De barrio alto

De barrio alto

El hombre se sienta sobre la banca de una plaza del barrio alto. Siente una arraigada repulsión contra todo lo que el barrio alto representa, sus habitantes, sus delimitaciones bruscamente diseñadas para evitar forasteros, el recelo con que se evitan otras realidades. El hombre observa a todos esos hombres de barrio alto con aspecto ejecutivo, curtidos y cegados por el privilegio, treintañeros de traje y corbata que caminan apresurados sosteniendo vasos de Starbucks, hablando por sus grotescos teléfonos, soslayando las diferencias. Bah, qué idiotas, piensa el hombre. Después de observarlos con cierta incomprensión, se levanta y se une a ellos, entra al edificio, ajusta el nudo de la corbata y entra a la sala de conferencias para la reunión con los clientes.

Aplausos, por favor

Aplausos, por favor

La señora Julia lleva varios años yendo a todos los programas que admitan público de su canal de televisión favorito. Temprano en la mañana arma más de veinte panes con jamón y queso, se sube a la micro y espera pacientemente hasta que la dejen entrar al set. A la señora Julia la saludan los auxiliares técnicos, las maquilladoras, los camarógrafos y, cuando tiene suerte, los animadores. Comparte los panes con las personas que se sientan cerca de ella; conversa con todos, les cuenta con orgullo su rutina diaria, que después del matinal corre hacia un set mucho más grande en donde se graba el programa de los domingos. Las señoras que la escuchan anuncian sorprendidas que no sabían que ese programa era grabado, que pensaban que era en vivo, y ella asiente con la cabeza derrochando conocimiento. Tras almorzar en uno de los patios del canal se prepara para el siguiente programa, el de las cuatro de la tarde, su favorito. Aplaude con fuerza, corea las canciones, se emociona con las sorpresas sospechosamente coincidentes, y a pesar de que sabe que todo lo que ve se trata de un show cuidadosamente diseñado, no deja que la lógica la gobierne durante su participación como espectadora. Luego, cuando las luces se apagan y es hora de irse, se despide de todos y toma la micro. Se baja una parada antes y en un almacén compra un cigarro, panes, jamón y queso. Camina fumando y espera a que den las 21:50. Saluda a Jorge o a Luis, dependiendo quién esté de guardia; deja lo comprado en Custodia, pasa por la revisión de seguridad, firma, y se adentra en la 104. Conversa con María, que ya no llora al despedirse de su hija, y después de rezar en silencio se duerme pensando en el fin de su condena, que se acerca a pasos agigantados, y que tanto le gustaría prolongar. Entonces ya es otro día, una voz que viene desde algún lugar del set pide aplausos, y la señora Julia que aplaude de pie.

 

La primera vez

La primera vez

Cuando entré a la habitación me puse muy nervioso. Tranquilo, es normal, me dijo. Tantos años esperando este momento, tantas películas, libros, testimonios escuchados, y ahí estaba, ad portas de mi primera vez. Hasta el momento no era como lo había imaginado. La habitación era grande, quizás demasiado, las paredes blancas y el techo también. Ropa interior en el suelo cerca del baño y un cenicero junto al velador llamaron mi atención. A medida que nos acercábamos a la cama el pecho se me apretaba y el aire comenzaba a faltarme, pero no me permití arruinar el momento. Las sábanas eran también blancas, de seda. Cuidadosamente movió el cubrecamas y la impresión me dejó sin habla. Tranquilo, volvió a decir, si te sientes incómodo puede esperar. Negué con la cabeza y luego de tomar aire comencé. Enfoqué y oprimí el obturador. Repetí el ejercicio diez veces más, por toda la habitación. De vuelta en el laboratorio no podía sacarme de la cabeza sus ojos, todavía abiertos, el anillo en la mano izquierda y la sangre seca como tatuada en el colchón. Tranquilo, me dijo, con el tiempo se pasa; la primera vez siempre es la más difícil.