Usanza

Desperté desorientado. La luz que se colaba entre las cortinas y el sonido de la calle me eran ajenos. Observé la habitación y pronto me di cuenta que no sabía donde estaba. Me levanté. Busqué referencias, indicaciones que me dieran algún tipo de pista sobre mi paradero. Tras breves minutos de búsqueda me di por vencido y me senté en la cama a sopesar la situación. De pronto, al levantar la vista, divisé un libro que se me hizo familiar. Luego, como en coro, cada una de los aspectos de la habitación fueron cobrando sentido y despertando en mí la claridad perdida. Estaba en casa. Era un día común y nada extraordinario había sucedido. Sólo había olvidado lo que se siente no depender de la costumbre.

Titulado

Tras años estudiando y pagando quinientas lucas mensuales que lo endeudaron por mucho tiempo, recogió su diploma con sonrisa indisimulable y posó para la foto de rigor mientras compañeros y familiares aplaudían orgullosos. Se bajó del escenario y con el cartón bajo su brazo emprendió, ilusionado, la búsqueda de su primer trabajo, el cual, el día de hoy, consiste en conducir su auto por toda la ciudad y, de vez en cuando, llevar a sus casas a los empleados de las empresas a las que alguna vez postuló.

#159

En la casa los parientes intentaban dilucidar el futuro de las pertenencias de la abuela. Los que casi nunca fueron a visitarla mientras vivía eran los más interesados en sus cosas. Recorrían con fría comodidad esos rincones ajenos de la vieja casa mientras otros comenzaban a sacar cálculos financieros sobre el dinero que recibirían en caso de vender la propiedad.

En dos semanas dilapidaron todo, tiempo necesario para que se generasen los primeros roces por uno que otro desencuentro. Finalmente, tras varias semanas de disputa, se decidió vender la casa, que a esas alturas yacía completamente vacía, mientras a kilómetros de distancia , en un cementerio lúgubre, una lápida descuidada era adueñada por la hierba que comenzaba a cubrir el nombre de la difunta benefactora.

#154

El gato cruza la calle y esquiva con éxito los autos que frenan y se estrellan entre sí. El gato sube una pared, camina equilibrando. Salta hacia el balcón y entra al departamento. El dueño se asoma al oír los estruendos y toma a su gato en brazos. Lo acaricia. “Esto les pasa por anda apurados” piensa. La noche se ilumina con las sirenas y observan hasta que todo vuelve a ser negro, oscuro, como su gato, el sigiloso que ronronea sin enterarse de nada.

#153

La primera vez que me robaron en la calle fue un asalto con clase. Vestido de traje y con buena labia, me sedujo hasta que, sin darme cuenta, sustrajo mi billetera. Eran buenos tiempos, pienso mientras la punta filosa del cuchillo amenaza con perforarme la espalda y uno de los que me tiene tomado del brazo no para de decir “quédate piola, conchetumare”.