De cuando fuimos al supermercado

A Joaquín y Martín

 

Cerca de la casa de M hay una pequeña plaza con una especie de pérgola en la mitad. Ahí nos dispusimos los tres a fumarnos un pito, a pesar de que C todavía era reticente a tales menesteres. De todas maneras, como siempre y después de hacerse de rogar, lo convencimos y terminamos volándonos de sobremanera, esas voladas que uno no espera y que al darse cuenta que las expectativas han sido sobrepasadas, agradece como mirando al cielo y sonriendo.

Esos pitos en particular los compré junto con otro amigo a una señora que le decían la Tía Paty. Sólo logré comprarle en dos ocasiones, y el resultado siempre fue extraordinario, con gramos justos y calidades que para la época resultaban fascinantes. Así que la Tía Paty nos proporcionó un fin de semana de inesperada diversión que comenzó en esa pequeña pérgola de la pequeña plaza que se encuentra justo en la esquina, un poco más allá de la casa de M. 

La verdad es que no sé en qué estábamos pensando. Debíamos estar ansiosos por fumar y no pudimos aguantarnos. Caminamos dando botes sobre la oscuridad de la noche, adentrándonos en calles y callecitas, por barrios tranquilos y alertas. Mientras tanto, claro, nos cagábamos de la risa porque parecía inconcebible el poder de la marihuana que recién habíamos consumido. 

Entramos al supermercado sin sopesar lo que se nos venía. Lo primero que nos abofeteó fue la absoluta claridad, las luces blancas y potentes que contrastaban con nuestra oscura caminata que nos llevó hacia ese lugar. La cantidad de personas, como todo día viernes a las ocho de la noche, era una locura, locura, por cierto, de la que participaríamos sin siquiera darnos cuenta. 

Esa entrada triunfante, que de triunfante no tuvo nada, sino más bien desacertada porque por alguna razón nos pareció hilarante el súbito cambio de panorama, y las risas eran incontenibles y se podía sentir en las miradas de los que tenían la mala fortuna de pasar cerca de nosotros, que se aborrecían al vernos pasar dando carcajadas, con ojos seguramente inaceptables, fue una inserción llena de gazapo. 

Creo que fuimos a comprar pisco y coca cola, y hielo. Puede que también, teniendo en cuenta nuestro estado, hayamos buscado algo para comer, quizás papas fritas o tal vez carne y carbón para un asado producto de la imaginación que nos abordaba en esos momentos y que de seguro desencadenaría un hambre voraz e incontenible. Lo cierto es que hacernos de los productos por los que íbamos no fue una empresa sencilla. Caminábamos como desorientados haciendo rutas inexpertas, rutas irrisorias que nos llevaban por el pasillo de los detergentes y luego por el de los juguetes, para finalmente, de alguna forma que no lográbamos dimensionar, aparecer en el pasillo de los copetes. 

Nos debe haber tomado una media hora conseguir nuestro objetivo, y cuando por fin logramos reunir lo requerido, nos dirigimos a una de las cajas rápidas, que de rápidas no tenían nada, pero tampoco confiaría en nuestra percepción del tiempo, averiada por la planta. De todas maneras no teníamos apuro, porque el paroxismo nos gobernaba y nos reíamos sin detenernos en nuestro comportamiento que de seguro tenía a las señoras que nos rodeaban muy alteradas y preocupadas. 

En esa espera llena de risa y despropósito, la señora que iba adelante de nosotros y que en su carro llevaba a su hija, que según mis cálculos inexactos no superaba el año, año y medio, nos pidió que cuidásemos a su corazoncito mientras ella iba a buscar algún producto que había olvidado. Estupefactos ante su petición, demasiado volados como para argüir una negación, aunque el rechazo no parecía viable, la señora desapareció rauda y nosotros nos quedamos pensando cómo era posible que una señora le entregara la responsabilidad de su corazoncito a tres pendejos que estaban lejos de estar dentro de sus cabales. Luego pensamos que no era para tanto, que tampoco era tan difícil. Yo sólo rogaba en silencio que el corazoncito no se pusiera a llorar porque ahí si que el asunto se pondría difícil. Las risas me contagiaron nuevamente y de reojo me detenía en la niña que nos miraba con asombro. 

Cuando llegó la señora con su lavaplatos nosotros seguíamos en nuestra dinámica de goce, y ella pudo darse cuenta que su corazoncito estaba lejos de ser nuestra prioridad número uno, pero resignada no dijo nada, tal vez entrando en razón, dándose cuenta de la irresponsabilidad acometida, una que, por cierto, callaría secretamente y trataría de olvidar. 

Todavía no era nuestro turno y nuestras risas impacientaban a las demás personas de la fila. Cuando C se dio vuelta y cruzó su mirada con una señora, ésta le dijo que debería comprarse gotitas para los ojos, sobre todo ustedes dos, apuntándolos a ellos y luego mirándome a mí como decepcionada, y nosotros que nos callamos y cambiamos la algarabía por la seriedad irrefutable, y nos dimos vuelta y en clave de murmullos festinamos con la situación. 

Cuando por fin fue nuestro turno y nos tocaba pagar, C, como de costumbre, azuzado por el ímpetu morboso de su estado, entró en un juego con la cajera, la cual le recriminaba nuestros presentes, niños irresponsables, al supermercado no se viene así, le decía, y C que negaba las acusaciones sin argumentos a su favor, tan sólo con una sonrisa irónica en el rostro que sólo contribuía para emputecer a la cajera y concederle la conjetura. C es un gran defensor de sus argumentos, pero en ese momento le carecían y, creo, su intención por hacerse respetar como era de costumbre, yacía extraviada en un pasado no muy lejano. 

Mientras tanto yo y M nos mirábamos como avergonzados, nos deteníamos en nuestros ojos enrojecidos e hinchados por la risa, y cuando nos dimos cuenta que el conato de la cajera concluía y éramos libres de abandonar el supermercado, lugar del cual usufructuamos todo lo posible y al que, por supuesto, no pertenecíamos, no en ese estado, nos escabullimos entre las personas, bajando por las escaleras mecánicas, soltando un suspiro interminable, como si hubiésemos hecho esfuerzos encomiables para no ser descubiertos. 

Volvimos a la noche, a los barrios de silencio y soledad, a esa oscuridad impoluta que se nos ofrecía, aún riéndonos pero con menos fuerza, recordando la dudosa interpretación de C, interpretación común en él, pero que en esta ocasión había fallado estrepitosamente, y nos volvimos a reír y cuando llegamos a la casa de M nos servimos nuestros primeros vasos, y nos miramos a los ojos y con secreto consenso acordamos encender otro pito. 

De ese fin de semana no me acuerdo de nada más. Pero no importa. Tengo la sensación de que fue un buen fin de semana. 

El cable

Lo único que quería hacer era comprar un cable para cargar mi teléfono. El cable que tenía para cargar mi teléfono había terminado de morirse luego de que mi gato se entretuviera largos momentos sin que yo lo notara, moviéndolo con la pata y luego mordiéndolo hasta destrozar las conexiones internas por las que pasaba la energía. Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde y mi gato dormía sobre el cable que ya no era mi cable para cargar el teléfono, sino que era el cable que él perseguía y con el que jugaba hasta dormirse.

Así que ahí estaba, esperando detrás de una mamá y su hijo que le hacían preguntas al único vendedor de la tienda, que les explicaba los atributos del teléfono más vendido, un teléfono maravilloso, decía él, cuyo precio se condice totalmente con su rendimiento, el más bueno, el más bonito, el más barato, sí, él dijo el más bueno y soltó una risita después de decirlo, y arqueaba todos los dedos menos el anular y repasaba sin tocar el teléfono, haciendo hincapié en el detalle de las terminaciones, como si en esa posición de sus dedos y en esa fina distancia hubiese sofisticación. 

El niño, catorce o quince años, movía inquieto su pie izquierdo, y preguntaba por la cámara, cuántos megapixeles en la frontal, para las selfies, decía él, y su mamá lo miraba como extrañada, como si ese no fuese su hijo y como si por primera vez se diera cuenta de la distancia inexorable que los separaba, y el vendedor le hablaba de las prestaciones de la cámara, del modo belleza o el modo nocturno, para los carretes, le dijo, y le guiñó un ojo buscando complicidad, a lo que el niño le respondió con una risita nerviosa, mirando a su mamá, que preguntaba si en definitiva el teléfono era bueno, si se compraba mucho, y el vendedor le respondía que sí, que no tenga dudas que esa era la mejor opción para su hijo, que ese teléfono es el más comprado por los adolescentes porque es el único que satisface todas las necesidades. 

Debo decir que la mamá no parecía muy convencida, pero aún así entregaba toda su confianza en el vendedor, que le hablaba sobre el sistema operativo y los dual-core, o los quad-core, y la rapidez de la interfaz, y el almacenamiento interno, sobre la dual-sim, sobre la memoria expandible hasta 64 gb y un montón de otras cosas que se me olvidaron porque me distraje con el hijo que no dejaba de mover su pie izquierdo con impaciencia, como si todo lo que se estuviese diciendo fuese un protocolo innecesario porque el tiempo apremiaba y lo único que importaba era tener el teléfono lo antes posible en sus manos y usarlo hasta la tortícolis, llenando esa memoria con fotos y videos y juegos y conversaciones azarosas. 

La impaciencia del hijo se traspasó a mí porque ahora me sentía cada vez más apresurado, cuando en realidad no tenía más que hacer, y poco a poco comencé a tomar preferencia por el adolescente que se notaba inquieto y que cada vez que tenía el teléfono en sus manos dibujaba una sonrisa indisimulable, palpando cada centímetro del aparato, moviéndolo con destreza, con un pulgar entrenado durante varios años, desde su primer teléfono de mierda cuya cámara era nefasta y ciertamente no se comparaba con el que sostenía ahora, un pulgar que se había preparado para este momento, para manipular un celular de las grandes ligas y cumplir así el sueño de todo joven que precisa tecnología para llevar una vida común y corriente, porque hoy lo común y lo corriente es fijar las atenciones en una pantalla en desmedro de los entornos y las realidades. 

Me hubiese gustado interrumpir el ir y venir de preguntas y respuestas, pero la sincronía que protagonizaban el vendedor, la madre y el hijo parecía infranqueable y cualquier intento de interrupción hubiese parecido un desatino tremendo, además que mi falta de ímpetu para sobreponer mis intereses por los del resto en actos de rebeldía como el que me planteaba se veía lejano, en un universo en el que yo no me presentaba en tiendas para comprar un cable porque mi gato lo había destrozado, sino uno en el que no tenía gato sino novia y una bodega llena de artículos tecnológicos capaces de sacarme de cualquier apuro. 

Así que seguí esperando. Era el turno de la inspección ignorante de la mamá, que le tomaba el peso al teléfono, que preguntaba si aguantaba golpes, que veía como el vendedor aprovechaba la situación para ofrecer una carcaza especial para los embates, que podía ser añadida por sólo diez mil pesos, una oferta que tenemos, dijo, y la mamá que no lo miraba a él sino al teléfono, que recorría con su dedo índice las pantallas, que de seguro no entendía nada, pero que simulaba una rigurosa fiscalización para darnos a entender a todos los presentes que ésta no era una decisión que tomaba a la ligera, que bastaba un mal indicio para acabar con la operación. 

Mentiría si digo que no me molestaba todo el tiempo que se estaban tomando sin considerar mi presencia. Por un momento llegué a sopesar la idea de que en realidad no sabían que yo estaba ahí, pero luego me di cuenta que era imposible, que nadie podía tener tan mala percepción de las cercanías, pero sí podían haber quienes no respetan los tiempos en situaciones como la que yo presenciaba tan de cerca. Me enfadé, porque el vendedor cruzaba su mirada con la mía y volvía al teléfono, a la mamá o al niño, y continuaba sin apurar nada, concentrado en las inquietudes de los clientes, esperando no perderlos y con ello el bono por venta superior a doscientos mil pesos. 

Si mi gato no hubiese hecho migas con el cable hasta el punto de considerarlo su amigo-juguete-desestresante (aunque no sé qué niveles de estrés puede tener ese gato) y hacerlo parte de su intimidad no sin antes dejarlo inutilizable, todo este desborde de materialismo cayendo desde los bolsillos de la mamá, que ahora parece más convencida tras sacarse una selfie en modo belleza que realzó sus escondidos atributos, no estaría siendo parte de mi sábado por la mañana. Pero ahí estaba, sin encontrar el valor para preguntar por el puto cable, perdiendo los estribos cada vez que la vieja culiá hacía otra pregunta estúpida. 

Recuerdo el silencio. La mirada del vendedor buscaba quebrarlo, pero la tensión provocada por el pensamiento de la mamá, por esa toma de decisión obvia pero resistida, era inquebrantable. Yo estaba harto, pero sabía que pronto esto llegaría a una conclusión satisfactoria para el hijo que miraba a su mamá de reojo, intentando persuadirla con una cara de niño bueno que a partir de ese momento encausará su vida por rumbos responsables, motivo de orgullo, dejando atrás la hipocresía de sus actos y sus errores. Bueno, dijo la mamá mirando a su hijo, al que le brillaban los ojos de alegría, vamos a hacerle el regalo de cumpleaños adelantado y nos llevaremos el teléfono. 

El hijo abrazó a su mamá y la besó en la mejilla. Gracias, mamá, dijo, gracias, te juro que no te arrepentirás, voy a estudiar y me voy a sacar buenas notas, no voy a pelear con mi hermano y te voy a ayudar a lavar los platos, gracias, mamita, gracias. Excelente, dijo el vendedor, que sonreía pensando en ese bono, permítame el teléfono para ingresar la venta y agilizar las cosas. La mamá soltó una pequeña risa y le dijo al hijo que le cobraría la palabra mientras lo abrazaba y le devolvía el beso. 

Luego de pagar en cómodas cuotas el vendedor le entregó el teléfono al hijo junto con la caja y los accesorios. Gracias, hasta luego, dijo la mamá, Chao, gracias, dijo el hijo y sonriéndome como si los treinta y cinco minutos que esperé hubiesen sido un regalo del señor, me esquivaron y se fueron de la tienda. Quedamos yo y el vendedor mirándonos las caras, él todavía sonriente, yo cada vez más mosqueado, pero aliviado porque pronto podría estar de vuelta en casa. 

Hola, buenos días, quisiera saber si tienes un cable para cargar este teléfono, le dije mostrándoselo. Dudó unos segundos y me dijo que vería atrás en la bodega si le quedaba alguno. No alcancé a responderle y ya se había escabullido dejándome solo frente a la caja. Demoró cinco, seis minutos y volvió con las manos vacías. Disculpe, señor, no nos quedan para ese modelo, la próxima semana nos llega un nuevo cargamento ¿Le gustaría dejar uno reservado?.

No sé si solté un mierda o un por la chucha o un vieja conchasumadre o un me cago en la puta. Lo cierto es que abandoné la tienda muy enfadado por el tiempo perdido, pensando en algún lugar cercano para hacer la misma averiguación, queriendo en realidad irme a casa y decirle en la cara al gato que por su culpa yo estaba llegando tan tarde con mi cable y con su comida, así que si tienes ganas de comerte mis cables, te aguantas el hambre de comida real, pensé que le diría. 

Bastaron unos pocos pasos en dirección a otra tienda cuando divisé, no muy lejos, al hijo con la mamá. Se veían felices, esperando que la luz roja sea verde para cruzar la avenida. Me quedé mirándolos mientras se perdían entre el concreto y las personas, llevándose consigo la nueva adquisición y mi tiempo. Sacudí la mirada y los pensamientos y volví a enfocarme en el cable, en el puto cable. 

La volada insensata

Medio en serio y medio en broma, Humberto me dijo que debería cambiarme el nombre. En un principio yo pretendí no escucharlo, pero lo había escuchado perfectamente, y seguí armando cuidadosamente el pito. Humberto miraba hacia el paradero de micro y descuidadamente usaba sus dos manos para protegerlo del viento que arreciaba cada vez con más insistencia. Estábamos solos, si es que puede decirse que uno está solo en un parque, pero al menos en el sector en el que estábamos nosotros, junto a la pileta y cerca de la salida que daba al paradero de micros en dirección hacia el cine, no se divisaban más personas. De vez en cuando por la vereda del frente caminaba una señora con una bolsa de pan para la once o un caballero paseando a su poodle al que de seguro le había costado querer pero el tiempo haría su trabajo y ahí estaban los dos, dándose mutua compañía.

Deberíai cambiarte el nombre, Juan, me dijo nuevamente, esta vez mirándome a los ojos, a pesar de que mis ojos estaban concentrados en el doblez del filtro y la hierba, la que tenía que tener el mismo grosor que el filtro para que ambos elementos al ser girados se ensamblaran de manera tal que el cilindro fuese perfecto, sin la clásica irregularidad que se genera cuando no se le da la debida importancia a la elaboración del pito, y que termina siendo un desagrado a la hora de fumar porque pareciera que éste estará siempre al borde de quebrarse y provocar una desazón que sólo los que han pasado por ella la entenderían. 

Para mi alegría el pito quedó perfectamente armado. Siempre hay una cuota de nerviosismo al momento de armar uno, sobretodo si eres el responsable de que el resto de los ansiosos fumadores logren aspirar satisfactoriamente, sin tener que apretarlo, sostener el filtro o emplear el nunca mal ponderado bombero. Esa especie de presión autoimpuesta propensa un trabajo minucioso con el objetivo de armar un caño simétrico, bonito, que si bien los que posarán sus labios sobre él tal vez no apreciarán -sobre todo cuando se hace común parir pitos perfectos- a la hora de ver que no hubo contratiempos en el proceso de fumado, uno cree protagonizar una pequeña victoria acompañada de un orgullo que se manifiesta en una leve sonrisita. 

Creía que a Humberto se le había olvidado lo de cambiarme el nombre, pero a Humberto las cosas no se le olvidan. Íbamos por la mitad del pito y los efectos eran hace un buen rato parte de mi realidad, cuando volvió a insistir. Ya po, Juan, cámbiate el nombre po. Tiré el humo estirando los labios, como si estuviera besando el aire o queriendo que alguien me besara. Hueón, te he dicho mil veces que no quiero cambiármelo, ¿Hasta cuándo me vay a seguir hueveando con la misma hueá? le dije medio en serio y medio en broma, pero parece que sonó demasiado en serio y pensé que podía sentirse, que Humberto podía sentirse ofendido o pasado a llevar y que ahora pensaría que soy demasiado serio, que mi amistad con él se basa en los pitos, que de ahora en adelante no me va a llamar más para fumar, mierda, pero si no me importa no fumar, me importa su amistad, no me va a llamar más para estrechar nuestra amistad, y un montón de hueás que se me pasaron por la cabeza, típica divagación de volao que exacerba todo y le da importancia a nimiedades que de no ser por la hierba pasarían totalmente desapercibidas. Me di cuenta que me había volado mucho. 

Y lo peor de volarse mucho es que uno se toma las cosas muy en serio. Es como si de pronto la normalidad de la vida se hiciese tensa de un minuto a otro, y que cada acción que realizamos fuese un paso al borde del abismo, se pierde la seguridad, se empiezan a pensar situaciones inverosímiles, cuando en realidad no hay razón alguna, cuando todo sigue pasando de la misma forma. Empecé a pensar que debería dejar de fumar, que si me afecta de esa manera tal vez no es sano, o tal vez es sólo una mala volada, que lata, yo sólo quería pasar un buen rato para después ir al cine. Me pregunté cómo estaría Humberto, por un momento olvidé mi preocupación por cómo se había escuchado mi respuesta, pero a penas lo recordé volví a contrariarme, y lo miré como para pedirle perdón, pero él parecía estar igual o peor que yo, penetrando con la mirada un árbol lleno de loros argentinos. 

Perdón, no quise sonar pesado, le dije. Humberto seguía en lo suyo. ¿Qué?, me dijo. Que no quería sonar pesado, por lo del nombre. ¿Por lo del nombre? se preguntó como para él en clave murmullo, como buscando en su mente aturdida alguna referencia que lo trajese a la realidad (ese es un momento crítico para todo volado, porque cuando en esa búsqueda nos entrampamos con otros conceptos que van apareciendo en nuestras cabezas, podemos perder definitivamente el hilo e irnos a una dimensión de la que será muy difícil salir porque la inseguridad de no haber logrado hacer la conexión una vez nos llevará a no hacerle muchas otras veces y protagonizar un colapso que puede llevar, entre otras cosas a la pálida. Siempre he creído que la pálida la generamos nosotros al pensar demasiado, al darle demasiada importancia al hecho de estar muy volado). Ah, lo del nombre. Si po, Juan, ¿Cuándo te vay a cambiar el nombre? Puta la hueá, ¿Pa qué querí que me cambie el nombre, hueón? Pero hueón, ¿Por qué no? Puta, porque me gusta mi nombre. ¿Juan? Es el nombre más común del mundo. Deberíai cambiarte el nombre a algo más único, a una hueá así como… como Omnipresencio, o Elefanto, o Carcomedor, o Velocirraptor, o… ¡Ya sé, hueón! Mariguano Pelícano, Mariguano primer nombre, Pelícano segundo nombre. 

De inmediato Humberto soltó una carcajada tremenda que me contagió hasta el punto de reír sin poder respirar, hasta ese límite de alegría que está cerca del miedo a morirse ahogado por falta de aire. Le pegaba en los muslos pidiéndole que parara, pero él, sabiendo el efecto que su risa desconcertante provocaba en mí, seguía forzándola tan naturalmente, lo que me volvía a sumir en vaivenes ahogados. Así estuvimos mucho tiempo (relativo debido a nuestro estado) hasta que nos fuimos calmando tras súplicas en las que pedí misericordia para no continuar esa dinámica hilarante. Dejamos que el silencio nos refrescara y el viento nos acariciaba la cara como tratando de salvarnos. Mariguano Pelícano, dije como tratando de asimilar la estupidez, soltando una leve risa, mucho más moderada, por cierto. 

Viste, es un tremendo nombre. Ya, pero tú también deberiai cambiarte el nombre, le dije dando un paso enorme hacia la aceptación de su petición. ¿Yo? Yapo, ¿Pero qué nombre? A ver, déjame pensar. ¡Ya sé! Fabrizio Culeco. No po, tiene que ser algo más raro, algo que se equipare a Mariguano Pelícano. Pensé largos minutos (de nuevo, relativo) y lancé infructuosamente nombres:  Calcio Roccoto, Mohicano Perú, Guru Guru Rosa, Jaimico Mequetrefe. Pero ninguno parecía correcto, hasta que el dios de la volada me iluminó y lo dije: Mongolio Aletargado. Y volvimos a las carcajadas eternas que nos mantuvieron al borde de la muerte durante largos minutos (¿Hace falta decirlo?). 

Entre tanta elucubración delirante olvidamos el propósito de nuestra volada (ir al cine) y cuando nos dimos cuenta ya era demasiado tarde. ¿Entonces lo hacemos? me dice mirándome fijamente a los ojos, con la seriedad falsa que los volados procuran para convencer a un volado indeciso. ¿En serio? ¿Ahora? Si po, hueón, ahora mismo. Vamos al Registro Civil y lo hacemos de una. ¿Estay seguro? ¿Se puede cambiar de vuelta? Si po, hueón, obvio, si sólo es el nombre no el apellido. ¿Y hay que hacer algún papeleo? ¿Es llegar y cambiárselo? Ahí vemos, pero primero fumémonos lo que nos queda, me dijo, yo creo que para mantenerme en el mismo estado y así no arrepentirme en el camino. Bueno, hagámoslo. 

Totalmente desorientado por la planta, nos dirigimos al Registro Civil y tras disimular nuestro estado y hacer los trámites pertinentes que nos tomaron casi toda la mañana (en tiempos muertos salíamos a fumar más) llegó el momento de las rúbricas y las fotos pertinentes. Sí, Mariguano Pelícano, dije sin poder contener la risa, mientras a mi lado Humberto, profesional de las apariencias, le repetía a la señora que sí estaba seguro, que Mongolio Aletargado era perfecto. Fotos, firmas, ahí y por allá, una espera que matizamos con la cola del último caño, y voilá, dos cédulas de identidad completamente reales producto de la insensatez. 

Salimos del Registro Civil riendo. Fumamos el último resto de marihuana que nos quedaba y nos fuimos a sentar al pasto de la entrada de un edificio. Conversamos sobre todas las situaciones insólitas que pasaríamos de aquí en adelante, buscando trabajo o presentándonos a desconocidos, y poco a poco, a medida que el efecto del último caño iba disminuyendo y la pesadez del sueño y el hambre se apoderaban sobre nosotros, comenzamos a sopesar en silencio la gravedad de los hechos -se veía en la cara de Humberto, acostumbrado a la tontería, que estaba dándose cuenta de lo que hicimos-. Nos mantuvimos en silencio un largo rato (esta vez sí puedo asegurar que fue un largo rato) intentando no decir nada, callados por la vergüenza, como en un juego peligroso en el que nadie se atrevía a hablar, hasta que apesadumbrado completamente, le pregunté: ¿No la habremos cagado?, cuando en realidad le debería haber dicho: Hueón, ahora si que la cagamos. 

Insomnio

Afuera llueve. El viento y la lluvia hacen música que choca con mi ventana y no puedo dormir. Pienso en lo que me dijo Hugo y bebo de la botella de agua. Tengo intenciones de abrir la ventana y dejar que el agua me inunde, pero desisto.

El bonsái yace seco sobre la mesita de madera. Me hubiese gustado dedicarle más cuidado, pero el ímpetu del principio simplemente desapareció. A veces pienso que hago eso. Que desisto. 

Me extraña que el perro del vecino no esté ladrando. Quizás está asustado. La lluvia asusta, no sólo a los animales, también a los incrédulos. 

Vuelvo a pensar en lo de Hugo. ¿Qué habrá querido decir? Siento que si le preguntase directamente sobre lo que dijo, no me diría la verdad. Y prefiero que no me mienta. Estoy harto de forzar respuestas que sé que no serán satisfactorias. 

Enciendo la luz y tomo mi libreta. Escribo un par de líneas, nada bueno, y las tacho con desprecio. Hugo debe estar durmiendo. Son las cuatro y veinte. De seguro no se ha detenido en lo dicho. Tampoco tiene por qué hacerlo. 

Me entretengo con una araña que se desplaza por la pared, como tanteando el terreno. Mueve sus patas con rapidez, y me da asco. Miro a mi alrededor en busca de algún objeto contundente, ni muy grande ni muy chico, que me sirva para lanzárselo. Pero desisto. De nuevo. 

Quisiera leer un libro, pero sé que no lograría concentrarme. Es mi gran problema, la concentración. Si no fuese por mi tendencia de distracciones, sería un gran lector. Uno grandísimo. Sabría mucho más, y no estaría sopesando tonterías. 

No sé si quise tanto a ese bonsái. Ahora que lo pienso, puede que lo haya mantenido por compromiso, porque fue un regalo. Ni siquiera es tan bonito. Bueno, era. Me da pena, porque al fin y al cabo era vida. Quizás debería botarlo. 

Me da rabia que Hugo no mida sus palabras. Es típico de él. Concurre a las conversaciones con ánimos honestos, lo sé, pero carece de lecturas sociales, y esto lo lleva a generar malos entendidos, susurros inquisidores, molestias anónimas. Como la mía. 

No logro ver a la araña y eso me inquieta un poco. Quisiera vencer ese pavor. Yo le digo a la gente que no es miedo, que es asco. 

El lago Yelcho es mi lago favorito. En momentos de angustias lo evoco, casi siempre con resultados favorables. Su quietud, casi que de pintura, interrumpida por breves ráfagas de viento austral, me hacen creer en la belleza. 

Hay un gran placer en hacer sonar los huesos de las manos. Lo hago. Saturo las posibilidades, forzando cada recoveco de mis dedos. Mi mamá siempre me ha dicho que no lo haga porque después lo terminaré lamentando. Yo le digo que después veré. 

Son las seis con quince. En breves instantes sonará mi alarma y tendré que levantarme, para irme al aeropuerto. Quisiera tan sólo estar en el cielo, haber dejado todo atrás, las despedidas, las inquietudes, la lluvia. 

Miro a través de la ventana hacia la oscuridad rotunda. Mi definición de abismo es una oscuridad como esa, eterna, inexorable. Me pregunto si en ella existirán los secretos. 

Hugo. Hugo, Hugo, Hugo. Tú deberías ser el desvelado, y yo el plácido durmiente. Me exaspera saber que nunca considerará la opción de haberse equivocado. Él es así, debo aceptarlo, lo acepto, pero no lo entiendo. No me gusta. 

El vaho de los vidrios me invita a escribir en ellos. Me levanto y con el índice listo para la acción, pienso en algo. LLUVIA. ESCASEZ DE VATICINIOS. LÓBREGO. Termino desistiendo. 

A estas horas debiesen escucharse los primeros pájaros, pero el canto de la lluvia los opaca. Los primeros indicios del amanecer comienzan a mostrarse. 

Suena la alarma y meto las últimas cosas a mi maleta. Me doy una ducha corta, caliente, y vuelvo por mis cosas. Los sinsabores de este insomnio me aquejan. 

Le doy una última mirada a mi habitación, la que me dio cobijo durante toda mi vida. Quiero que la congoja de estas situaciones se presente, mas no aparece. Tomo mi maleta, y sobre el vidrio escribo HUGO. Boto los restos del bonsái a la basura y cierro la puerta por última vez. 

El lugar

Apurando el paso de forma desesperada, esperando encontrarse con ese grupo de gente que rodeaba una piscina inflable, miró hacia el cielo buscando estrellas que no encontró, y se dio cuenta que todas las veces que había estado en ese lugar lo había hecho de noche. Y al igual que las veces anteriores, recordaba atravesar el portón negro y antiguo, cuyas puertas parecían estar siempre abiertas, pero siempre olvidaba cómo llegar a él para dejar el lugar. Ese pensamiento que se coló frente a sus intenciones de alejarse lo máximo posible de los dos hombres derruidos que lo perseguían, resultó irse con la misma fugacidad que llegó a él.

A medida que avanzaba hacia el grupo de personas, y teniendo mayor claridad de sus aspectos, no estaba seguro si era una buena idea seguir hacia ellos. Sin querer mirar hacia atrás, pero aún sintiendo las presencias de sus perseguidores en la nuca, sus apariencias no distaban mucho de la de los dos anteriores, y en sus manos parecían tener pequeños cargamentos de droga, o de algún ilícito que pasaban de una mano hacia otra, como deslizándolos a merced de la normalidad de las cosas, mientras dos niños sucios chapoteaban en la escasa agua color tierra. 

Determinó seguir su camino, a pesar de la incertidumbre respecto a las buenas intenciones del grupo de personas al que iba dirigido. Podían estar perfectamente relacionadas con los dos desgraciados, pero entre morir a manos de dos que estaban decididos a hacerle daño o a tener la posibilidad de conmover a un grupo un poco más grande de personas, se quedaba con la segunda opción. Así que, inusual debido a su sabida timidez, se inmiscuyó entre los presentes y saludó casi sin aliento, con el corazón revolviéndose en sus adentros, con el temor aún latente. 

Entre las personas, recuerda claramente a uno en específico, que parecía el más dominante por un tema de tamaño y peso; un gordo enorme con la cabeza rapada, pero que tenía un extraño y cercano aspecto de mujer. En sus rasgos y en su forma de moverse veía más a una madre que al líder de una banda de narcotraficantes. Y a pesar de que el movimiento de paquetes sospechosos no cesaba, intentaba no mirarlos, evitando levantar sospechas respecto a su presencia, aunque todo el mundo sabía que él no era de ahí. Se podía ver en su aspecto arreglado, como quién iría a una fiesta de cumpleaños, totalmente desajustado a la realidad de aquella zona.

Y efectivamente él iba a una fiesta. Recuerda haber llegado al departamento de su amigo. Pero no era el departamento actual en el que vivía, sino más bien el departamento dónde vivió cuando era adolescente, cuando su madre aún vivía. Era un departamento espacioso, que abarcaba dos plantas y que lucía un papel mural verdoso que se prolongaba hasta los baños. Esos eran sus últimos recuerdos antes de estar siendo perseguido por los dos hombres que, al verlo acercarse al grupo de personas, siguieron de largo como si nada hubiesen estado planeando. Eso lo alivió, pero al contrario el no poder recordar cómo había llegado ahí. Hurgó en su memoria.

Llegó un poco más temprano, como de costumbre, porque no le gustaba ser impuntual, y así podría ayudar en algunas cosas, si es que así se requería. Le abrió la novia, una pelirroja muy agradable que lo invitó cordialmente a entrar. Sandro está arriba, le dice, pero yo voy al supermercado a comprar algunas cosas. Te acompaño, no quería llegar con las manos vacías, pero el bus en el que venía no paró en ningún lugar. Y abriendo una puerta que parecía la de una habitación más, entraron a un supermercado, cuyo ambiente rojizo provocado por las tenues luces que lo iluminaban, lo hicieron perderse y no volver a ver a la novia de cabellos color cobre.  

Buscó el pack más grande de cerveza para compartir con los amigos, a los que estaba emocionado de poder ver debido al largo tiempo que había pasado desde la última vez que se habían visto. Curiosamente tampoco podía recordarlo. A las cervezas le agregó una botella de licor más fuerte, junto con una bebida y hielos, como acostumbraba. Pagó y buscando la puerta por la que había entrado, encontró otra, la que abrió con un poco de dificultad debido a la cantidad de cosas que tenía consigo. 

Entró a una especie de recepción de edificio, pero que estaba completamente a oscuras, iluminada por la luz de la luna que ahora se podía ver, grande, blanca, y que se cernía a través de uno de los ventanales del lugar. Suba, le dice el hombre sentado en un diván, tras el mostrador. 

Y subió por unas escaleras que lo llevaron directamente a una especie de sala de eventos, también a oscuras. Dejó las compras sobre una mesita blanca de plástico y se sentó en una cama. En ese momento apareció Sandro, sin el ánimo que uno esperaría de un festejado, y lo saludó con voz deprimida. Qué bueno que apareciste, le dice, ya estaba empezando a perderme. Sí, por aquí las cosas son a veces así, le responde, sentándose a su lado y prendiendo el televisor, del que no se había percatado. 

Una pesadumbre inmensa se apoderó de él. Era un manto de sueño pesado que se posó sobre sus párpados y que lo abofeteó intensamente, adormeciéndolo parcialmente, quedando en  estado inútil, el que tan sólo le permitía desplazarse con la fuerza de la cadera y las manos, estando totalmente recostado. Miraba de reojo a Sandro, que observaba impávido el televisor. Veía su rostro iluminado por las luces azules y blancas que proyectaba la pantalla, y no distinguía más que un rostro serio que gesticulaba a penas y que respondía en monosílabos sus singulares preguntas, las que salían de su boca como batalla contra el letargo del que estaba siendo presa. No quería que Sandro se enterase de su situación, por lo que luchaba en todo momento por no ceder ante el sueño, aunque parecía que si así lo quisiese, no lo lograría. 

Le tomó unos minutos darse cuenta que los invitados no llegaban. Soslayó la oscuridad, algo que parecía demasiado tardío como para preguntar su razón. Seguía anestesiado, pero recobró ciertos movimientos que le permitieron ponerse de pie. Quiso abrir una cerveza, pero no las encontró. Tampoco a Sandro, que desapareció repentinamente, o que quizás nunca estuvo ahí. El televisor se camufló con la oscuridad y su noche, y él, más recuperado, salió por la misma puerta, buscándolo. Nuevamente apareció la pelirroja, que pasó rauda de largo, como si estuviese enfadada. 

¿Dónde están todos? alcanzó a preguntar. En el bar, escuchó. ¿En el bar? se preguntó. Y recordó que la invitación era en uno de los bares cercanos. ¿Pero por qué vine hasta acá? ¿Por qué ella no me dijo nada cuando entré al supermercado? ¿Y Sandro? No entendía lo que sucedía y poco a poco comenzaba a angustiarse. Definitivamente estaba siendo una noche extraña, y la sensación oscura de que cada una de las ocasiones anteriores en las que había estado en ese lugar habían sido igual de insólitas, le abrumó por un segundo. 

Estimó que para salir del edifico, la mejor solución, o quizás la única, era haciéndolo por la azotea, cuya superficie estaba muy cerca de una ladera asfaltada contigua, y que estaba conectada por un angosto puente de madera y cuerdas ásperas de color café. Cruzándolo vio a lo lejos, en otro de los puentes de mismo aspecto, que conectaba con algún lugar difuso, a dos viejos amigos. ¡Hola! ¿Cómo están? les gritó entusiasmado. Bien, vamos al bar, respondieron escuetamente. Bueno, ya los alcanzaré, musitó mohíno. 

De pronto una nueva pesadumbre lo agobió, esta vez más fuerte. Recordó con amargura a su novia, y rememoró la grata compañía que comenzaba a añorar intensamente. No sabía en qué circunstancias dejó de tenerla a su lado, y la tristeza con que su imagen llegaba a él lo desorientó, llevándolo a la desolación y a deambular por las oscuras y tenebrosas calles de aquél lugar. Era una nostalgia lacerante, que punzaba en su cabeza y en su pecho, dejándolo en estado taciturno. Caminó cabizbajo, intentando recordar la salida, o cómo encontrar el camino al bar. 

Pero nada correspondía a la lógica. Más bien todo lo que sucedía en aquellas calles tenía una relación estrecha con lo delirante. En su cabeza dibujaba el portón negro, con plantas a medio secar enredándose entre sus fierros, abierto de par en par, como invitando a cruzarlo, pero bajo la propia responsabilidad. Parecía que no habían salidas disponibles, o al menos esa sensación le estaba rondando mientras bajaba por la ladera. 

Miraba las casas y escuchaba los murmullos. Ni el bar ni el portón eran parte de su itinerario, porque al parecer no tenía uno hace muchos años. Había dejado de permitirle a la sensatez hacerse parte de su vida, y lo único que había obtenido a cambio eran episodios acongojantes. Sintió las presencias aparecerse, rozándole la nuca. El caminar desesperado, el cielo completamente oscuro, las personas que rodeaban a lo lejos la piscina inflable. Se acercó a ellos tras una breve toma de decisión, la cual no tuvo muchos argumentos en contra, más que la muerte consensuada o secretamente objetada por alguno de los presentes. 

Veía como se movían los brazos de los hombres, que con rápidos movimientos se pasaban de una mano a otra -puestas en las espaldas- como haciendo un circuito corto, sin inicio y sin final, los paquetes de la discordia. Una policía rubia, un poco pasada de peso y con la pistola en la mano se acercó, mientras él se acomodaba el calcetín dentro de uno de sus zapatos. Se sintió brevemente a salvo, pero a su vez, al ver el arma que llevaba, comenzó a dudar de sus intenciones. Fingió una cojera que aseguró sucedió por estar escapando de los dos hombres, cuyas presencias eran fantasmas lejanos y ocupados de otros menesteres. Sí, lo entiendo, por aquí las cosas son a veces así, le responde. 

Y sin saber qué hacer, sopesando la idea de ir un poco más temprano donde Sandro para ayudarlo con lo que necesite, o simplemente buscar la salida, volvió a mirar al cielo. Seguía sin recordar cómo había llegado ahí, y por qué todas las veces que había visitado el lugar, había sido siendo de noche. Repasó con la mirada el movimiento constante de las manos de los presuntos traficantes, volvió a él el manto de tristeza por la incertidumbre de su novia, y se preguntó cómo sería aquél lugar si pudiese visitarlo de día.

Delirio de invierno

No sé si habrá sido casualidad, o Jorge pretendía estar dormido a la espera de mi vuelta a la vigilia. Cualquiera sea el caso, pareció que abrimos los ojos al mismo tiempo, justo cuando llegábamos a la estación central de München. Los vidrios empañados eran la huella de un invierno del que tanto se había hablado, con una anticipación temerosa que rozaba el delirio. Habíamos comentado en el inicio de nuestra travesía, mientras ubicábamos el vagón 17 en la estación de Amsterdam, lo excesiva que nos parecían las medidas tomadas por los principales gobiernos de la Unión Europea respecto a un invierno que, hasta el momento, nos había parecido inofensivo.

Soslayando el clarísimo frío que resquebrajaba nuestros trémulos cuerpos, pretendíamos no darnos por aludidos, comentando la arquitectura y la diversidad cultural que se mostraba desde el inicio. Nos quedaban varias horas de espera para el próximo tren, por lo que mantenernos sólo en el Hauptbahnhoff parecía un desperdicio, teniendo la oportunidad única de recorrer una ciudad aún desconocida y con tantos presuntos atributos. 

Conforme nos acercábamos al Marienplatz, plaza central de la ciudad, la tímida llovizna comenzaba a tomar peso. El aguanieve se nos colaba entre las ropas, y mientras luchábamos en silencio contra un orgullo que a estas alturas no era posible de retractar, veíamos como algunas valientes señoras de aspecto roñoso y poco amigable, vociferaban cosas indescifrables en un idioma que no sabíamos si era alemán o árabe, en búsqueda clara de una colaboración financiera. 

Yo pensaba que acá no había eso, me dice Jorge, mirando con desafiante lástima directamente a los ojos de una de las señoras, a la que le faltaba un diente, y su doble papada parecía curtir vellos indómitos que alegaban libertad. Yo tampoco, respondo escuetamente, introduciendo disimuladamente las manos dentro de mi abrigo. Que pena me da, concluyo rozando un par de monedas que prefiero mantener junto a mí, a ver si las gasto en algún souvenir. 

Tras escuchar, porque ver a estas alturas resultaba imposible debido a la blanca cortina de nieve que caía en completo silencio, el Glockenspiel del Rathaus, le comento a Jorge que me gustaría beber una cerveza local, a ver si efectivamente es tan buena como dicen. Un poco más allá hay un mercadito, me dice indicando con tembloroso gesto en la mojada pantalla de su teléfono, en el que al parecer hay lugares para sentarse y tomar. 

Bajo un toldo que no cumple su función ya que las leves ráfagas de viento traen la nieve de lado, no importando estar bajo él o teniendo a las nubes como techo, bebemos una Paulaner  que efectivamente está muy buena, realmente buena, pero parecemos dos inútiles que no saben qué están haciendo. Se nota la incomodidad, ya que las señoras que cacarean entre sí, un par de mesas más allá, ríen y hablan a volumen alemán, al contrario de nuestro silencio doloroso, que se prolonga con cada sorbo, que con el pasar de los minutos se hacen más largos, más fríos. 

Sorteando la nieve y estando siempre al límite del descalabro, cuidando los pasos y el equilibrio, pasamos cerca de la Frauenkirche -en reparaciones- y usamos esas escasas moneditas que tanto querían las señoras roñosas, en un par de llaveros y tonterías que de seguro terminarán en algún cajón polvoriento. Entramos y salimos en distintas tienditas, luchando para hacernos entender, minimizando la comunicación a miradas corteses y pagos justos. 

Cuando el hambre se nos aparecía y se coludía con el frío para hacer de nuestra estancia pasajera aún más sufrida, nos acercamos a un boliche, como le gustaba decir a Jorge, típicamente ambientado, con mesas largas de madera, tenue luminosidad, bullicio de gritos, risas y cervezas, muchas cervezas, y la temperatura perfecta para olvidar ese frío polar que habíamos obviado comentar, porque queríamos evitar la incómoda aceptación de nuestros presentes. 

El almuerzo fue contundente. La cerveza, Augustiner, fue un bálsamo inesperado que aclaraba nuestras gargantas de las papas, el chucrut y las chuletas. Volvimos a ser nosotros, a conversar fluidamente, a reírnos, a balbucear en torpe alemán un “ein bier, bitte”, reivindicando la dicha de estar donde estábamos. No sabré decir si nos fuimos borrachos, pero desde luego las cervezas nos dieron un nuevo impulso, que nos llevó nuevamente a aventurarnos a las gélidas calles resbaladizas. 

Divorciados de nuestras pretéritas inquietudes, nos animábamos a hablar, sacando las manos de las chaquetas para apuntar a destinos prácticamente indescifrables. Nuestras ropas eran agua y hielo, y a pesar de nuestro positivismo, el frío volvió golpeando nuestros cuerpos con la fuerza que merecen los que porfían, una y otra vez, como ignorantes tarados, las inclemencias del verdadero invierno europeo. 

Nos quedaba una hora para subirnos al próximo tren con destino a París, y la permanencia en la intemperie se vislumbraba como una odisea funesta, en la que de no aceptar nuestra falta de criterio,   terminaríamos sucumbiendo como estatuas hechas de lamento, hielo y torpeza. 

Como llevados por fuerzas imaginarias que nos enlazaban secretamente haciéndonos uno, nos fuimos devolviendo a la estación de trenes, procurando un despiste falso que nos haría perdernos cuales aventureros, para luego encontrarnos de frente con ella. Y claro, haríamos un llamamiento a la sensatez, tan abundante en nuestro discurso y actuar, y nos quedaríamos ahí, a la espera de nuestro próximo tren. 

Y así lo hicimos. Cuando entre la bruma comenzó a mostrarse la fachada del edificio, una sensación  histérica se nos introdujo secretamente, la que debía ser manifestada pronto, o el frío nos terminaría por hacer desvanecer y perecer en los vacuos asfaltos. Aquí se toman muy en serio las cosas que dicen respecto al invierno, digo como concluyendo nuestra peripecia, jugando con los límites, desafiando a ese clima ignoto. 

Pero Jorge hace silencio y yo de inmediato me arrepiento de lo dicho. Estando tan cerca no podemos darnos el lujo de provocar las fuerzas naturales y universales. Callamos. Nos sentamos en el gleis 4, en donde nos estremecemos sin pausa, al borde del delirio, uno del que nos habíamos mofado horas antes, pero que ahora parecía tan cerca, tan real, tan abismante. 

Llegó el tren y no, no buscamos nuestro vagón. Simplemente nos subimos en la primera puerta que tuvimos en frente, con el cuerpo duro, las ropas empapadas, los bigotes húmedos y las narices inservibles. Ya todo había terminado y nuestra visita a München, en medio del invierno delirante, había acabado. No pude evitar sentirme avergonzado de nuestra actitud. Sentado, suspiré y cerré los ojos. Frío de mierda, frío de la puta mierda, dije con las manos empuñadas, soltando las tensiones. 

El próximo tren

Las intensas jornadas laborales de aquellos meses habían consumido todo impulso energético. Mi vida se resumía en oficinas y una pequeña cama que hospedaba mis discretos sueños. El lánguido pasar de los días avivaba la opción de desertar, pero faltando tan poco para acabar las labores que me habían llevado a aquella ciudad, recapacitaba y acudía a infortunados métodos de autoconvencimiento, los cuales no terminaba de repasar antes de quedarme dormido para luego tener que volver a despertar.

Las circunstancias que me llevaron a ese lugar siguen siendo difusas y difíciles de explicar, por lo que suelo obviarlas y atenderlas como parte de eso que llaman destino. Desde mi llegada pretendo que mi pasado es algo que escapó de mis manos y del cual no puedo hacerme responsable. Sigo creyendo que he llegado aquí por acciones ajenas a mi entendimiento y, por cierto, mi capacidad de reacción. 

Con eso en mente, supuse acostumbrarme a mi nueva vida, acusando un innegable desprecio por el desvarío de las horas, que se prolongaban hasta el hartazgo, siendo yo el incrédulo protagonista de sus incipientes lentitudes. Vivía según términos ajenos, respondiendo solicitudes y cediendo ante quimeras que me hubiese gustado compartir, pero que en el papel no eran más que imposibles. 

Ciertamente carecía de la actitud suficiente como para luchar ante tal presente. Mi ensimismamiento propiciaba las malas caras y los desencuentros con el espejo y la conciencia. De seguro que para quienes tuvieron la mala fortuna de tratar conmigo, causé una impresión desagradable, la de quién parece haber perdido el aprecio por el magnífico regalo de estar vivo. 

Llegó un momento, cuando las horas además de ser inagotables eran gélidas, en el que anhelaba las noches más que nada. Porque así podía descansar de los lamentos e intentar remediar la situación con silencios condimentados por buenas intenciones que se diluían al momento de analizar con extremo detalle toda posibilidad que se podía ver involucrada. 

Mi existencia era un bucle que naufragaba durante las noches; se llenaba de océanos agrios y furiosos, para luego volver a un flote inestable, en constante peligro, que sabía de un porvenir previamente decidido, del cual no había escape posible más que el rumbo de las profundidades. 

Así fueron pasando los días, hasta llegar a la recta final de mi estancia. Curiosamente, pero de seguro que alimentado por la desidia, el volver a casa ya no parecía motivo suficiente como para darle espacio a la dicha. Los compañeros de trabajo insistían en salir a celebrar y conmemorar los meses de trabajo en conjunto, aquél obsequio del azar que nos había llevado a convivir en tal maravilloso proyecto. 

Conforme la fecha final se acercaba, las conversaciones respecto a una celebración se hacían más reales. Corría el rumor de que el jefe asistiría, o que la reunión se llevaría a cabo en un famoso bar local, especialmente ambientado para la ocasión. La idea no dejaba de molestarme, más aún cuando las preguntas respecto a mi presencia se acrecentaban y mis señuelos se desvanecían. 

Hasta que llegó el día. Abandoné el edifico sin darle mayor importancia a lo vivido, tampoco me detuve en las despedidas protocolares, o los incómodos abrazos que duran mucho o se acaban demasiado pronto. Me dirigí sigilosamente hacia la calle, alejándome del tórrido tumulto que más tarde comenzaría a acecharme. 

Inusual para aquellos días, me vi sentado en un pequeño bar, que me aseguré no fuera el de las conversaciones laborales, bebiendo una cerveza ámbar que saboreé sereno. Unos maníes hacían del brebaje aún mas delicioso, y por segundos experimenté el apacible sentir de quién parece coquetear con el deleite. 

Impulsado por el amargor y los aromas, bebí tranquilamente varias más, las cuales me condujeron a una alegría desbordante, difícil de contener, y la cual deseaba manifestar sin filtro alguno. A pesar de ello, mi estado etílico aún no era suficiente como para enfrentarme a los desconocidos y zozobrarlos con mis discursos. 

Un vaso de la especialidad de la casa y de pronto la llamada que, sin realmente quererlo, había estado secretamente esperando. Era uno de los compañeros del trabajo y quería saber si iría al bar, en el que ya estaban reunidos y sonaban bastante animados. 

De un sorbo terminé el vaso, dejé una generosa propina, y me fui raudo al lugar de encuentro, al cual llegué cual potro bravío, buscando decir lo callado y escuchar lo ignorado. Desde luego los presentes se sorprendieron por mi entusiasmo y soslayaron mi borrachera, la cual pasó a segundo plano debido a mi insistencia por emborracharlos a todos. 

La noche es, de ahí en más, difusa. Los hechos acaecidos forman parte de un colectivo que en su mayor parte pertenece al olvido de los beodos. Mi jefe, cuya presencia a penas recuerdo, fue uno de los tantos protagonistas de aquella juerga que terminaría en el calabozo de la ciudad, junto a varios desconocidos y serias imputaciones por parte del juzgado. 

Tras ser liberados y cuando el efecto del alcohol comenzaba a decaer, volvió a mi la pereza que acostumbré. En una maleta empaqué mis cosas y me dirigí a la estación de trenes, en donde esperé en el andén la llegada del tren. 

Un mensaje en mi teléfono, por parte del encargado de reubicación de empleados de la compañía, llegó haciendo eco de los menesteres de la reciente desmemoria.

“Según lo solicitado, te hemos reubicado cerca del mar. No es posible, sin embargo, acceder a las extrañísimas y desafortunadas peticiones que, por esta vez, obviaremos. No obstante, es nuestro deber insistir en tu vuelta a las cesiones de ayuda y terapia que ofrece la compañía. Te instamos a considerarlo.” 

Azuzado nuevamente por circunstancias inexplicables que escapaban de mi capacidad de reacción, cambié de pasaje y de andén. Mientras tanto, y para combatir la pesadumbre que volvía con más fuerza que nunca, compré un par de botellas de cerveza, las cuales bebí queriendo recuperar todo el tiempo perdido, a la espera del próximo tren.