas porque, al igual que yo, le iba pésimo y no tenía interés alguno en aprender. Para que me enseñan esta hueá si no la voy a usar nunca en mi vida, decía cada vez que el profe la retaba y le pedía que prestara atención. Esa vez no dejó de dibujar los cuadrados y las líneas mientras yo hablaba, y cuando terminé de contarle la historia me quedé callado esperando que me dijera algo, que dejara el lápiz sobre la mesa y me mirara con tristeza y me abrazara y me dijera que cualquier cosa ella estaba para apoyarme. Pero siguió dibujando, trazando las líneas de la esquina de la hoja. No creo que con un uslero le hayas podido hacer algo, me dijo, y continuó en lo suyo.

Esa vez me enojé pero no le dije nada. Sólo comencé a ignorarla y a responderle con monosílabos. Le costó darse cuenta que yo estaba enojado y a la semana me preguntó si me pasaba algo. Quise decirle que estaba decepcionado porque no me había pescado cuando le conté mi triste historia, que había sido insensible y apática pero a esas alturas, siete días después, seguir taimado no parecía adecuado. Luego pensé que simplemente no quería espantarla con mis problemas y me quedé callado y le dije que no me pasaba nada, que últimamente me estaba sintiendo mal pero que ya se me iba a pasar. Luego volvió todo a la normalidad.

Entonces entendí que ella era así.

Comenzó a cimentarse nuestra amistad en esa dinámica. Ella hablaba, yo escuchaba. A veces yo contaba que mi papá había perdido la pega, ella dibujaba, preguntaba qué pasa y yo decía que no pasa nada. Ella se había comido al Palma, del cuarto A, y yo le decía que él era bueno para la pelota. Ella pelaba a la Nicole del B y yo decía que me caía bien. Me pegaba en la pierna y decía que yo tenía que estar de acuerdo con ella y yo decía que estaba de acuerdo. Mi mamá llora sola en su pieza, cuadrados con líneas de otros colores en su interior. Su mano sobre mi mano, silencio. Su mano, en matemáticas, sobre mi muslo, silencio. Su mano, en Lenguaje, en mi entrepierna, silencio. Un cuneteado, silencio.

Me acostumbré a esos extraños acercamientos pero nunca hice nada. Lo único que hice fue perfeccionar mi manera de no alarmarme cuando ella se comportaba así.

El carrete del Castro era algo así como el carrete que todo el colegio esperaba. Todos sus cumpleaños los celebraba en grande. A sus papás les encantaba hacer fiestas y nos dejaban curarnos como pico en su casa, una casa tipo parcela con patio enorme y piscina. Siempre había pizzetas, millones de pizzetas, y DJ, un amigo del condominio del Castro que ponía música y que siempre terminaba comiéndose a alguna mina.

Por ese tiempo yo casi no carreteaba. No me gustaba ir a bailar, me caía mal la mayoría de la gente del colegio, no sabía cómo desenvolverme en ese tipo de ambiente. Pero el Wegel me invitó a una pichanga en la tarde y me dijo que tenía que ir al carrete. Yo me negué al tiro, inventé alguna excusa, pero el insistió. Estuve a punto de decirle que mi papá estaba teniendo problemas de plata y que tenía que ir a ayudarlo a hacer inventario de los cachureos que tenía en su bodega para venderlos, cosa que era verdad, pero preferí no decirlo y en cambio apelar a la verdad: Me da paja. Pero hueón, vamos, hay alguien que te quiere allá, me dijo esbozando una sonrisa que oculta más de lo que cuenta pero que aún así sirve para propagar la intriga.

Nunca en mi vida una mina se había fijado en mí. Más allá de que fuera verdad o no lo que dijo el Wegel, sentí algo nuevo, algo indescriptible en el momento pero que ahora lo defino como una mezcla de expectación y miedo a la decepción. El sólo hecho de que existiera la posibilidad de que lo que me decía el Wegel era verdad me hizo decidir de inmediato cambiar a mi papá y traicionar mi parsimoniosa costumbre e ir al carrete. Pero antes me hice de rogar un rato, pregunté quiénes iban a ir, cómo llegaríamos y cómo nos iríamos, como para despistar mi interés por ese “alguien”, y acepté.

Fuimos a un Lider a comprar copete. Las pocas veces que había comprado copete lo había pasado pésimo porque siempre hacíamos cachipún para ver quién era el que se conseguía a alguien que compre por nosotros y un par de ocasiones me había tocado a mí. Al ser tan evidente nuestra minoría de edad era una odisea que detestaba pero por la teníamos que pasar para lograr curarnos ese día. Sin embargo el Wegel, que tenía mucha personalidad, tomó la batuta y ni si quiera me hizo pasar por el cachipún; con determinación se dirigió al pasillo del copete, agarró un Capel de 35, una Coca Cola de 1,5 y se dirigió a las cajas.

La técnica, dijo antes de separarse de mí, es encontrar a un hueón joven, uno que haya tenido que pasar por lo mismo que nosotros, que se identifique con nuestro problema y pedirle con confianza y cortesía que nos compre. Las viejas y los viejos no nos van a comprar ni cagando, es una pérdida de tiempo, pero los jóvenes terminan cediendo. Partió.

Primero le preguntó a un tipo con su polola pero como el guardia estaba cerca y ya nos tenía fichados, dijo que no. Después le preguntó a dos amigos pero tampoco quisieron. Así se lo llevó durante varios minutos y la frustración se dejaba ver en su cara. Enchuchado se acercó a mi y me pasó las botellas. Trata tú, yo me voy a ir a fumar un cigarro.

Me quedé frente a las cajas sin saber qué hacer mientras el Wegel miraba con cara de pico al guardia y salía por las puertas automáticas de la entrada. Comencé a dar vueltas buscando alguien que cumpliera con el único requisito requerido pero no tuve el valor de preguntar. Me acercaba, incluso establecía un breve contacto visual que era el pie para hacer la pregunta pero seguía de largo y de inmediato me lamentaba. Cuando llegó el Wegel cachó que había fracasado y no dijo nada.

Nos quedamos parados como los hueones en la mitad del Lider esperando algo, cualquier cosa que nos ayudara para comprar el maldito pisco. Pensé en abandonarlo y decirle que esto era una señal de por qué no tenía que ir. Sopesé mis opciones: volver a mi casa, decepcionar al Wegel, encontrarme con mi mamá, ordenar la mesa y lavar los platos, servirme una copa del vino que mi mamá dejó en el velador antes de quedarse dormida con la tele prendida, botar el resto de vino, tomarme la copa, esperar a que mi papá me llame, hacer inventario de su bodega, perderme el mejor carrete del año; darle la posibilidad a la existencia del “alguien” que supuestamente me esperaba en el carrete. Llegar a la casa del Castro, adivinar en la cara de alguna mina la inexorable conexión que nos une, superar todas las expectativas de la noche.

A la mierda, dije, tomé aire, fui a una de las cajas y me paré en la fila.

El Wegel cachó y se fue al otro lado y esperó junto a unos empaquetadores, al lado de la tabaquería. Se notaba la expectación en su cara, quizás la misma que sentí yo cuando me convenció de ir al carrete, y con cada producto de la señora que iba adelante mío que pasaba y sonaba el pip al ser marcado por el lector, se impacientaba y movía las manos con nerviosismo. Cuando fue mi turno la cajera, que era vieja y tenía cara de estar sentada en esa incómoda silla desde las ocho de la mañana, me miró como queriendo ponerme nervioso y delatarme solo, pero yo estaba empecinado en comprar ese copete y ponerme a tomar de inmediato; la miré fijamente, como nunca hago, con confianza, y le pregunté si le pasaba algo. No, no pasa nada, dijo con una mueca de enojo y cansancio y marcó el pisco y después la Coca Cola. Debe haber sido la barba, me diría después el Wegel, saltando de alegría afuera del Lider.

Esperamos al Pizarro en una plaza y nos pusimos a tomar. Cuando llegamos al carrete a eso de las doce de la noche estábamos curados como pico. Nos tomamos la promo completa mientras la curadera nos entregaba toda la personalidad que necesitábamos para llegar triunfales, como dueños de nosotros mismos. Saludé a medio mundo y nos sentamos en un sillón cerca de la piscina en donde estaba la gente de mi paralelo.

El Wegel no paraba de contar cómo fue que compré el copete. Lo hubieran visto, el hueón más brígido que he conocido, decía pegándome en la espalda con fuerza. Yo, por más que quería contar más detalles como para endiosar aún más mi imagen, me quedaba callado y escuchaba con falsa humildad. La gente me felicitaba.

Una de las minas que estaban escuchando la historia, la Rena, se me acercó después y me tomó del brazo. Estaba borracha y me preguntó cómo es que no me veía tan seguido en los carretes. Es que siempre estoy ocupado, fue lo primero que se me vino a la mente y que le dije como echando la suerte, tanteando el terreno. Ella se rió y por primera vez desde el Lider pensé en lo que me dijo el Wegel. Ella es, pensé.

La Rena no me gustaba para nada pero si yo le interesaba no me iba a dar el lujo de desperdiciar la oportunidad. Como yo no tenía idea cómo se joteaba hablamos de cualquier cosa. Cuando empezaron a cantar cumpleaños feliz yo estaba seguro que me la iba a agarrar. Me seguía a todas partes y tomaba sorbos de su piscola pensando que si me dejaba compartir su vaso era porque algo iba a pasar.

Abracé al Castro después de que el Pizarro y el Wegel lo hicieran y cuando me devolví para buscar a la Rena sentí un golpe en el culo, una palmada. Me di vuelta y estaba la Paula, cagada de la risa.

¿Y tú no me vai a saludar? me dijo sosteniendo un vaso en la mano. Se veía rara pero no en el mal sentido de la palabra, sino que distinta. Me di cuenta que nunca la había visto con ropa de calle; el concepto que yo manejaba en mi cabeza sobre ella era una figuración que sólo era posible en los confines del colegio, con uniforme. Para mi la Paula era la Paula en el colegio y con uniforme

Pero se veía exquisita. Llevaba puesto un pantalón verde y unas chalas. Usaba una polera corta de color blanco que dejaba a la vista su ombligo y olía a un perfume frutal, como de frutilla. Tenía los labios con rouge. Mientras la saludaba de un beso en la mejilla pasó por mi lado alguien que me dijo que juegue ahí. Cuando me di vuelta vi al Wegel guiñándome un ojo y agarrando a la Rena de la mano.

Nos sentamos cerca de la parrilla y nos quedamos conversando con un grupo de gente que ella conocía y con los que yo nunca había hablado pero que sí había visto en el colegio. Uno de ellos, que era más grande que nosotros, se la joteaba descaradamente y yo me ponía incómodo. Ella, lejos de rechazarlo cortésmente, joteaba de vuelta. Era extraño, estaba celoso, quería sacarle la chucha a ese conchasumadre pero sabía que estaba destinado a perder contra él, que si la Paula estaba dispuesta, yo me iba a tener que quedar mirando como se comían entre los arbustos.

Lo que pasó después fue más o menos así. La Paula hablaba con el grupo de gente y yo, sentado a su lado, fingía escuchar y pensaba en ese hijo de puta que se la quería comer. La Paula que le devolvía el joteo, yo que imaginaba a mi mamá despertando con la tele prendida, sirviéndose un vaso de vino y mi viejo emputecido por no aparecer en su casa para ayudarlo con lo de la bodega. Yo que me excuso para ir a buscar un copete o ir a mear y que me pierdo entre la gente hasta encontrarme con el Wegel. El Wegel que me dice que qué pasó, que tengo que volver y ponerme los pantalones, que la Paula me tiene ganas. Yo que me niego, que me tomo el copete al seco, que me siento como el pico. El Pizarro y otro tipo que no conozco que me preguntan si quiero que le saquen la chucha el hueón y yo que les digo que no. El silencio incómodo tras mi negativa y sus miradas que se conjugan en un lugar del carrete, a mis espaldas, con cierta alegría renovada. Yo que me doy vuelta y que veo a la Paula acercándose. Una felicidad demasiado grande en mi pecho y la Paula que sin decir nada me da un beso con lengua. La saliva, el olor a copete, la suavidad de sus labios y su lengua, el rouge en mi cara. La oscuridad y el silencio que parece que nos envuelve.

Cuando abrí los ojos el Wegel, el Pizarro y el otro tipo ya no estaban pero el conchasumadre que se estaba joteando a la Paula miraba desde no muy lejos con cierto odio.

La Paula me llevó a la pieza de la nana. Cerré con llave la puerta y nos acostamos en la cama y nos comimos. Estábamos calientes y ella se sobajeaba sobre mi, se movía como si estuviésemos tirando pero con ropa. Gemía, al principio despacio, pero a medida que pasaba el tiempo gemía con más fuerza. Yo no quería que nadie escuche pero cuando me agarró el paquete me dio lo mismo y seguimos en lo nuestro.

Desabrochó mi pantalón, me agarró el pene y me masturbó. Yo desabroché su pantalón y la masturbé. Después de eso no me acuerdo de nada más.

Me desperté desorientado y mi primer pensamiento fue recordar dónde estaba. Sin abrir los ojos pensé en la Paula y la casa del Castro. De a poco las náuseas se despertaron en mí y me paré con cierto sobresalto que me mareó aún más. El aire estaba pesado, se podía sentir el olor a copete y a sexo. Abrí la ventana para ventilar un poco y busqué mi celular entre la ropa que había en el piso. Me acosté al lado de la Paula que lo único que vestía eran unos calzones rosados. La observé un rato mientras ella dormía hacia la pared; traté de recordar cada segundo de la noche anterior y una pequeña sonrisa se dibujó involuntariamente en mi cara.

Me quedaba cinco por ciento de batería y tenía siete llamadas perdidas de mi viejo y un mensaje suyo que decía: Cabro hueón, dónde estai? Por la chucha, contesta el celular. Cerré los ojos y respiré profundamente queriendo quedarme dormido. Eran las nueve de la mañana y me dolía la cabeza. Suena el celular. Es mi mamá. Está llorando. Dice que su pololo volvió curado como pico a la casa y está tratando de entrar pegándole a la puerta. Cuelgo y me visto rápido mientras la Paula se despierta y me pregunta qué pasa. Nada, no pasa nada, le digo y le doy un beso y me voy a mi casa.

Milenka

Milenka

Surcando las avenidas desiertas de Santiago durante un sábado de lluvia conocí a Milenka. Milenka es una chilena, de padres chilenos, cuyo nombre es producto de la creatividad del padre a quién asignaron la tarea de inscribir en el Registro Civil a su recién nacida hija como María, nombre que a su gusto era demasiado común, por lo que en un acto de empoderamiento se decidió por lo exótico. Milenka, según me contaba tras compartirle fuego, jamás resintió la idea, dice que su padre era un incomprendido y que ella, de cierta manera, también lo es, no como su madre que al enterarse de lo hecho por su marido se puso furiosa y le cortó el agua durante tres meses, sus palabras.

Años después, coincidiendo con las primeras pataletas quineañeras de Milenka, su madre se vio obligada a confesar un amorío con un doctor de Viña del Mar, al que había conocido durante uno de sus viajes a la quinta región en los que buscaba financiamiento para su emprendimiento de jabones hechos en casa. El emprendimiento era un fracaso, no contaba con verdadero interés y pocas eran las ocasiones en las que la madre de Milenka volvía a casa con alguna inversión. Pero todo cambió de un día para otro cuando según ella un inversor de la zona estaba dispuesto a entregarle una importante suma de dinero, ayuda que serviría para darle el gran empujón que necesitaban sus jabones. Sin embargo la verdad se fue sabiendo cuando su esposo decidió sorprenderla yendo en bus hacia Viña. Se bajó en el terminal, buscó una florería, armó un ramo que llevó consigo durante todo el trayecto hasta cerca del Casino, lugar en el que sabía que su esposa se encontraría a una hora determinada para reunirse con uno de sus posibles inversores, pero cuando arribó la encontró muy de la mano con el doctor, un tipo pequeño, flaco, pronto a ser calvo, manos pequeñas y, como comprobaría después, voz aguda. El pobre padre de Milenka, destrozado por dentro, los enfrentó y con pesar se enteró de la verdad. Nos amamos, dijeron casi al unísono. Sin mucho más que hacer, abandonó el lugar con las flores todavía en sus brazos y vomitó unas calles más allá. Una tragedia que afectaba al incomprendido que le hacía honor a su nombre sin entender nada. No se lo merecía, decía Milenka con lamento.

Lo peor, dijo, fue cuando su madre volvió a casa, preocupada e intentando disimular la tensión. Era evidente que sentía la culpa, ya que estaba especialmente servicial con su marido, cosa que nunca había sido así, muy al contrario, era su esposo el que procuraba satisfacer cada una de sus necesidades y caprichos. Fue varios días después cuando su madre bajó del segundo piso al living de la casa con maletas hechas y compartió la noticia. Dijo que no esperaba que fuera comprendida, que entendía si la odiaban, pero que ella quería ser feliz y que el doctor, así se refería a su nuevo amante, le entregaba eso. Milenka, por supuesto, ya estaba enterada del asunto, su padre no dudó en compartir su pena con ella, y tras escuchar las palabras de su madre, le dijo que se fuera, que se fuera a la mierda, por puta y mentirosa.

Desde ese día en adelante somos los dos, mi papá y yo, continuó diciendo mientras encendía otro cigarro. Él se sacó la cresta para pagarme el colegio y luego la universidad. Nunca cuestionó ninguna de mis decisiones, ni cuando me matriculé en Historia ni cuando llegué a mi casa con mi primer pololo ni cuando llegué a mi casa con mi primera polola. Él siempre me dijo que yo era un alma libre, que hiciera lo que quisiese porque esa era la única forma de llegar a la verdad.

Sus palabras me parecían dolorosas y acertadas. Milenka no debía tener más de treinta años, quizás unos veintiséis o veintiocho, pero algo en su forma de hablar y en sus posturas me hacían pensar que delante mío tenía a una mujer, una que ha pasado por más malo que bueno, pero que aún así no ha podido ser derrotada. Pero éstas, claro, eran mis apreciaciones, nada más. Nos quedamos en silencio mientras esperábamos que la micro pasara. La lluvia no paraba de caer y el techo del paradero parecía que se caería en cualquier minuto.

Le pregunté por su madre, si es que la había vuelto a ver. No, me dijo rotundamente, no la vi más. Tengo entendido, volvió a decir tras meditar unos segundos mirando la lluvia que caía sobre la vereda, que está viviendo en Miami. Cosa de ella, siempre quiso ser algo que no era, aspirar a más, la casa grande, el marido exitoso, las lucas, el auto, el gimnasio, el golf, el estátus. Y con mi papá eso era imposible, mi papá es el antónimo desolado, es el hueón que vive a penas, sacándose la cresta, que no se queja, que es feliz, que no le hace daño a nadie, que ayuda al que puede a pesar de que eso le signifique apretarse el cinturón hasta fin de mes.

Volvimos al silencio. Saqué de mi mochila una lata de cerveza que compartimos. Encendí otro cigarro mientras ella escribía en su celular largos párrafos a la que podía ser una amiga o su polola o su pololo. Tal vez era su padre, la verdad podía ser cualquiera, pero lo cierto es que se empeñaba en escribir largamente para dar a entender un punto o una opinión.

¿Y tu papá a qué se dedica?, pregunté. Es conserje en un edificio de oficinas, me dijo sin despegar los dedos y la mirada del celular. Trabaja de lunes a viernes y los fines de semana atiende en una botillería cerca de mi casa. Por alguna razón pensé que su papá estaba muerto. Imaginé que después de la fuga de su madre su papá, el bueno de su papá, había caído en una suerte de declive, uno del que jamás pudo reponerse, volviéndose al alcohol, llegando borracho a la casa, a veces no llegando, perdiendo rápidamente el optimismo y la bondad con la que enfrentaba la vida. Seguramente su muerte ocurrió después de un atropello, él ebrio por la calzada, un ebrio al volante, ningún tipo de posibilidad de sobrevivencia. O quizás murió tomando en un bar, apuñalado por asaltantes. O simplemente, para qué imaginar escenarios tan terribles, se había ahogado en su propio vómito después de una noche como todas, acostado en su cama sin darse cuenta. Ahogado por el vómito y por la soledad. Y por la pena.

Pero para suerte de todos, digo todos porque para mí hubiese sido demasiado terrible soportar la veracidad de mis vaticinios, el hombre estaba vivo y, por lo demás, muy saludable. Después de terminar su carrera, Milenka se fue a vivir con una amiga a una casa antigua en el centro. Por su parte, su papá vendió la casa en la que habían vivido durante más de veinticinco años y se compró un pequeño departamento en Estación Central, en el cual cenaban al menos una vez a la semana. Cocinaba él, le gustaba hacer lasaña o cazuela y tomaban vino y a veces cuando estaban de ánimo tomaban gin con Ginger Ale y escuchaban Los Ángeles Negros y Milenka se quedaba a dormir. Más que padre e hija somos dos amigos, dos buenos amigos que se conocen demasiado, reflexionaría más tarde.

Culminada una época de indecisiones de todo tipo, sobretodo sexuales, Milenka decidió entrar en un periodo indefinido de abstinencia sexual. De eso han pasado dos años, me dijo mirándome directamente a los ojos por primera vez desde que hablábamos, como buscando opiniones en mi forma de retribuirle la mirada, pero a decir verdad no estaba seguro de cómo interpretar esa información. Pensé que me lo decía para acabar con ella, que yo, el desconocido del paradero, era el afortunado que tendría el placer de penetrarla por primera vez en veinticuatro meses y acabar con una sequía que se fue extendiendo a velocidades insospechadas. La idea, debo ser sincero, no me desagradó en lo absoluto. Personalmente estaba pasando por un periodo de dos meses sin sexo, lo que de inmediato me hizo ver en ella una mujer deseable.

Sus ojos eran verdes y su piel era muy blanca. Tenía pecas en la nariz y en las mejillas, su cabello era castaño, quizás era rojo, sus manos eran pequeñas pero sus dedos eran largos, tenía facciones finas y una nariz que invitaba a acariciarla. Su mirada, acaso lo más impresionante de todo su cuerpo, era desafiante, intimidaba, y la reacción que provocaba en mí ser observado de tal manera me hacía querer hacerle el amor ahí mismo. Pero me contuve y traté de disimular todos esos pensamientos que de seguro la hubiesen espantado en el acto. Se rió como niña, como cuando su padre seguramente le hacía cosquillas, y me dijo que todas las personas reaccionan de la misma manera, que nadie sabe cómo continuar una conversación después de enterarse de toda esa historia.

Después hablamos de lagos, de que a ambos nos producían una sensación de calma incomparable. Compartimos nuestros lagos preferidos. Los de ella, en orden, eran: Lago José Miguel Carrera, Lago Villarrica y Lago Todos Los Santos. Los míos: Lago Yelcho, Lago Llanquihue, Lago Caburga. Después las ciudades que nos gustaría conocer. Las suyas: Bratislava, Lille, Albarracín. Las mías: Berlín, Capetown, Perugia. Colores favoritos. Los suyos: Verde, morado, blanco. Los míos: Azul marino, rojo, blanco. Animales favoritos. Milenka: Zarigüeyas, elefantes, gatos. Yo: Gatos, perros, manatíes. Medios de transporte. Ella: Tren, bicicleta, barco. Yo: Tren, bicicleta, barco. Nombres femeninos. Ella: Natalia, Constanza, Carolina. Míos: Paula, Aranzazú, Almendra. Grupos favoritos de música. Milenka: The Smiths, Soda Stereo, Los Prisioneros. Los míos: Vox Dei, The Beatles, The Doors. Partes del cuerpo. Milenka: Labios, ojos, pies. Yo: Cuello, hombros, espalda.

Luego hablamos de libros pero pronto nos dimos cuenta que a ninguno nos apasionaban. Entonces hablamos de hobbies y ella me dijo que le gustaba tejer y yo le dije que a mi me gustaba jugar a la pelota y aparentemente mi pasión por el fútbol no le pareció interesante porque cuando le dije ella soltó una risita, una risita casi imperceptible como de burla, pero yo la noté y quise preguntarle de qué se reía pero no lo hice, y en cambio le pregunté si siempre contaba aspectos tan importantes de su vida a desconocidos y me dijo que no y me preguntó lo mismo y le dije que tampoco y nos reímos y nos volvimos a quedar callados.

La micro, como es costumbre en Santiago a ciertas horas de la noche, no pasaba y decidimos tomar un taxi a medias. Ella se bajaría en Baquedano y yo me bajaría en Escuela Militar. No tardó en aparecer un Nissan V16 con luces de neón conducido por un caballero de unos sesenta años al que nos subimos velozmente para no mojarnos con la lluvia. El taxista escuchaba boleros y la miraba de vez en cuando por el espejo retrovisor. Me gusta cuando llueve, dijo mirando por la ventana con cierta tristeza, una tristeza que por algún motivo me pareció de mentira o en su defecto demasiado real para ser expresada tan vanamente. Cuando llegamos a Baquedano dijo que ahí se bajaba ella y me pasó dos mil pesos y me dio un beso en la mejilla y me abrazó y yo la abracé y estuve tentado de darle un beso en los labios pero desistí y entonces se despidió del taxista y de mí diciéndome que había sido un buen compañero de paradero, frase que me produjo orgullo y felicidad. Se puso la capucha de su chaqueta, se bajó del taxi y corrió perdiéndose por una calle de edificios. Me acomodé en el asiento apoyando la cabeza en la ventana. Mi cara debe haber sido la cara de un enamorado o la de un confundido porque el taxista me preguntó si era mi polola y yo le dije que no y me dijo que era bonita y yo le dije que sí, que era bonita, y después me preguntó si éramos amigos desde hace mucho tiempo y le dije que sí, no sé por qué pero le dije que sí, somos amigos de hace tiempo, buenos y viejos amigos, y cuando llegábamos a Escuela Militar le dije que se llamaba Milenka.

Reiteración de los días

Reiteración de los días

La última vez que estuve en Berlin las cosas eran distintas. No en la ciudad, aunque imagino que también. Me refiero que en mi vida las cosas eran distintas. No sé si llena de certezas pero sí falta de incertidumbres. Han pasado casi diez años desde esa última vez en la capital alemana. En ese entonces vine con mis papás y fue el primer y último viaje que hicimos juntos como familia. Después de eso mis papás se separaron, algo que yo intuía sobretodo mientras estábamos aquí en Berlin. Era el último intento por salvar el matrimonio, un matrimonio que venía desgastándose desde la muerte de mi hermano Leonel. Y con la separación se vino abajo el ideal de familia que yo tenía en mi cabeza, ese de vivir juntos y felices, ir almacenando buenos recuerdos para la posteridad. Es por eso que Berlin adquirió un sitial muy importante en mi memoria, algo así como el último gran recuerdo familiar.

Pronto tras la separación todo se comenzó a resquebrajar, lo que me hizo entrar en un estado de letargo que se ha prolongado desde entonces. Mi papá volvió a vivir con mi abuela y con mi mamá nos cambiamos a un departamento en el centro que compramos con la venta del otro departamento. Entré a estudiar Informática pero no me gustó y decidí salirme y trabajar, algo con lo que mis papás no estaban de acuerdo, pero debido a que la situación económica tampoco era favorable resultó ser lo más coherente.

Trabajé haciendo de todo. Entregando muestras de quesos en un supermercado, repartiendo panfletos en los semáforos, manejando un furgón para una empresa de muebles y finalmente en una botillería. Este último trabajo, a pesar de ser el más desgastante debido a que incluso atendía de noche, era el que más disfruté por lejos. Muchos piensan que lidiar con los borrachos y todo el tipo de gente que acude a una botillería a las tres de la mañana es un desagrado, pero a mí eso me daba vida. Escuchar sus historias, imaginarlos a cada uno de ellos yendo a carretear con el único propósito de emborracharse y ojalá despertar al día siguiente sin mucha caña y con algún vago recuerdo de un encuentro sexual inesperado, era para mí un fascinante pasatiempo y tal vez mi forma de festejo teniendo en cuenta que yo trabajaba mientras el resto se divertía.

Casi al mismo tiempo, mientras trabajaba en la botillería, conocí a la Laura. Y como no podía ser de otra manera, la Laura llegó a la botillería con sus amigas, todas muy arregladas menos ella y eso fue lo que me gustó. No es que estuviese con pijama y sin ducharse, pero no exageraba en el maquillaje ni en la vestimenta. Compraron una botella de vodka, un jugo de naranja, hielos y vasos. Conversé con ella sobre el carrete al que irían, les conté que aquí -refiriéndome a mí- la misión era hacer que los carretes sean buenos, con trago a precio justo, les deseé una buena noche y se fueron. No volví a verla hasta dos semanas después.

Aquella vez estaba sola y quería comprar cigarros. Eran algo así como las seis de la tarde de un domingo, hora muerta para cualquier botillería, pero nosotros abríamos por si acaso, todo servía. Como no había nadie más y ella al parecer no tenía mucho que hacer nos quedamos conversando. Así, su presencia en la botillería se fue haciendo cada vez más regular y de vez en cuando nos fumábamos un cigarro en la entrada, cuando casi estaba por cerrar. Al poco tiempo tuvimos nuestra primera cita, la invité al cine a ver una película griega que a mí me encantó pero que a ella, según me confesó tiempo después, le cargó. A los pocos meses estábamos pololeando.

Laura estudiaba enfermería y estaba en su último año. Entre las prácticas y la titulación su tiempo era escaso. Me pasaba a buscar a la botillería en su Peaugueot 206 y nos íbamos a tomar algo. Si bien yo siempre insistía en invitarla, ella casi siempre se negaba y pagaba todo. A mí me daba rabia y a la vez pena, porque la evidente distancia que nos separaba en cuanto a realidades -ella era de familia de mucha plata, con un buen futuro por delante- era algo que tarde o temprano nos pasaría la cuenta. Qué tipo de futuro podía ofrecerle yo, un tipo sin estudios que trabaja en una botillería y que así como iba terminaría siendo mantenido por ella. Pero a ella parecía no importarle y eso me daba a entender que de verdad me quería.

Sin embargo cuando terminó su carrera y comenzó a trabajar en una Clínica del barrio alto entendí que no tardaría en darse cuenta que podía encontrarse a alguien mejor. O no sé si mejor, pero a alguien que le brindara estabilidad, un mundo alejado de la monotonía mediocre que me rodeaba en ese entonces. Ella me invitaba a sus carretes con sus colegas, todos gente con historias, con ánimo y futuro, y yo me sentía extranjero, demasiado alejado de todo eso. Me di cuenta que nuestras diferencias eran insalvables, y a pesar de que ella me seguía insistiendo que no le importaba, dejé de ir a sus carretes y por lo tanto dejamos de vernos tanto en el poco tiempo que disponíamos.

La relación se fue enfriando hasta que me di cuenta que me estaba cagando. Y si bien fue doloroso, no la culpé. Le dije que no era algo que me esperara de ella, pero que entendía que podía querer algo mejor, como tantas veces le dije. Al año se casó con el patas negras y tuvo un hijo precioso.

Sin planes para el futuro, sin amigos con los que desahogarme, sin vida social, el declive de mis días era notorio. Encontré en la marihuana una única distracción, pero la dejé porque me hacía pensar mucho y me deprimía . No me gustaba tomar porque mi papá siempre fue bueno para el trago -sobre todo después de la muerte de mi hermano- y transformarme en un borracho sería un puñal en el corazón para mi mamá, así que tampoco me podía permitir un escape. Mis semanas eran un bucle interminable en el que veía a juventudes enteras que se paseaban frente a mí, saboreando la noche que se les venía con una capacidad envidiable para no pensar en el futuro y en los problemas del presente. Y tampoco me daban ganas de salir y carretear con ellos, esto no se trataba de eso, se trataba de querer tener alguna razón para seguir respirando, por muy dramático que suene. La entretención que otrora la botillería me provocaba había desaparecido.

Fue así como don Gregorio, el dueño de la botillería, justo después de cerrar un día martes, me dijo que estaba pensando en vender el local. Ya estaba viejo, no tenía las mismas energías de antes y la plata tampoco estaba dando abasto para su vida de anciano abandonado. Me recomendó buscarme un trabajo, algo que me gustara, me dijo, lo recuerdo muy bien. Helado aún por la noticia, tampoco tan sorprendido pero sí tratando de encajar las piezas del puzzle, me senté en la vereda a fumar un cigarro tras otro, pensando en eso, en qué me gustaba hacer. Y con lamento y mucho dolor me di cuenta que no sabía qué me gustaba hacer.

No puede haber momento más decisivo en la vida de un hombre al darse cuenta que no hay algo, ni siquiera una pasión, algo por lo que pueda tener razones para levantarse todos los días. Hice una revisión de mis días, mirando hacía atrás, y desde aquél viaje a Berlin que las cosas en mi vida habían seguido un patrón invariable de mediocridad y monotonía. Vivía para el día, sin razones aparentes y sin fuerzas como para tomar una drástica decisión al respecto.

El último día en la botillería fue un jueves. Nada muy importante pasó, no hubo anécdotas ni momentos ceremoniosos. Éramos sólo don Gregorio y yo, él esperando el fin de la jornada para comenzar a descansar después de una vida de esfuerzo, yo no sabiendo si querer prolongar la duración de los segundos para no tener que llegar al momento de pensar en qué hacer con mi vida. La última venta fue una botella de agua mineral a una señora con su hijo. Luego de eso cerramos, con ayuda de los nuevos propietarios metimos lo poco que quedaba en cajas, nos dimos un apretón de manos y así se acabó todo.

Tras una semana sin hacer nada, ayudando a mi mamá con la limpieza de la casa, decidí viajar. Tenía bastante dinero ahorrado, algo bueno de la poca vida social que tenía, y no quise esperar a que la vida me diese alguna señal de esperanza hasta que el dinero se me acabase y tuviese que volver a someterme a la repetición del tedio. Sólo parecía sensato utilizar ese dinero en algo que quebrase esa vida aletargada que me tenía anclado a la  desesperanza.

Llegué a Madrid un día de junio. Comí tapas y tomé sangría. Caminé por el paseo de la Castellana desde la plaza de Cibeles hasta el Santiago Bernabéu. Me saqué fotos en la plaza Mayor y vi caer el atardecer en el Templo de Debod. Luego estuve en Barcelona, caminando por la Barceloneta, tomándome una cerveza en algún local de La Rambla. Y como no tenía mucho dinero como para extender mi travesía por Europa decidí que mi última parada fuera en Berlin, para recordar aquellos días en los que no había incertidumbres ni certezas.

Me senté en uno de esos locales que venden Currywurst. No recuerdo si era el mismo, pero desde luego era la misma zona en la que estuvimos con mis papás justo antes de irnos al aeropuerto. Con vista hacia el Branderburger Tor bebí una Erdinger y engullí las papas fritas y las salchichas. Luego de eso caminé por Unter den Linden hasta llegar a la Catedral de techos verdes. Me senté en el pasto, como muchos otros, y me dormí una siesta hasta que me despertó la alarma del celular. Caminé hacia la parada del bus que me llevaría hacia el aeropuerto, pero en un arrebato del momento seguí caminando, sin mirar atrás. Y ahora, mientras escribo estas palabras mirando los botecitos que navegan por el Spree, me pregunto qué tanto alemán deberé saber para trabajar en una botillería de por aquí.

 

(A veces) es mejor seguir recordando

(A veces) es mejor seguir recordando

Uno no elige los recuerdos que almacena en la memoria. Hay, claro, muchos que tienen importancia y que de alguna u otra forma nos definen como personas, o tal vez son indicios de lo que éramos y cómo veíamos el mundo en ese entonces. En cambio hay otros que sólo están ahí, como puestos por el azar, acompañándonos toda la vida y apareciendo de vez en cuando.

Este recuerdo es uno de los segundos, esos que aparentemente no importan. Hace mucho tiempo que no lo recordaba por lo que me sorprendió encontrarme en la fila del banco, una fila extensa y lenta, pensando en este particular momento. 

Cuando era pequeño me gustaba jugar con legos. Con ayuda de mi madre armaba complejas construcciones y a veces, por cuenta propia, construía objetos de nula estética pero cargados con toneladas de imaginación. Me gustaba ir ensamblando de manera antojadiza y luego tejer historias fantásticas en cada recoveco de mi casa, cuyos protagonistas eran siempre los pequeños hombrecitos de lego de color amarillo. 

Pero a medida que iba perdiendo el interés, sin importar en qué lugar de la casa estuviera, dejaba desparramadas las piezas, lo que provocaba una reprimenda por parte de mi madre y la pérdida inevitable de una que otra pieza o figura. 

Fue así como una tarde después de llegar del colegio y hacer mis tareas me fui arrastrando, porque por alguna razón tenía la costumbre de aprovechar el suelo resbaladizo, hacia el living, en donde después de saltar sobre el sillón encontré detrás de la puerta que daba hacia la entrada de la casa uno de los hombrecitos de lego. 

No sé por qué pero me quedé observándolo con asombro, preguntándome cuánto tiempo llevaba allí ese solitario hombrecito, cuyo cuerpo seguía en posición de asiento con los brazos alzados hacia arriba, esperando tal vez el rescate que no le daría. 

Desde aquella tarde y cuando su imagen de soledad se aparecía en mi cabeza, rondándome junto a la leve reprimenda que me llegaría si alguien lo encontrara, fui asiduo testigo de su presencia, detrás de esa puerta, junto al polvo y pronto a las telarañas. 

Pasó el tiempo y ese espacio de la casa, tan accesible para todos pero a la vez tan escondido, se transformó en lugar de peregrinaje, hacia el cual yo llegaba con ánimos de meditación, extrañado aún por la inexorable soledad del hombrecito de lego. 

Nunca hubo tentación para llevarlo conmigo, parecía correcto verlo en su designio y esperar algún cambio en la norma. Tardes enteras éramos sólo él y yo. Toda una vida suya la de quietud y desamparo.

“Siguiente” escuché por segunda vez y una mano me tocó el hombro. Como despertando de un sueño caminé hacia la caja, entregué el depósito y luego me fui a casa pensando en que no tengo recuerdos respecto al destino del hombrecito de lego. 

Al llegar lo primero que hice fue ir hacia el living con la extraña sensación de querer volver a mirar detrás de la puerta. Algo me decía, una especie de corazonada, que allí podía seguir estando el hombrecito de lego, envuelto en polvo y soledad, pero a la vez parecía un escenario demasiado improbable.  

Aún así inexplicablemente sentí una batalla de fuerzas, una que me llamaba a asomarme detrás de la puerta y otra que me decía que dejase todo como estaba. Qué idiota, pensé. Era como si en caso de no estar, el último retazo de infancia se hubiese ido, y en el caso contrario, como si la soledad siguiera siendo una constante de la vida del hombrecito de lego, acaso espejo de la mía. 

Entonces tomé la manilla de la puerta. 

Pero desistí.  

Antes de llegar

Antes de llegar

Cuando bajamos del tren ninguno de los dos quisimos decir nada. De alguna forma la estación hablaba por nosotros, que preferíamos callar ante tanta precariedad, como si el silencio calmase la enorme decepción que estábamos secretamente sintiendo al darnos cuenta que muy a pesar de ser Italia el país en el que nos encontrábamos, Tortona y su estación de trenes no eran precisamente un parangón de belleza histórica y modernidad, sino más bien todo lo contrario.

Los dos andenes eran absorbidos por una penumbra indescifrable desde la cual podían surgir todo tipo de personajes y situaciones que preferimos evitar rápidamente adentrándonos en una pequeña cafetería, en la cual pretendíamos permanecer durante nuestra estadía de dos horas hasta que nuestro próximo tren nos llevase a Bologna, última parada antes de Venecia, destino final de nuestra travesía. 

La noche caminaba en paralelo con el frío seco como haciendo una carrera sin prisa hasta el amanecer, para el cual aún faltaban unas siete u ocho horas. La calma resultaba inquietante sobre todo porque en los pocos que estaban en la cafetería con nosotros no parecían haber planes para el futuro próximo; es difícil explicarlo, pero en sus rostros y en sus posturas, en el revolver desalmado del café y en el mordisco obligado a la galletita, no había más que acciones comandadas por el desgano, lo que me daba la sensación de que estos hombres permanecían en un estado de automatismo prolongado, como si a sus vidas se les hubiesen acabado las energías y se mantuvieran andando con un estanque de reserva al cual le quedaban las últimas gotas de inercia. 

Nos sentamos en una mesita la cual cojeaba al apoyarse sobre mi lado, pero la preocupante calma de la noche nos aterraba e impedía reaccionar hasta para hacer un cambio tan simple como ese. Ordenamos un café cada uno y calculé que en dos horas tendría que pasar nuestro próximo tren. Mientras tanto me distraía con un señor que en una esquina jugaba en una de las máquinas de apuestas, una máquina azul y de cuya pantalla se desprendían colores como el amarillo y el rojo cada vez que se realizaba algún movimiento. Mascullaba con una voz que a mi parecer parecía de enojo, pero su borrachera y mi nulo entendimiento del italiano y menos del italiano de un borracho, hacían más difícil la interpretación. 

Todavía no terminábamos nuestros cafés cuando la mesera nos señaló amablemente que cerrarían en cinco minutos y que teníamos que pagar para luego salir del establecimiento. El anuncio no me sorprendió teniendo en cuenta que nos acercábamos a medianoche, no obstante alimentó la tensión en el ambiente ya que desde ese momento perteneceríamos a la indómita naturaleza de la pequeña y peculiar estación, a la cual estábamos confinados sin variedad de posibilidades.

Miró a mis ojos tal vez buscando seguridad, o quizás esperando encontrar el mismo temor que ella sentía al imaginarse las próximas horas a merced de la estación. Cualquiera fuera el caso, sin gran éxito esbocé una sonrisa y le dije que todo estaría bien. Pagamos la cuenta, tomamos nuestras maletas y salimos de la cafetería. 

El aspecto de la estación no era el mejor. Además de la tenue iluminación que hacía que las paredes palidecieran, se oían murmullos preocupantes que venían desde el otro extremo. Lentamente caminamos por el único pasillo que servía de conexión entre la cafetería, la sala de espera, los baños y una pequeña salita en la que sólo había una máquina para comprar pasajes, lo que nos permitía dimensionar la pequeñez del edificio. 

A medida que con breves pasos nos acercábamos a la sala de espera los murmullos se dilucidaban y llegaban hacia nosotros como alaridos llenos de fervor o rabia. A penas asomé mi cuerpo, cada una de las personas que allí estaban (repartidas entre los cuatro largos y fríos bancos de madera) fijaron la mirada en nosotros por segundos que parecieron ser una condena eterna, y luego, tras un escrutinio breve pero severo en el cual gobernó el silencio más cruel, volvieron a lo suyo. 

Eran cuatro: Dos vagabundos ebrios que bebían cerveza y discutían justo al final de la sala; un tipo de unos veinticinco o treinta años, difícil decirlo por su barba y ojos idos, que se paseaba como predicando o definitivamente hablando solo; un hombre de aspecto común y corriente, impasible y aparentemente acostumbrado a convivir con personajes como los que veíamos con incredulidad, que yacía sentado y completamente inmóvil. 

Sin otra opción nos sentamos en las primeras bancas, justo debajo del televisor que colgaba desde una esquina y que mostraba el triste y solitario itinerario de la estación, cuyo único  y próximo tren era al que debíamos subirnos con dirección a Bologna Centrale. Dejamos nuestras maletas apoyadas en la pared, resguardadas por mi indefensa figura y nos dispusimos a esperar en ese extraño ambiente. 

Mi única preocupación era el tipo de la barba que hablaba solo y que se paseaba dando la sensación de que no estaba al tanto de dónde se encontraba. En su mirada se adivinaban ilusiones desconcertantes que lo tenían ataviado, protagonizando una perorata en la que parecía no haber grandes tópicos, lo que confundía aún más sus dictámenes. Peligrosamente (digo peligrosamente porque en el momento todo parecía sentirse demasiado próximo a lo pernicioso) se acercaba hacia nosotros y buscaba en su caótico universo alguna razón como para hacernos parte de él, pero luego, comprendiendo con decepción que no había por qué, o tal vez sin darse cuenta de nuestras presencias, se volvía balbuceando hacia los vagabundos. 

Nos mantuvimos siempre en los confines de su locura con los alaridos de los vagabundos, cuya discusión parecía subir de temperatura, y a veces me daba vuelta y buscaba la mirada del hombre de aspecto común y corriente que permanecía en envidiable quietud y calma, sin darse por aludido y quizás a la espera del tren que nosotros también ansiábamos.  

El cansancio nos azotaba cual flagelo y por un momento pareció oportuno descansar cerrando los ojos. Recordé los días de infancia en los que el mejor refugio ante el miedo era cerrar los ojos y esperar a que las cosas malas se acaben, como si en la oscuridad de mis ojos cerrados no existiesen riesgos, ni miedos, ni responsabilidades. Fue así como comenzábamos a quedarnos dormidos cuando un grito ensordecedor nos despertó de súbito. 

El loco de barba, angustiado como siempre, seguía su paseo inquieto, y el tipo de aspecto común y corriente mantenía la mirada en el ventanal que tenía justo enfrente. Me inquietaba gravemente el hecho de que no se dieran por aludidos ante lo que según mi parecer, se trataba de algo terrible. Me levanté y lo que vi me aterró: uno de los vagabundos yacía en el suelo, ensangrentado y al parecer agonizando, mientras el otro encendía un cigarro y luego daba un largo sorbo a su cerveza. 

Atemorizado la desperté, tomé las maletas y salimos raudos hacia la calle. Creo que aún dormida no alcanzó a darse cuenta de lo que ocurría, pero a penas le conté lo sucedido el pánico amenazó con apoderarse de ella y por consiguiente de mí. Dimos una breve caminata por los alrededores de la estación pero nada parecía lo suficientemente seguro pues la oscuridad reinaba, al igual que el silencio y la soledad, y el frío era el gran impedimento como para permanecer alejados de esa sala de espera llena de personajes indescifrables. 

Azuzados por el frío, que curiosamente resultó ser más poderoso que el miedo, volvimos a la estación. Me asomé por la sala y ningún cambio se manifestaba; tan sólo la sangre del que ahora era cadáver se escurría lentamente como un fino hilo desde el cuello hacia una de las puertas. Tras sopesar los próximos movimientos parecía que lo más lógico era ir hacia los andenes, en los cuales habían cámaras de seguridad y bajo cuya vigilancia era menos probable que fuéramos víctimas de cualquiera de los hombres que ahí se encontraban (o al menos el crimen no quedaría impune, aunque a esas alturas nada garantizaba su funcionamiento). 

El problema era que para llegar a los andenes la sala de espera era el único camino disponible a esas horas. Tomamos aire y tratando de fingir tranquilidad entramos y comenzamos a cruzar. Sin embargo, como si la maldición de Tortona (si es que la había) se estuviese haciendo presente en nosotros, el loco pareció despertar de su ensimismamiento y nos dirigió una mirada absorta que amenazó con violentarnos. Apuramos el paso y lo dejamos atrás, pero no tardó en soltar una letanía de palabras y recriminaciones que venían con una gran carga de violencia, la cual nos angustió terriblemente. 

Fue en el momento cuando siento su mano, una mano dura y pequeña que se posó sobre mi hombro, señal inequívoca de que el peligro se tornaba real, que me doy vuelta listo para defenderme y me enfrento a la realidad, una que minimizaba cualquier temor o vivencia anterior y que terminó por sacarme de mis cabales: la soledad, la soledad absoluta de una sala de espera en completo orden, sin personas, sin el hilo de sangre, sin nada de lo que habíamos estado temiendo, sin, por supuesto, el loco que recientemente nos gritaba y tocaba mi hombro. 

Corrimos, al borde del colapso, hacia el andén y dejamos nuestras maletas en el suelo mientras nos paseábamos inquietamente, buscando explicación, aterrorizados a más no poder y queriendo dejar atrás esa estación terrible. De pronto, sin previo aviso, nuestro tren apareció entre la niebla  y la emoción casi nos hace perderlo, pero tras una carrera desesperada logramos entrar a nuestro vagón y sentarnos en nuestros asientos. 

Aún sin saber qué es lo que había ocurrido, dejamos atrás la estación de trenes de Tortona, aquél pequeño pueblo perdido en la provincia de Alessandria que una noche de febrero de hace algunos años fue el escenario que desafió nuestros temores más recónditos. 

Nos sentamos, di un resoplido y luego me quedé dormido. Cuando desperté llegamos a la estación central de Bologna, la cual esperaba que fuera grande y cómoda para que las próximas cuatro horas de espera no tuvieran parecido alguno con nuestra permanencia en Tortona. Sin embargo nunca imaginé el calvario que significaría esa espera, sobre todo porque al bajar de nuestro vagón, no mucho más lejos de nosotros, un tipo de barba y ojos idos se paseaba por el andén balbuceando cosas que no entendería jamás. 

Nadie tiene que enterarse

Nadie tiene que enterarse

Eduardo Cárcamo

@eduardocarcajadas

Publicista / Melómano / Cinéfilo / Animalista / Adicto a la democracia / 25 años / Enamorado de las mujeres / Ácido e irreverente / If you don’t like what you see, go fuck yourself / Escritor aficionado

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Hace 22 h: Ésta hueá está llena de #flaites exclusividad mis pelotas. 

Hace 22 h: Cuando conocí la música de Metronomy la mayoría de los que están aquí todavía no perdían su virginidad. Al parecer, algunos todavía no la pierden. #lascosascomoson #Metronomy

Hace 22 h: Me pregunto qué pensara Joseph Mount de esta cagá de local. Será como volver a sus inicios en Inglaterra. Al menos eso espero. #Metronomy

Hace 22 h: Por fin! Metronomy en la casa! #Metronomy

Hace 22 h: Empezaron con The Bay y siguieron con The look. Estoy en éxtasis. Literalmente. #Metronomy #Éxtasis

Hace 22 h: Qué rabia me da que esté lleno de hueones que ni se saben las canciones. Vienen a puro aparentar. 

Hace 22 h: Demás que escucharon un tema en spotify o en youtube y ahora se creen verdaderos seguidores. Pobres tipos. 

Hace 22 h: Creo que explotaré: Un pseudo hipster abre la boca pero sus gestos no coinciden con la canción. #Atroz

Hace 22 h: Suenan bien, pero ni se compara el ambiente con el concierto al que fui en Los Ángeles el año pasado. #Metronomy #summer

Hace 21 h: La cagó la resolución de mi Iphone 6s. No hay teléfono que se le compare.  En mi Instagram @eduardocarcajadas podrán ver las fotos. #pics #Metronomy #music

Hace 21 h: Cito a Mount: “We are truly happy to be here” Ninguno de los hueones parece entender nada. #incultos #english #Josephmount #Metronomy

Hace 19 h: En resumen: Buen concierto, tocaron los clásicos y uno que otro tema nuevo. Lo malo: la cantidad de hueones con ganas de aparentar. #apariencias #Metronomy

Hace 19 h: En la casa me espera un Chivas. Por suerte vengo inspirado, al parecer este concierto me viene como anillo al dedo para escribir algo. #writer #writing #chivasreagal

Sitúa el vaso de whisky con dos hielos junto al computador. A un lado está el tabaco, los papelillos y los filtros. Abre el word y escribe a modo de título: The Look. Pretende asociar el nombre de la canción con lo vivido esa misma noche en el concierto de Metronomy. Saca cuatro fotos perfectamente encuadradas y las revisa cuidadosamente. Selecciona la mejor y le aplica el filtro Moon y sube la foto a Instagram, Twitter y Facebook. 

Hace 17 h: Qué mejor panorama después de Metronomy. Whisky, inspiración y una obra maestra por escribir. #metronomy #chivasreagal #inspiration #pic #blackandwhite #truehappiness

Después de dos primeros sorbos vomitivos, deja que el hielo se derrita durante varios minutos mientras escribe escuchando la música de Metronomy. Vuelve a beber pero el sabor es peor y bota el whisky en el masetero de la ventana. Se sirve más hielo y más whisky. Escribe sobre el pseudo hipster, el cual, misteriosamente, se ha transformado en el protagonista de su relato, un relato contado por un verdadero seguidor del grupo, un auténtico melómano que resulta que es publicista y que tiene un estilo propio. Sonríe con cada palabra y se siente inmensamente orgulloso de las dos páginas que lleva escritas. Saca otra foto, esta vez enfocándose en el texto (sin que se pueda apreciar lo que dice) pero mostrando también los elementos claves: el whisky y el tabaco. El mismo filtro a la foto y nuevamente las sube a las mismas redes sociales. 

Hace 16 h: Avanzando rapidísimo. Creo que esto tiene potencial para ser novela, pero veremos cómo se van dando las cosas. #writing #writer #whisky #macbookpro #chivasreagal #tobacco

Sin recursos a los que acudir, googlea: Películas de culto. Ingresa a un ranking de las 100 películas de culto según un diario español. Están, entre ellas, La naranja mecánica, Pulp Fiction, El club de la pelea y Doce monos. Sin embargo le parecen demasiado conocidas. Vuelve a googlear: Mejores directores de cine italiano. Los resultados le sugieren que un tal Vittorio de Sica tiene películas galardonadas y merecedoras de las mejores críticas. Luego de ver en Wikipedia de qué tratan sus mejores películas, agrega a la trama de su relato una comparación de las películas de Sica con la música de Metronomy. 

Hace 15 h: Imposible dejar de lado en un relato como este a mi director de cine preferido: Vittorio de Sica. Hice una comparación muy interesante con la música de Metronomy. #innovation #metronomy #vittoriodesica 

Es tarde y las ideas se le acaban. Guarda el documento y cierra el computador. Se acuesta, no sin antes publicar una selfie con un libro de Borges que encontró entre cajas en la habitación de servicio. 

14 h: Hora de dormir. Imposible conciliar el sueño, eso sí, sin un poco de Borges, uno escritor que llevó la lengua española a lugares impensados. Muy recomendado. #borges #selfie #sleep #literature

4 h: Soñé con mi cuento. Eso es un buen presagio. A seguir escribiendo un rato antes de ir a la exposición de fotos de Chema Madoz. #chemamadoz #photography #happy

Vuelve a escribir frases incongruentes que se mezclan con referencias de la cultura pop y de la cultura general. No cesa su búsqueda fervorosa de recursos en google, agrega a escritores de la lengua inglesa y japonesa, trae a la vida a Cortázar y lleva a su protagonista por caminos endebles acompañado de letras de canciones.

3 h: Una foto antes de salir a la expo de Chema. #Chemamadoz.

3 h: Es un genio Chema. Lo conocí hace varios años, en el colegio, creo, y nadie me pescaba. Vean quién está en lo correcto ahora. #haters #chemamadoz #genio

3 h: Es increíble lo que logra Chema con sus fotos, las miles interpretaciones que se le pueden dar. 

3 h: No me sorprende que yo sea uno de los pocos que estamos aquí. País inculto e hipócrita. Piden cultura pero no la aprovechan. #incultos #culto #cultura #chemamadoz

Saca fotos a cada una de las fotografías, casi sin observarlas, y va subiendo las mejores a su instagram. Busca ángulos para obtener fotografías de toque artístico y saca un par que lo satisfacen. Cuando ya tiene registradas cada una de las piezas, se va del lugar. 

2 h: Qué gran exposición. 100% recomendada. Dejen de escuchar reggaetón y ver huevás en internet y culturícense un poco. #lascosascomoson

Llega a su casa entusiasmado por los likes y Me Gusta que comienzan a llover tras la serie de publicaciones que ha subido. Se sienta nuevamente en su escritorio, saca una foto con la misma tónica que las de la noche anterior, computador, whisky y tabaco, pero el whisky no lo toca, sólo lo vierte de vez en cuando en el masetero para dar la sensación de que ha bebido. Tras varios minutos escribiendo, su relato culmina con el protagonista llegando a su casa listo para subir fotos y escribir en twitter todo lo que vivió en el concierto de Metronomy. El relato termina así: Después de una noche de ignorancia, en la que sólo se preocupó de aparentar y hacer de su presencia lo más notoria posible, llega a su casa y comienza a subir fotos y videos del concierto. Cada comentario o Me gusta le llena el corazón de orgullo y felicidad, una felicidad que sólo experimenta con la aprobación virtual de personas que con suerte conoce. Se sienta en su sofá y enciende un cigarro. Grita de alegría por su popularidad en alza”. 

1 h: Terminé mi cuento. Creo que es lo mejor que he escrito. Estoy en la duda si presentarlo a algún concurso o darles la posibilidad a ustedes de leerlo. #doubts #writing #writer

1 h: Creo que lo mejor es presentarlo a un concurso así que cuando se delibere podrán leerlo. Ojalá publicado en algún lugar 🙂 #writingcontest

Eduardo se acuesta en su cama, satisfecho por lo acometido, revisa el Timeline y mira de reojo el whisky, el cual termina de verter sobre el masetero. Se saca una selfie con la botella vacía y la publica.

1 min: Finished! Un manjar, pero de verdad. #chivasreagal #selfie #notdrunk #delicious

Cierra el computador y desde su Iphone 6s actualiza su presentación de twitter: 

Eduardo Cárcamo

@eduardocarcajadas

Publicista / Melómano / Cinéfilo / Animalista / Adicto a la democracia / 25 años / Enamorado de las mujeres / Ácido e irreverente / If you don’t like what you see, go fuck yourself. / ESCRITOR